sábado, agosto 27, 2011

"Felicidad flexible" de Jenny moix Queraltó (Libros Aguilar 2011). Prólogo de Alex Rovira Celma

La mirada lúcida de Jenny Moix en "Felicidad flexible" por Alex Rovira

A principios del siglo xx un antropólogo del Gobierno colonial belga se topó en el corazón de la selva congoleña con un grupo de pigmeos. Cuentan que aquellos hombres, prácticamente desnudos y desposeídos de casi todo, le parecieron tan risueños que no pudo resistirse a preguntarles si se sentían felices. Para su sorpresa los pigmeos no supieron qué contestar. No entendían la pregunta. Los términos ‘feliz’ y ‘felicidad’ no estaban en su vocabulario por la sencilla razón de que no los necesitaban. Y es que el uso y la democratización del concepto «felicidad» son relativamente recientes. A mediados y finales del siglo xviii, con la Ilustración y la Revolución francesa y americana, se considera la felicidad como un derecho de los ciudadanos, un bien al que aspirar legítimamente. Desde entonces la idea de la felicidad se ha ido modificando hasta convertirse hoy en un codiciado objeto de deseo.

Pero ¿en qué consiste la felicidad hoy, en pleno siglo XXI? Si atendemos a la gran variedad de libros y estudios que se están publicando en la actualidad sobre el tema, no cabe duda de que la felicidad vuelve a estar de moda. Psicólogos, sociólogos, economistas, antropólogos, biólogos y muchos otros especialistas de diferentes disciplinas abordan hoy con renovada curiosidad su estudio.

Hemos visto con la crisis actual que en un mundo donde los indicadores globales de riqueza estaban aparentemente en alza algo no cuadraba cuando a la vez las enfermedades psicológicas, la depresión, la angustia o las urgencias psiquiátricas iban y van en aumento. Quizá los pigmeos con los que se topó el antropólogo colonial belga en el siglo pasado no sabían lo que era la felicidad, pero eran bien felices, y probablemente su felicidad residía en esa flexibilidad a la hora de encarar la vida que con tanta lucidez y completa ilustración nos muestra en este extraordinario libro la doctora Jenny Moix. ¿Será que la misma obligación de ser felices genera infelicidad? ¿Será que, como indica Jenny, la misma presión de ser felices nos aleja de la plenitud? En este libro nos damos cuenta de que la felicidad se construye no a través de las cosas
sino en otras dimensiones más sutiles, más humanas, en las que prevalece la autenticidad, la sencillez, la capacidad de ser humildes, de desaprender, de cuestionarnos, de amar y sabernos amados, de ser flexibles en el pensar, el amar y el hacer en definitiva.

Son muchos los que coinciden en que la materia prima esencial de la felicidad es el amor. Nadie es más feliz que el que ama y a su vez se siente correspondido. La ternura, el afecto y las caricias son la primera parada obligada en el camino hacia el centro del laberinto de la felicidad.
El amor y la intimidad que de él se deriva constituyen la única manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad. En ese proceso la persona que ama posibilita que el amado manifieste sus potencias. A través de esa toma de conciencia de lo que podemos llegar a ser gracias al reconocimiento y al apoyo de quien nos ama se activa un mecanismo, una especie de despertador interno que fortalece nuestro potencial hasta convertirlo en realidad. Allí, en el proceso de desarrollo personal que nace del amor, se vive una experiencia mucho más intensa que el placer: la felicidad.

Otra característica común de las personas que se declaran felices es su capacidad para valorar y disfrutar de lo que tienen; la conciencia del valor de aquello que tenemos y que nos da la vida y de las pequeñas grandes alegrías de ésta. Y no nos referimos a la posesión de bienes materiales, que más que felicidad procuran confort, bienestar o placer. Al contrario, la felicidad parece emerger de la toma de conciencia de aquello que es obvio y que, precisamente por ello, obviamos: un buen estado de salud, la compañía de nuestros afectos, el contacto con la naturaleza, una buena conversación, tener el privilegio de trabajar en algo que nos gusta.
Merece la pena abrir los ojos aquí y ahora para darnos cuenta de todo cuanto nos rodea y por lo que podemos sentirnos felices y agradecidos: desde el latido de nuestro corazón, la salud de nuestro cuerpo, la buena música de fondo que nos acompaña, la existencia de un ser querido o el buen vaso de agua que sacia nuestra sed. Cuestiones cotidianas cargadas de valor. Procurar cuidar esas pequeñas grandes cuestiones es síntoma de lucidez, tal y como planteaba el alquimista medieval Paracelso: «Quien conoce ama. Y quien ama es feliz».

A lo anterior podríamos sumar el ejercicio voluntario y consciente de dar un significado positivo y constructivo a lo vivido, sea cual sea el signo de la experiencia registrada. Tal y como nos muestra Jenny, la construcción de un futuro es más posible desde el optimismo trabajador que desde el pesimismo pasivo. Luego, desde el ejercicio de tal voluntad de sentido no es tan importante aquello que nos sucede como el significado que damos a lo sucedido. Dicho de otro modo: toda experiencia negativa que hemos padecido en el pasado, todo sufrimiento puede ser el elemento alquímico de la felicidad en el futuro. Los ejemplos son múltiples y abordan todas las dimensiones de la vida: «Si no hubiera conocido a esa pareja que me hizo la vida imposible, no podría valorar a la que tengo ahora»; «Si no hubiera tenido aquel jefe tan lamentable, que me mostró lo que nunca se debe hacer, no sabría valorar hoy el hecho de tener un buen jefe como el que ahora tengo»; «Si no hubiera sufrido tal enfermedad, no habría tomado conciencia de cómo desarrollar unos nuevos hábitos de cuidado de mi cuerpo»... La persona feliz intenta extraer la parte positiva de todo lo vivido. No desde la ingenuidad ni desde la estupidez, tampoco desde la sumisión, sino desde el coraje, la fuerza interior y la entrega a la propia vida. En este sentido Albert Camus aseguraba: «La propia lucha para alcanzar la cima basta para llegar al corazón de un hombre». Y concluía: «Sísifo debió de ser feliz».

Y es que nacemos ingenuos y felices, y la paradoja es que vamos dejando de serlo a medida que buscamos la felicidad en los objetos, en la materia. También en muchos casos y a medida que crecemos y envejecemos, la inteligencia nos lleva al escepticismo. Pero el escepticismo no es una buena base sobre la que edificar la felicidad, más bien es una parada necesaria en el camino de la sabiduría, nunca la estación final. La misma inteligencia que nos llevó a él debe devolvernos a la
ingenuidad perdida no como un medio para alcanzar la felicidad, sino como un fin. Y en esa ingenuidad de repente emergen la humildad y la gratitud, ingredientes imprescindibles en el viaje hacia el centro del laberinto de la felicidad y para la construcción de una buena vida. Desde ellas valoramos lo esencial, lo simple, lo auténtico, lo honesto: la amistad, la belleza natural, el arte que nace de la entrega, la presencia de nuestros afectos, el valor de la vida, lo sagrado que reside en la piel de aquellos a quienes amamos, el lujo de lo esencial.

