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lunes, junio 04, 2007

La Mandela birmana: Aung San Suu Kyi

La Mandela birmana GEORGINA HIGUERAS - Madrid EL PAÍS - Internacional - 27-05-2007
Once años de reclusión no han logrado doblegar la voluntad democratizadora de la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi
Su figura menuda, de sonrisa amplia y siempre con flores en el pelo -una tradición milenaria entre las mujeres birmanas- esconde una voluntad de acero, que uno de los regímenes más represivos del mundo no ha logrado doblegar. Aung San Suu Kyi, de 61 años, es el símbolo de las ansias de libertad y democracia del pueblo birmano y el icono mundial de la resistencia civil. El Consejo de la Paz y del Desarrollo del Estado, eufemismo bajo el que se oculta un Gobierno militar que mantiene Myanmar -como la Junta rebautizó Birmania en 1989- aislada del resto del planeta, volvió a prolongar el viernes el arresto domiciliario de la disidente.
Hija del general Aung San, el héroe de la independencia de Birmania, nada hacía prever que Suu Kyi se convertiría en la Mandela de Asia. Tal vez ni siquiera ella lo imaginó cuando decidió en 1988 dejar a su marido y a sus dos hijos menores en Londres para volver a Rangún a cuidar de su madre moribunda. Suu Kyi nunca volvió a salir de su patria y durante casi todos estos años su casa ha sido su cárcel.
A su llegada, Aung San Suu Kyi se encontró con un país en plena efervescencia contra un cuarto de siglo de dictadura. Miles de manifestantes protestaban contra el oscurantismo y el subdesarrollo impuesto por el régimen de Ne Win que, acosado, tiñó de sangre las protestas. Las tropas dispararon aquel agosto a bocajarro contra los manifestantes y mataron a cientos de ellos.
Huérfana desde los dos años -su padre fue traicionado y ejecutado justo seis meses antes de que se cumpliese su objetivo de independizar Birmania-, Suu Kyi no dudó en tomar el testigo. "Como hija de mi padre, no podía permanecer indiferente ante lo que estaba pasando", dijo.
El baño de sangre forzó un cambió en el alto mando militar. Una nueva Junta se puso al frente del país ese mismo septiembre y se comprometió a celebrar elecciones libres. Entre los casi 200 partidos políticos que se registraron, se encontraba la Liga Nacional para la Democracia (LND) y al frente de ésta se colocó Aung San Suu Kyi. Los militares no tardaron en darse cuenta de que la líder de la LND pesaba mucho más que los escasos 48 kilos de su cuerpo. La Junta se enfrentaba a un gigante que encarnaba la esperanza de un pueblo maltratado, pero no hundido.
Al año siguiente, 1989, la Junta ordenó el arresto domiciliario de Suu Kyi, pero su intento de poner puertas al campo fracasó. En las elecciones de 1990 -hace hoy precisamente 17 años-, la LND se hizo con el 82% de los escaños del nuevo Parlamento después de obtener más del 60% de la totalidad de los votos emitidos. Los militares jamás imaginaron que su extraño ejercicio democrático se saldara con la humillación más vergonzosa del partido que habían creado para representar sus intereses del poder. Su frustración se tradujo en que hasta ahora no se ha celebrado la primera sesión de la Cámara electa, en la persecución sistemática de sus diputados y la encarcelación de centenares de miembros de LND.
"Continuaremos con nuestros esfuerzos para traer la democracia a Birmania bajo todas las circunstancias. No hay que olvidar que en Suráfrica, el Congreso Nacional Africano fue declarado una organización ilegal durante décadas", declaró para insuflar ánimos a sus perseguidos seguidores. Nelson Mandela permaneció 27 años en la cárcel pero logró acabar con el apartheid, Suu Kyi está convencida de que Birmania será algún día libre y democrática. Su defensa a ultranza de la no violencia le valió el reconocimiento internacional. A los prestigiosos premios Rafto y Sajárov sucedió, en 1991, el Nobel de la Paz. Amnistía Internacional, mientras tanto, ya había reconocido como prisionera de conciencia a esta mujer de aspecto suave y temple de hierro.
La presión internacional llevó a la Junta, en julio de 1995, a ordenar el fin del arresto domiciliario, pero la resolución de Suu Kyi de apoyarse en la no violencia para derrocar a los militares era más firme que nunca. La disidente recorrió el país y alentó manifestaciones y campañas de desobediencia civil para exigir la puesta en marcha del Parlamento democráticamente elegido y la liberación de los cientos de presos políticos encarcelados. Al año siguiente el portón de su casa volvió a cerrarse con ella dentro y los militares fuera.
Dice Suu Kyi que su "inspiración y su fuerza" proceden de las gentes que sufren en silencio sin los altavoces de los medios de comunicación: "No hay nada que pueda compararse con el valor de las gentes normales cuyos nombres son desconocidos y cuyos sacrificios pasan inadvertidos", afirma en uno de los muchos textos -cartas y libros- escritos en sus 11 años de encierro.
Educada en India, donde su madre fue embajadora y en Oxford, esta profesora, que perfeccionó sus estudios en Japón y trabajó en la secretaría de Naciones Unidas, se sintió siempre, pese a las circunstancias, una privilegiada. Sin embargo, la líder de la LND también ha tenido que pagar un alto precio por alzarse en defensora de los sin voz. La Junta la ha tenido muchos meses sin poder siquiera hablar por teléfono con sus hijos y cuando en 1999 su marido, Michael Aris (británico), enfermó de cáncer y pretendió visitarla, no obtuvo el permiso. A ella la dejaban ir a Londres pero temió que no la dejarían volver. Aris murió sin el consuelo de su esposa.
El último periodo de libertad de Aung San Suu Kyi fue entre mayo de 2002 y junio de 2003. El miedo de la Junta a que la líder de la oposición encabece una revolución pacífica que ponga fin al régimen militar llevó a los militares a hacer oídos sordos a todas las demandas de clemencia presentadas en las últimas semanas por la comunidad internacional. Desde los gobiernos al Parlamento Europeo, pasando por un grupo de senadoras estadounidenses al que se unió Laura Bush, exigieron la liberación de la disidente, aunque eran pocos los que confiaban en su magnanimidad.
La Junta que ha construido una nueva capital -Naypyitaw- para mayor seguridad de la cúpula militar y que en los últimos años ha ganado ciertas batallas diplomáticas como la entrada de Myanmar en la Asociación de Naciones del Sureste Asiático y la mejora de relaciones con India, no está dispuesta a dar la más mínima oportunidad a su más temido enemigo.

