domingo, mayo 06, 2012


Cuentan que los funcionarios de la CHE pasaron por allí, vieron la situación y fuéronse sumergidos en profundas cavilaciones. A su vez, el Gobierno aragonés y las principales fuerzas políticas de la Tierra Noble aseguraron que se opondrían al atentado medioambiental, al igual que los ayuntamientos de localidades (Calatayud, por ejemplo) que pueden verse afectadas; pero su oposición es de lo más discreta, discretísima. Mientras, los propietarios de los terrenos sobre los cuales se abrirá la mina a cielo abierto de Borobia no pudieron impedir que la Guardia Civil amparase la ocupación de sus campos que todavía no están expropiados, y el ayuntamiento de la localidad, controlado por el PP y vendido literalmente a los intereses de la compañía minera, considera perfectamente legal el desarrollo de un proyecto que ni siquiera tiene aprobado el preceptivo informe de impacto medioambiental.
Borobia está en Castilla-León, pero en su término municipal se ubican acuíferos de donde nacen varios ríos (el Manubles, el Aranda, el Ribota y el Isuela) que son afluentes del Jalón. Justo allí se pretende hacer una mina a cielo abierto que abrirá una enorme brecha de ocho kilómetros de larga y en la que habrá además hornos para el tratamiento del mineral extraído (magnesita), asegurando así un alto consumo de agua y la emisión de contaminantes. La amenaza es intolerable y debería haber originado en Aragón una respuesta al menos tan contundente como la provocada por el expolio, por parte del Obispado de Lérida, de obras de arte pertenecientes a parroquias aragonesas. No parece ser así; quizas porque, al igual que pasó con el mentado asunto de los retablos y las imágenes, aquí sólo reaccionamos cuando el desastre se ha consumado y requeteconsumado. Entonces amanecemos con velicas a la virgen.
La mina de Borobia iba a instalarse en Navarra. Pero allí, claro, son más finos y dijeron que ni hablar, que eso... para la España profunda. De esta forma acabó el negocio en los montes de Castilla León. Todo lo que ha sucedido desde ese momento es inaudito. La gente del pueblo que se oponía al negocio fue presionada y amenazada. La tensión se hizo insoportable. Los propietarios de las tierras incluidas en los planes de la compañía minera intentaron impedir que invadiesen sus propiedades sin lograrlo. La normativa vigente ha sido alegremente pisoteada. Es como una película del Oeste. Sólo que en este caso no hay un Clint Eastwood que imponga la justicia a tiro limpio, y además si apareciese tendría que disparar contra representantes de uns instituciones que se dicen democráticas.
¿Democráticas? Ni hablar. Borobia es una muestra más de que vivimos en un país extraño, donde el dinero burla las leyes y el Estado es a veces una entelequia. Como en el Far West.

La mina a cielo abierto de Borobia pone en peligro el Parque Natural del Moncayo

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