jueves, abril 12, 2012

¿Por qué cuesta tanto llevarse bien con el jefe? BORJA VILASECA

¿Por qué cuesta tanto llevarse bien con el jefe? Muchos empleados se sienten tratados como máquinas y detestan su lugar de trabajo. Los jefes, por su parte, se quejan de la falta de motivación y de eficiencia de sus colaboradores
BORJA VILASECA 12 FEB 2012 -

Patricia Mir: "No hay nada más rentable que tratar bien a los colaboradores"
35 años. Directora de personas y valores del Grupo Intercom, que cuenta con 800 colaboradores. Está comprometida con demostrar a otras empresas que no hay nada más eficiente y sostenible que ser cómplice del bienestar de los colaboradores.

"Hace tres años y medio me contrataron para velar porque la cultura y los valores de nuestra empresa inspiraran a las personas que forman parte nuestra organización. Lo primero que hicimos fue reunirnos 40 personas de la compañía para reflexionar sobre lo que de verdad importa. Entre otras cosas, llegamos a la conclusión de que pensar en el bienestar de los colaboradores es rentable. Y que es necesario fomentar un ambiente laboral donde la gente pueda trabajar con alegría y pasión. Nos hemos dado cuenta de que como compañía somos capaces de lograr cualquier cosa, aprendiendo a pensar en grande con humildad. El reto consiste en que estos valores no solamente aparezcan escritos en un díptico, sino que nos atrevamos a ponerlos en práctica. Hemos despedido a unas cuantas personas por no predicar con el ejemplo. No creemos en los horarios. Aquí nadie ficha. Nuestros colaboradores pueden trabajar desde casa y confiamos en ellos cuando nos dicen que están enfermos; no es necesario que presenten un certificado. No queremos esclavos, sino gente responsable y libre. Cuando controlas el horario de tu gente pones de manifiesto que no confías en ellos. Parte de nuestro éxito es que solo contratamos a personas maduras emocionalmente, comprometidas con su propio autoconocimiento. Más que nada porque si no te conoces, no sabes cómo generarte tu propia motivación y felicidad, con lo que esperas que los demás te motiven y te hagan feliz. El objetivo es que nuestros colaboradores no tengan ningún motivo para quejarse por sus condiciones laborales. Sólo así pueden centrarse en dar lo mejor de sí mismos. Y lo cierto es que funciona: ahora mismo, en plena crisis, sabemos que el bienestar de nuestra cuenta de resultados es directamente proporcional al bienestar emocional de nuestros empleados".

Mañana es lunes. Volverá a sonar el despertador demasiado pronto. Y tras soltar un bostezo descomunal, de nuevo lo retrasaremos cinco minutos. Remolonearemos bajo las sábanas aprovechando los últimos retazos de sueño. Finalmente nos levantaremos, quitándonos las legañas de los ojos con cierta apatía. Caminaremos medio dormidos hasta el baño. Apuraremos la ducha de agua caliente. Nos lavaremos los dientes a cámara lenta, mirándonos al espejo con cara de pocos amigos. Seguidamente nos vestiremos, desayunaremos lo de siempre y saldremos de casa a toda prisa.

La mayoría cogeremos el transporte público. Casi todos a la misma hora. Apretujados, nos miraremos unos a otros sin mediar palabra. Y como cada día entre semana, volveremos a ver las mismas caras largas, tan llenas de resignación, cansancio e incluso tristeza. Ensimismados cada uno en nuestras cosas, entre todos generaremos un silencio perfecto. Si tenemos la oportunidad nos distraeremos con algún que otro periódico gratuito. Tal vez repasemos de forma mecánica la agenda. O nos entretendremos jugando con el teléfono móvil.

Mientras, el resto seguiremos atrapados en medio de un atasco de tráfico. Ahogados por el humo de los tubos de escape y por el irritante ruido de los cláxones, pondremos la radio como antídoto para no dejarnos llevar por la impaciencia. Tras soltar a los niños delante delcole –sin apenas tiempo para cariñosas despedidas–, aceleraremos la marcha para llegar puntuales a nuestro puesto de trabajo.

Entraremos en la oficina a toda prisa, haciéndonos los despistados para no saludar al personal que trabaja en recepción. Los lunes no solemos estar de humor para intercambiar las habituales de preguntas de cortesía. Y una vez en nuestro cubículo, dejaremos nuestras cosas sobre el escritorio y encenderemos con desgana el ordenador. Como cada lunes, se nos acercará uno de nuestros compañeros para hacernos la pregunta de costumbre: “¿Qué tal el fin de semana?” Y como si de un déjà vu se tratara, contestaremos la misma respuesta de siempre: “Corto, ¿y el tuyo?”

Tras hablar un poco de esto y de aquello, iniciaremos nuestra jornada laboral echando un vistazo a nuestro correo electrónico. Pero antes, seguramente recibamos una llamada de nuestro jefe, quien, estresado y de mal humor, nos comunicará con cierta hostilidad que hay que repetir –una vez más –el informe en el que llevamos varias semanas currando. Y por si fuera poco, nos dirá que se trata de un asunto urgente, exigiéndonos que pospongamos el resto de temas pendientes para tenerlo terminado en cuanto antes. Y a diferencia de lo que hace Patricia Mir, volverá a utilizar la expresión “lo necesito para ayer”.

Nada más colgar el teléfono nos invadirá una tímida sensación de impotencia. Y mientras notamos como ésta es cada vez mayor, seguramente pensemos en “mandarlo todo a la mierda”. Eso sí, lo más probable es que se quede en eso, en un simple pensamiento. Una semana más, no nos quedará más remedio que aguantar a nuestro jefe y cumplir con sus desmesuradas exigencias. Como todos bien sabemos, nuestra existencia se asienta sobre un sistema monetario. Y ello conlleva que tengamos que trabajar para ganar dinero con el que sufragar nuestros costes de vida. Por eso hay quienes dicen –medio en broma, pero muy en serio– que “la esclavitud no se ha abolido; tan sólo se ha puesto en nómina”.

Mónica Fernández: "No hay nada peor que trabajar para una persona infeliz"
35 años. Vive en pareja. Periodista. Se encuentra en plena transición laboral, formándose para emprender una nueva profesión. Ha trabajado en numerosas organizaciones y en todas ellas ha convivido con jefes conflictivos.

"Al salir de la facultad tenía muchas ganas de enrolarme en un proyecto empresarial donde poder desarrollarme profesionalmente y sentirme útil. Me apasiona la comunicación. Esta es la razón por la que en los últimos ocho años he trabajado en diferentes departamentos de comunicación corporativa. Durante este tiempo, he tenido todo tipo de jefes, la mayoría bastante tóxicos. En una ocasión, por ejemplo, estaba debatiendo con mi jefe un proyecto en el que la toma de decisiones era estratégica. Mi criterio profesional difería bastante del suyo, y me sentí en el deber de hacérselo ver… No me dejó ni siquiera terminar lo que estaba diciendo. Empezó a gritarme con vehemencia, diciendo que él era el único que sabía como debían hacerse las cosas. Y que le importaba muy poco lo que yo pensara, pues mi función se limitaba a cumplir sus órdenes. Es decir, que en vez de razonar, se puso a la defensiva, convirtiendo nuestra conversación en un ataque personal. Su autoritarismo generaba un ambiente laboral hostil, donde no se valoraba ni aprovechaba el talento de los profesionales que trabajábamos allí. No quería colaboradores con iniciativa, sino subordinados sumisos a quienes explotar. Su inseguridad le impedía confiar en los demás. Se limitaba a controlarnos todo el día, cercenando nuestra creatividad y motivación. Muchos terminaron quemándose y, como yo, marchándose de aquella institución. No hay nada peor que trabajar para alguien que se cree que por ser tu jefe puede pagar su malestar contigo. Esta actitud refleja una profunda ignorancia y falta de autoconocimiento. Considero que respetarme a mí misma implica no seguir aguantando según que actitudes y conductas. Por eso he decidido montármelo por mi cuenta".