domingo, junio 03, 2007

Los desmanes del narcisista por Álex Rovira Celma

Los desmanes del narcisista Álex Rovira EL PAIS SEMANAL - 11-05-2007
Es una enfermedad psicológica individual y cultural cuyas víctimas, más que los propios afectados, son las personas que se relacionan con ellos. Según el mito, Narciso era un bellísimo y vanidoso joven de quien se enamoró la ninfa Eco, a la cual despreció. El dolor por este gesto fue tal que a Eco se le rompió el corazón y murió. Por haberla tratado con tanta crueldad, Némesis, la diosa de la justa revancha, castigó a Narciso haciendo que se enamorase de su propia imagen. Un día, al hallarse inclinado sobre las aguas de un lago, vio su imagen reflejada y se enamoró apasionadamente de su propio reflejo. Embelesado en la contemplación de su propia imagen, al intentar acariciarla, cayó al agua y murió ahogado, convirtiéndose entonces en una flor, el narciso.
En lo individual, el narcisismo es un trastorno de la personalidad caracterizado por una dedicación desmesurada a la imagen que la persona crea de sí misma. Al narcisista le preocupa su apariencia y lo que de ella se deriva: ser el más admirado, poderoso o deseado; ser el centro de atención. Tiende a ser seductor y manipulador, con el objetivo de ocupar ese ansiado lugar donde él se sabe protagonista. Se muestra soberbio, arrogante, vanidoso, engreído, cínico y desdeñoso. Su enorme ego le lleva a ser egoísta: compláceme y admírame es su lema. Actúa con frialdad y se centra en sus propios intereses. Ensimismado e incapaz de amar, vive preso en la jaula de sus sentimientos de grandiosidad, que le aíslan de la relación auténtica, íntima y humana. Carece de la empatía necesaria para sentir con los demás, para compartir el dolor y el sufrimiento de otros seres humanos.
Además, tal y como muestra el mito, el sujeto narcisista sólo admite un reflejo positivo procedente del exterior. La opinión discrepante, la crítica o la llamada a que asuma su responsabilidad ante la crisis generada por su acción insensata no la acepta, y puede provocar represalias: desde la exclusión hasta la violencia física hacia aquel que lo confronta.
El narcisista se siente infalible y perfecto; él jamás se equivoca. Si al narcisismo le añadimos además una buena dosis de paranoia (lo cual es habitual), el delirio resultante puede dar lugar a la creación de las más aberrantes conspiraciones para inculpar a otros y ganar tiempo en la escapada de sus desmanes. Frente al discurso con el que se siente herido, el narcisista cierra filas, utiliza la mentira y el insulto en lugar del diálogo, o, lo que es peor, promueve la cruzada contra aquel que cuestiona sus criterios.
En el narcisista, las fantasías de grandeza y ambición desmedida conviven con profundos (y a menudo inconscientes) sentimientos de inferioridad y, en consecuencia, de una excesiva dependencia de la admiración y aclamación externa. Y es que para el narciso el otro no existe como ser humano, sino que es un objeto que está allí para complacerle, amoldarse a sus deseos y, cómo no, darle siempre un reflejo positivo.
La prepotencia y la arrogancia, síntomas de la personalidad narcisista, unidas a una apariencia de gran seguridad e invulnerabilidad, han generado a lo largo de la historia sujetos que en el ejercicio del poder han demolido su entorno discrepante desde la tiranía y el despotismo. Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Pinochet, Videla, Pol Pot, Mao Zedong, Karadzic, entre otros, algunos de los cuales están pendientes aún de ser juzgados por la historia. En sus delirios, ellos eran la verdad, los elegidos, poseedores de una supremacía moral o biológica que justificó guerras y atrocidades de todo tipo, y que fue amparada por otros sujetos que se dejaron contagiar gustosamente por la enfermedad y sus beneficios. Y es que, absorto en su idea de grandiosidad, el narcisista desconoce la compasión, la justicia, el bien común y la responsabilidad, aunque cínicamente y para su conveniencia haga de ellos su estandarte.