Y llegados a este punto aparece la pregunta inevitable: ¿cómo podemos ser felices si vivimos en un mundo donde la justicia, la solidaridad, la paz o los derechos humanos son aún una utopía en muchas partes de nuestro planeta? Quizá en esa tristeza inevitable que nace al leer el periódico cada día está el acicate hacia la creación de la felicidad, pero no la propia, sino la del ser humano que sufre. Si no hay tristeza, no puede haber compasión ni rebelión y, si no hay compasión ni rebelión, no puede haber verdadero impulso hacia la transformación.

La compasión, la entrega al otro, el servir a una causa mayor que uno mismo son fuente de felicidad aunque sólo sea desde el egoísmo inteligente que hace que al entregarnos consigamos olvidarnos de nuestros propios problemas.

Por difícil que sea su situación, las personas que construyen su felicidad en el servicio al otro no ven la existencia como un coto cerrado, sino como un universo de posibilidades en el que todo está por hacer. En ese reto por cumplir, en la utopía que lograr, allí está también la felicidad.

Finalmente, si todo lo anterior nos resulta demasiado complejo, siempre podemos llegar a la felicidad de la mano de la alegría. Como los pigmeos que citábamos al principio de este texto, mucho tenemos que aprender de los humanos que, desde su desnudez, nunca tuvieron necesidad de romperse la cabeza intentando comprender qué es la felicidad. Ellos, simplemente, carentes de rigideces, prejuicios, conceptualizaciones complejas y otras obsesiones, experimentan la alegría. Ésta es más directa, más simple, más fácil, más inocente y más tangible que la felicidad.
La alegría nos espera en las pequeñas cosas de la vida para susurrarnos al oído que a través de ella podemos ser felices. Y es que es realmente difícil ser felices si buscamos con rigidez, sin pausa y con angustia en qué consiste la felicidad. Porque ésta no es un lugar al que llegar, es más bien una manera de andar. No es un destino, es un síntoma que aparece al caminar. Y mientras hay quienes se dedican a perseguir la felicidad, otros la crean amando, sirviendo, desarrollando su conciencia, procurando cuidar lo esencial o brindando pellizcos de alegría a quienes los rodean. Y todo ello es lo que nos hace ver Jenny en las páginas que siguen.

Éste es un libro que procura placer de lectura, sorpresa, admiración y que a medida que uno avanza en sus páginas no puede más que reconocer el enorme valor del trabajo llevado a cabo por la doctora Jenny Moix Queraltó. Una tarea llena de rigor y plena de voluntad pedagógica, así como de buen criterio lleno de afecto y respeto hacia el lector. La sabiduría de las páginas que vienen no es sólo erudición, es sin duda el resultado de alguien que tiene una mirada llena de humanidad, porque sus sentimientos son inteligentísimos y sus pensamientos están cargados de una lucidez que sólo quien ha vivido mucho y ha sabido hacer alquimia de su dolor es capaz de reflejar. Por todo ello es un honor prologar este libro e invitarte, amiga y amigo lector, a que te sumerjas en él porque saldrás del mismo con una visión mucho más rica, matizada y humana de lo que es la felicidad.

Buen viaje y muchas gracias, Jenny, por este excepcional trabajo, que nace de tu lúcida y bellísima mirada en todos los sentidos. Álex Rovira Celma

Sexo: Por puro placer Manuel Cuéllar EL PAIS SEMANAL - 18-02-2007

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¿Palabra de Dios? JOSÉ JUAN TOHARIA EL PAÍS - Sociedad - 08-08-2010

¿Palabra de Dios? JOSÉ JUAN TOHARIA EL PAÍS - Sociedad - 08-08-2010
Hay dos países en el mundo en que, según datos recientes del Instituto Gallup, casi la mitad de la población (el 42% exactamente) piensa que los líderes religiosos deben tener un papel directo y relevante en la redacción de los textos legales básicos, incluida la Constitución.
Uno es Irán; el otro, Estados Unidos. Por supuesto, no cabe dar más sentido que el meramente anecdótico a la aparente coincidencia en este punto entre la democracia más antigua y consolidada del mundo y una muy peculiar forma actual de democracia -pero democracia al fin- como la iraní. Tras ese coincidente porcentaje subyacen, en realidad, dos planteamientos radicalmente opuestos: en un caso, el empeño por respetar un pluralismo religioso extremo y, en el otro, en cambio, el de preservar el monopolio absoluto de una única confesión. La radical separación en la vida pública estadounidense del ámbito religioso y del secular es compatible con el reconocimiento, generalizado e indiscutido, del papel que corresponde en la sociedad a la religión -a toda religión-.
De ahí, sin duda, ese sustancial porcentaje de estadounidenses que piensa que el entramado normativo regulador de la vida social debe propiciar el acomodo de todas las sensibilidades religiosas. En el caso de Irán, el porcentaje reseñado parece sugerir más bien un sustancial (aunque no mayoritario) beneplácito a la tutela y control de la vida civil por la única autoridad religiosa existente.
Desde una perspectiva europea, y más concretamente española, datos como estos pueden resultar sorprendentes. Carecemos de la experiencia de un pluralismo religioso extremo como elemento constitutivo originario de la convivencia civil, y sí tenemos, en cambio, una larga experiencia de control total, o casi total, de la vida pública y privada por parte de una única confesión religiosa. Sin duda por ello, en nuestro caso, una masiva mayoría de ciudadanos (74%) considera que los legisladores deben realizar su tarea sin tener en cuenta consideración religiosa alguna. Los datos de una encuesta reciente de Metroscopia muestran además cómo tan solo dentro del relativamente reducido sector (que agrupa solo a uno de cada cinco españoles) que se define como "católico practicante" constituyen a su vez una ajustada mayoría absoluta quienes no están de acuerdo con esta idea. En otras palabras, apenas el 10% de nuestra población cree que los diputados deben tener en cuenta la opinión de la Iglesia católica, y de las demás confesiones, a la hora de elaborar leyes. El resto parece tener claro que entre lo que son competencias exclusivas "del César" y no "de Dios" está el dictar normas para todos, creyentes y no creyentes.
En este contexto resulta especialmente chocante que ante un reciente texto legal aprobado por las Cortes un obispo se atreva a proclamar que "esa ley no es ley" y que, en consecuencia, no debe ser obedecida porque va contra la doctrina de su Iglesia. Esa ley, por cierto, se limita a despenalizar en determinados supuestos un específico comportamiento (el aborto) pero por supuesto ni lo declara obligatorio ni moralmente aprobable. Y por supuesto, ni se le ocurre entrar a dirimir si debe o no ser pecado. Salidas de tono como la de este obispo, tan al margen de la realidad de las cosas y formulada con tan extremada rotundidad como imperceptible caridad, probablemente ayuden a entender que ese "pueblo fiel" al que dirige su nada cívica proclama haya ido gradualmente quedando en una exigua minoría. La inmensa mayor parte de quienes, pese a todo, y con los debidos matices, se siguen definiendo como católicos parecen optar, ante tanta intemperancia (que a la luz de esos datos de encuesta cabe pensar que no comparten), por hacer oídos sordos y mirar para otro lado.
José Juan Toharia es presidente de Metroscopia y director académico de la Fundación Ortega / Marañón.