Curiosamente, esta sensación de impotencia, resignación y esclavitud generalizada tiene mucho que ver con la etimología de la palabra “trabajo”. Su origen procede del vocablo tripalium, que en latín significa “tres palos”. Por lo que relatan los historiadores, consistía en un instrumento de tortura utilizado en siglo VI. En aquella época, se amordazaba a los esclavos a una especie de cepo compuesto por tres trozos de madera. Una vez inmovilizados, los presos eran azotados de forma cruel y despiadada.

Con el tiempo, tripalium derivó en el verbo tripaliare, que quiere decir “torturar”. De tripaliare surgió posteriormente trebajo, cuya traducción literal implica “esfuerzo”, “sacrificio” y “dolor”. Finalmente, trebajoevolucionó hasta dar a luz a la palabra contemporánea “trabajo”, que actualmente se vincula con la idea de “tarea” o “labor”. Es decir, que no sería descabellado afirmar que trabajar consiste en realizar una tarea que implica esfuerzo, sacrificio y dolor, pudiendo llegar a convertirse en una tortura.

Prueba de ello es el malestar generalizado en nuestra sociedad, que en parte se debe a cómo nos relacionamos con nuestras circunstancias laborales. Al menos siete millones de empleados españoles padecen estrés, según una encuesta realizada por la Universidad de Alcalá de Henares. De hecho, cada vez más médicos afirman que trabajar más de 10 horas al día tiene consecuencias perjudiciales para nuestra salud física y emocional. Lo cierto es que el estrés crónico puede generar ataques de ansiedad, anginas de pecho e incluso infartos.

Según esta misma encuesta, cerca de cuatro millones de asalariados padecen “el síndrome del trabajador quemado”. Y este se caracteriza por sentir una constante sensación de fatiga, desazón y malhumor, síntomas que en algunos casos ponen de manifiesto que la función que se realiza carece de propósito y sentido. Así, las personas quemadas son aquellas que han llegado a una saturación de malestar, agotando por completo su depósito de ilusión y energía. Literalmente “ya no pueden más”. Esto es precisamente lo que le sucedió a Mónica Fernández.

Como consecuencia, la depresión se ha convertido en un fenómeno normalizado. Según la Organización Mundial de la Salud, al menos seis millones de españoles sufren –en mayor o menor medida– “un profundo sentimiento de vacío, tristeza y apatía”. Más allá de esta cifra, se estima que las empresas españolas se gastan más de 750 millones de euros en bajas laborales cada año, sin contar el impacto brutal que tiene esta rotación sobre su productividad. En paralelo y a modo de parche, tres millones de empleados admiten “consumir alcohol, hachís y/o cocaína para hacer frente a su jornada laboral”, según un estudio realizado por la Organización Internacional del Trabajo.

Así, la gestión utilitarista y mecanicista presente en casi todas las empresas provoca que sólo el 19% de los empleados españoles esté “totalmente comprometido con su organización”, según una encuesta nacional realizada por la firma Towers Perrin-IRS. El resto de colaboradores reconoce anónimamente “rendir por debajo de sus posibilidades y capacidades, haciendo el mínimo esfuerzo para cumplir con sus obligaciones profesionales”. Eso sí, sólo uno de cada diez empleados “piensa seriamente en cambiar de empleo”. Es decir, que la gran mayoría se quedan anclados en la denominada “zona de comodidad”, resignándose a llevar una existencia alienada, monótona y gris en la que se sienten seguros, pero no satisfechos.

Frente a esta situación de insatisfacción y parálisis, lo normal es utilizar la crisis económica como excusa para justificar este sinsentido común generalizado. Sin embargo, todos estos datos, porcentajes y cifras corresponden a encuestas e informes realizados entre los años 2006 y 2007, cuando España y el resto de países desarrollados se hallaban inmersos en uno de los periodos de mayor bonanza económica de la historia.

Josep Burcet: "Cuando empecé a ser jefe me di cuenta de lo complicado que es liderar a otros".
41 años. Casado, con una hija. Tras obtener el título de MBA trabajó 15 años en diversas multinacionales, llegando a ser un destacado ejecutivo. Al dirigir equipos de alto rendimiento, se dio cuenta de su falta de competencia emocional para asumir dicho rol. Ahora es experto en gestión de equipos y liderazgo.

Josep Burcet / CATERINA BARJAU

"Me metí en el mundo de las multinacionales porque creía que podría disfrutar muchísimo. Y así fue. Descubrí culturas y mercados que de otra forma no hubiera conocido. Sin embargo, con 27 años mi primer gran jefe fue poco ejemplar. No me preguntaba nunca “¿cómo estás hoy?”, sino “¿cuándo vas a tener lo que te pedí ayer?” Ahí empezó mi relación con el ‘mundo real’. Empecé a ser jefe a los 33 años, liderando un equipo de unas 25 personas. Adopté la imagen de un profesional rígido, la cual no se correspondía con lo que sentía por dentro. Y dado que seguía teniendo jefes que aun siendo excelentes personas esperaban resultados, yo trasladaba diariamente esa presión a los profesionales que tenía a mi cargo. Muchas veces me sentía solo e incomprendido por ambas partes. Finalmente me abrí a la autenticidad, mostrando mi lado más vulnerable. Empecé a comunicarme con transparencia y honestidad. Así fue como comencé a priorizar parte de mi tiempo para escuchar las necesidades de mi equipo, viendo la manera de facilitarles su trabajo sin dejar de exigirles. Al demostrar un sincero interés por la mejora y el aprendizaje de mis colaboradores, recibí una respuesta formidable, traducida en mayor productividad. Ahora sé que los jefes son, ante todo, seres humanos. También sufren lo suyo. Muchos aparentan seguridad y confianza en sí mismos. Pero en general se trata de una máscara que esconde sus propios complejos, miedos y frustraciones. El verdadero liderazgo no surge como consecuencia de cursar un MBA o de una formación para ejecutivos. Para liderar a los demás es imprescindible aprender a liderarse a uno mismo. Y para lograrlo solo hay un camino: conocerte a ti mismo".

La empresa se ha convertido en la institución predominante en nuestra sociedad. La mayoría nos pasamos más de un tercio de nuestra vida en los cubículos de nuestra oficina, rodeado de personas que no hemos elegido y a quienes vemos más que a nuestra propia familia y amigos. Así, el jefe se ha convertido en una de las personas con más influencia en nuestra existencia. Casi todo el mundo trabaja para alguien. A día de hoy son muy pocos los que han logrado emanciparse, trabajando solamente para sí mismos. Como bien sabe Josep Burcet, incluso los jefes de nuestros jefes también tienen que rendir cuentas a consejos de administración y demás accionistas.