También se puede hablar de organizaciones o incluso de sociedades narcisistas. Un gobernante que desatiende las demandas de la práctica totalidad de su población o que sacrifica su medio natural para obtener dinero son ejemplos del narcisista que carece de la sensibilidad suficiente para atender las necesidades humanas. Tal y como describía el experto en esta enfermedad Alexander Lowen, "cuando la riqueza material está por encima de la humana, la notoriedad despierta más admiración que la dignidad y el éxito es más importante que el respeto a uno mismo, entonces la propia cultura está sobrevalorando la imagen y hay que considerarla como narcisista".
En definitiva, el narcisismo es una enfermedad psicológica de la que podemos ser víctimas indirectas y muy sufridas en lo individual y en lo colectivo. Frente a ella cabe la vacuna de la prevención, que nace de la información sobre el proceder del narcisista para evitar ser arrastrados por los fantasmas que nacen de su delirio, manipulación y ambición. A los narcisistas siempre les queda la opción de hacer un profundo examen de conciencia o ponerse en manos de un buen psicoterapeuta; pero obviamente, y por desgracia, eso es harto difícil.
Leer para reconocer
El libro 'El narcisismo. Una enfermedad de nuestra época', escrito por Alexander Lowen, nos ofrece una aproximación completa, amplia y sumamente ilustrativa de esta enfermedad. También 'La autoestima. Nuestra fuerza secreta', del doctor Luis Rojas Marcos, aporta una visión amena, lúcida y rigurosa no sólo sobre esta enfermedad, sino sobre las dimensiones sanas y necesarias de la autoestima.

No acudas a un narcisista esperando comprensión, empatía o compasión. Nunca te dará lo que tú desearías, así que no lo esperes y no te defraudará



La caída de Wolfowitz: El 'currículo maldito' del dimitido presidente del Banco Mundial

La caída de Wolfowitz El 'currículo maldito' del dimitido presidente del Banco Mundial
MAUREEN DOWD DOMINGO - 27-05-2007
Experiencia profesional: 1. Presidente del Banco Mundial: 2005-2007.
Responsabilidades: controlar a los izquierdosos europeos, llenar de dinero libre de impuestos a una novia árabe y dar mala fama a la lucha contra la corrupción.
Logros: paralizó la maquinaria de los préstamos internacionales hasta el punto de que los países pequeños han tenido que exprimir al máximo sus tarjetas de crédito para comprar medicamentos contra la malaria. Aprendió las tradiciones de numerosas culturas, incluidas las de Turquía, donde, al parecer, uno no debe quitarse los zapatos en la mezquita si dejan al descubierto unos calcetines tan llenos de agujeros que los dedos gordos asoman de forma obscena.
2. Subsecretario de Defensa del presidente Bush: 2001-2005.
Responsabilidad: iniciar una guerra.
Logros: dirigió pésimamente el ejército más poderoso del mundo. Hizo añicos el sistema de la diplomacia internacional que había mantenido la paz durante cincuenta años. Dañó la credibilidad de los servicios de inteligencia estadounidenses. Situó innecesariamente a la humanidad al borde de la guerra nuclear. Destruyó Irak.
3. Visionario enloquecido: 1993-2001.
Responsabilidad: inventarse un plan delirante para cambiar el régimen en Irak con amigos como Shaha Riza, Ahmed Chalabi y su alegre banda de exiliados iraquíes, que hicieron surgir de la nada las falsas informaciones sobre las armas de destrucción masiva de Sadam.
Logros: imaginó un Irak que no existía.