AGUJEROS NEGROS DEL PLANETA (2) La franja de Gaza West Bank Encarcelados por amigos y enemigos

AGUJEROS NEGROS DEL PLANETA (2) La franja de Gaza West Bank Encarcelados por amigos y enemigos JAVIER AYUSO DOMINGO - 08-08-2010


Viven encarcelados en un territorio de 365 kilómetros cuadrados (una quinta parte de la provincia de Guipúzcoa, la más pequeña de España), rodeados por enormes muros de ocho metros de altura y por un bloqueo naval apenas a tres millas de la costa. Los sitiadores israelíes les tienen sometidos a un bloqueo total e inhumano que impide entrar o salir a personas y mercancías, en respuesta a los más de 8.000 cohetes lanzados en los últimos ocho años desde Gaza contra los colonos judíos. Los 1,6 millones de habitantes, de los que un millón son refugiados, viven encarcelados por el Gobierno de Israel y por la autoridad de Hamás (considerada una organización terrorista por Occidente), que ellos eligieron en 2006.

Llegar a Gaza es como pasar del primer al Tercer Mundo en pocos kilómetros. Hay que volar a Tel Aviv, capital del Estado de Israel, desplazarse en coche a Jerusalén y esperar a recibir un visado para viajar a la franja de Gaza. Una vez conseguido, un taxi Mercedes te lleva hasta el paso de Belt Hanun, en un viaje que te hace sentir en cualquier país mediterráneo europeo. Buenas autopistas, por las que circulan coches occidentales, entre enormes extensiones agrícolas. Un café moderno y con wifi es el último contacto con el bienestar apenas a un kilómetro de la frontera.
La llegada al paso de Ben Hanun supone un auténtico choque para el visitante. La carretera acaba en un enorme muro de hormigón de ocho metros de altura rodeado de vallas metálicas electrificadas, torretas de vigilancia y videocámaras de seguridad. Se asemeja a la entrada a un campo de concentración, en el que hacen guardia decenas de militares fuertemente armados.
Hay que entrar en un enorme hangar, a pie, y empezar los interrogatorios. Una soldado muy amable y con muy poco trabajo pregunta con curiosidad: "¿Qué vienen a hacer a Gaza?", y explica luego que la frontera se puede cerrar en cualquier momento, dependiendo de los acontecimientos. Con el visado, entrar es fácil; salir, ya veremos.
Tras pasar dos o tres puertas metálicas que se abren y se cierran con estruendo, se entra en territorio palestino. Hay que andar un kilómetro, bajo techo metálico, dejando atrás el muro y las alambradas, hasta llegar a un puesto destartalado en donde varios soldados palestinos, de negro y con cara de pocos amigos, inician otro interrogatorio.
Allí espera un coche con nuestro fixer, Amjad, un palestino que ha vivido en España y Túnez y que se declara admirador de Arafat. Pasada la zona de seguridad, enseguida se llega al pueblo de Ezbeit Abd Rabo, totalmente destruido por los bombardeos de diciembre de 2008, en donde malviven cientos de personas en edificios derrumbados con el hormigón y los hierros a la vista. A lo lejos se ve la central eléctrica de fuel, la única de Gaza, que solo funciona 12 horas al día por falta de combustible.
La franja de Gaza tiene una superficie de 365 kilómetros cuadrados: 13 kilómetros de frontera con Egipto al sur, 8 kilómetros con Israel al norte y otros 47 al este, mientras que la costa tiene una extensión de 45 kilómetros. De una población de 1,6 millones de habitantes, cerca de un millón son refugiados que fueron llegando a la zona desde 1948 hasta 2006 en que se cerró el muro. Viven en ocho campos, distribuidos por las cinco provincias de la franja: Norte, Gaza, Dar el Balat, Khan Younis (donde está el mayor campo de refugiados) y Rafah.
Desde el secuestro del soldado israelí Gilad Shalit, el 25 de junio de 2006, por el Ejército de Hamás, Israel endureció el bloqueo hasta unos límites inhumanos, impidiendo la entrada de combustible, alimentos y material de construcción. Desde entonces ha habido más de 2.000 muertos, la gran mayoría palestinos, en los continuos enfrentamientos entre uno y otro bando. Nadie sabe dónde está encarcelado este joven militar que ahora tendrá 25 años.
En estos cuatro años, el Ejército israelí ha realizado dos operaciones militares de represalia y busca del soldado secuestrado. La primera, llamada Lluvia de Verano, en junio de 2006, que duró cinco meses y causó la muerte de palestinos (243 civiles), y la segunda, entre diciembre de 2008 y enero 2009, denominada Operación Plomo Fundido, que sembró el terror por toda la franja de Gaza y causó más de 1.500 muertos palestinos. Luego vino el incidente de la flotilla de la paz, el pasado mes de junio, que volvió a poner en evidencia la política de Israel.
Además del conflicto exterior, Gaza vive una guerra interna entre las dos organizaciones palestinas: Fatah y Hamás. La primera, mucho más moderada, ganó las elecciones en todos los territorios palestinos y controla la Autoridad Palestina, excepto en la franja de Gaza, en donde triunfó Hamás en 2006. Desde entonces han instaurado un régimen radical islámico, manteniendo su guerra contra los colonos judíos y su conflicto contra los militantes de Fatah. En junio de 2007 se produjo una guerra entre ambas organizaciones, en la franja de Gaza, con el resultado de 700 muertos y la salida de los representantes de la Autoridad Palestina.
UNA FAMILIA DESTROZADA
Ghalia al Sammouny tiene 60 años, es viuda y perdió a 29 miembros de su familia en la Operación Plomo Fundido. Sentada en el suelo, en una chabola junto a las ruinas de lo que fue su casa, recuerda ese 5 de enero de 2009 con terror. "Cuando llegaron los tanques israelíes, mi hija iba a dar a luz", explica entre lágrimas. "Tuvo una niña que sobrevivió a los bombardeos. Pero mi hijo recibió un proyectil y cayó fulminado en medio de la calle. Destrozaron a toda una familia. Ya no tenemos nada".
Junto a ella, otras tres mujeres más jóvenes hacen coro. Todas pertenecen al clan y todas perdieron a algún familiar. "Todas somos viudas o huérfanas de guerra", dice Fathia, que perdió a su marido y a dos hijos. "Ya no tenemos ni familia, ni dinero, ni tierras, ni esperanza... Esperamos la muerte".
Los Al Sammouny eran granjeros en las afueras de Gaza, en el barrio de Al Zatun, al sur de la capital. Una zona de pequeñas granjas de hortalizas y frutas. El 5 de enero, después de muchos días de bombardeos, los aviones israelíes volvieron a sobrevolar la franja de Gaza en vuelo rasante. La gente salió de sus casas ante el temor de las bombas que empezaban a caer y se encontraron en la calle con los tanques del Ejército de Israel, que venían del Oeste y empezaron a disparar sus proyectiles. "Fue terrible ver caer a mi hijo de 21 años y desangrarse en el suelo", grita Ghalia con las manos en cruz.
Los ataques, además de matar a 29 miembros del clan, destrozaron sus cuatro viviendas y los campos de cultivo. Desde entonces viven en una chabola que se han construido con material de derribo, entre varias higueras medio secas. Es la imagen de la fatalidad. La chabola está construida con barro, con un tejado de uralita medio roto; unos 15 metros cuadrados. Al fondo, amontonados, unos colchones viejos y sucios, mantas, alfombras y algo de ropa. Una bombilla cuelga del techo. Allí viven seis personas. Al otro lado, otro chamizo de dos por dos metros, sin techo, hace las veces de cocina, con un infiernillo donde hierve el agua para el té.
Cinco o seis niños menores de siete años juegan junto a un tendedero de alambre roñoso, hierros retorcidos de lo que fue una casa, plásticos colgados que mueve el viento, un huerto con tres o cuatro filas de repollos y montones de porquería, en donde comen varias cabras y gallinas.
"Cuando acabaron los bombardeos, pudimos enterrar a nuestros muertos", explica Ghalia. "A todos menos a uno, que se llevaron los israelíes y que murió allí, según nos contaron. Desde entonces estamos muertos; vivimos en la miseria de lo que sacamos de la tierra y de pequeños trabajos que van saliendo. Tuvimos algunas ayudas de Naciones Unidas, pero se han acabado".
