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domingo, junio 26, 2011

Dejad que los ricos se alejen de mí. Curas de izquierdas rechazan que el Papa venga financiado por las empresas

Dejad que los ricos se alejen de mí EL PAÍS - Sociedad - 26-06-2011 Curas de izquierdas rechazan que el Papa venga financiado por las empresas
-"Pero entonces, ¿no hay misa del Corpus Christi hoy?" No es la primera feligresa que le plantea la pregunta al párroco de Santa Adela, Rafael Rojo. Él explica, algo irritado, que el Corpus se celebra el domingo [por hoy], y que todo el lío es culpa de que la Comunidad de Madrid trasladó su fiesta, que cayó en domingo, al jueves 23.
Rafael, de pelo blanco, burgalés de 70 años, lleva once al frente de este templo del barrio de Canillejas, en el este de Madrid. Un barrio obrero donde la crisis hace estragos. Y la crisis es el telón de fondo del documento que sostiene en la mano, redactado por el Foro de curas de Madrid, al que pertenece. Los Mecenas de Rouco, se titula, y contiene una brutal crítica a las empresas españolas que han creado la Fundación Madrid Vivo, para patrocinar la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) 2011, que se celebrará el mes de agosto en la capital con asistencia del Papa.

"Tenemos una forma de plantearnos los temas de la Iglesia menos seguidista que la mayoría", dice Rojo. Se refiere al Foro de curas de Madrid, que engloba a 120 sacerdotes, críticos con las jornadas de la juventud, con el arzobispo, con la Iglesia "monolítica", y con la fórmula elegida para financiar al menos un 30% de los 50 millones de euros que costará el evento. "Estas jornadas no le gustan ni al Papa", dice Rojo. "Tendría que llamarse Jornada Mundial de los Jóvenes Católicos Conservadores". No precisamente los que a él le gustan. Menos mal que la erupción del Movimiento 15-M les ha levantado la moral.Ven en los indignados la levadura de una nueva concienciación social.
¿Les inspiró el 15-M el documento? "No, llevábamos mucho tiempo preparándolo", precisa. Otra cosa es que el foro de curas, -surgido en 2007 como respuesta al intento de cierre por parte del arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, de la iglesia de San Carlos Borromeo, en el humilde barrio de Entrevías -, mantenga una sintonía considerable con los indignados. Para comprobarlo, basta abrir la página web del foro, (con un único enlace por cierto, al Foro Gaspar García Laviana, sacerdote asturiano que se incorporó a la guerrilla sandinista muerto en 1978).

Los mecenas de Rouco podría ser obra de los indignados. En él se dicen cosas como ésta: "Las grandes entidades financieras, y el poder político que actúa a sus dictados, están obligando a que los recortes de gastos que llevan a cabo los gobiernos se centren en derechos sociales, en inversión pública productiva, en contracción de salarios, etc., pero no en recortes de lo que les benefician a ellos, como son las ayudas a los bancos o a la gran empresa, los gastos militares". Es poco probable que reciba muchos apoyos entre los eclesiásticos madrileños. "Hay mucho miedo entre los curas", dice Javier Baeza, 43 años, párroco de San Carlos Borromeo, que echa una mano cuando se tercia en la parroquia de la Cañada Real, una de las zonas más pobres y problemáticas de la periferia de Madrid. "Nos parece un dislate organizar esta visita, con estos fastos, en la situación de crisis actual", añade.

Lo que movilizó a estos curas fueron las imágenes de la audiencia que concedió Benedicto XVI, en julio de 2010, a los miembros de Madrid Vivo, acompañados del cardenal Rouco. Ahí estaban los directivos de la fundación, creada por Telefónica, Abengoa, FCC, Sacyr Vallehermoso, Iberdrola, banco Santander y el BBVA, entre otras.
"¿Servirá su escrito para algo? "El programa de la JMJ no se va a modificar en nada, pero la repercusión ha sido grande. Hay mucha gente que asocia Iglesia al poder. El documento muestra que hay una voz crítica dentro de esa Iglesia". Lo dice Evaristo Villar, profesor de Teología, de casi 70 años. También anima el foro Eubilio Rodríguez, sacerdote de 67 años, semijubilado. "El documento pone de relieve, que la práctica de estas empresas es contradictoria con este patrocinio", dice. Y repite la frase del Evangelio: "No podéis servir a Dios y al dinero". El mundo hace tiempo que eligió.

jueves, febrero 10, 2011

"Con toda sinceridad, señor Küng, ¿en qué cree usted personalmente?". Juan José Tamayo. Lo que yo creo. Hans Küng

LIBROS / Ensayo y Narrativa Las buenas razones JUAN JOSÉ TAMAYO 05/02/2011
Ensayo. "Con toda sinceridad, señor Küng, ¿en qué cree usted personalmente?". Lo que yo creo. Hans Küng. Traducción de J. M. Lozano-Gotor. Trotta. Madrid, 2011. 254 páginas. 20 euros
Lo que yo creo intenta responder a esta pregunta que han planteado al teólogo suizo en múltiples ocasiones. Y lo hace no con la respuesta convencional de la "religión oficial", sino desde la religión personal del corazón y con la complejidad del creyente crítico que busca comprender. No se oculta t
ras el anonimato, sino que ofrece experiencias y testimonios autobiográficos, y transmite las convicciones y actitudes fundamentales de su vida, siempre en actitud de búsqueda. El sello personal es inconfundible. Küng reconoce la profunda distancia que existe, en la gran mayoría de cristianos -y en él también-, entre "lo que yo creo" y "lo que la Iglesia manda creer", y la pone de manifiesto en cada página. Entiende por "creer" aquello que mueve la razón, el corazón y las manos de una persona, lo que engloba el pensamiento, la voluntad, el entendimiento y la acción, lo que sueña la imaginación, alienta la voluntad, viven las emociones y despiertan las pasiones, sin que la razón ofusque la pasión ni viceversa. Y ello frente a la fe ciega, que ha llevado a tanta gente al fanatismo y a la perdición, y frente a la tendencia de la Iglesia actual a la ingenua aceptación de "milagros", el fomento de dudosas peregrinaciones y los discutibles criterios de las canonizaciones. Se trata de una fe "que no dispone de pruebas contundentes, pero sí de buenas razones", que "no duda de Dios, pero sí de las pruebas de su existencia".

La idea cen
tral del libro es la confianza firme y radical en la vida, pero no una confianza crédula caracterizada por un optimismo de saldo, sino una confianza desde la duda existencial, siempre puesta a prueba, que no tiene miedo a las aguas profundas. Es la confianza como fundamento de la fe religiosa, pero también de la ciencia, la economía y política, del ateísmo y del agnosticismo, y que constituye la base del diálogo entre religiones y de una ética mundial, proyectos ambos que el autor ha desarrollado con el apoyo de importantes personalidades de todos los campos del saber y del quehacer humano. Una ética afirmadora de la vida, en la que las prohibiciones morales se complementan con imperativos positivos y donde convergen los diferentes humanismos y las grandes religiones, como queda constancia en la Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo (1993), redactada por el mismo Küng.
Se pregunta por el sentido de la vida para él y para los demás, por el "pequeño" y el "gran sentido", con la esperanza de un sentido último que incluya un sentido en la muerte. Una pregunta que no se resigna ante la miseria, la injusticia y el sinsentido de este mundo, sino que busca un sentido sobre la tierra tomándose muy en serio la exhortación de Nietzsche: "¡Hermanos míos, permaneced fieles a la tierra!". Una pregunta en busca de las huellas de experiencias fundamentales de la existencia humana y de la trascendencia en la historia, que no puede esquivar el sufrimiento humano -oscuro tema fundamental de la vida y, al decir de Büchner, "la roca del ateísmo"-, al que las religiones y la teodicea han intentado dar respuesta desde antiguo. La pregunta por el sentido último de la vida lleva derechamente a Küng a interrogarse por el futuro de la fe en Dios y a examinar críticamente la teoría sobre Dios como proyección de un anhelo del ser humano y la afirmación del fin próximo de la religión.
Lo que yo creo integra secularidad y religiosidad ilustrada, espiritualidad y racionalidad, se distancia por igual del secularismo fanático y de los fundamentalismos religiosos, critica severamente los abusos de la religión, pero deja constancia de su fortaleza y da razones a favor de ella. Lejos del enfrentamiento entre creyentes y no creyentes, defiende la alianza entre las personas ilustradas, religiosas o no, contra la discriminación de las mujeres, los fundamentalismos, la superstición y el oscurantismo. Y lo hace desde una teología crítico-social en diálogo fluido, relación simétrica y colaboración necesaria con la filosofía, la ciencia, la economía, la política y las religiones. Ahí radica buena parte de su originalidad.

