martes, mayo 25, 2010

El público del concierto siempre hace ruido

El público del concierto siempre hace ruido. La mala educación cunde. ¿Es posible conseguir que cientos de personas estén quietas y calladas?

Supongo que ocurre desde el principio de los tiempos. Siempre hay algún estúpido irreverente que turba el silencio necesario de la ceremonia sagrada. Ocurrió en la prehistoria en Stonehenge y en las cuevas sepulcrales. También sería un problema en la antigua Grecia y en Roma, en las representaciones teatrales, en los discursos y disertaciones en el templo, el ágora o el senado... "Estultorum numerus infinitum est".
Ayer fui a un concierto de tiorba y guitarra renacentista. Apenas trescientas personas asisten y han de ser auténticos melómanos para acudir a semejante evento.
Pero es igual que siempre. Inexorablemente se cumple la maldición de la contaminación sonora incesante. Para escuchar una música de cámara tan delicada en el enorme recinto de una iglesia es preciso un silencio absoluto. Cualquier sonido indeseado turba e interrumpe el camino de las delicadas notas en su viaje del instrumento a mi oído interno y corteza cerebral, donde ejercen su efecto mágico.
Primero conviene acometer la dícil tarea de callar todos. Animadas conversaciones que no cesan ni cuando el intérprete afina su laúd. Comentarios que no pueden contenerse se vuelven susurros y siseos. Luego siempre hay algún comentario de un anciano sordo o algún grito o balbuceo de los bebes y niños que sus madres han traído y no saben disciplinar...
Los rezagados que entran y salen a deshora tienen que andar arrastrando los pies o taconear dolorosamente, haciendo notar la presunción en el vestir femenino, taladrando los cerebros con el retumbante martilleo equino. Los discapacitados apoyan y arrastran sus bastones y muletas renqueando.
Qué está tocando. Quién es y dónde nació. La disonancia cognitiva es imperiosa y obliga a abrir el programa y pasar páginas (flap, ras) y a coger las gafas que están en el fondo del bolso.
De repente llega el picor en la garganta. Tengo que toser, esperaré a que otro lo haga. A una tos siempre le sigue otra. El público actúa como otra orquesta bien entrenada en mostar su estulticia. Cof... cof. Cada tanto viene una salva de toses, carraspeos y estornudos. Uno da pie a otro. El segundo siente que el primero le dio licencia para inundar la sagrada quietud con un terrible estallido sónico. ¿Por qué no aclarar la voz ahora, he de hacerme notar, piensa el narcisista (pues valgo tanto como el maestro y he de mostrarme orgulloso sin vergüenza)? Y qúe enorme y autocomplaciente satisfacción del afán de protagonismo dar la primera palmada destrozando el final de la obra y gritar enardecidos ¡Bravoo!, y solicitar bises en sucesión infinita...
Otro teléfono móvil suena. Y luego otro más. Hasta cuatro. ¡Qué falta de etiqueta en el uso de la tecnología, y qué gran éxito económico para Movistar que acaba de ganar otra unidad tarifaria más el IVA!
Si las composiciones son largas y superan los 7 ó 10 minutos el ánimo se enerva, la respiración se agita... ¿Cuándo terminará esto? Las piernas inquietas no paran, el culo cambia su apoyo dando pie a crujidos del mobiliario, estrujamientos de la indumentaria, caídas de paraguas, agitación de pulseras, collares y abalorios. ¡Qué calor insoportable! Hay que abanicarse: raaas, chaca, chaca, chaca... Chasquear los dedos desarticulando las falanges. Y a la menor vacilación o pequeño silencio nacerán atronadores y orgásmicos aplausos que liberan la tensión contenida.
Y también hay que sufrir los movimientos del vecino de banco que no puede parar de estrujar su bolsa de plástico o de mover los pies causando chirridos. Ese viejito que se durmió y ronca. La crisis alérgica de toses y la asmática que aguanta y no sale y no se va: ahj, ahj, ahj... Aquel sordo cuyo audífono siempre se acoplaba produciendo agudos pitidos cada sesión...
Vi en cierta ocasión a la pianista de jazz Diana Krall enfadarse con un fotógrafo que no paraba de dispararle clic-chaaaas mientras ella trataba de concentrarse en su música.

En un concierto se contraponen paradójicamente la profesionalidad y perfección en la actuación de la orquesta o solistas (basados en horas, meses y años de práctica constante y sacrificio hacia la excelencia y el virtuosismo) y el descuido, la torpeza, el incívico y primitivo comportamiento de la masa de gentes que insisten en demostrar hasta la saciedad su ignorancia y falta de educación turbando el necesario silencio y aplaudiendo a destiempo con procaz e inusitada insistencia.
Al menos nadie fuma. No se peen ruidosamente. No eructan. Los salvajes quieren parecer refinados, pero ni su nivel social les libra de mostrar el pelo de la dehesa de aflorar la vulgaridad de su "persona", de hacer inútil gasto la inversión de sus padres en el elitista colegio de pago.

En el teatro o en el cine es peor aún.

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