Los Al Sammouny llevaban 30 años viviendo en esa zona, cultivando la tierra, pero desde el bloqueo todo empezó a ir de mal en peor. "Ahora estamos acabados", dice Fathia. "¿Qué vamos a hacer? Criamos a nuestros hijos como podemos, pero tenemos miedo de que vuelvan los aviones. No sabemos qué será de nosotras y de nuestros hijos mañana o la semana que viene".
Ghalia pide ayuda. De rodillas, con los brazos abiertos y las lágrimas cayendo por la cara, pide protección, comida, un techo... "No nos queda nada, pero no podemos rendirnos. Confiamos en Dios y tenemos que sacar adelante a nuestros hijos".
UN PESCADOR VARADO
Jamal Abu Hamada tiene 49 años y una mirada triste, casi muerta. Es pescador y vive en el campo de refugiados de Al Shati, en el centro de la capital, que se creó en 1948. Entonces eran tiendas de campaña, pero hoy son viviendas a medio construir, ruinosas y llenas de escombros, sin ventanas ni casi muebles. En la franja de Gaza hay ocho campos de refugiados habitados por un millón de personas que viven de las ayudas de Naciones Unidas.
Vive en una casa de tres pisos, en ruinas, semiconstruida hace cinco años, con su mujer, cinco hijos, cuatro hijas, dos nueras y tres nietos. Son 16 a comer todos los días. Empezó a trabajar de pescador a los 10 años y ahora tiene tres barcas; dos en Gaza y una en Rafah, junto a la frontera con Egipto. Antes se ganaba la vida de una forma digna, pescando, cuando las aguas jurisdiccionales eran 12 millas. Pero en 2006, los israelíes rebajaron la zona a tres millas y allí no hay casi pesca. "El que sale del cerco de las tres millas", explica, "es apresado por las patrulleras israelíes, que hunden las barcas".
"Vivimos de las ayudas del UNRA", explica Jamal. "Cada tres meses nos dan tres sacos de harina de 150 kilos, 15 kilos de azúcar, 15 kilos de arroz y 7 litros de aceite vegetal. Sigo vivo porque no hay suficientes maneras de morir, pero cada día estoy más muerto. El futuro no existe para nosotros".
Los bombardeos de 2008 le destrozaron parte de la casa, que sigue llena de escombros. "No tenemos ni dinero, ni material para reconstruirla", dice. "La luz solo funciona 12 horas al día y cuando tenemos algo de dinero para combustible, podemos encender el generador para tener luz. Mis hijos tienen trabajo tres meses al año y así no podemos mantener a la familia. Solo tenemos a Dios que nos ayuda. Rezamos cinco veces al día, como dice el Corán, pero cada vez tenemos menos esperanza. Ya son muchas guerras vividas: la de 1967, la 1986, las consecuencias de la guerra del Golfo, las dos intifadas... pero lo peor ha venido con el Gobierno de Hamás y el bloqueo de Israel".
Sus hijos observan lo que dice, mientras desenredan unas redes de pesca llenas de anzuelos, que pasan de un contenedor de madera a otro, en una tarea inútil, porque saben que no las pueden usar. Aun así, las mantienen al día, por lo que pueda pasar.
Caminando hacia el puerto, Jamal se mantiene en silencio, como perdido. Solo hablan sus ojos, llenos de desesperación. Hay decenas de barcas varadas en un puerto en ruinas por los bombardeos. Cuatro pescadores toman el té sobre una alfombra raída, mientras algunas barcas entran o salen del puerto para intentar pescar algunas sardinas a menos de tres millas de la costa.
ENFERMOS DE DESESPERANZA
Jamal es uno de los cientos de miles de palestinos que viven enfermos de desesperanza. Es el principal problema de salud de la franja, según explica el doctor Moeen, director del Centro de Salud Mental de Jabalia, el mayor de Gaza. Tiene 56 años, está doctorado en psiquiatría por la Universidad de París y ha trabajado en Arabia Saudí, Libia e Irán. Ahora se dedica a intentar sacar del pozo en que se encuentran sus 5.000 pacientes mentales del barrio de Jabalia.
"Los habitantes de Gaza tienen problemas serios de salud mental", explica el doctor Moeen, "por el hecho de estar encerrados dentro de un enorme muro, a expensas de los ataques periódicos y una situación de pobreza y de sobrepoblación muy alta". En el barrio de Jabalia viven cerca de 300.000 personas y es uno de los más afectados por los ataques de Israel. De hecho, el centro médico está rodeado de casas destruidas por las bombas y que no se podrán reconstruir mientras dure el bloqueo.
"Atendemos a unos mil pacientes mensuales en este centro de salud pública", añade el psiquiatra. "La mayoría son pobres, o muy pobres, y están afectados por depresión, ansiedad, shock postraumático o adicciones a las drogas. De los 5.000 pacientes, el 70% por cientos son hombres. Llevo 12 años trabajando aquí y la situación es cada vez peor. No damos abasto, ni tenemos medicinas suficientes para tratar la depresión; los antidepresivos se acaban enseguida y no hay centros de rehabilitación para los problemas de adicción a hachís y pastillas, que son cada vez más frecuentes". La principal adicción es al Tramadol, un derivado de la morfina que entra por los túneles y que se vende en cualquier sitio.
Este centro cuenta con el apoyo y la financiación de la ONG española Médicos del Mundo (MDM). Allí está desplazada Susana del Val, psicóloga, de 37 años, cuyo trabajo consiste en mejorar el sistema de organización del centro de salud. Susana corrobora el deterioro de las condiciones mentales de los habitantes de la franja de Gaza desde 2006. "Los más vulnerables son los niños y los jóvenes", explica. "Aquí viven como encarcelados en unas condiciones extremas, rodeados de violencia tanto externa como interna. La religión y la familia sirven de contenedores para sobrevivir a esa situación extrema".
El doctor Moeen añade: "Cada día tengo que tratar a muchos niños, a los que traen cada vez más pequeños, con todo tipo de traumas motivados por la guerra, la pobreza, el estrés, la falta de cariño o simplemente la sobrepoblación; la situación es dramática y vamos a peor".
VIDAS SIN SENTIDO
Cada dos o tres meses viaja a Gaza el médico español Ricardo Angora, uno de los responsables del proyecto de MDM y gran conocedor de la situación de la zona. Él ha sido testigo del empeoramiento de la situación desde 2006. "Los palestinos no encuentran ahora ningún sentido a sus vidas", explica. "Hay una sensación de incertidumbre sobre lo que pasará al día siguiente, que hace a la gente no saber qué será de ellos mañana. Ya hay varias generaciones perdidas, pero la peor parte se la llevan los niños, que suponen más de la mitad de la población".
Angora añade que "aunque ahora no haya una situación de guerra abierta, los ataques selectivos que realiza la aviación israelí hacen mella en la moral de la población, que además vive en la más absoluta pobreza (el 80% vive por debajo del umbral de pobreza), dependiendo en su mayoría de las ayudas de Naciones Unidas para poder subsistir. Los principales problemas son la falta de trabajo y vivienda, la violencia externa e interna y, sobre todo, la sensación de encarcelamiento. Es terrible saber que no puedes salir de un lugar en el que malvives".
Los niños son, una vez más, víctimas propiciatorias del conflicto. Los menores de 10 años solo han conocido el bloqueo, que se inició en 2000, con la segunda intifada, y que se endureció en 2006.
Hanna el Gafarani, de 38 años, es dueña de una guardería privada en Gaza, a la que asisten cien niños de cuatro y cinco años, y corrobora las opiniones de los representantes de Médicos del Mundo. "Los niños no tienen infancia en Gaza", dice Hanna. "Viven rodeados de violencia y eso les hace ser violentos y buscar la lucha. Aunque se han acostumbrado al ruido de los aviones cuando sobrevuelan para bombardear, están muy afectados. Nuestro objetivo es trabajar con ellos y mandarles un mensaje de esperanza y de felicidad. Pero la verdad es que es muy difícil".