Hans Küng: "Las estrategias económicas deben ser vinculadas al juicio ético"
Madrid. (EFE).- El teólogo Hans Küng considera que las estrategias económicas y el juicio ético deben ser vinculados entre sí para evitar, como ha ocurrido con el modelo neocapitalista actual al que responsabiliza de la actual crisis económica, sus antisociales consecuencias.
En su nuevo libro, 'Lo que yo creo', Küng reitera su convicción de que la nueva arquitectura de las finanzas debe estar respaldada por un ordenamiento marco de carácter ético, porque -afirma- la codicia y la altanería humanas "sólo pueden ser refrenadas con unas cuantas normas éticas básicas" como las que se han ido configurando desde la hominización del ser humano".
Publicado por Trotta, 'Lo que yo creo' -que llega estos días a las librerías españolas- quiere ser una síntesis, en clave espiritual, de toda su trayectoria "como pensador y del camino personal" que ha recorrido en su vida, afirma el autor en un blog puesto en marcha por la editorial y que inaugura el propio Küng con una referencia sobre su nuevo libro.
Esta síntesis, añade el teólogo, se despliega a lo largo del libro en tres líneas de fuerza que articulan su contenido: primera la del "decurso biológico que va del nacimiento a la muerte, desde los primeros pasos en la vida hasta la visión del final y la conciencia de la cierta -aunque incierta en cuanto a su hora- muerte del individuo".
Segunda, "la línea del decurso biográfico, la narración de los hechos y las vivencias de la propia vida, que he relatado pormenorizadamente en los dos volúmenes de mis memorias publicados hasta ahora, y que son la materia a partir de la cual se hacen las 'meditaciones' que contiene este libro".
Y, en tercer lugar, "el curso filosófico y teológico de las ideas, el estudio y la reflexión, a veces sobre materias muy especializadas, que han conformado mi trayectoria intelectual y que han determinado también mi compromiso en la práctica, al permitirme intervenir de forma razonada en discusiones sobre asuntos de interés general sin perder nunca de vista los grandes contextos", señala.
Küng fundamenta en esta visión de conjunto y al mismo tiempo personal, según sus propias palabras, "una triple esperanza: en la unidad de las Iglesias, en la paz entre las religiones y en la comunidad de naciones".
Al hablar de la unidad de las iglesias, el teólogo dice, tras reconocerse como un miembro fiel de la Iglesia: "creo en Dios y su Cristo, pero no creo 'en' la Iglesia. Rechazo toda equiparación de la Iglesia con Dios, todo infatuado triunfalismo y todo egoísta confesionalismo, permanezco abierto a la entera comunidad cristiana de fe, a todas las iglesias".
Recuerda su compromiso, a lo largo de su vida, con la renovación de la Iglesia y la teología católicas, así como en el entendimiento entre las Iglesias cristianas y reconoce, al respecto, que ha sido testigo "de algunos éxitos", sobre todo bajo Juan XXIII y durante el Concilio Vaticano II.
Pero, añade, "también he tenido que encajar reveses, en especial bajo los papas postconciliares: ellos y su aparato curial de poder traicionaron el concilio reformista y pusieron de nuevo en pie, a fin de bloquear cualquier reforma, el sistema romano, antirreformado y antimoderno propio de la Edad Media, con un colegio episcopal por entero domesticado".
Mi esperanza, afirma, "no se dirige a una homogénea Iglesia unitaria; los perfiles confesionales, regionales, incluso nacionales, de las diversas iglesias cristianas no deben fundirse en uno sólo".
"Mi esperanza apunta a una unidad ecuménica entre las Iglesias cristianas en una heterogeneidad reconciliada... Es una visión realista, cuya realización en la base de las Iglesias comenzó hace ya tiempo".
Y sitúa esa visión de esperanza "no en un mundo eclesial paradisiaco", sino de Iglesias "que vuelvan a guiarse en mayor medida por el Evangelio y estén abiertas a las necesidades de sus contemporáneos".

jueves, enero 20, 2011

La república filosófica. JUAN JOSÉ TAMAYO

La república filosófica. JUAN JOSÉ TAMAYO EL PAÍS - Sociedad - 16-01-2011
En un delicioso diálogo entre Borges y Ernesto Sábato, este pregunta qué opina de Dios. Borges: "¡Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología". Un siglo antes se le había adelantado Marx al afirmar que la religión es la realización fantástica de la esencia humana. Esa idea es la culminación de dos procesos que pone en marcha la modernidad en su crítica de la religión: la interpretación antropológica del cristianismo y la desmitificación de los textos del Nuevo Testamento.
Quien lleva a cabo la más radical lectura antropológica de los dogmas del cristianismo es el filósofo alemán Feuerbach en la más emblemática de las obras del ateísmo humanista del siglo XIX, La esencia del cristianismo, donde asevera que la religión es el sueño del espíritu humano, la esencia divina es la esencia humana, hablar de Dios es hablar del ser humano y el misterio de la teología es la antropología. El libro hizo furor entre los jóvenes hegelianos, hasta el punto de que uno de sus dirigentes, Arnold Ruge, resumió así la nueva situación político-cultural: "Dios, la religión y la inmortalidad quedan depuestos y se proclama la república filosófica".
Quienes llevan hasta sus últimas consecuencias el humanismo de Feuerbach son otros dos filósofos alemanes: Marx y Nietzsche. Para Marx, la lucha contra la religión es la lucha contra el otro mundo, del que la religión es el aroma espiritual. Una vez que ha desaparecido el más allá de verdad, la tarea intelectual consiste en averiguar la verdad del más acá. Ahora, la crítica del cielo se convierte en la crítica de la tierra, la crítica de la religión pasa a ser la crítica del derecho y la crítica de la teología se torna crítica de la política.
Nietzsche da un paso más. Una vez que Dios ha muerto y se ha demostrado vana la promesa de salvación en otro mundo después de la muerte, la única fidelidad a mantener es a la tierra y la respuesta a la pregunta por el sentido hay que buscarla en la historia: "¡Hermanos míos, permaneced fieles a la tierra!", es su exhortación compulsiva en Así hablaba Zaratustra.
El proceso de desmitificación del Nuevo Testamento tiene lugar en la Ilustración
y llega a su zenit con la conferencia pronunciada por el teólogo Bultmann en 1941 sobre Nuevo Testamento y mitología, en la que propone un ambicioso programa cuya idea central es la existencia de una distancia abismal entre nuestra concepción del mundo, que es científica, y la que ofrece el Nuevo Testamento, que es mítica. Es esa imagen la que hay que desmitificar, cree Bultmann, para que emerja el mensaje central del Evangelio, que es palabra viva de salvación para la humanidad. Este programa, asumido por los teólogos cristianos en diálogo con la modernidad, toca de lleno la línea de flotación de los dogmas del cielo, el infierno y, por supuesto, el purgatorio, cuya existencia fue negada por Lutero por carecer de base bíblica. ¿En qué quedan, entonces, los premios que prometían y los castigos con que amenazaban los predicadores de los Novísimos en nuestra infancia nacional-católica? ¿En pura "creación de la literatura fantástica"?

El Papa concluye la reforma de la eternidad. Benedicto XVI proclama que el purgatorio no es un lugar físico, sino "fuego interior" del pecador

El Papa concluye la reforma de la eternidad. Benedicto XVI proclama que el purgatorio no es un lugar físico, sino "fuego interior" del pecador - Juan Pablo II modificó en 1999 el concepto de cielo e infierno y antes de morir cuestionó el limbo. JUAN G. BEDOYA EL PAÍS - Sociedad - 16-01-2011

Todo es metáfora. Donde el Credo enseña que los buenos serán premiados con el cielo eterno y los pecadores castigados con un terrible infierno, en realidad no se refiere a lugares físicos entre las nubes o bajo tierra, sino a estados de ánimo. Vale lo mismo para el purgatorio, que el papa Benedicto XVI acaba de reducir también a un simple "fuego interior". "El purgatorio no es un elemento de las entrañas de la Tierra, no es un fuego exterior, sino interno", dijo el Pontífice en la catequesis del miércoles pasado.
Juan Pablo II sostuvo algo parecido en agosto de 1999 sobre el cielo y el infierno, también meros estados de ánimo. Lo había proclamado mucho antes el filósofo existencialista francés Jean Paul Sartre, con esta frase que hizo época: "El infierno son los otros".

Dijo en 1999 el famoso papa polaco: "El infierno, más que un lugar, es una situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios". Y también que "el cielo no es un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios".

Hasta ahora estaba justificado escribir cielo, infierno, purgatorio o limbo en mayúscula porque se consideraban topónimos, "si bien de carácter mítico o imaginario". Lo establece así la Real Academia Española en la reciente Ortografía de la lengua española. Su argumento es que esos sustantivos "designan específicamente los lugares establecidos por las distintas religiones como destino de las almas tras la muerte".

Liquidados como topónimos míticos, pierden el derecho a la mayúscula. Queda por llegar una petición de disculpas por las desgracias y los miedos causados con esos espantajos. Después de Galileo era imposible creer en el cielo tal como lo presentaban los eclesiásticos. Pero decirlo ha sido peligroso durante siglos. En el año 1600 fue quemado vivo Giordano Bruno; en 1616 condenado Copérnico, y en 1663, Galileo. El precio moral que ha pagado el Vaticano por esas barbaridades es elevado, pero mayor el quebranto de millones de fieles que han vivido -muchos viven todavía- aterrorizados por la idea del fuego eterno en un infierno ahora desechado.

Los papas libran ahora a sus fieles católicos de esa escatología apocalíptica, tenebrosa y vengadora. Teólogos tan importantes como Hans Küng o Hans-Urs von Balthasar se les adelantaron 40 años, el primero con grave riesgo de anatematización. Fue perito del Concilio Vaticano II por decisión de Juan XXIII y profesor de teología en la Universidad Católica de Tubinga cuando fue apartado del cargo por sus escritos.

En 1975 Küng escribió sobre el cielo: "No se puede hoy, como en los tiempos bíblicos, entender el firmamento azul como la parte exterior del salón del trono de Dios, sino como imagen del dominio invisible de Dios. El cielo de la fe no es el cielo de los astronautas. No es un lugar, sino una forma de ser". Dijo sobre el infierno: "No debe entenderse como un lugar del mundo supraterrestre o infraterrestre, sino como exclusión de la comunión con el Dios vivo".

Si todo era tan evidente, ¿por qué los papas revisan tan tarde la doctrina sobre el más allá? Hay tres respuestas. La primera tiene que ver con el llamado acoso de la ciencia. Roma no quiere repetir las amargas historias de Galileo o Giordano Bruno. La segunda razón es fruto de las estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el infierno ni en el paraíso. Y, por último, se cumple una obligación conciliar que han retrasado más de lo prudente. La Iglesia debe vivir en su tiempo, y ha de actualizar la interpretación que en el pasado se hizo de los textos sagrados. Se trata del aggiornamento, la palabra preferida de Juan XXIII y su Vaticano II.

El último mito en caer en desuso ha sido el purgatorio. Se trataba de un lugar intermedio entre el cielo y el infierno, una especie de sala de espera. Nunca se dijo oficialmente dónde estaba ubicado y su entrada en escena, en torno a 1170, justificó la celebración del Día de Todos los Santos y la fea costumbre de las bulas con que comprar el cielo para las almas de amigos y parientes.

Otro tachón en la geografía escatológica afectó al limbo. Decían los catecismos clásicos que el limbo era el lugar al que iban quienes morían sin uso de razón y sin bautizar. Un lugar sin tormento ni gloria, algo así como estar en Babia toda la eternidad.

El castigo consistía en vivir en una tercera clase de cavidad distinta del cielo y el infierno, en el que las almas cándidas, además de estar privadas de gloria, sufrirían la ausencia de quienes habían tenido la fortuna de salvarse: padres, hermanos... La doctrina tridentina incentivaba con tan terribles argumentos el bautismo rápido de los recién nacidos.

Fue Juan Pablo II quien ordenó en 2004, poco antes de morir, al entonces cardenal Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI) la dirección de una comisión teológica que razonase la supresión del limbo. No era un problema teológico aislado. El papado se sentía obligado a cambiar puntos de vista que han llenado de zozobra a sus fieles. Así, la visión que, desde san Agustín, tiene la Iglesia de Roma sobre el hombre como un ser irremediablemente empecatado desde que Eva y la serpiente liaron a Adán. El Papa buscaba una síntesis que ayudase "a una práctica pastoral más coherente e iluminada". La doctrina que coloca en el limbo a los niños muertos con el "pecado original" no lavado por el bautismo, es de origen medieval y poco relevante entre los teólogos modernos a no ser porque se hermana con la idea, también arrumbada por el Concilio Vaticano II, de que fuera de la Iglesia romana no había salvación.