Si bien cada persona cuenta con su propia personalidad, “la gran mayoría de jefes ejercen un liderazgo egocéntrico y autoritario, orientado excesivamente a lograr resultados en el corto plazo”, afirma Ken Blanchard, experto en comportamiento organizacional. A su juicio, “estos jefes suelen centrar su pensamiento y su conducta más hacia el cumplimiento de las tareas profesionales que en el vínculo con las personas con las que trabajan”. De ahí que “suelan obsesionarse porque el trabajo se haga como ellos dicen que debe hacerse, creyendo erróneamente que las broncas son necesarias para corregir los errores de los colaboradores”.

Por más que el “ordeno y mando” sea un rasgo común en muchos jefes, “se trata de una limitación que demuestra muy poca inteligencia emocional”, añade Blanchard. Y es que una vez que el error se ha producido, “la bronca sólo sirve para empeorar el problema, no para solucionarlo”. Este estilo de liderazgo refleja una profunda ignorancia e inconsciencia. Sobretodo porque echar broncas genera resultados de insatisfacción para el que las emite, para el que las recibe y para la organización donde se producen. Así, “el autoritarismo contribuye a resquebrajar el ambiente laboral, creando una cultura organizacional basada en el miedo a ser castigado, lo que incrementa la inseguridad y la desmotivación de los colaboradores”. Eso sí, “mientras este tipo de jefes pagan su mal humor con sus subordinados sin reprimirse lo más mínimo, suelen ser muy dóciles, hipócritas y obedientes al interactuar con sus superiores”, concluye Blanchard.

Fruto de esta situación, más de seis de cada 10 empleados españoles “no confía en su jefe” y un tercio se queja de que “nunca escucha”, según una encuesta nacional realizada por la consultora Otto Walter. De ahí que muchos utilicen los adjetivos “tóxico”, “nocivo” o “desquiciante” para describir el vínculo que mantienen con superior directo. De hecho, la mitad de la población activa española señala a su jefe como “la principal fuente de tensión, preocupación y malestar” derivada de su trabajo, según el estudio de la Universidad de Alcalá de Henares.

Curiosamente, este informe pone de manifiesto la cultura de la queja imperante en nuestra sociedad. Además de quejarse de sus jefes, muchos empleados también critican al resto de miembros de su equipo. Así, el 60% de los asalariados españoles dice que lo que más le incomoda de su empleo es el “mal ambiente” que se respira entre sus propios compañeros. Y este se debe a “la falta de apoyo y de comunicación”, así como “a las envidias y rivalidades” que se dan entre los colaboradores que ocupan un mismo rango profesional.

Los jefes, por su parte, también han tenido la oportunidad de juzgar la actitud y el comportamiento de la mayoría de sus colaboradores. Según la encuesta de Otto Walter, nueve de cada 10 directivos españoles opinan que es difícil encontrar en el mercado laboral personas responsables, competentes, motivadas y comprometidas con el proyecto que dirigen.

Ignacio Orce: "No hay otro secreto: liderar consiste en servir a los demás".
57 años. Separado, con tres hijas. Lleva 28 años como consejero delegado y presidente de Asistencia Sanitaria Colegial, que cuenta con 190 empleados. A los 14 años entró como botones en esta institución sanitaria, que funciona como una cooperativa; más tarde estudió la carrera de Medicina y a día de hoy ha sido reelegido siete veces por los 5.000 médicos accionistas.

"Desde muy joven supe que tenía dotes para el liderazgo. En mi caso se dio manera natural; es algo innato. Ejerzo de consejero delegado desde los 29 años. Los accionistas de esta compañía son a partes iguales los 5.000 médicos que cada día atienden a nuestros pacientes. Somos una empresa con alma: nuestro objetivo no es ganar dinero, sino servir a la sociedad. Tenemos expresamente prohibido retribuir a nuestros médicos accionistas más allá de la justa compensación económica por su actividad profesional. No tenemos que rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos. Tenemos muy claro que la codicia y el afán de lucro atentan contra la ética profesional. Queremos ser coherentes con la labor médica que tanto amamos y respetamos. Gozamos de un índice de permanencia de nuestros asegurados de 17 años, mientras que la media del sector se no alcanza los siete años. En la sanidad privada existe una perversa paradoja: la mayoría de entidades incrementa el precio de la póliza según va envejeciendo el asegurado, con lo que muchos terminan dándose de baja justo cuando más asistencia necesitan. Para no dar la espalda a las personas mayores, nuestro modelo apuesta por que el joven de 20 años pague más de lo que sería necesario para que el de más de 65 pueda pagar menos de lo que se necesitaría para poder sufragar su nivel de consumo sanitario, que suele ser muy intenso en edades avanzadas. Es una fórmula mucho más justa, que nos permite acompañar a nuestros asegurados toda su vida. Desde el inicio de la crisis no hemos despedido a nadie. Mi visión es no prostituir ni un milímetro la calidad de los servicios que damos. Así es como saldremos de la crisis fortalecidos. En tiempos de incertidumbre es cuando más se necesita un liderazgo basado en sólidos valores. Nuestros socios y empleados necesitan referentes que les den confianza y seguridad. Liderar consiste en servir lo mejor posible a otros seres humanos. Si no actuara de esta manera, ¿qué ejemplo le estaría dando a mis hijas? Es una cuestión de integridad, de ser coherente con uno mismo".

Lejos de victimizarnos y echarnos las culpas unos a otros, jefes y colaboradores estamos condenados a entendernos. Sólo así podremos aprender a convivir y cooperar de una forma más constructiva. Al fin y al cabo, todos lo hacemos lo mejor que podemos en base a nuestro grado de comprensión, a nuestro nivel de consciencia y a nuestro estado de ánimo. El gran reto es que cada uno de nosotros asumamos nuestra parte de responsabilidad, aprendiendo de nuestros errores para crecer y evolucionar.

Esto es precisamente lo que promueve el “aprendizaje organizacional”, una nueva disciplina impulsada por expertos en management como Fredy Kofman, Richard Barrett o Peter Senge. Y éste consiste en analizar la influencia que tiene la personalidad de la empresa –conocida como “cultura organizacional”– sobre el estilo de liderazgo. Y de medir el impacto que tiene éste sobre el ambiente laboral y, en consecuencia, sobre la cuenta de resultados.

Así, “cada vez que entramos a trabajar en una empresa estamos imbuidos por la forma en que se hacen las cosas ahí”. Es decir, por una serie de “creencias” (que condicionan nuestra forma de pensar), de “valores” (que influyen en nuestra toma de decisiones y comportamientos) y “aspiraciones”, que marcan aquello que se supone que hemos de conseguir, explica Senge. A esta manera de comprender y actuar dentro de nuestra compañía se le llama “paradigma organizacional”.

En paralelo, esta visión subjetiva condiciona las relaciones que se dan en sus tres niveles (alta dirección, mandos intermedios y staff), produciendo, a su vez, una serie de resultados a nivel personal (con uno mismo), relacional (con el jefe y los compañeros) y cultural (con la empresa). Y dado el malestar generalizado, en casi todas las compañías españolas se produce el denominado “efecto piramidal nocivo”. En ocasiones, la alta dirección de la compañía critica severamente el trabajo realizado por alguno de los mandos intermedios, el cual –a su vez– paga su enfado sobre las personas que forman parte de su equipo. Así es como se traslada el mal humor y el estrés de arriba abajo, afectando a un buen número de empleados.