También es difícil el trabajo de Right to Live, una ONG palestina que atiende a niños con síndrome de Down y que es financiada por varios países, entre ellos España, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). El centro se encuentra en el barrio de Al Shejia, una antigua zona industrial a las afueras de Gaza, convertido ahora en ruinas de naves industriales destruidas por los bombardeos de hace año y medio.
Mohammed Areer, de 37 años, es el subdirector de la institución, un psicólogo que lleva 12 años trabajando en el centro, que se creó en 1992 como una pequeña casa de acogida para niños enfermos de síndrome de Down. Es la única organización que da servicios a estos niños, y hay lista de espera.
"En 1996, el Gobierno palestino nos donó 10.000 metros cuadrados de terrenos y empezamos a crecer en instalaciones", explica Mohammed. "Tuvimos ayudas importantes de varios países de la Unión Europea, como España. Pero desde que Hamás llegó al poder, en 2006, y se reforzó el bloqueo, las ayudas llegan con cuentagotas. Tenemos asegurada financiación tres años, con lo recibido del exterior, pero ahora no tenemos más ingresos, así que no podemos hacer planes de futuro".
Right to Live atiende a 850 niños y niñas, de los que 650 tienen síndrome de Down, 50 son autistas y los 150 restantes no tienen ninguna enfermedad y colaboran en la educación de los demás. Los jardines del centro son como un remanso de paz en medio de una sociedad estresada y desesperanzada, que vive de las ayudas del exterior.
UNA AYUDA IMPRESCINDIBLE
"Sin las ayudas de Naciones Unidas, los habitantes de Gaza no sobrevivirían ni un mes". Quien así habla es Sebastien Trives, de 39 años, máximo responsable de los planes de emergencia de la UNRUA. Un francés de Montpellier que llegó a Gaza hace tres años, después de pasar otros tres en Afganistán. Tiene la mirada limpia y una voz suave, pero sus palabras denotan una cierta frustración. "Aquí todo va en la dirección incorrecta, la cosa está cada vez peor, y no tiene ninguna pinta de mejorar", explica. "Por eso, nuestro trabajo aquí es cada vez más importante, casi imprescindible".
La UNRUA tiene dos tipos de actividades en Gaza: educación y emergencia. "En educación", dice Sebastien, "nos volcamos en intentar buscar soluciones de futuro. Tenemos 228 escuelas en la franja de Gaza, a las que acuden 200.000 estudiantes de entre 6 y 15 años. Les enseñamos árabe, inglés, matemáticas y derechos humanos. Todos los profesores son locales".
"Nos gustaría ayudar a acabar con la ocupación y el bloqueo de Israel", dice en un tono un poco más agresivo, "pero como no está en nuestras manos, intentamos formar a los niños para que actúen de acuerdo a los valores universales de no violencia y respeto. No dependemos del Gobierno de Hamás y actuamos con total libertad. De hecho, todas nuestras escuelas son mixtas. Lo único que podemos hacer es intentar que la próxima generación pueda vivir mejor y no sobrevivir, como sucede ahora".
Los niños "becados" por Naciones Unidas consiguen olvidarse de sus penurias durante el medio día que pueden ir a la escuela. Al colegio del barrio de Remal, en pleno centro de Gaza, asisten cada día 1.200 alumnos, niños y niñas, en dos turnos (de 7 a 12 y de 12 a 17). Hay 38 aulas, asistidas por profesores y profesoras. Los alumnos desfilan de forma marcial para los visitantes y sonríen abiertamente ante el fotógrafo. Parecen felices, pese a todo. Sin la ayuda de Naciones Unidas, estarían en la calle.
La principal responsabilidad de Sebastien son los planes de emergencia de Naciones Unidas en Gaza. De él dependen directamente las actividades de salud primaria, infraestructuras y ayudas a los refugiados, con un presupuesto anual de 250 millones de dólares. "De nosotros dependen cerca de un millón de refugiados, a los que ayudamos a sobrevivir", explica. "Gaza es una gran cárcel en donde viven los palestinos sin trabajo ni esperanza. El 60% de los jóvenes está sin trabajo y vive en un entorno de violencia extrema. Además, calculamos que 300.000 personas viven aquí en una situación de pobreza extrema".
Cada tres meses, la UNRUA reparte sus alimentos en 11 centros esparcidos a lo largo de toda la franja de Gaza: harina, arroz, azúcar, aceite y, cuando hay, algo de carne.
"En infraestructuras no podemos trabajar bien", se queja Sebastien Trives. "Desde los bombardeos de enero de 2009 no hemos podido reconstruir ninguna vivienda, porque no tenemos material de construcción. Ahora estamos construyendo casas de barro como solución provisional. El bloqueo impide entrar cualquier cosa a Gaza. La única vía de entrada son los túneles del Sur".
UNA LÍNEA DE 2.000 TÚNELES
En la frontera del sur de Gaza con Egipto, en la provincia de Rafah, se extiende lo que los palestinos llaman "la línea": una enorme extensión de ocho kilómetros repleta de túneles excavados manualmente, por los que entra desde Egipto la mercancía necesaria para sobrevivir. Están consentidos por los Gobiernos de Hamás, Egipto e Israel, aunque estos últimos bombardean la zona de vez en cuando, cuando quieren aplicar represalias ante cualquier cosa.
La llegada es como internarse en una zona de invernaderos de plástico como los de Almería; cientos de ellos junto a montones de arena extraída de las excavaciones de los túneles. Todo es siniestro y hay centenares de personas que parece que esperan algo, apostadas junto a camiones y furgonetas vacías. Miran de soslayo a los que pasan por allí. Hay como un ronroneo generalizado por los cientos de generadores que alimentan la actividad de los túneles.
A escasos doscientos metros, una enorme alambrada que marca la frontera con Egipto, detrás de una carretera mal cuidada por donde circulan, cuando quieren, los vehículos israelíes.
Después de algunas conversaciones discretas a través de un contacto palestino, se puede entrar a uno de los túneles. Al lado, dos enormes camiones y varias decenas de jóvenes que salen de la tienda con sacos de cemento que cargan en los vehículos. Toneladas de cemento recién traído de Egipto por el túnel de al lado.
La entrada es a través de una pared de plástico negra, como las bolsas de basura, que da paso al interior: un tenderete bastante cutre. Allí hay dos jóvenes descalzos, en pantalón corto y camiseta, y sucios de tierra por todas partes. En una esquina, un infiernillo con té, junto al generador que emite el ruido más escuchado en la franja de Gaza.
El suelo es de tierra. En el centro hay una estructura de hierros oxidados, con soldaduras mal hechas sobre los tubos y una polea que funciona con un motor mínimo y viejo, que suena como si se fuera a romper en cualquier momento. Todo parece que vaya a romperse. Bajo la estructura, un agujero de dos metros de diámetro, una especie de pozo con las paredes recubiertas de hormigón. Abajo, 20 metros de túnel vertical con una escalera de tubos empalmados a un lado que da miedo verla.
La bajada al pozo es claustrofóbica. Sentado sobre una especie de trapecio de cuerda y madera, que el motor de la polea va deslizando penosamente, es como si estuvieras bajando a los infiernos. La travesía parece interminable. Una vez abajo, se agradece pisar tierra firme, aunque la sensación de agobio no desaparece. Con una altura de 1,20 metros, hay que permanecer agachado mientras se observa el largo túnel que se dirige hacia Egipto. La forma de comunicarse con el exterior es un radiotransmisor igual de cutre que todo lo demás.
Por ese túnel, de unos 80 centímetros de diámetro, llegan los suministros que no tienen otra forma de entrar en Gaza por el bloqueo israelí. En unos contenedores azules (unos bidones rajados por la mitad) llegan cargamentos de comida, cemento, herramientas, bidones de gasolina, piezas de motores... de todo. Abajo hay otro motor que tira del cable al que están enganchados los contenedores caseros que llenan en Egipto, a 400 metros de la entrada del túnel.