"En el inicio creó Dios el cielo y la tierra", reza la primera frase de la Biblia. Para los que se toman este libro sagrado como doctrina, semejante inicio ocurrió en apenas una semana y hace unos 6.000 años. También sostienen que existió un paraíso (un jardín llamado otras veces el Edén, la Tierra del deleite), donde Adán y un apéndice costillar llamado Eva tuvieron dos hijos, Caín y Abel, que a su vez... La dichosa historia de la manzana les costó ser arrojados a unas tinieblas exteriores y tener que trabajar, ellos y sus descendientes, para ganarse el pan "con el sudor de su frente". El cronista bíblico no percibió desempleo en aquel tiempo.

Es una curiosa historia, con serpiente incluida y con final infeliz. En realidad, todo irreal. Pero sus consecuencias han sido terribles. Como durante siglos el tema del paraíso terrenal se ha interpretado tal como fue escrito en los tiempos del rey Salomón, los predicadores cristianos han enseñado que por Eva entró el mal y la muerte en el mundo y que la mujer merece desprecio eterno por ello. "No seáis nunca ni Judas ni Eva", exhortaba Pío XII, en los años cincuenta del siglo pasado, cada vez que había ordenaciones sacerdotales en Roma y recibía en audiencia a los misacantanos.

Hay una larga relación de pensadores cristianos que proclamaron en los años sesenta, tras el Vaticano II, lo que ahora predican los pontífices. Pero, para una mirada de lego, la nueva escatología papal pone patas arriba la interpretación clásica de los textos sagrados y lo que se ha enseñado como doctrina a los niños españoles en catecismos tan afamados como los de Astete y Ripalda. También decae estrepitosamente la idea de Tomás de Aquino sobre algunos de los placeres esenciales de los que van al cielo: además de la visión de Dios, el sabio de Aquino subraya el poco cristiano de la contemplación de los sufrimientos de los arrojados al infierno.

En la misma línea, el colosal Dante predica esa fruición vengativa cuando en La Divina Comedia, además de regodearse en la "región de los condenados" con la cita de ladrones, usureros, alcahuetes, traidores, príncipes negligentes, papas codiciosos y genios tramposos como Ulises (por lo del caballo de Troya), ajusta cuentas a sus paisanos de Florencia, de los que fue prior antes de ser exiliado. En su viaje al más allá el poeta cita a 32 florentinos que se pudren en los infiernos. Es humano el regodeo, pero de exageraciones tales procede quizás la alternativa excremental de la palabra escatología, un derivado de ésjatos (último) y logos (estudio): el estudio de los últimos días.

El cotilleo morboso de Dante ante los condenados al fuego eterno aterrorizó, en cambio, a Unamuno, que califica de "absurdo moral" la sola idea del infierno. "Por el infierno empecé a rebelarme contra la fe. Mi terror ha sido el aniquilamiento, la anulación, la nada más allá de la tumba. ¿Para qué más infierno?", escribió.

Por el infierno y el resto de la escatología cristiana, el Vaticano, con su enorme poder, llenó de sombras, tristezas y miedos durante siglos la visión de la humanidad, con límites tenidos hoy por irreverentes. Un ejemplo es el predicador capuchino Martin von Cochem, que llegó a fijar la altura de las llamas del infierno, llamando la atención sobre el hecho de que su fuego es más tórrido que el terrenal: porque sucede "en lugar cerrado", "se alimenta de pez y azufre" y es Dios quien lo sopla.

"Tú sabes", se exhibe Cochem, "que cuando se sopla sobre el fuego, éste prende con más ímpetu. Si el fuego se atiza con grandes fuelles, como se hace en las fraguas de los herreros, las llamas se enfurecen. Cuando es el Dios omnipotente el que sopla el fuego del infierno con su aliento, ¡cuán horrible no será su rabia y furor".

Que una escatología tan grosera y disparatada haya pervivido durante siglos se explica por el ansia de inmortalidad del género humano y la esperanza de un "más allá" tras la muerte. Lo sostiene el teólogo Manuel Fraijó, alumno en Alemania de Karl Rahner, Hans Küng o Walter Kasper (director de su tesis doctoral). "Ya avisó Feuerbach que, si no existiera la muerte, no existiría la religión. Y Nietzsche atribuía la victoria del cristianismo a esa deplorable adulación de la vanidad personal lograda a golpe de promesas de inmortalidad", añade.

El infierno es, además, una antiutopia destructiva. Al amenazar con las penas eternas, se pretendía infundir terror y provocar la huida del mundo. La mirada del más allá operaba como distracción para alejar a los creyentes de sus responsabilidades en la construcción de la ciudad terrena.

Al fondo está la doctrina de la resurrección, que nació también como respuesta a la injusticia. Dice el teólogo Fraijó: "Existen los injustamente tratados, los humillados y ofendidos, las víctimas del egoísmo y la barbarie. La resurrección viene a satisfacer una de las apetencias fundamentales del ser humano, marcado por una melancolía de la plenitud que únicamente la resurrección llena. Existe una antropología, llamémosla de los insatisfechos, que encaja bien con el anuncio de la resurrección. Para ella, la resurrección es una exigencia".

lunes, octubre 11, 2010

Muere José María Díez-Alegría, jesuita castigado por Roma y gran teólogo

Muere José María Díez-Alegría, jesuita castigado por Roma y gran teólogo. El español fue uno de los grandes teóricos del postconcilio y acompañó al padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo. JUAN G. BEDOYA - Madrid ELPAIS.com - Sociedad - 25-06-2010

Ayer murió José María Díez-Alegría, uno de los grandes teólogos españoles. Iba a cumplir en octubre los 99 años de vida. Fue jesuita impenitente, obligado por los inquisidores del Vaticano a dejar la orden de Ignacio de Loyola por no aceptar silencios, componendas ni censuras. Pese a todo, nunca dejó de vivir en (y con) la Compañía de Jesús. "Soy un jesuita sin papeles", solía ironizar.
Nacido el 22 de octubre de 1911 en la sucursal del Banco de España de Gijón, de la que su padre era director, Díez-Alegría se cambió pronto al bando de los mineros y empezó a tener problemas con la dictadura franquista, poco amiga de curas de combate. Sólo el apellido Díez-Alegría, con dos famosos generales en la familia, lo libró de la cárcel, aunque no de marginaciones y desplantes. Una vez le preguntaron cómo un banquero podía ser católico, y Díez-Alegría contestó con esta anécdota brechtiana. Fue un banquero a confesarse y le dijo: 'Mire, padre, yo soy banquero'. Y el cura le respondió: '¡Mal empezamos!'. El rico penitente se enfadó y se fue.

Alegría (al teólogo Díez-Alegría todos le llamaban Alegría) era un reputado profesor en la imponente Universidad Gregoriana de Roma cuando en la Navidad de 1972 publicó sin la censura previa obligada el libro 'Yo creo en la esperanza', que en apenas semanas dio la vuelta al mundo. Exclaustrado de la Compañía de Jesús para evitar males mayores con el Vaticano, regresó un año después a Madrid y se fue a vivir a una chabola del Pozo del Tío Raimundo, la barriada en la que otro jesuita, el famoso padre Llanos, ex capellán de Falange y ex amigo del dictador Francisco Franco, llevaba practicando una radical teología de la liberación desde 1955. Alegría, cuyo sentido del humor y paciencia evangélica no tenían límites, se hizo imprimir allí esta tarjeta de visitas: "José María Díez-Alegría. Doctor en Filosofía. Doctor en Derecho. Licenciado en Teología. Ex profesor de Ciencias Sociales en la Universidad Gregoriana. Jubilado por méritos de guerra incruenta. Calle Martos, 15. Pozo del Tío Raimundo".

Una vida en el Pozo del Tío Raimundo

En el Pozo del Tío Raimundo Llanos y Alegría hicieron teología de liberación de la buena, a pie de obra, y entraron en la mitología popular. Su sensibilidad por las víctimas del sistema económico inhumano era ontológica. Una vez, en una sonada conferencia en la Cámara de Comercio de Madrid, Alegría dijo, ajeno a las consecuencias, que "la clase dirigente vive en situación de pecado". Díez-Alegría no cesó de proclamar su convicción de que si un socialismo de rostro humano es muy difícil, un capitalismo de rostro humano es imposible.

Alegría ha fallecido en la residencia de los jesuitas de Alcalá de Henares. Decenas de discípulos, amigos y admiradores peregrinaban allí con frecuencia para disfrutar de su conversación, sabia, beatífica y pícara, sin pelos en la lengua, de una belleza incomparable. Hace unos meses empezó a declinar y a consumirse poco a poco. "Se nos está agotando Alegría", corrió la voz. Anteayer ya no se esperaba más noticia que la de su muerte. Ocurrió esta mañana a las cinco.

Cuando fue expulsado hace 37 años de la Compañía de Jesús por publicar 'Yo creo en la esperanza', Alegría vivía en Roma y era un bullicioso profesor de la Gregoriana, es decir, un pensador lanzado a la fama. Tiempos del postconcilio, aunque ya se vislumbraban nubarrones en aquella primavera eclesial. Díez-Alegría pide permiso para editar su libro. No ha lugar, le dicen. Y toma una decisión que cambiaría su vida. El libro aparece en 1972 en la editorial Desclée de Brouwer, de Bilbao y se vendieron 200.000 ejemplares en numerosos idiomas. Su salto a la fama fue fulminante. Quince días más tarde, el periódico más vendido en Roma, Il Messagero, y el más importante de EE UU, The New York Times, tronaban: "El best seller de un jesuita español aclama a Marx y ataca a Roma".

Díez-Alegría tardó poco en regresar a España y en "tomar la mejor decisión" de su vida, dijo más tarde. Se fue a El Pozo del Tío Raimundo, se quitó el bonete de jesuita, se pone la boina de cura y puso en práctica la teología que había enseñado en Roma. Cuando llegó a Madrid, el 24 de febrero de 1974, "una nube de periodistas le buscaba, como si fuera un famoso actor de cine", recuerda Pedro Miguel Lamet, su biógrafo (Díez-Alegría. Un jesuita sin papeles. Editorial Temas de Hoy. 2005).