Tener a Wolfie -o sea, Paul Wolfowitz- de nuevo en el mercado de trabajo representa una oportunidad inmensa. ¿Qué queremos que destruya ahora? ¿Será capaz esta maldición andante de acabar definitivamente con Halliburton?
En el Pentágono, Wolfie intentó ayudar al vicepresidente Dick Cheney a deshacerse de todo lo multi: tratados multilaterales, instituciones multilaterales, alianzas multilaterales, multiculturalismo... Para ellos, multi significaba tambaleante, reacio, burocrático y obstruccionista. ¿Para qué ser multi cuando uno podía ser uni?
Al final, las fuerzas del multilateralismo obtuvieron su venganza: la vieja Europa se ha deshecho de Wolfie. Pero no antes de que su novia, Shaha Riza, utilizara la baza de la víctima multicultural. En su declaración ante los directores del Banco Mundial, Shaha se quejó de que se le había impedido ascender ya antes de que llegara Wolfie. "No tengo más remedio que achacarlo a una muestra de discriminación; no por ser mujer, sino por ser una mujer árabe y musulmana que se atreve a poner en tela de juicio el statu quo, tanto en el trabajo de la institución como en la institución misma", escribió.
Shaha declaró que había "conocido a una maravillosa mujer americana que me dijo que yo tenía que luchar por 'nosotras', las mujeres; nunca me había podido imaginar que una americana me pediría a mí, una mujer árabe y musulmana, que luchara por ella".
Ya ofendida, Shaha acabó de enfurecerse del todo cuando llegó Wolfie en 2005 y a ella le dijeron que iba a tener que trasladarse al Departamento de Estado. "Me dispuse a emprender medidas legales", escribió en su declaración, y añadió: "Mi vida y mi carrera habían quedado partidas por la mitad".
Según Xavier Coll, vicepresidente de recursos humanos del Banco Mundial, Shaha exigió, para marcharse, unas condiciones de garantías y compensaciones "sin precedentes" y que no se ajustaban en absoluto a la política de esta entidad financiera. Coll consideró "inapropiado e imprudente que el presidente ofreciera a la señora Riza esas condiciones".
Bob Bennett, el abogado de Wolfie, ha explicado a Michael Hirsh, de Newsweek, que fue Shaha la que "fijó las cantidades", con un aumento de 60.000 dólares anuales -lo que elevó su sueldo a 193.590 dólares- y unos términos muy generosos. "Estaba indignada por tener que irse", dice Bennett. Imbuida de supuesta superioridad moral, Shaha manipuló la conciencia culpable de Wolfie y se mostró "ávida de poder", según ha contado a Newsweek un amigo de la pareja. Ella, que hace sólo unos años no era más que una simple publicista y luego fue coordinadora de asuntos de igualdad entre sexos en el Banco Mundial, obligó a su hombre a que le ofreciera un salario superior al que cobra la secretaria de Estado.
Es igual que cuando Bill Clinton cuenta a sus amigos que tiene que esforzarse al máximo para ayudar a que sea elegida Hillary porque cree que se lo debe, por haberla obligado a vivir en Arkansas y haber interrumpido su carrera en los años setenta.
O como cuando Tony Soprano le compra a Carmela una joya espectacular después de alguna aventura. De hecho, Wolfie empleó un tono muy sopranesco cuando le dijo a Coll, en tono agitado, que advirtiera a los funcionarios del Banco Mundial que estaban criticándole: "Si ellos nos joden a mí o a Shaha, yo también tengo cosas para joderles a ellos".
Wolfie utilizó una compensación pública para una penitencia privada. Dinero a cambio de culpa no es nunca un buen trato.

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