Hoy hay poca actividad, porque hace dos días los aviones israelíes bombardearon la zona, en respuesta a la muerte de dos colonos judíos por los cohetes lanzados desde la franja. Murieron dos trabajadores de los túneles. Están pendientes del ruido exterior, por si vuelven los aviones, aunque ya están acostumbrados a vivir en esa situación de incertidumbre. "No sabemos si mañana estaremos vivos", dice uno de los jóvenes, que no tendrá más de 22 o 23 años y que fuma sin parar.
En la frontera con Egipto hay cerca de 2.000 túneles, aunque nadie quiere decir el número. Tampoco cuentan dónde están los túneles grandes por donde pasa otro tipo de material. "No lo sé", es la respuesta machacona.
"¿Pero existen esos túneles por donde pasan automóviles e incluso armamento?".
"No lo sé". Lo saben, pero nadie se atreve a hablar de ellos. La mejor prueba de que existen son los todoterrenos, camionetas y motocicletas nuevas que circulan por la ciudad de Rafah, sin matrícula y con pinta de no tener más de un año de vida.
Los túneles se empezaron a construir en 2006, cuando el bloqueo israelí cerró por completo las fronteras. Fue una forma de supervivencia. Pero también un negocio para los que los operan y para sus socios egipcios, con los que van al 50%. Cerca de 70.000 personas viven de los túneles; familias enteras.
Construir un túnel tiene su dificultad y su coste; unos 140.000 dólares, según explica Abu Mohammad, socio propietario de uno de ellos. Tiene 58 años y antes era conductor de taxi; hacía el trayecto Gaza-Jordania y vivía bastante bien. Cuando cerraron la frontera, decidió que era el momento de cambiar de profesión. Buscó un lugar muy próximo a la frontera y construyó uno de los primeros túneles que se hicieron.
"Invertimos cerca de 140.000 dólares y tardamos seis meses. El coste puede parecer muy elevado, pero el salario de los excavadores es de 400 dólares diarios, por lo que sale a 200 dólares el metro. El material asciende a unos 30.000 dólares", explica con una taza de té en una mano, mientras espanta las moscas con la otra. "La inversión se amortiza en un año".
Existe un mapa de túneles, que mantienen en el mayor de los secretos, por seguridad. Pero las autoridades palestinas de Gaza venden las concesiones informalmente y se aseguran de que no se encuentren unos túneles con otros. El trabajo de excavación se hace con brújula, unos pequeños generadores y mucha voluntad para sacar las toneladas de tierra del agujero.
En el túnel de Abu trabajan entre 8 y 15 personas. "Depende del trabajo. Estos días todo está parado, porque los egipcios no se arriesgan a enviar mercancía; tienen miedo de los bombardeos israelíes". El ambiente está tenso. Hay nervios, muchos nervios. En un momento dado suena el ruido de un avión y todos miran al cielo. Falsa alarma, no es un bombardero, y además pasa por el otro lado de la frontera.
MISERABLES JUNTO A NUEVOS RICOS
A menos de un kilómetro de "la línea" está la ciudad de Rafah, una especie de oasis de consumo aparente en medio de la nada de Gaza. La calle principal está llena de tiendas con los escaparates llenos de todo tipo de mercancías. Aunque la verdad es que hay mucho movimiento y pocas compras. No hay dinero para consumir. Tan solo hacen negocio los puestos de kebab, dulces y helados. Coches y motos nuevos circulan por la calle, sin matrícula y con sus conductores dejándose ver. Son los nuevos ricos de un país lleno de miseria.
En Rafah, en la segunda línea de viviendas junto a los túneles (la primera está destruida por los constantes bombardeos israelíes), comienza el campo de refugiados de Yevna; decenas de bloques de casas a medio construir, o a medio destruir, en donde viven cerca de 8.000 personas. Un fuerte contraste con la calle principal. La mayoría vive de las ayudas de la UNRUA.
En el cuarto piso de un edificio medio en ruinas vive Khaled Zanun, un refugiado de 45 años que llegó, con sus padres, hace 40 de Al Abassia, al norte de Israel, junto al aeropuerto Ben Gurión. Sentado en el suelo, sobre una alfombra limpia, cuenta que está casado y tiene ocho hijas, pero que en enero de 2009 los bombardeos israelíes mataron a su único hijo, que solo tenía 15 días. "Los bombardeos sobre los túneles fueron muy intensos, el aire estaba muy viciado y mi bebé no podía respirar; murió intoxicado", dice con la mirada perdida. "Desde entonces soy un muerto. El mejor futuro es morir cuanto antes y dejar de sufrir".
La vuelta de Rafah a la ciudad de Gaza es una oportunidad para transitar una calle emblemática, la de Saladino, por la que se circulaba con alegría antes de 1948. Forma parte de una gran carretera que nacía en Marruecos y pasaba por Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Gaza, Israel y Líbano, antes de llegar a Turquía. Ahora ya no es lo que era, como todos los territorios palestinos. Circulan por el asfalto gastado de la vía de Saladino todo tipo de vehículos medio rotos. Desde grandes camiones hasta pequeños carros de madera tirados por burros, que transportan materiales de construcción de segunda mano obtenidos de las casas destruidas por los bombardeos.
Después de varias horas de viaje se llega al barrio de Ezbeit Abd Arabbo, en Gaza capital. Es otra de las zonas más castigadas por los bombardeos de 2008-2009. Se ven infinidad de casas destruidas que ni se han reconstruido ni se podrán reconstruir en mucho tiempo. También hay solares limpios donde había casas de familias.
Majed al Atamma, de 60 años, nos recibe en su nueva casa de barro que le ha entregado la UNRUA tras la destrucción de su vivienda y las de su familia. "Durante los bombardeos, los israelíes nos destruyeron seis casas y tres coches de taxi. Todo lo que teníamos quedó destruido por los helicópteros Apache, que se ensañaron con nosotros", dice con una mirada de ira. "Han acabado con nuestra vida".
En esas seis casas vivían 57 personas de su familia: hermanos, cuñados, hijos, sobrinos... "Después de casi un año de vivir en esa chabola", explica, "la UNRUA nos construyó esta casa de barro en donde nos hemos metido mi mujer y yo, y seis hijos". La casa tiene unos 60 metros cuadrados repartidos en dos dormitorios, una cocina y un baño. Al lado, unas cuantas chabolas, un pequeño terreno labrado, dos burros y varias gallinas y patos.
Majed se muestra muy irritado. "Israel es un Estado terrorista. Primero nos quitaron nuestra tierra, en 1948, y 60 años después han destruido lo que habíamos logrado recomponer durante mucho tiempo. ¿Dónde están la democracia y la justicia? Antes podíamos vivir, aunque estábamos enjaulados en Gaza; pero ahora, ni eso. No tenemos nada. Lo destruyeron todo, con saña. La vida ahora es un infierno. ¿Qué tenemos que ver los civiles con una guerra? ¿Por qué nos tienen encarcelados aquí? Palestina es nuestra tierra y nos la han robado. Además, durante todo el proceso de paz, desde 1994, Israel no ha dado un paso. Nosotros somos pacíficos y nos han encarcelado en un territorio pequeño. ¿Qué va a ser de nosotros?".
Esa es la pregunta que se hacen todos los habitantes de Gaza. Y la única respuesta que reciben viene de los clérigos en las mezquitas: hay que seguir luchando. El poder de la religión es total en la franja, de la mano del Gobierno de Hamás y del creciente movimiento islamista. Hasta en la calle se nota el aumento del velo entre las mujeres.
Ayat tiene 28 años, trabaja en el Ministerio de Religión y acepta fotografiarse con el velo que llevan las suníes. "Es un velo completo, hiyab, que llevo desde el primer año de Universidad", explica. "Creo en él y me siento muy cómoda. Me aleja de los problemas y me da libertad para moverme sin que me conozcan. Nadie me obliga y lo hago porque quiero". Está casada y tiene un hijo y una hija. "A mi hija la dejaré elegir si lo quiere llevar o no".
Elegir es una palabra en desuso en Gaza. No hay mucho donde elegir. Con una economía de supervivencia, los palestinos de la franja viven al día, sin saber qué será de ellos mañana y sin esperanza alguna.