A los 90 años, Díez-Alegría publicó la segunda parte de su famoso libro, esta vez con el título 'Yo todavía creo en la esperanza', pero en medio hay muchas otras obras de impacto, como Actitudes cristianas ante los problemas sociales (1967), Cristianismo y revolución (1968), Yo creo en la esperanza (1971), Teología en broma y en serio veras (1977), Rebajas teológicas de otoño (1980). La cara oculta del cristianismo (1983). ¿Se puede ser cristiano en esta iglesia? (1987) o Cristianismo y propiedad privada (1988). Él mismo se consideraba un miembro más de la Teología de la Liberación, orgulloso de que el padre Ignacio Ellacuría, asesinado por el fascismo clerical de El Salvador, Jon Sobrino o Gustavo Gutiérrez le considerasen "un viejo compañero". Sostuvo siempre que en el fragor de la injusticia que vive este mundo global no cabía otra cosa que el compromiso social.

Díez-Alegría tenía admiradores incluso entre los jerarcas del catolicismo porque era un cristiano irreductible, pese a sus sabrosas impertinencias con el poder. En eso se parecía a Jesús, el fundador cristiano, crucificado por decir lo que pensaba. En un mundo de eclesiásticos acomodados junto al poder político y económico, que apenas usan el nombre de Cristo porque prefieren las figuras tiernas pero pacíficas y melifluas de María, o la de los papas lujosamente instalados en la soberanía vaticana, Díez-Alegría aconsejaba humildad, volver a Cristo y menos papanatismo. "Hay que citar más a los Evangelios y menos al Papa", decía. En la última conversación con EL PAÍS proclamó que en unos veinte o treinta años se admitiría el matrimonio de los clérigos y, un poco más tarde, el sacerdocio de la mujer.

"Okupa del Universo"

Cuando cumplió 94 años y empezaba a sentirse "un okupa del Universo", pese a estar todavía como un chaval, Díez Alegría recibió un homenaje de sus amigos en el paraninfo de la Casa de América, repleto de público. Fue recibido con larguísimos aplausos, todos puestos en pie para verlo mejor bajar las escaleras camino del escenario, como si el que llegaba fuese un profeta o un galán de cine. El encargado de hacer la 'laudatio' aquel día fue el entonces ministro de Defensa, José Bono, fallido aspirante a jesuita de pequeño. La ocasión sirvió además para presentar la biografía de Alegría escrita por otro jesuita ilustre, sabio y rebelde, Pedro Miguel Lamet.

La jerarquía eclesiástica ha soportado la fama y la voz de Alegría con pasmo o pánico. Por ejemplo, el 28 de mayo de 1977. Ese día, EL PAÍS acogía en su primera página una gran fotografía del jesuita Llanos saludando puño en alto ante 60.000 personas reunidas en el campo de fútbol de Vallecas (Madrid). "El mitin comunista de ayer contó con dos protagonistas de excepción, tan dentro de la lógica de la historia de la Iglesia española como fuera de programa: los padres jesuitas Díez-Alegría y Llanos. El padre Llanos -en la fotografía- saluda, puño en alto, a su pueblo de El Pozo. De alguna manera viene a simbolizar el compromiso histórico de cierta Iglesia pasada dolorosamente del nacional-catolicismo al saludo de identificación marxista", decía el pie de foto.

Díez-Alegría contó más tarde que el padre Llanos tenía carnet del PCE y de Comisiones, aunque apreciaba más el segundo que el primero "cuando vio que no era oro todo lo que relucía en aquel idílico eurocomunismo". Él no. "Lo que yo era es hegelianamente anti-antimarxistas", explicó jugando con la famosa teoría del filósofo alemán sobre la tesis, la antítesis y la síntesis. "Yo no soy marxista, pero tampoco antimarxista. Me tomo en serio el marxismo. La crítica que hace Marx del capitalismo es válida. Nunca me leí El capital, pero sí otros libros suyos, y en mi libro Rebajas teológicas de otoño escribí un capítulo titulado Recuerdos a Marx de parte de Jesús en el que contaba que tuve un sueño en el que Jesús se me presentaba y me decía: 'Oye, y este Carlos Marx, del que tanto hablan escandalizados mis discípulos actuales, ¿qué me dices de él?'. Entonces yo le recitaba algunos textos de Marx, y después Jesús me decía: 'Mira, si ves a Carlos Marx, dale recuerdos de mi parte y dile que no está lejos del Reino de Dios. Pues ése era un poco nuestro marxismo".

Pese al temprano castigo por Yo creo en la esperanza, Díez-Alegría no volvió a tener problemas con el Santo Oficio de la Inquisición. Otros teólogos, por decir cosas menos valientes o menos fuertes, los han tenido. La explicación es que matizaron muchísimo, y que manejaban la Biblia con gran conocimiento. "Siempre había un Padre de la Iglesia que había dicho antes lo que ellos sostenían", dice Pedro Miguel Lamet, que trabajó muchas veces en El Pozo.

Tampoco tuvieron, ni Llanos ni Alegría, problemas con la severa dictadura franquista y nacionalcatólica, obligada, en cambio, a abrir en Zamora una cárcel sólo para curas. La explicación fue el origen de los dos protagonistas. Llanos era hijo de un general, y Díez-Alegría, de un banquero de Gijón, además de hermano de los tenientes generales Luis Díez-Alegría, jefe de la Casa Militar de Franco y ex director general de la Guardia Civil, y Manuel, ex jefe del Alto Estado Mayor del Ejército. Un día, el general Luis cometió una infracción de tráfico y el agente que le tomaba nota para la multa, al ver su apellido en el carné, le preguntó si era familiar del "famoso teólogo Díez-Alegría". Y no hubo sanción.

Además, cuando llegaron a evangelizar y, sobre todo, a prestar amparo y compañía a los chabolistas de El Pozo, los dos ya eran famosos por sí mismos, Llanos por artículos de prensa, y Díez-Alegría porque venía de Roma envuelto en un descomunal escándalo editorial. El sangriento dictador Franco recelaba castigar o reprimir cuando las víctimas podían recibir algún amparo internacional.

En la biografía de Alegría, Lamet cuenta anécdotas y sucesos deliciosos, que explican por qué fue Alegría fue un jesuita "sin papeles". He aquí una de las historias que contaba Díez-Alegría, con arrobo teológico, para armonizar con la fe católica su radical teología de liberación. Un catequista de mujeres adultas en Andalucía se topó con una joven muy pobre, casada y con hijos, que se había ido a vivir con un viejo.

-Mujer, tienes que volver, no puedes seguir con el viejo.

-Pues claro que sí, señorito. Pero es que el viejo se va a morir en seguida, y me voy a quedar con una casica muy apañada, me traigo a mi marido y a mis hijos, y problema resuelto.

-Pero, mujer, es que eso es contra la ley de Dios.

La mujercita, con convicción: "No, señorito, si yo con el Señor no tengo dificultad. Yo le digo al Señor: Señor, tú me perdonas a mí y yo te perdono a ti ["por tenerme tan pobre", matizó Alegría], y estamos en paz".


José María Díez-Alegría: libertad de conciencia y sentido del humor. JUAN JOSÉ TAMAYO ELPAIS.com - Opinión - 25-06-2010

Acaba de fallecer el teólogo José María Díez-Alegría. Iba a cumplir 99 años en octubre. En las últimas visitas que le hacíamos los amigos y amigas solía decirnos que no quería llegar a centenario para que no le pasearan como un mono de feria. Su deseo se ha cumplido. Ha muerto vencido por la edad, pero conservando intactos la esperanza y el sentido del humor. "Como Dios sabe que soy de izquierdas, todavía oigo un poco por el oído izquierdo y veo otro poco por el ojo izquierdo", me comentó cuando le vi por última vez. Díez-Alegría fue testigo privilegiado y protagonista de algunos de los momentos más importantes de la historia de España y del cristianismo del siglo XX, y uno de los intelectuales españoles más influyentes en todos los campos del saber y del quehacer humano: ética, doctrina social, filosofía, teología. También en la lucha por la democracia. Siempre fue por delante marcando el camino que luego seguiría la sociedad.
Los dos fuimos cofundadores de la Asociación de Teólogos y Teólogos Juan XXIII junto con otros colegas. De 1988 a 1996 compartí con él la dirección de la Asociación, él como presidente y yo como secretario general, y en el trato frecuente, casi diario, de aquellos años pude comprobar su honestidad intelectual, su sensibilidad social y su autenticidad humana y cristiana.

En su libro más emblemático, Yo creo en la esperanza, José María distinguía dos tipos de religión: la ontológico-cultual y la ético-profética. Si la primera se caracteriza por centrar la religión en el culto y poner al ser humano al servicio del sábado, la segunda se caracteriza por centrar la vida en el centro de la religión y por colocar el sábado al servicio del ser humano. Él fue un buen ejemplo de religión ético-profética.

Buen conocedor del marxismo, José María Díez-Alegría participó activamente en el diálogo cristiano-marxista, con los otros dos Josemarías con quienes formaba la "Trinidad heterodoxa", el padre Llanos y González Ruiz, primero en Italia, en los años sesenta del siglo pasado, y después en España, durante los últimos años del franquismo y los primeros de la transición democrática. En diálogo y colaboración con intelectuales y militantes marxistas, contribuyó a desdogmatizar y humanizar ambos sistemas de creencias, tendió puentes y buscó lugares de encuentro entre cristianismo y marxismo a partir de la común opción por los excluidos traducida en compromiso liberador.

Su profunda fe en Jesús de Nazaret le llevó a relativizar las instituciones eclesiásticas. "Una cierta relativización de las iglesias cristianas históricamente dadas resulta inexorablemente no sólo del ecumenismo sinceramente asumido, sino sobre todo de la dimensión mistérica de la iglesia de Cristo", escribe en Yo creo en la esperanza (p. 157). Su humanismo radical, abrevado en las mejores tradiciones filosóficas y religiosas, le condujo a seguir la voz de la conciencia. Así lo demostró cuando, ante el dilema de obedecer a sus superiores de la Compañía de Jesús que le pedían no publicara el libro Yo creo en la esperanza o de seguir lo que le dictaba su conciencia, optó por esta última, y publicó la obra. La conciencia personal por encima de la ley eclesiástica.