Y esto sucede porque la mayoría de empresas se rigen inconscientemente según el “viejo paradigma organizacional”, sostiene Senge. Es decir, por la antigua concepción de que los seres humanos somos recursos. De ahí que seamos utilizados diariamente para fines mercantilistas, y que muy pocos directivos cuestionen la existencia de un “departamento de recursos humanos”. Sea como fuere, “este viejo paradigma se caracteriza por creer que los atributos materialistas (como el dinero, el estatus y el éxito) nos conducen a la felicidad; por valorarobsesivamente el lucro en el corto plazo, y por aspirar a crecer económicamente de forma ilimitada”, concluye Senge.

Como consecuencia directa, muchas compañías regidas por el viejo paradigma creen que cuantas más horas trabajen sus empleados, más productivos serán. De ahí que los mandos intermedios valoren que sus subordinados estén físicamente el máximo número de horas posibles. No en vano, los directivos aspiran a rentabilizar su capital humano para elevar año tras año el beneficio de su cuenta de resultados. Tal y como ha descubierto Ignacio Orce, este comportamiento empresarial orientado al propio interés ha dejado de ser válido y eficiente, y es del todo insostenible. Principalmente porque genera efectos perjudiciales para la organización en el medio plazo.

Prueba de ello es que los ambientes laborales españoles están protagonizados por el conflicto, el malestar, la resignación y la desmotivación. Frente a esta situación, cabe preguntarse: ¿qué razón tiene un empleado para dar lo mejor de sí mismo cuando se siente tratado como una máquina? ¿Cómo es posible que las compañías mejoren sus tasas de innovación y productividad cuando sus propios profesionales mantienen una guerra invisible contra la organización?

Mónica Seara: "Si nos tratan como números es difícil que respondamos como personas"
36 años. Soltera. Ha trabajado 11 años en el ámbito de la obra civil para grandes constructoras. Actualmente está en el paro. La tensión acumulada con sus jefes le llevó a poner en riesgo su salud física y emocional.

"He vivido la época del superboom de la construcción. Reconozco haber trabajado como una loca. Como técnico de prevención a pie de obra llegué a liderar un equipo de 20 personas, siendo responsable de los 600 trabajadores que participaban en la misma. He sido generalmente la única mujer en un mundo dominado por hombres. Con el tiempo mi profesión se convirtió en una fuente constante de estrés, lucha y conflicto. Mis jefes carecían de flexibilidad y empatía. Me trataban como una máquina. Trabajaba fuera de mi horario, pero mi sobreesfuerzo no siempre se veía reconocido ni remunerado. Tenía que llegar a los plazos establecidos fuera como fuera. Si no, es como si no valiera. Mis superiores nunca se planteaban si el equipo estaba bien dimensionado o si se estaban gestionando adecuadamente las cosas. Me pasé meses enteros tratando de apagar fuegos sin manguera ni agua. Y finalmente reventé. En abril de 2008 padecí un ataque de ansiedad. Sentí que me moría allí mismo. Cambié de empresa, pero volví a encontrarme con la misma situación: demasiados jefes insensibles que me forzaban a ir corriendo todo el día para conseguir resultados imposibles. Con la excusa de la crisis, empezaron los despidos masivos. Fue entonces cuando me quité la venda de los ojos. Ahora me doy cuenta de que puse el control de mi vida en manos de corporaciones a cambio de un horario excesivo y un salario ínfimo en relación a lo que hacía. Muchas personas queremos sentirnos útiles. Formar parte de proyectos con sentido, que sirvan para algo. Sin embargo, a las empresas no les importa nuestro bienestar. Somos simples números con los que conseguir aumentar año tras año la cuenta de resultados. Y entonces, ¿para qué darlo todo para una compañía a la que no importas nada? Ahora ya no busco un lugar donde fichar, sino un proyecto más grande donde realizarme como ser humano".

Los seres humanos no somos recursos. Por eso no nos gusta que nos exploten ni que nos traten como números. Al igual que le sucedió a Mónica Seara, cada vez más personas estamos cuestionándonos si merece la pena sacrificarnos por las organizaciones para las que trabajamos. Y es que las empresas suelen ser un obstáculo para que podamos cultivar un bienestar y un equilibrio duraderos. Prueba de ello es que los profesionales con más talento e iniciativa están tomando dos tipos de decisiones: formar parte de empresas que les den autonomía y les traten con respeto; o bien se atreven a emprender proyectos por su cuenta.

Esta tendencia social –en la que los personas no se mueven tanto por dinero, sino por valores– está poniendo de manifiesto que la manera tan rentable en la que las empresas han venido creciendo ha dejado de ser eficiente y es del todo insostenible. De hecho, cada vez más sociólogos y economistas coinciden en que este viejo paradigma organizacional está en decadencia y que su transformación es ineludible e inevitable.

Lenta pero progresivamente, una nueva generación de directivos íntegros, responsables y conscientes están promoviendo un “cambio de paradigma” en las organizaciones que dirigen. De hecho, las compañías que apuestan por el desarrollo de su dimensión humana empiezan a regirse por un “nuevo paradigma organizacional”, afirma el asesor de empresas James Hunter, autor de La paradoja. Y este motiva a las empresas a alinear su legítimo afán de lucro con el bienestar de sus colaboradores y el respeto por el medio ambiente. También alienta a las organizaciones a crear riqueza real para la sociedad, dejando de ver el dinero como un objetivo en sí mismo para concebirlo como el resultado de dicha contribución.

En paralelo, esta nueva manera de concebir los negocios inspira a que los mandos intermedios desarrollen sus competencias emocionales, de manera que aprendan a gestionar a sus colaboradores de una forma más empática y constructiva. A juicio de Hunter, “el liderazgo es el arte de influir sobre la gente para que trabaje con entusiasmo en la consecución de objetivos que beneficien a todos los grupos de interés de la compañía”. Más allá del autoritarismo, “los verdaderos líderes gozan de autoridad”. Y esta viene como consecuencia de “servir e inspirar a las personas que forman parte de tu equipo”.

Desde la perspectiva del nuevo paradigma, “el primer cliente es el empleado; por eso hay que hacer todo lo posible para tenerlo contento y motivado, viéndolo como lo más valioso que atesora la compañía”, añade Hunter. En este sentido, “ser jefe consiste en asumir la responsabilidad de que los miembros de tu equipo se conviertan en la mejor versión de sí mismos”. Y para lograrlo, “el reto es saber desarrollar las habilidades emocionales de tus colaboradores, orientando su esfuerzo y su compromiso al bien común”, concluye este experto.

Gracias a este proceso de aprendizaje organizacional, la empresa deja de funcionar por inercia y comienza a evolucionar de forma consciente. Así es como interioriza la filosofía del cambio permanente, permitiéndole afrontar los nuevos retos de futuro con mayor eficiencia y logrando así el fin más deseado: una abundancia económica sostenible. Puede que parezca un proceso largo y complicado, pero como dijo el sabio Lao Tsé, “un viaje de mil kilómetros siempre comienza con el primer paso”.

miércoles, abril 11, 2012

Simiocracia por Aleix Saló


Simiocracia por Aleix Saló

Hace un año, el vídeo Españistán, basado en el cómic de Aleix Saló se convirtió en un fenómeno en internet. Con sarcasmo y sentido del humor, Saló explicaba cómo, en su opinión, España se había levantado con la "resaca" de la "fiesta" del ladrillo y la especulación y se vio transformada en "Españistán".