Carta urgente de Democracia Real Ya Madrid a Zapatero sobre la reforma express de la constitución


¡No es de José Luis Sampedro! Se difundió así por error de Antonio Aramayona

Carta a Don José Luís Rodríguez Zapatero.
Presidente del estado Español.
Y al resto de las señorías que portan la representatividad parlamentaria.

Señor presidente, permitanme dirigirme a usted para comentarle mis más profundas inquietudes que, por mi honor y conciencia, me impiden quedarme al margen de los hechos relativos a nuestra Constitución amenazada por una vergonzosa e imborrable mancha.

Habéis realizado un gobierno durante sus dos legislaturas en las que, muchos podemos estar en contra o a favor de su gestión frente del ejecutivo que preside. Habéis cometido aciertos y errores, éstos últimos desgraciadamente más numerosos en su último periplo presidencial. Sus gestiones pueden ser criticadas o avaladas desde todos los frentes que los ciudadanos deseen pronunciarse.
¡Pero que mancha de cieno sobre vuestro nombre -iba a decir sobre vuestro reino- puede imprimir esta abominable reforma constitucional! Por lo pronto usted decide reformarla mediante una llamada telefónica al señor Mariano Rajoy, presidente del principal partido de la oposición, tomando ambos la representatividad parlamentaria como un absolutismo de dos dirigentes, dando bofetada suprema a toda justicia. Y no hay remedio, España conservará esa mancha sobre su carta magna y la historia consignará que semejante crimen social se cometió al amparo de vuestra presidencia.
Puesto que ha obrado tan sin razón, hablaré. Prometo decir toda la verdad y la diré si antes no lo hace el tribunal con toda claridad.
Es mi deber: no quiero ser cómplice. Todas las noches me desvelaría el espectro de la ciudadanía que expía a lo lejos cruelmente ultrajada, una reforma que no ha decidido.
Por eso me dirijo a vos gritando la verdad con toda la fuerza de mi rebelión de hombre honrado. Estoy convencido de que la ciudadanía no ignora lo que ocurre, entonces ¿a quién denunciar este afrenta malhechora de verdaderos culpables sino al primer soberano de la carta magna, al Pueblo?