La frontera fue su lugar natural, el espacio en que vivió su fe crítica por opción personal: la frontera entre fe e increencia, ortodoxia y heterodoxia, cristianismo y marxismo, amor cristiano y luchas de clases, compromiso político y experiencia religiosa. En la frontera se encuentra la marginación, lugar social donde vivió su experiencia religiosa y humana de manera espontánea y descubrió las dimensiones liberadoras del cristianismo. El mundo de la marginación fue para él el barrio vallecano del Pozo del Tío Raimundo, donde vivió varias décadas con el padre Llanos. Ésa fue la cátedra que durante muchos años supo compaginar con la Gregoriana de Roma y, cuando fue cesado como profesor de ésta, su cátedra permanente más preciada. Desde la cátedra de la marginación vallecana escribió muchos de sus libros, que leí con verdadera fruición porque son una verdadera fuente de sabiduría, de sentido común, de espíritu evangélico y de respeto por el misterio.

Dar razón de la esperanza es quizás la mejor síntesis de su magisterio teológico y de su trayectoria humana. Hombre esperanzado por talante y por convicción, supo contagiar la esperanza en su derredor. Esperanza inseparable de la fe, y ambas vividas en un clima adverso, pero sin desembocar en desesperanza o descreimiento. Si a sus 60 años pudo titular su obra Yo creo en la esperanza, a sus noventa no dudó en titular su último libro Yo todavía creo en la esperanza.

A Díez-Alegría siempre le acompañó el sentido del humor. El humor como talante, como virtud, como principio. Un humor que se refleja en sus textos, en los títulos de sus libros: Rebajas teológicas de otoño, Teología en broma y en serio. A punto de cumplir los 94 años nos dio una nueva muestra de teología con humor: su libro Tomarse en serio a Dios, reírse de uno mismo, su mejor testimonio y testamento.

martes, septiembre 07, 2010

"No se sabe si es el Papa el que manda" JUAN G. BEDOYA Otro teólogo acallado por el vaticano

"No se sabe si es el Papa el que manda" JUAN G. BEDOYA - Madrid EL PAÍS - Sociedad - 06-09-2010
Callarse o romper. Obedecer o abandonar el convento. Seguir con sus hermanos franciscanos en el santuario de Aranzazu o irse a un piso, solo. La decisión de José Arregi (Azpeitia, Guipúzcoa. 1952) ha sonado como un mazazo en los campanarios del catolicismo. Otra crisis, otro teólogo que dice basta a los inquisidores. En la otra orilla del conflicto, el polémico nombramiento de José Ignacio Munilla como obispo de San Sebastián, en contra de la inmensa mayoría del clero de la diócesis. Munilla no ha aguantado las críticas y se ha cobrado la cabeza de Arregi en nombre de todas las demás. Entrevistamos al teólogo en medio de un alboroto, desbordado por llamadas de solidaridad y por las críticas.

Pregunta. He visto en la prensa católica textos crueles contra usted, muy poco cristianos.
Respuesta. No leo esos comentarios, y menos en estos días, por falta de tiempo y por higiene mental. Cada uno tiene derecho a expresar su opinión, siempre que no falte al mínimo respeto. Pero es difícil decir dónde está el límite, y es preferible pecar de anchos que de estrechos.
(Arregi nació en un hogar pobre de Guipúzcoa, entre caseríos y montañas, cuarto de 14 hermanos. Frágil y correoso, la mirada y la voz del teólogo se emocionan cuando recuerda al padre, "de manos muy grandes, como el corazón", un padre bueno, pero algo testarudo. "Sabía mucho, mi padre, pero nunca supo ni leer ni escribir, ni palabra de español. Pero nunca se perdió". Murió hace tres años, a los 97).

P. Suele decirse que no hay nada que se parezca más a un obispo que otro obispo. Munilla no es distinto. ¿O sí?
R. Los obispos, como hombres que son (¡ojalá fueran también mujeres!), son tan diferentes entre sí como todos los demás. Lo que les hace demasiado iguales es la función que les asigna la eclesiología jerárquica, que no solo sigue vigente, sino que se está reforzando, en contra de la historia y del Evangelio: una eclesiología que hace a los obispos, de hecho, meros embajadores y ejecutores de las órdenes del Papa. Pero cuando todo depende del Papa, nunca se sabe si es él el que manda o el aparato que le rodea, con su oscura trama de intereses y conjuras curiales. Apelar ahí al Espíritu Santo y al Evangelio de Jesús es un sarcasmo.

P. Con usted se han comportado como los secretarios de Organización de los partidos políticos. Disciplina, unidad, la ropa sucia se lava en casa... La historia se repite con frecuencia. ¿Ve alguna esperanza de cambio?
R. No a corto y medio plazo. Si los obispos del futuro van a salir, como es normal, de los seminarios de hoy, no pueden sino prolongar e incluso agravar el dogmatismo y la intolerancia actuales. Comprendo que la Iglesia, como todo grupo humano, necesita un marco institucional más o menos coherente. Pero si las instituciones religiosas no son capaces de ser mucho más tolerantes que los partidos políticos con la diferencia y la disidencia internas -y no lo son-, no tiene sentido que sigan hablando de Dios y del Evangelio de Jesús.

(La madre de Arregi es una mujer fuerte, como las de la Biblia, capaz de sufrir sin quejas. Tiene 82 años y aún sigue cociendo hogazas en el horno del mismo caserío en el que dio a luz a todos sus hijos, menos al último, que nació en un hospital en 1969. La madre trabajaba 18 horas al día, y a veces más, en casa y en el campo. Justo aprendió a leer y a escribir, y algo de castellano).

P. La ruptura con la jerarquía era una crónica anunciada. ¿Esperaba algo distinto?
R. Desde hace años presentía que algún día habría de llegarme también a mí la prohibición de enseñar Teología y todo el conflicto personal e institucional que eso conlleva. El pontificado de Juan Pablo II, con Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina y la Fe, ha invertido el rumbo de la Iglesia, ha truncado los sueños conciliares de aggiornamento (puesta al día), ha alterado el perfil del episcopado. Ha vuelto a la Iglesia la persecución antimodernista que el Vaticano II parecía haber desterrado para siempre. Era inevitable que también me afectara. Solo hizo falta para ello que me hiciera un poco más conocido.

P. Han sido sus hermanos superiores los que le han forzado a dejar la orden si se negaba a callar. ¿Cómo ha sido el proceso?
R. No han sido mis superiores los que me han forzado, propiamente. Más bien, son ellos los que han sido forzados a callarme. Mi negativa les ponía entre la espada y la pared: o ellos se enfrentaban a la autoridad episcopal o yo debía salir. Lo primero, aunque sea triste, es impensable en la orden franciscana de hoy.

(Los padres de Arregi se casaron en el santuario de Aranzazu -en 1947, a las ocho de la mañana- y llevaban todos los años a sus hijos en peregrinación al monasterio. Era el día más esperado. Una vez, José Arregi, con apenas siete años, acudió solo con su padre. Mientras una larga doble fila de frailes despedía a los peregrinos, el padre le preguntó: "¿No te gustaría ser franciscano?". El niño dijo que sí. A los 10 años entró en el seminario. Era un chico estudioso, formal, piadoso, también muy inseguro. Estudió la primera Teología en Aranzazu, entre 1972 al 1976. Era el posconcilio. Llegaban los nuevos aires. Años más tarde, fue a estudiar Teología Superior al Instituto Católico de París (de 1982 a 1986). Arregi sufrió el gran choque. Pero la transformación decisiva se produjo en 1987, mientras trabajaba en la tesis sobre el diálogo interreligioso a partir del gran Hans Urs von Balthasar. "Vi que esa teología me abocaba a un callejón sin salida, rompí con el absolutismo cristiano y adopté un paradigma pluralista. Ahí empezó para mí otra historia, que me ha conducido a la encrucijada en la que me hallo. Pero la vida sigue").

P. Muchas veces las jerarquías castigan por decir la verdad (a los que tienen la razón). ¿Cuál es la suya?
R. Lo digo sinceramente, no pretendo tener razón. Solo pido que haya lugar en la Iglesia para poder pensar, enseñar y actuar de manera diferente, y que las opiniones que se consideran erradas se combatan únicamente con argumentos de razón. Si el cristianismo no quiere convertirse en una pieza de museo o en una secta, deben darse unas enormes transformaciones de fondo: democratización de todas las instituciones, lectura crítica de la Biblia (y, con más razón, del dogma), vivencia de una espiritualidad mística y transformadora más allá de todo dogmatismo y moralismo, aceptación del principio de la laicidad...

P. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Cómo va a vivir?
R. Seguiré dando clases en Deusto, aunque no de Teología. Y viviré en Arroa Behea, un pueblecito de Guipúzcoa a dos kilómetros del mar. Allí compraré un piso con la ayuda de los franciscanos y un préstamo del banco.