El joven autor lanza ahora su nuevo cómic, Simiocracia, otra crítica sobre la crisis que también se presenta en vídeo. A juzgar por la repercusión que, tras solo un par de horas de su publicación, ha tenido en las redes sociales, el vídeo va camino de convertirse en otro éxito.

Si en Españistán la resaca de la euforia económica y un Aznar iluminado por la Ley del Suelo dejaban nuestro famoso toro más bien con forma de cabra flaca, en Simiocracia Zapatero hace levantarse a Keynes de la tumba y las fusiones se suceden en un país que recorta en mano de obra... pero no en directivos.

Corrupción, falta de crédito... y fútbol

Mientras que las familias y las empresas están "fatal de lo suyo", por falta de crédito, Simiocracia cuenta su teoría de por qué nuestra burbuja inmobiliaria no dio paso a una bajada de precios tan acusada como la de Irlanda o Estados Unidos.

No faltan sátiras de la orgía de administraciones públicas,cajas de ahorros e inmobiliarias y de la alegría futbolera del 2010.

El vídeo, de 6 minutos, ha llegado a ser 'tending topic' en un tiempo récord.


martes, abril 10, 2012

22 DE ABRIL DE 2012: II JORNADAS DE PUERTAS ABIERTAS EN EL PARQUE ARQUEOLOGICO I EDAD DEL HIERRO. FRÉSCANO

22 DE ABRIL DE 2012: II JORNADAS DE PUERTAS ABIERTAS EN EL PARQUE ARQUEOLOGICO I EDAD DEL HIERRO. FRÉSCANO

El Parque Arqueológico de Burrén celebra el día mundial del Patrimonio con las II jornadas de puertas abiertas

Con motivo del día del Patrimonio Cultural el Parque Arqueológico de Burren abre sus puertas a los visitantes, a partir de las 10h.
Durante la mañana los visitantes podrán disfrutar de las siguientes actividades:

Visitas guiadas al mirador de Burrén, Necrópolis, Cabaña de la edad del hierro, Recreación excavación Arqueológica a las 10:30h. y a las 12:00h.
Talleres y Exhibiciones de cetrería, tiro con arco, tiro con honda y venablo, arqueología, alfarería, metalurgia, pulseras, maquillaje, animales
Música y animación

A las 14:00h, Comida plato de paella y vino (confirmar asistencia a la comida en el teléfono 629 488 072)
Precio de la comida: Adultos 5 euros
Niños (hasta 14 años) 3 euros
A las 16:00h. Visita a la Casa Museo de Elevación de Aguas, Ermita Ntra. Sª de la Huerta y Museo Arqueológico
Conferencia a cargo del Doctor José Ignacio Lorenzo sobre la I Edad Del Hierro en el valle del Ebro

VISITA GRATUITA

Mas información en: arqueoburren@gmail.com, www.burren.es, tlfn 629 488 072

domingo, abril 08, 2012

¿Quién define la confianza de los mercados financieros? Vicenç Navarro | Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra

¿Quién define la confianza de los mercados financieros? Vicenç Navarro | Catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra nuevatribuna.es | Actualizado 08 Abril 2012 - 09:33 h.
El argumento más frecuentemente utilizado por el gobierno Rajoy para justificar los enormes recortes de gasto público en España es la necesidad de “recuperar la confianza de los mercados financieros”, la frase más utilizada por todos los proponentes de las políticas de austeridad. De ahí que debería ser un motivo de gran atención mediática averiguar cómo se define tal supuesta confianza de los mercados, y quién tiene el poder de definición. Es sorprendente, en este sentido, la escasa atención mediática sobre estos puntos.
El indicador más frecuentemente utilizado para medir tal confianza de los mercados son los intereses que el Estado debe pagar para poder vender su deuda pública. A mayor desconfianza, mayores los intereses, y viceversa. A mayor confianza, menores intereses. Pero, ¿quién define los intereses? La respuesta conforme a la ortodoxia neoliberal es que son los “mercados”. Pero, como toda ortodoxia, ésta se basa en fe más que en evidencia. Ésta muestra que, en general, son las agencias de valoración de bonos las que, con sus evaluaciones, guían el comportamiento de tales mercados financieros. En realidad, uno de los instrumentos más valiosos que tienen las instituciones financieras (tales como los bancos, las compañías de seguros y los fondos de alto riesgo) que intervienen en el supuesto mercado, son las agencias de evaluación de los productos financieros (en inglés Credit Rating Agencies) que, en teoría, valoran tales productos –como los bonos públicos de los Estados- y dicen a las instituciones financieras si vale la pena invertir en ellos o no. Cuando una de tales agencias valora negativamente los bonos públicos de un Estado, éste tiene que aumentar los intereses de tales bonos a fin de hacerlos más atractivos para las instituciones financieras. Es lo que se llama “recuperar la confianza de los mercados”.
En teoría, tales agencias podrían justificar su existencia si su trabajo fuera independiente, objetivo y creíble. Pero no es así, tal como lo demuestra la evidencia acumulada. Estas agencias son meros instrumentos de aquellas instituciones que, en gran parte, las financian. De ahí que siempre valoren muy positivamente los productos de las instituciones que les financian (sean bancos, compañías de seguro, u otros) mientras que valoran negativamente a ciertos productos si ello favorece los intereses de tales instituciones financiadoras. De nuevo, la evidencia de ello es abrumadora. Esto fue reconocido por el vicepresidente de una de ellas, la famosa Moody’s, que tras dejar la compañía, declaró a la Comisión Federal de EEUU encargada de analizar las causas de la crisis financiera, que lo más importante para tal agencia no era la objetividad en sus estudios del valor de los productos financieros sino la satisfacción de sus clientes que financiaban tales estudios (citado en el artículo de John Ryan “Do we need Credit Rating Agencies?” en Social Europe Journal. 16.03.12). Más claro imposible.
Para comprender y predecir sus valoraciones basta conocer quiénes les financian. Así, en EEUU, ha habido una campaña promovida por Wall Street, el centro financiero de EEUU, que tiene como objetivo desacreditar la deuda pública del gobierno federal como manera de forzar recortes en la Seguridad Social y privatizar las pensiones y los programas sanitarios a las personas de la tercera edad. Con la ayuda de los medios afines, Wall Street ha estado promoviendo tal mensaje a través de sus agencias de valoración, devaluando su valoración de los bonos públicos federales. (Antonio Caño en sus sesgados informes sobre EEUU –ver El País de 18.03.12- también transmite este mensaje sobre la deuda pública federal de EEUU). Tales bonos, sin embargo, no tienen ningún problema. Prueba de su salud es que los bonos federales tienen los intereses más bajos de la OCDE (el club de países más ricos del mundo). Si tuvieran problemas, tendrían intereses elevados. La desvaloración de los bonos del Estado federal por parte de tales agencias no tuvo ningún impacto, excepto desacreditar en EEUU todavía más a tales agencias, incluso más de lo que ya lo estaban. Un tanto semejante ocurrió con la devaluación de los bonos públicos del Estado francés, valoración que respondía a una campaña encaminada a penalizar al gobierno francés por su petición de establecimiento de una agencia pública europea que las sustituyera.
El gobierno español, sin embargo, raramente las criticó. Antes al contrario, la ministra de Economía y Hacienda del gobierno Zapatero, Elena Salgado, las alabó, y se opuso al establecimiento de las agencias públicas europeas. Su docilidad hacia tales agencias privadas era sorprendente en una ministra de un gobierno socialista. Su temor (algunos dirían pánico) a antagonizarlas llegó a niveles extremos. Un tanto semejante ocurre con el actual ministro de Economía y Competitividad Luis de Guindos, que fue el director en España del Banco Lehman Brothers que, al colapsar debido a sus prácticas especulativas, creó la crisis financiera. Su obediencia a los mandatos de tales agencias es absoluta.