jueves, agosto 19, 2010

Las transgresiones de Jesús JUAN ARIAS

DEBATE SOBRE JESUCRISTO Las transgresiones de Jesús JUAN ARIAS DOMINGO - 14-03-2010
Se oculta todavía algún secreto en los evangelios, los escritos más traducidos del mundo y sobre los que se han publicado millones de libros? ¿Puede aún decirse algo nuevo sobre Jesús de Nazaret, el profeta maldito, que fue crucificado por loco y subversivo? Jesús siempre ha sido presentado como un líder religioso que dio origen a una nueva Iglesia, nacida del judaísmo, lo que no es cierto. Jesús no pensó en ningún momento en fundar una nueva religión, ya que él las combatía todas por estar basadas en la violencia y en los ritos sacrificiales, en el dolor y en la falta de libertad.
Analizando, sin embargo, los textos antiguos bajo otra luz, se puede deducir que, a pesar de que usaba el lenguaje y la cultura de su tiempo, que eran fundamentalmente religiosos, Jesús mira más lejos. Tiene otras intuiciones que no son puramente religiosas, sino de transformación de la especie humana. Habla a los hombres de su tiempo como si se dirigiera a una sociedad diferente, que ha superado las debilidades y los límites de lo humano. Quizá por ello muchos analistas bíblicos suelen afirmar que su mensaje es "utópico". En realidad es mucho más que eso. Siempre ha resultado intrigante que tanto las palabras como los actos de Jesús trazan una línea de ruptura absoluta con lo actual. (...) Su mensaje trasciende lo cotidiano y quizá por eso no lo entienden ni siquiera cuando habla con parábolas. Sus propios familiares creían que estaba loco. Las autoridades judías del templo y las civiles y políticas tampoco lo comprenden y por eso acaban uniéndose para condenarle a muerte. Queda perplejo ante él incluso Pilatos, que confiesa no ver en aquel profeta delito alguno. (...) Era el hombre del antipoder y de la antiviolencia. La paradoja es que los únicos que parecían entenderle, o por lo menos intuir su originalidad, eran los marginales de la sociedad, aquellos que no tenían nada que perder: lisiados, leprosos, cojos, ciegos, mudos, endemoniados, prostitutas y, en general, todas las mujeres. Aunque en especial una, la gnóstica Magdalena, que pudo haber sido su compañera sentimental e incluso la madre de sus hijos y a la que los apóstoles miraban con desconfianza, porque sabían que ella conocía los secretos del Maestro que a ellos les escondía.
No es posible analizar los cuatro evangelios canónicos, los únicos que la Iglesia considera inspirados por Dios, sin tener en cuenta también los evangelios gnósticos, descubiertos hace poco más de sesenta años, todavía poco estudiados y que el catolicismo rechaza como herejes, quizá porque intuye que guardan todavía secretos no desvelados sobre la verdadera personalidad del profeta de Nazaret y de su doctrina. Los escritos gnósticos pueden ofrecer una lectura nueva de los evangelios canónicos en lo relacionado con el anuncio de Jesús de un nuevo reino. Este concepto, visto a la luz de estos escritos, ya no se refiere a una nueva forma religiosa ni siquiera a una nueva ética superior a la judía, sino a algo mucho más inédito y revolucionario: un salto de la actual especie humana a otra diferente que no se funde en los cánones de la violencia. Jesús sería entonces el encargado de desvelar el flamante rostro de esta humanidad conforme al conocimiento y sabiduría gnósticos y lo hizo en parte en los secretos que reveló en exclusiva a María Magdalena.
(...) No hay duda de que Jesús quiebra y desobedece todas las reglas y paradigmas de la sociedad. El oscuro profeta de la minúscula aldea palestina de Nazaret parece dirigirse a hombres y mujeres de otra especie humana aún por venir. Quizá él, con la fuerza del amor desinteresado que movía su vida, se sentía un ciudadano de ese nuevo mundo sin violencia de la que acabó siendo víctima inocente e inevitable. ¿Significa esto que Jesús no se dirigía a los hombres de su época, a esta raza humana? De ningún modo. Jesús habló también para nosotros, los humanos violentos y ambiciosos, proclives a usar los mecanismos del amor para nuestro provecho. El ser humano puede mejorar. Y de hecho algunos, empezando por el propio Jesús víctima de la violencia, han alcanzado la sublimidad del amor por él propuesto. Sin embargo, sus intenciones y miras iban más allá y nos indicó que el gran secreto que estaba desvelando era que aquella locura de un mundo sin violencia no era pura utopía, algún día otros seres humanos, se llamen como se llamen, podrían lograrlo.
(...) Uno de los episodios más oscuros de los evangelios es el de la formación intelectual y social de aquel profeta que, salido de las sombras de una aldea sin prestigio, es capaz de discutir y polemizar con los intelectuales de su tiempo, con los fariseos y los sacerdotes, una casta a la que él no perteneció. Jesús era, en efecto, un seglar. ¿Dónde estudió? ¿Era de verdad un gnóstico? ¿Había viajado fuera de Palestina? A este respecto existe un increíble vacío en los evangelios que los escritos apócrifos han llenado sólo en parte. Ninguno de los cuatro evangelios oficiales dedica una sola palabra a lo que Jesús hizo desde los 12 años, cuando se pierde en el templo y su madre le reprende por el dolor que les había causado a sus padres, hasta los 30 años, momento en el que aparece en la vida pública como profeta. En total, 18 años de silencio absoluto.
Desde hace 2.000 años hasta hoy, ese vacío inaudito ha sido el origen de las hipótesis más diversas sobre dicho periodo. Se sitúa a Jesús viajando por India o por Egipto y entrando en contacto con los magos de su tiempo. Cualquier situación es posible menos pensar que hubiese podido permanecer todos esos años encerrado en la minúscula aldea de Nazaret, tan insignificante que ni aparece en los mapas de la época. Es más, cuando se hace alusión a ella es para despreciarla: "¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?", se preguntaban los judíos de la época.

Gresca por Cristo. La jerarquía episcopal fuerza a retirar de la venta el libro de Pagola sobre Jesús

DEBATE SOBRE JESUCRISTO Gresca por Cristo JUAN G. BEDOYA DOMINGO - 14-03-2010
La jerarquía episcopal fuerza a retirar de la venta el libro de Pagola sobre Jesús, avalado por el obispo Uriarte después de algunas 'correcciones' y del que se han vendido ya 80.000 ejemplares
Se llamaba Yeshúa, y a él probablemente le agradaba. El nombre quiere decir Yahvé salva. Se lo había puesto su padre el día de la circuncisión. Era un nombre tan corriente en aquel tiempo que había que añadirle algo más para identificar bien a la persona. En su pueblo, la gente lo llamaba Yeshúa bar Yosef, Jesús, el hijo de José. En otras partes le decían Yeshúa ha-notsrí, Jesús el de Nazaret".
Si, como dijo el poeta, el primer verso te lo dan los dioses, este primer párrafo del capítulo uno del libro Jesús. Aproximación histórica subraya el estilo vibrante con que el teólogo Juan Antonio Pagola ha escrito 569 páginas sobre el fundador cristiano. Se han vendido 80.000 ejemplares en castellano, euskera y catalán, y ha sido traducido a otros idiomas. Es, como suele decirse, un best seller, un superventas. Pero no ha gustado a la jerarquía del catolicismo La editorial PPC, de la congregación marianista, ha ordenado a las librerías religiosas que retiren los ejemplares no vendidos. Los publicados en euskera por la editorial-librería diocesana Idatz y en catalán por Claret siguen en el mercado. En la trifulca están implicados cardenales y obispos, aquí y en Roma, a favor y en contra.
Los cronistas de la antigüedad escribieron que Jesús de Nazaret fue ejecutado como un malhechor porque estorbaba a los poderosos. Cuando se cumplió la sentencia, en las afueras de Jerusalén, junto a una vieja cantera, probablemente el 7 de abril del año 30, ya estaba claro que el sistema no soportaba el empeño del nazareno en anunciar un vuelco de la situación con su programa sobre el reino de Dios y de una nueva justicia.
Las disputas sobre el fundador cristiano vienen de lejos porque la jerarquía del cristianismo ha acuñado la imagen de un fundador celeste, y no quiere controversia ni contraopinantes. El último ejemplo es el Jesús de Nazaret del papa Benedicto XVI (de civil, teólogo Joseph Ratzinger), publicado el año pasado, también un superventas. Este próximo verano sale un segundo tomo y la jerarquía no quiere rivales o comparaciones, ni en ventas, ni doctrinalmente.
La disputa principal sobre Jesús se ha centrado en si el nazareno era hijo de Dios y no un nuevo mesías. Ha sido el elemento de exasperación para la jerarquía desde los tiempos en que Pablo de Tarso, auténtico secretario de organización de esa iglesia, puso firme al apóstol Pedro en el concilio de Jerusalén, celebrado en torno al año 46. De entonces para acá, y sobre todo desde el concilio de Nicea (año 325), donde el emperador Constantino impuso la paz teológica aplastando la cabeza de los seguidores de Arrio, son incontables los teólogos que penan por ir más allá de lo que el aparato les tenía permitido. Cuando la sabiduría popular acuñó la expresión "¡Y se armó la de Dios es cristo!", se refería a las consecuencias, a veces sangrientas, de esos enfrentamientos.
Pagola no discute el dogma de Nicea, pero sus detractores ven a su Jesús demasiado humano. Algunos se atreven incluso a acusarle de arriano. Gran parte de las correcciones introducidas en la novena edición del libro se dirigían a espantar esa maledicencia. En todo caso, el Jesús de Pagola no tiene esposa ni hijos, come y bebe con pecadores, trata con prostitutas y no vive preocupado por la impureza ritual. Tampoco tiene rechazo alguno a la mujer, sino todo lo contrario. Y su comportamiento en sociedad resultaba desconcertante. Nada que ver con el Jesús reinante entre la acomodada nomenclatura romana. Lo dejó escrito ya Dostoievski en el capítulo quinto de Los hermanos Karamazov, cuando se encuentran en un calabozo de Sevilla un prepotente Gran Inquisidor y el pobre nazareno crucificado.
Lo curioso en esta gresca episcopal contra el Jesús de Pagola -así se conoce ya a este libro-, es que la edición retirada de las librerías, la novena, había sido corregida por el autor para satisfacer a alguno de sus censores, y se publicó con el Nihil obstat et imprimatur del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte. Ocurrió a finales del año pasado, antes de que éste fuese relevado en el cargo por José Ignacio Munilla, de carácter más conservador. El Nihil obstat (No existe impedimento) supone una aprobación oficial, desde el punto de vista moral y doctrinal, de una obra que aspira a ser publicada con las bendiciones eclesiásticas.
Antes de avalar a Pagola, Uriarte se hizo asesorar por tres teólogos destacados -entre ellos, el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián-, y consultó a especialistas en cristología en el mismísimo Vaticano. Dos de los informes recabados fueron favorables al nihil obstat, y uno contrario. Ni por esas. Los críticos han seguido alzando su voz, hasta forzar a la editorial PPC a retirar el libro. También arrecian las críticas más severas a Uriarte por avalarlo.
No consta orden expresa de retirar el libro, ni una condena pública sobre esa novena edición. Ni hay, ni se espera. La razón es sencilla. Salvo que hable el Vaticano, -la conocida proclama: Roma locuta, causa finita: cuando Roma habla, se acabó la discusión-, en las trincheras de esta batalla teológica y de poder hay prelados de mucho peso en cada bando. A un lado, intransigentes con todo lo que suena a distinto o distante, se alzan el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, con el poder que le da la presidencia de la Conferencia Episcopal, y el secretario portavoz de ésta, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, también obispo auxiliar de Rouco en el arzobispado; enfrente, prelados que lo han sido todo en la organización episcopal, como el propio Uriarte, durante años miembro de su Comité Ejecutivo, e incluso el arzobispo Fernando Sebastián, el teólogo preferido de mítico cardenal Tarancón y ex vicepresidente de la conferencia de prelados muchos años.
En ambas trincheras se ha expresado también lo más granado de la atribulada teología española y han alzado la voz las iglesias de base y el activo Foro de Curas. "Queremos manifestar nuestro rechazo e indignación ante el hecho de que vuelve a ser proscrito el quehacer teológico de un compañero cura y teólogo, que a tantas personas sencillas y comunidades cristianas ha ayudado. Nos producen especial y desagradable sorpresa las desautorizaciones entre obispos al más alto nivel", ha dicho este foro en un manifiesto, la semana pasada.
Otro clamor en favor de teólogo guipuzcoano se ha alzado en su misma diócesis, a cargo de la mayoría de sus sacerdotes (252, sobre un censo de unos 300). En una carta pública han expresado su solidaridad con Pagola y denunciado que éste padece "persecución y maltrato". El ex vicario de esa diócesis, Félix Azurmendi, incluso ha publicado en El Diario Vasco, en San Sebastián, un artículo con el título Pedimos la verdad, acusando a los "sectores más conservadores de la Iglesia" de perseguir un libro que "ayuda a creer", y criticando "el modo oscurantista" utilizado. Azurmendi concluye con una exigencia de explicación pública porque, afirma, "la diócesis de San Sebastián se merece un respeto".
Pese a la actual virulencia de estas disputas, el conflicto viene del invierno de 2007, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe en España (el antiguo Santo Oficio de la Inquisición) anunció que estaba preparando una llamada Notificación de censura contra Pagola. Objetivo: desactivar los efectos del libro y frenar su vertiginosa difusión.
Como Pagola no es un eclesiástico cualquiera, aquel empeño hubo de superar no pocos obstáculos. José Antonio Pagola (Añorga. Guipúzcoa. 1937) estudió Teología y Ciencias Bíblicas en la Universidad Gregoriana de Roma, en el Instituto Bíblico Romano y en la École Biblique de Jerusalén, y desempeñó el cargo de vicario general de la diócesis de San Sebastián, con el obispo José María Setién. Sigue siendo director del Instituto de Pastoral guipuzcoano, con Munilla como nuevo pontífice diocesano. Es autor de otra veintena de libros -entre los últimos, Salmos para rezar desde la vida (2004) y Jesús ante la mujer (2006).
Fue el entonces obispo de Tarazona -ascendido más tarde a Córdoba-, Demetrio Fernández, quien primero alzó la voz contra Pagola. Licenciado en Teología Dogmática en la Pontificia Gregoriana de Roma y ex profesor de Cristología en el Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo, este prelado es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, la encargada de velar por la recta doctrina en España. Pero su execración contra Pagola no fue un documento oficial. La diatriba se publicó sólo en el boletín diocesano de Tarazona, con el título El libro de Pagola hará daño. Sucedió en la Navidad de 2007. Decía: "Me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto. El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia. Se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, pero sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada por los fenómenos de masas".
El obispo de la comisión doctrinal ya se temía entonces el éxito de ventas. "Me llegan noticias de que el libro de J. A. Pagola se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales quisieron regalármelo como el mejor de los presentes". Concluía su alegato animando "a otros, pastores o teólogos", a que se ocupasen de un libro "que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos".
La veda quedaba abierta. Arreciaron los escritos contra Pagola, algunos promovidos desde la Conferencia Episcopal, pero también los apoyos, en una ola creciente que el propio Pagola se vio obligado a contestar. "Son muchos los que me preguntan cómo estoy y qué está sucediendo (...) Estoy escuchando desde dentro las palabras de Jesús a sus seguidores: no juzguéis a nadie... No condenéis a nadie. Perdonad. Conozco bien los sentimientos de Jesús. Por eso rezo por los que me rechazan. Lo hago con nombres y apellidos. Pienso de verdad que, en el fondo, no saben lo que están haciendo".
Aquel Jesús. Aproximación histórica tenía 539 páginas; el corregido después para satisfacer a los censores, sin éxito, alcanza las 569 páginas. Las primeras ocho ediciones se vendieron pronto y sin el nihil obstat eclesiástico. Si la editorial PPC no retiró el libro entonces fue porque nadie se lo pidió. Tampoco ha recibido indicación alguna ahora, no de forma directa. Perteneciente al grupo SM, de la congregación marianista, PPC forma parte de un rentable conglomerado editorial con fuerte presencia en Hispanoamérica. Edita también libros de texto y la prestigiosa revista cristiana Vida Nueva, que lanzará esta primavera ediciones en varios países hispanoamericanos. Su director, el sacerdote Juan Rubio Fernández, acaba de publicar un libro a la manera del famoso Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Se titula En memoria mía. Fragmentos de la vida de un cura. El capítulo titulado "Más diálogo y comunión" lo empieza con la famosa consigna de san Agustín: "En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad". El cura del libro de Juan Rubio, como Pagola en su carta de queja, también añora una iglesia "hogar de comunión y no un cuartel blindado".
Una condena expresa de la moderna inquisición española al Jesús de Pagola, con la complacencia de Roma, hubiera retirado el libro de las estanterías, como le ha ocurrido a la novena edición, pese a contar ésta con el nihil obstat del prelado de San Sebastián. ¿Por qué no se hizo? ¿Cuál ha sido el papel del nuevo obispo de San Sebastián, el correoso Munilla, en esta historia? No hay respuestas, de momento. Munilla calla. Es impensable que vaya a desautorizar a su predecesor, pero tampoco apoyará a Pagola. Pero sí se ha reunido con el teólogo censurado, sin trascendencia pública alguna, y de momento lo mantiene en el cargo de director del Instituto diocesano de Pastoral.
La cruda realidad para la jerarquía conservadora es que, como se temía el obispo Demetrio Fernández, las tribulaciones del libro incrementaron su difusión, ya extraordinaria entonces en un texto de teología. Ni siquiera ha podido neutralizarlo la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal cuando se decidió en junio de 2008 a hacer publica su "nota doctrinal" (eufemismo de censura) acusando a Pagola de "tergiversar" el sentido de la vida de Jesús. Presidida entonces por el cardenal de Valencia, Agustín García Gasco, ya jubilado, la comisión señalaba tres deficiencias "principales" de la obra: "la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia"; "la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios", y "facilitar la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola". También señalaba como deficiencias doctrinales "la presentación de Jesús como un mero profeta"; la negación de su conciencia filial divina, y la negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte, entre otras.
Frente a esas execraciones, abundan los obispos que ven muchos méritos y virtudes en el Jesús de Pagola. Pero nadie lo ha defendido tanto como su superior jerárquico, el ya emérito Uriarte. Lo ha hecho en escenarios diversos, por ejemplo en la Universidad de Deusto (ante todos los ámbitos de la sociedad vasca), y en una conferencia en la Tribuna Euskadi del Fórum Europa. Según Uriarte, el libro es un "intento serio de aproximación histórica, honesta, documentada y bien hecha". También ha dicho que su decisión de apoyar la publicación con el nihil obstat la tomó "con todo el corazón y el alma".Se llamaba Yeshúa, y a él probablemente le agradaba. El nombre quiere decir Yahvé salva. Se lo había puesto su padre el día de la circuncisión. Era un nombre tan corriente en aquel tiempo que había que añadirle algo más para identificar bien a la persona. En su pueblo, la gente lo llamaba Yeshúa bar Yosef, Jesús, el hijo de José. En otras partes le decían Yeshúa ha-notsrí, Jesús el de Nazaret".
Si, como dijo el poeta, el primer verso te lo dan los dioses, este primer párrafo del capítulo uno del libro Jesús. Aproximación histórica subraya el estilo vibrante con que el teólogo Juan Antonio Pagola ha escrito 569 páginas sobre el fundador cristiano. Se han vendido 80.000 ejemplares en castellano, euskera y catalán, y ha sido traducido a otros idiomas. Es, como suele decirse, un best seller, un superventas. Pero no ha gustado a la jerarquía del catolicismo La editorial PPC, de la congregación marianista, ha ordenado a las librerías religiosas que retiren los ejemplares no vendidos. Los publicados en euskera por la editorial-librería diocesana Idatz y en catalán por Claret siguen en el mercado. En la trifulca están implicados cardenales y obispos, aquí y en Roma, a favor y en contra.
Los cronistas de la antigüedad escribieron que Jesús de Nazaret fue ejecutado como un malhechor porque estorbaba a los poderosos. Cuando se cumplió la sentencia, en las afueras de Jerusalén, junto a una vieja cantera, probablemente el 7 de abril del año 30, ya estaba claro que el sistema no soportaba el empeño del nazareno en anunciar un vuelco de la situación con su programa sobre el reino de Dios y de una nueva justicia.
Las disputas sobre el fundador cristiano vienen de lejos porque la jerarquía del cristianismo ha acuñado la imagen de un fundador celeste, y no quiere controversia ni contraopinantes. El último ejemplo es el Jesús de Nazaret del papa Benedicto XVI (de civil, teólogo Joseph Ratzinger), publicado el año pasado, también un superventas. Este próximo verano sale un segundo tomo y la jerarquía no quiere rivales o comparaciones, ni en ventas, ni doctrinalmente.
La disputa principal sobre Jesús se ha centrado en si el nazareno era hijo de Dios y no un nuevo mesías. Ha sido el elemento de exasperación para la jerarquía desde los tiempos en que Pablo de Tarso, auténtico secretario de organización de esa iglesia, puso firme al apóstol Pedro en el concilio de Jerusalén, celebrado en torno al año 46. De entonces para acá, y sobre todo desde el concilio de Nicea (año 325), donde el emperador Constantino impuso la paz teológica aplastando la cabeza de los seguidores de Arrio, son incontables los teólogos que penan por ir más allá de lo que el aparato les tenía permitido. Cuando la sabiduría popular acuñó la expresión "¡Y se armó la de Dios es cristo!", se refería a las consecuencias, a veces sangrientas, de esos enfrentamientos.
Pagola no discute el dogma de Nicea, pero sus detractores ven a su Jesús demasiado humano. Algunos se atreven incluso a acusarle de arriano. Gran parte de las correcciones introducidas en la novena edición del libro se dirigían a espantar esa maledicencia. En todo caso, el Jesús de Pagola no tiene esposa ni hijos, come y bebe con pecadores, trata con prostitutas y no vive preocupado por la impureza ritual. Tampoco tiene rechazo alguno a la mujer, sino todo lo contrario. Y su comportamiento en sociedad resultaba desconcertante. Nada que ver con el Jesús reinante entre la acomodada nomenclatura romana. Lo dejó escrito ya Dostoievski en el capítulo quinto de Los hermanos Karamazov, cuando se encuentran en un calabozo de Sevilla un prepotente Gran Inquisidor y el pobre nazareno crucificado.
Lo curioso en esta gresca episcopal contra el Jesús de Pagola -así se conoce ya a este libro-, es que la edición retirada de las librerías, la novena, había sido corregida por el autor para satisfacer a alguno de sus censores, y se publicó con el Nihil obstat et imprimatur del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte. Ocurrió a finales del año pasado, antes de que éste fuese relevado en el cargo por José Ignacio Munilla, de carácter más conservador. El Nihil obstat (No existe impedimento) supone una aprobación oficial, desde el punto de vista moral y doctrinal, de una obra que aspira a ser publicada con las bendiciones eclesiásticas.
Antes de avalar a Pagola, Uriarte se hizo asesorar por tres teólogos destacados -entre ellos, el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián-, y consultó a especialistas en cristología en el mismísimo Vaticano. Dos de los informes recabados fueron favorables al nihil obstat, y uno contrario. Ni por esas. Los críticos han seguido alzando su voz, hasta forzar a la editorial PPC a retirar el libro. También arrecian las críticas más severas a Uriarte por avalarlo.
No consta orden expresa de retirar el libro, ni una condena pública sobre esa novena edición. Ni hay, ni se espera. La razón es sencilla. Salvo que hable el Vaticano, -la conocida proclama: Roma locuta, causa finita: cuando Roma habla, se acabó la discusión-, en las trincheras de esta batalla teológica y de poder hay prelados de mucho peso en cada bando. A un lado, intransigentes con todo lo que suena a distinto o distante, se alzan el cardenal de Madrid, Antonio María Rouco, con el poder que le da la presidencia de la Conferencia Episcopal, y el secretario portavoz de ésta, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, también obispo auxiliar de Rouco en el arzobispado; enfrente, prelados que lo han sido todo en la organización episcopal, como el propio Uriarte, durante años miembro de su Comité Ejecutivo, e incluso el arzobispo Fernando Sebastián, el teólogo preferido del mítico cardenal Tarancón y ex vicepresidente de la conferencia de prelados muchos años.
En ambas trincheras se ha expresado también lo más granado de la atribulada teología española y han alzado la voz las iglesias de base y el activo Foro de Curas. "Queremos manifestar nuestro rechazo e indignación ante el hecho de que vuelve a ser proscrito el quehacer teológico de un compañero cura y teólogo, que a tantas personas sencillas y comunidades cristianas ha ayudado. Nos producen especial y desagradable sorpresa las desautorizaciones entre obispos al más alto nivel", ha dicho este foro en un manifiesto, la semana pasada.
Otro clamor en favor del teólogo guipuzcoano se ha alzado en su misma diócesis, a cargo de la mayoría de sus sacerdotes (252, sobre un censo de unos 300). En una carta pública han expresado su solidaridad con Pagola y denunciado que éste padece "persecución y maltrato". El ex vicario de esa diócesis, Félix Azurmendi, incluso ha publicado en El Diario Vasco, en San Sebastián, un artículo con el título Pedimos la verdad, acusando a los "sectores más conservadores de la Iglesia" de perseguir un libro que "ayuda a creer", y criticando "el modo oscurantista" utilizado. Azurmendi concluye con una exigencia de explicación pública porque, afirma, "la diócesis de San Sebastián se merece un respeto".
Pese a la actual virulencia de estas disputas, el conflicto viene del invierno de 2007, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe en España (el antiguo Santo Oficio de la Inquisición) anunció que estaba preparando una llamada Notificación de censura contra Pagola. Objetivo: desactivar los efectos del libro y frenar su vertiginosa difusión.
Como Pagola no es un eclesiástico cualquiera, aquel empeño hubo de superar no pocos obstáculos. José Antonio Pagola (Añorga. Guipúzcoa. 1937) estudió Teología y Ciencias Bíblicas en la Universidad Gregoriana de Roma, en el Instituto Bíblico Romano y en la École Biblique de Jerusalén, y desempeñó el cargo de vicario general de la diócesis de San Sebastián, con el obispo José María Setién. Sigue siendo director del Instituto de Pastoral guipuzcoano, con Munilla como nuevo pontífice diocesano. Es autor de otra veintena de libros -entre los últimos, Salmos para rezar desde la vida (2004) y Jesús ante la mujer (2006).
Fue el entonces obispo de Tarazona -ascendido más tarde a Córdoba-, Demetrio Fernández, quien primero alzó la voz contra Pagola. Licenciado en Teología Dogmática en la Pontificia Gregoriana de Roma y ex profesor de Cristología en el Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo, este prelado es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, la encargada de velar por la recta doctrina en España. Pero su execración contra Pagola no fue un documento oficial. La diatriba se publicó sólo en el boletín diocesano de Tarazona, con el título El libro de Pagola hará daño. Sucedió en la Navidad de 2007. Decía: "Me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto. El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia. Se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, pero sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada por los fenómenos de masas".
El obispo de la comisión doctrinal ya se temía entonces el éxito de ventas. "Me llegan noticias de que el libro de J. A. Pagola se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales quisieron regalármelo como el mejor de los presentes". Concluía su alegato animando "a otros, pastores o teólogos", a que se ocupasen de un libro "que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos".
La veda quedaba abierta. Arreciaron los escritos contra Pagola, algunos promovidos desde la Conferencia Episcopal, pero también los apoyos, en una ola creciente que el propio Pagola se vio obligado a contestar. "Son muchos los que me preguntan cómo estoy y qué está sucediendo (...) Estoy escuchando desde dentro las palabras de Jesús a sus seguidores: no juzguéis a nadie... No condenéis a nadie. Perdonad. Conozco bien los sentimientos de Jesús. Por eso rezo por los que me rechazan. Lo hago con nombres y apellidos. Pienso de verdad que, en el fondo, no saben lo que están haciendo".
Aquel Jesús. Aproximación histórica tenía 539 páginas; el corregido después para satisfacer a los censores, sin éxito, alcanza las 569 páginas. Las primeras ocho ediciones se vendieron pronto y sin el nihil obstat eclesiástico. Si la editorial PPC no retiró el libro entonces fue porque nadie se lo pidió. Tampoco ha recibido indicación alguna ahora, no de forma directa. Perteneciente al grupo SM, de la congregación marianista, PPC forma parte de un rentable conglomerado editorial con fuerte presencia en Hispanoamérica. Edita también libros de texto y la prestigiosa revista cristiana Vida Nueva, que lanzará esta primavera ediciones en varios países hispanoamericanos. Su director, el sacerdote Juan Rubio Fernández, acaba de publicar un libro a la manera del famoso Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Se titula En memoria mía. Fragmentos de la vida de un cura. El capítulo titulado "Más diálogo y comunión" lo empieza con la famosa consigna de san Agustín: "En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad". El cura del libro de Juan Rubio, como Pagola en su carta de queja, también añora una iglesia "hogar de comunión y no un cuartel blindado".
Una condena expresa de la moderna inquisición española al Jesús de Pagola, con la complacencia de Roma, hubiera retirado el libro de las estanterías, como le ha ocurrido a la novena edición, pese a contar ésta con el nihil obstat del prelado de San Sebastián. ¿Por qué no se hizo? ¿Cuál ha sido el papel del nuevo obispo de San Sebastián, el correoso Munilla, en esta historia? No hay respuestas, de momento. Munilla calla. Es impensable que vaya a desautorizar a su predecesor, pero tampoco apoyará a Pagola. Sí se ha reunido con el teólogo censurado, sin trascendencia pública alguna, y de momento lo mantiene en el cargo de director del Instituto diocesano de Pastoral.
La cruda realidad para la jerarquía conservadora es que, como se temía el obispo Demetrio Fernández, las tribulaciones del libro incrementaron su difusión, ya extraordinaria entonces en un texto de teología. Ni siquiera ha podido neutralizarlo la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal cuando se decidió en junio de 2008 a hacer publica su "nota doctrinal" (eufemismo de censura) acusando a Pagola de "tergiversar" el sentido de la vida de Jesús. Presidida entonces por el cardenal de Valencia, Agustín García Gasco, ya jubilado, la comisión señalaba tres deficiencias "principales" de la obra: "la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia"; "la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios", y "facilitar la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola". También señalaba como deficiencias doctrinales "la presentación de Jesús como un mero profeta"; la negación de su conciencia filial divina, y la negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte, entre otras.
Frente a esas reprobaciones, abundan los obispos que ven muchos méritos y virtudes en el Jesús de Pagola. Pero nadie lo ha defendido tanto como su superior jerárquico, el ya emérito Uriarte. Lo ha hecho en escenarios diversos, por ejemplo en la Universidad de Deusto (ante todos los ámbitos de la sociedad vasca), y en una conferencia en la Tribuna Euskadi del Fórum Europa. Según Uriarte, el libro es un "intento serio de aproximación histórica, honesta, documentada y bien hecha". También ha dicho que su decisión de apoyar la publicación con el nihil obstat la tomó "con todo el corazón y el alma".