¿Por qué no se las ignora y se crea una agencia pública europea?
La evidencia de que tales agencias son meros instrumentos de las instituciones financieras hace que se haya estado explorando el desarrollo de agencias públicas de valoración que sean más objetivas y más creíbles que las actuales. El Parlamento Europeo ya ha recomendado el establecimiento de tal agencia. Predeciblemente, la mayor fuerza opositora procede del capital financiero que las financia y sostiene y, como no, del Banco Central Europeo que, como he indicado muchas veces, no es un banco central, sino un lobby de la banca. La avalancha de lobbies intentando que no se constituya esta entidad pública es abrumadora, y es probable que no se apruebe. Y así estamos.
En Estados Unidos, sin embargo, se ha aprobado una ley –The Dodd Frank Act– que elimina la regla que instruía hasta ahora el deber de las pensiones publicas, así como de los bonos públicos, de vender sus activos valorados negativamente por tales agencias. Esta regla les dio un enorme poder que ahora desaparecerá. Nada de esto está pasando en la UE, cuyas instituciones, incluyendo el Banco Central Europeo, continúan considerando tal evaluación como criterio de valoración de la deuda pública. Y ello ocurre a pesar de que la motivación política de tales agencias es obvia si se mira cómo se creó el llamado “problema de la deuda pública” que se inició en Grecia, cuando el Presidente socialista, George Papandreu anunció que la deuda pública griega era mayor que la anunciada por el gobierno conservador anterior. En teoría, tal declaración del Sr. Papandreu parecería “haber descubierto” que las cuentas del Estado no eran correctas. Pero, en realidad, la falta de credibilidad de las cuentas griegas era bien conocida antes de que el Presidente Papandreu lo indicara. Ya en 2004, la Oficina de Estadísticas de la UE –Eurostat-había indicado que las cuentas del Estado griego no eran creíbles, lo cual no fue obstáculo para que las agencias de valoración mantuvieran la evaluación positiva de la deuda pública griega. Fue al anunciarlo el Presidente Socialista cuando se cambió la evaluación, pasando a ser negativa, iniciándose la cascada de valoraciones negativas, primero Grecia, después Portugal, y más tarde España e Italia. ¿Cómo es que las agencias habían valorado positivamente la deuda publica de todos estos países y sólo hasta aquel momento se cambió de valoración positiva a negativa? Y la respuesta es fácil de ver si uno deja de creer en el dogma liberal. Fue el intento del capital financiero de crear la crisis de la deuda pública, de cuya especulación ganó pingües beneficios.
Lo que pasó en Grecia había pasado antes en EEUU. Recordemos que en EEUU tales agencias valoraron muy positivamente los productos de los bancos estadounidenses (incluido el Lehman Brothers del Sr. Luis de Guindos, actual Ministro de Economía), que colapsaron el día después de que les dieran matrícula de honor. En ambos casos, en las dos vertientes del Atlántico, su comportamiento fue el que respondió a los intereses del capital financiero. El famoso “problema de la deuda pública” fue y continúa siendo un problema artificial, creado, en parte, por las agencias de valoración, para obtener los intereses de aquellas instituciones que las financian. El hecho de que se haya creado este problema (un problema que es falso) se debe a que a los bancos les ha ido muy bien con la existencia de tal problema. Así de claro.

sábado, abril 07, 2012

Sentimientos diferentes que los hombres heterosexuales experimentan hacia las mujeres

1. DESEO. Una hembra atractiva produce fuertes deseos de abrazar, besar, acariciar y tener relaciones sexuales... lo antes posible y mejor antes que después. Se trata de una pulsión inmediata e imperiosa que sigue al golpe de vista del cazador que va buscando presas interesantes. El humano varón habitualmente está en celo de forma constante y atendería reclamos de esta índole de forma repetida, sucesiva e incansable. Para fastidio del cerebro inmerso en testosterona usualmente habrá insatisfacción ya que en las sociedades civilizadas no es políticamente correcto hacer proposiciones sexuales directas a las mujeres y mucho menos que estas las acepten. Los síntomas o efectos físicos que produce son aumento de temperatura (acaloramiento) y del pulso y la respiración y erección del miembro viril.
2. ENAMORAMIENTO. Se produce cuando una chica se vuelve especial y su compañía y/o proximidad nos produce bienestar y euforia.

ESCAPAR DE LA PRESIÓN Por Francesc Miralles.

ESCAPAR DE LA PRESIÓN Por Francesc Miralles.
Vivimos esclavizados por las urgencias, la hiperactividad y la incertidumbre. ¿Hay otro tipo de vida posible? Nuestra actitud puede liberarnos o aminorar el peso de esta carga.
La complejidad y magnitud de lo que soportamos en la actualidad nos hace segregar continuamente hormonas del estrés
En 1981, David Bowie y Queen grabaron conjuntamente Under pressure, uno de los singles más exitosos de todos los tiempos y una canción que algunos han calificado como la mejor de la historia del rock. El duque blanco había conocido al batería de la banda británica durante una cura de desintoxicación en una clínica suiza, y la letra que escribió expresaba el efecto demoledor de la presión en una estrella del rock, pero también en los ciudadanos de a pie: "Bajo la presión que incendia un edificio / divide una familia en dos / y arroja a la gente a la calle " .
Con los estragos causados por la crisis mundial, la presión a la que se enfrenta el ser humano actual es mucho mayor que entonces, como mínimo en nuestro país. A la creciente exigencia -y precariedad- en el mercado de trabajo se suma el bombardeo de malas noticias por parte de los medios, la inestabilidad del sistema financiero, la destrucción constante de empleos y una agitación social cada vez más patente. ¿Cuánto somos capaces de aguantar?