El libro 'impresentado' del jesuita Masiá
La Iglesia de Roma tiene un núcleo irrenunciable de doctrina (sobre Dios, Jesús, la Trinidad, o sobre la Virgen...), y lo guarda con siete llaves. Pero los teólogos que escapan a su disciplina, o que no viven de su salario, liberados de amenazas de exilio u hoguera, no cejan de especular sobre nuevas formas de ver... A eso se llamaba antes Teología, la emperatriz de las ciencias en tiempos de Tomás de Aquino, Incluso éste figura en la nómina de los perseguidos por desviaciones varias, y está también Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, que llegó a ser un preso de la Inquisición. Sólo desde 1978, año en que se asentó en el Vaticano el polaco Wojtyla, con el actual papa Ratzinger como policía doctrinal, el Vaticano ha censurado o excomulgado a más de 500 teólogos. En España sobresalen el redentorista Marciano Vidal, los jesuitas Díez-Alegría, Castillo y Estrada, el claretiano Benjamín Forcano, el mercedario Xavier Pîcaza, el laico Juan José Tamayo, e incluso Casiano Floristán, por la dirección de Nuevo Diccionario de Teología. Pero los teólogos condenados siguen llamándose cristianos y tienen gran eco entre los creyentes, entre los otros teólogos, y entre obispos, sacerdotes y religiosas. Incluso entre los agnósticos que, con razón, sostienen que si Dios existe y es uno, sería inútil encerrar su concepto entre muros de ortodoxia en un mundo que no para de hacerse preguntas.
El último de los pensadores censurados ha sido el jesuita Juan Masiá, cuyo libro, Vivir en la frontera, ha tenido una presentación accidentada en Madrid el pasado día cuatro. Exiliado por su orden a Japón con el mandato de callar, Masiá iba a estar arropado en la presentación por José Bono, Forcano y el escritor y jesuita Pedro Miguel Lamet. Este último, periodista también -ha trabajado incluso en Radio Vaticano, en Roma, en tiempos de libertad- no pudo hablar. La orden de sus superiores le llegó horas antes. El discurso no pronunciado está en su blog El alegre cansancio, con el título "Mi presentación impresentada del libro de Juan Masiá". Allí sigue, para escarnio de censores.

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