El SUPERESTRÉS "Presión es una palabra mal entendida. Cuando empiezas a pensar en presión ya estás pensando en el fracaso". (Tommy Lasorda, entrenador de béisbol)
Si en la década de 1980 el estrés estaba en boca de todos, treinta años después, y con la que está cayendo, hay que acuñar otro término. Uno de los especialistas que han indagado en el síndrome actual es Roberta Lee. Esta doctora en medicina integrativa ha estudiado a pacientes que han vivido bajo un estrés extremo durante tanto tiempo que el estrés se ha convertido en una parte invisible y destructiva de sus vidas.
El motivo por el que, en el estudio, estos pacientes no se sentían estresados es que estaban cubiertos por diferentes capas de estrés, tan finas que no podían notarlas por separado. La doctora Lee bautizó esta nueva dolencia como "superestrés".
Entre los factores que lo desencadenan conjuntamente estaría la polución, la inseguridad en la calle, las dificultades de trabajo o económicas, los problemas sentimentales e incluso la sensación de no tener una dirección en la vida.
La complejidad y magnitud de lo que soportamos en la actualidad nos hace segregar continuamente hormonas del estrés, lo cual ataca el sistema cardiovascular y el inmunitario, con el consiguiente riesgo de sufrir enfermedades graves. Por otro lado, un estado de alerta permanente nos hace adoptar conductas destructivas como beber, automedicarnos o comer en exceso.
La mayoría de los que tienen la suerte de mantener su empleo, lo identifican como su principal fuente de estrés. Cada vez nos exigen más a cambio de menos, con la amenaza constante de que el puesto puede ser cubierto de inmediato.
Esto hace que muchos se abonen a la urgencia, las soluciones provisionales y la precipitación, lo que conduce a la ineficacia y al mal ambiente laboral.
El consultor de empresas Blair Singer asegura que la tensión y la desmotivación laboral se solucionarían con una mejor administración del tiempo, una correcta planificación y la distribución con sentido común de las tareas. Desde el punto de vista individual, Singer señala cinco cosas que podemos hacer para mejorar nuestro rendimiento sin echar a perder nuestros nervios:
1. En la medida de lo posible, debemos adecuar nuestro espacio para que nos resulte agradable y ordenado.
2. Celebrar los éxitos con los demás. Reconocer los logros de todos y divertirse con los retos.
3. Fijar los límites. En los momentos de presión, la ausencia de límites perjudica el rendimiento -y el bienestar mental del individuo y del equipo.
4. Respetar las fechas de entrega. Un calendario al día es un seguro de calma.
5. Entrenar la actitud de urgencia. Hay que prepararse para fases de actividad intensa. Resultará más fácil si antes hemos practicado las actitudes contrarias a través de la reflexión, la planificación, la relajación y la fantasía, en nuestra vida personal y en la profesional.

HAY REMEDIO "A veces lo más importante que hacemos en todo un día es el descanso entre dos respiraciones profundas" (Etty Hillesum)
Uno de los mayores expertos norteamericanos en la gestión del estrés, el doctor Kenneth Pelletier, proponía en su libro Stress free for good seis consejos rápidos para liberamos de la presión:
APRETAR LOS PUÑOS. Apretarlos con fuerza durante cinco segundos y luego abrirlos procura relajación instantánea.
MASCAR CHICLE. Es poco elegante, sí, pero los especialistas aseguran que es eficaz. Al estimular las mandíbulas, nuestro organismo se relaja naturalmente, disminuye el ritmo cardiaco, la respiración y la sobreactividad cerebral.
CONTEMPLAR UN PAISAJE AZUL. Mirar a través de la ventana un plácido cielo azul o un fondo de pantalla de este color ayuda a convocar la calma.
CANTAR. Por más que desafinemos, ayuda a combatir la presión. Según unos estudios de la Universidad de Francfort, al cantar respiramos profundamente y cae la secreción de hormonas de estrés.
AYUDAR A LOS DEMÁS. Automáticamente nos sentimos útiles, más satisfechos y con mejor estado de ánimo gracias a la producción de endorfinas.
RODEARSE DE PLANTAS. Según una encuesta, realizada por la Universidad de Kansas, las personas que tienen plantas en sus espacios de trabajo padecen menor ansiedad, ya que cuidarlas les ofrece un descanso de las emociones negativas.
Hasta aquí hemos hablado de la presión a la que está sometida la población adulta, muy especialmente en el ámbito laboral, pero ¿qué ocurre con los niños? ¿Los estamos educando para ser -y sufrir- como nosotros? Si miramos la agenda de un niño, llegaremos a la conclusión de que estamos arrastrando a los pequeños a los mismos excesos de los padres. Parece una obligación llenar sus horas de ocio con actividades extraescolares. Con ello, la infantil necesidad de jugar queda limitada, con suerte, a los fines de semana.
Según el periodista Carl Honoré, la absurda tendencia a sobrecargar a los nidos de actividades se
debe a los siguientes factores:
• Vanidad en la educación. En muchos casos solo sirven para reforzar el ego de los padres, que tratan de compensar frustraciones de su propia infancia.
• Apuesta por el academicismo. Primamos la educación del hemisferio izquierdo mientras apenas trabajamos las emociones y la libertad personal, que se desarrollan en el hemisferio derecho.
• Relegación del juego tradicional. Contra los caros y sofisticados juguetes que prometen mil beneficios educativos, se ha demostrado que el juego básico que realiza un niño con un lápiz y un papel o una caja de cartón es mucho más saludable y útil para su desarrollo cerebral.
• Abuso de la cautividad. Los padres temen que sus hijos estén en la calle, con lo que se promueve que vayan de casa a la escuela y luego a cualquier otro centro educativo. Están controlados ya la vez los padres no tienen que ocuparse de ellos.

Al final, la solución contra el estrés de hijos y padres es bien obvia. Se trata simplemente de pasar tiempo juntos, leer, disfrutar de una película en compañía, conversar, pasear por el solo placer de hacerlo.
En definitiva, la mejor manera de sacudirnos la presión de encima es recuperar la espontaneidad y el olvidado oficio de ser humano, con todas sus imperfecciones y descubrimientos. •

PARA REBAJAR LA TENSIÓN
1. LIBROS -'EI síndrome del superestrés' de Roberta Lee (Urano). -'Bajo presión: cómo educar auestros hijos en un mundo hiperexigente' de Carl Honoré (RBA).
2. PELÍCULAS -'Hierro 3' de Kim Ki-Duk. -'Todas las mañanas del mundo' de Alain Corneau.
3. DISCOS -'Chet Baker sings' de Chet Baker (Phoenix Jazz). -'Little hells' de Marissa Nadler (Kemado Records).

domingo, abril 01, 2012

No es posible un mundo justo sin un mundo laico. 1 abril 2012 Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón

No es posible un mundo justo sin un mundo laico. 1 abril 2012 Antonio Aramayona – ATTAC CHEG Aragón
La justicia (económica y de cualquier otro tipo) requiere un marco previo de igualdad: la voluntad de justicia será en vano si previamente no nos creemos iguales en derechos y obligaciones. Los seres humanos reclamamos una sociedad y un mundo justos porque los derechos humanos han de ser ejercidos en plena igualdad de condiciones y oportunidades.
Los privilegios tenidos por un sector de la sociedad atentan contra el principio de igualdad. El origen y disfrute de esos privilegios son, en y por sí mismos, injustos. Uno de los sectores más privilegiados desde hace siglos en España y en buena parte del mundo occidental es la Iglesia católica, representada oficial e institucionalmente por el Estado del Vaticano. Sobre la base de un Concordato firmado en 1953 entre el régimen dictatorial del general Franco y el Vaticano, y unos Acuerdos económicos, fiscales y educativos de 1979 entre esas mismas partes, el sector eclesiástico católico se ha visto beneficiado de enormes privilegios.
La iglesia católica española, por ejemplo, recibe anualmente más de 10.000 millones de euros a cargo del erario público, estando a la vez exenta de pagar, entre otros, la Contribución Territorial Urbana de los inmuebles de su propiedad, los impuestos reales o de producto, sobre la renta y sobre el patrimonio, los impuestos sobre Sucesiones y Donaciones y Transmisiones Patrimoniales, o los Impuestos derivados de la renta de las Personas Físicas. Eso atenta contra el principio de igualdad fundamental de la ciudadanía y las instituciones ciudadanas. Reclamar, pues, justicia económica ha de comprender igualmente la desaparición de los privilegios y exenciones otorgados por el Estado español a las confesiones religiosas, pues su existencia misma atenta contra el principio constitucional de la aconfesionalidad del Estado y sus instituciones.
Todas y cada una de las personas integrantes de la sociedad tienen derecho a ejercer libremente, en total igualdad de condiciones y sin discriminación alguna, su derecho fundamental a la libertad de conciencia, de tal forma que el Estado debe configurar un espacio propio y específico, común a toda la ciudadanía, por encima de cualquier ideología o praxis pertenecientes a los individuos o las instituciones privadas. El Estado y sus instituciones, como entidades públicas que son, pertenecen a toda la ciudadanía, y ha de garantizar el libre ejercicio de la libertad de conciencia. Las instituciones y confesiones religiosas, amparadas por el derecho a la libertad religiosa y de culto, son una expresión particular y privada más dentro del derecho global a la libertad de conciencia. Carece, pues, de sentido, privilegiar a una institución privada, en detrimento, de hecho, del resto de la ciudadanía, no coincidente con esa ideología privada.
Una justicia económica es global cuando mira a todos y cada uno de los miembros de la humanidad, a sus culturas, países e idiosincrasias particulares, y también cuando mira al conjunto de los derechos y las obligaciones de todas y cada una de esas personas, sin que se vean postergados y perjudicados en favor de determinadas opciones privadas, incluidas las confesionales.
En resumidas cuentas, no sería factible la reivindicación de una justicia económica global en el mundo al margen de una demanda paralela de un marco de convivencia, dentro de cada país y entre los países, de plena libertad e igualdad de derechos, entre los que destaca el derecho a la libertad de conciencia. No sería factible una justicia económica global admitiendo a la vez el reconocimiento y la ejecución de cualquier privilegio que beneficie a instituciones privadas, confesionales o de cualquier otro tipo.
No es posible un mundo justo sin hacer realidad paralelamente un mundo cada vez más laico. Otro mundo es posible y necesario. Un mundo laico, de personas libres, autónomas, guiadas por criterios racionales es igualmente posible y necesario.

DGA, Aramón. Estos no se enteran... ¡Ni quieren! JOSÉ LUIS Trasobares 25/03/2012

Estos no se enteran... ¡Ni quieren! JOSÉ LUIS Trasobares 25/03/2012
El reciente incendio forestal en el valle de Castanesa se produjo justo en el área donde está prevista la construcción de una macroestación de esquí conectada con Cerler. Pero en los primeros días de este mes de marzo allí no había nieve alguna, sino una vegetación reseca y agostada por el viento. La terrible y tremenda paradoja evidencia que el cambio climático ha pasado de ser un amenazante dato estadístico a producir efectos dramáticos. Sin embargo, el Aragón oficial y el oficioso no han querido darse por enterados. No suenan las alarmas, no hay debate, no se replantean las estrategias.
Luego se celebró el Día Mundial del Agua en medio de una atroz sequía. Las referencias al sistemático retroceso que sufre el régimen de precipitaciones fueron escasas y rutinarias, como por cumplir. Los dirigentes de los sistemas de riegos aragoneses obviaron tal circunstancia y se mantuvieron aferrados al Pacto del Agua y a su exigencia de que se construyan nuevos pantanos o se amplíen los actuales.
¿Cómo es posible que nadie piense en estudiar la situación, que no se desarrollen simuladores para anticipar el inmediato futuro y que no se corrijan o actualicen objetivos planteados hace más de un siglo? La pereza mental se alía con los más mezquinos intereses a la hora de mantener los discursos habituales ceñidos a temas y argumentos que ya no se creen ni quienes se empeñan en seguir divulgándolos. La opinión pública, saturada y perpleja, apenas presta atención a ese ruido de fondo adormecedor, monótono, ridículo. Y muchos que, por su posición y conocimiento, son conscientes de lo que está pasando prefieren callar por aquello de no significarse. Encefalograma plano.
En los últimos tiempos, Aramón ha acumulado una deuda que va camino de los cien millones. Parte de ese capital se destinó a comprar terrenos en Castanesa, donde se proyectó un complejo (con el consabido edificio del arquitecto Foster) absurdo e imposible, de un impacto medioambiental intolerable. Previamente se había ampliado Formigal por Espelunciecha con otro desembolso millonario, más destrucción y pobres resultados económicos. Todo esto se podía haber evitado, pero los responsables no estaban dispuestos a mirar la realidad de frente.
El absoluto fracaso de los últimos pantanos construidos en Aragón (Lechago, El Val) también aconseja replantear por completo el Pacto del Agua, un acuerdo tramposo, instado en su día por un político corrupto y que hoy carece de sentido. Pero la cúpula de los regantes pide a gritos seguir embalsando agua (¿qué agua?), como si el continente determinara el contenido, la inundación del territorio fuese una gracia y el dinero para las obras hidráulicas cayese del cielo.
No tienen remedio.

¿Sirve de algo protestar? Sí, por supuesto NICOLÁS ESPADA 25/03/2012

El PP hace muy bien el papel a la contra. Ya se vio que estando en la oposición son unos genios (a nivel nacional, claro, porque en Aragón no hicieron nada) y ahí están desde hace días asustando en contra de la huelga general. Si ya de por si son machacones hasta el punto de meter en la cabeza de la gente puras mentiras, en esta ocasión juegan con mucha más fuerza, la que les da el Gobierno de España y la patronal CEOE.
Mientras tanto, aprovechan el 29-M y las elecciones andaluzas y asturianas de hoy para estar en un impass. Quieren saber si tienen barra libre para hacer a sus anchas a partir de la semana que viene o si no triunfan tanto y el país se paraliza, dosificar las recetas restrictivas que guardan en los cajones de sus despachos. Por eso han intentado mantener un equilibrio con los sindicatos a la hora de decretar los servicios mínimos, para que se diga que no quieren boicotear el derecho a la huelga. Pero lo hacen con sus mentiras constantes.
Porque no es verdad que la reforma laboral aprobada por el Gobierno fuera la única medida que se podía tomar. Ni mucho menos porque a lo mejor no era el momento de volver a regular la normativa laboral y la negociación colectiva.
Porque no es verdad que el mercado laboral español necesite cambios para que sea menos rígido. El Estatuto de los Trabajadores, desde su aprobación en 1980, ha tenido 52 reformas y se puede decir que los contratos inestables han ido cada año en aumento.
Porque no pasa nada porque la huelga sea política, que lo es, porque va contra una medida del Gobierno del PP.
Porque no es verdad que este país no está para huelgas. Si que está desde el momento en que se recortan los derechos de los ciudadanos y se torpedea el estado del bienestar con recortes que afectan a la calidad de los servicios públicos.
Porque no es cierto que se dañe la imagen de España. Porque de eso ya lo han conseguido (económicamente) las agencias de calificación y los especuladores financieros.
Porque es mentira que con la huelga se apoye a CCOO y a UGT. Muchos de los huelguistas del jueves seguro que les critican, y mucho. Estos sindicatos tienen su penitencia social ya por muchos de sus errores. Pero eso es una pelea y otra es la de los derechos laborales de los españoles.
Porque no es verdad que la reforma laboral no se pueda cambiar. Ocurrió en 1996 y en el 2002 que después de las huelgas generales el Gobierno claudicó en sus intenciones. Ahora, puede ser el momento ya que está en trámite parlamentario.
Protestar, pues, sirve. Y si no, que se lo digan al PP.

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