Ante todo la verdad acerca de nuestra carta magna y su proceso de reformarla.
Nuestra Constitución, nacida en 1978, promulga en sus artículo primero del título preliminar
“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.
Agentes externos a nuestro ámbito constitucional, la señora Merkel y el señor Sarkozy han dictado los cambios que usted promulga, auspiciados aún si cabe por entidades externas y opacas a la ciudadanía, no sólo de nuestro estado, sino del resto de los ciudadanos miembros de la Unión Europea.
Señor presidente del gobierno y señor presidente del principal partido de la oposición:

No recuerdo que en ninguna de las legislaturas, en las que ustedes han sido elegidos como representantes de los ciudadanos (ni anteriormente tampoco), hubiese en algún proceso electoral papeletas para proceder a legitimar a estas personas (la señora Merkel y el señor Sarkozy) sobre nuestro ordenamiento legal, jurídico y constitucional.
Igualmente me consta, en ninguno de sus respectivos programas electorales, ninguna intención de reformar la constitución.

Ante este hecho y sus intenciones, ustedes han puesto la forma política dictada por la Constitución (representación parlamentaria) muy por encima de la soberanía establecida en la carta magna (el pueblo) documento que regula las normas y convivencia en nuestra nación.
Al ejercer su disciplina partidista, sr. Zapatero y sr. Rajoy, en la que los señores y señoras parlamentarias únicamente promulgan el deseo de sus líderes (en el presente caso ustedes), vuestras señorías son responsables y ejecutores del crimen que les expongo.
De forma sorpresiva, en periodo estival, con un parlamento en funciones, donde las señorías preparan las maletas fuera del hemiciclo ante la próxima cita electoral, ustedes pretenden modificar la Constitución sin consultar a sus soberanos.
Ustedes sobrepasan con sus intenciones el artículo primero del título preliminar de nuestra constitución. Su reforma no es para un “Estado social” y sus formas no son, ni mucho menos, “democráticas de Derecho”.
Tal es la verdad, señores parlamentarios, verdad tan espantosa, que no dudo quede como una mancha en vuestra representatividad. Supongo que no tengáis ningún poder en este asunto, que seáis prisioneros de los mercados y de los poderes que os rodean; pero tenéis un deber de ciudadano en el cual meditaréis cumpliéndolo, aunque dudo que honorablemente. No creáis que desespero del triunfo; lo repito con una certeza que no permite la menor vacilación; la verdad avanza y nadie podrá contenerla.
Hasta hoy no perpetrabais el proceso, pues hasta hoy no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno; a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro los justicieros que darán la vida porque la luz se haga. Cuanto más duramente se oprime la verdad, más fuerza toma, y la explosión será terrible. Veremos como se prepara el más ruidoso de los desastres.
Señor Presidente, concluyamos, que ya es tiempo.
Yo acuso al Banco Mundial, FMI, OCDE y demás organizaciones supranacionales y externas al gobierno europeo de ser los organizadores de este crimen. Ninguna de ellas elegidas en representatividad por el Pueblo de un estado, el nuestro, sobre el que quieren reformar la Constitución.
Acuso a la UE y al BCE de ser garantes dentro del territorio europeo este complot.
Acuso a Standard & Poor’s y a Moody’s como cómplices y beneficiarios de este acto.
Acuso al conjunto de la banca europea y nacional como lobby cómplice y beneficiarlo de esta infamia.
Acuso a la señora Merkel y al señor Sarkozy por inducir a perpetrar este vil atentado a nuestra soberanía.
Acuso a aquellas empresas, que junto a la banca, presionan a sus señorías para dejar de ejercer la representatividad de sus soberanos, ejerciéndola sobre sus intereses económicos.
Acuso a aquellos políticos cuyo máximo interés es mantenerse en el cargo que ejercen a cualquier precio, tan indignantes como el del crimen que nos ocupa.
Y por último: les acuso a ustedes por proponer esta modificación de espaldas a la ciudadanía. Ciudadanía que avala, es garante y soberana tanto del estado Español como de su carta magna. Ustedes que, mediante una simple llamada telefónica, ultrajan la inviolabilidad de una Constitución, inviolabilidad que defendieron cuando no se han atrevido a mantener su vigencia, adecuándola a las realidades sociales. Ustedes que juraron o prometieron sobre ella.
Se atreven a modificar el máximo documento del Estado en aras del “Mercado”. Mercado al que pretenden calmar mientras las voces del pueblo son ignoradas o silenciadas.
Puede que éste crimen ejerzan el efecto que ustedes esperan, pero no ignoren las víctimas consecuentes. Habrán convertido la Constitución en un simple panfleto al que poner a cotizar en los mercados de valores, habrán convertido el espíritu de la transición española no en un garante de paz y democracia social como fue en su día, sino en un mero informe de resultados macro-económicos. Y habrán convertido a la ciudadanía española en un pueblo sin su máximo referente de legalidad moral y convivencia al subvertir los valores representados en ella por cifras monetarias inducidas fuera del espíritu en el que se redactó.
Distinguidas señorías, en nuestro Estado, no sólo hay que ser demócrata, también hay que parecerlo y sus formas distan mucho de ello. Desde hace mucho tiempo no resuelven entre ustedes la composición del Tribunal Constitucional y resulta que si resuelven en minutos modificar el texto sobre el que basar sus juicios. Lo dicho señorías, también hay que parecerlo.
Sólo la ciudadanía tiene el derecho, tiene el deber, de mantener vigente este documento, ustedes han de darles los medios. Ustedes, la clase política, que no sólo por activa ahora perpetran este crimen que nos ocupa, sino que por pasiva en las últimas décadas no han dado un paso para mantener su vigencia, y mucho menos aún, consultar al Pueblo al respecto.

No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí el peso y decisión del máximo soberano del estado del cual ustedes se supone que representan. Y voluntariamente me pongo a disposición del Pueblo.
En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Y el acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario de activar la explosión de la verdad y de la justicia.
Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la ciudadanía, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los ciudadanos y que me juzguen públicamente.
Así lo espero.

Blasfemias y Eurekas Antonio Aramayona. Los países islámicos quieren validar en la ONU las penas por blasfemia

Blasfemias y Eurekas Antonio Aramayona / La Utopía es posible Miércoles, 24 de Noviembre de 2010 06:23
La Organización de la Conferencia islámica (OCI), compuesta por 57 países, tiene el propósito de conseguir en el Tercer Comité de la Asamblea General de la ONU una legislación contra la "difamación de las religiones" y, de paso, validar las penas contra la blasfemia, que en los códigos penales de estos y otros países van desde la multa hasta la pena de muerte. La barbarie pretende así extenderse por el mundo, la teocracia lucha por penetrar en la casa de la racionalidad, la intransigencia quiere castigar la libertad de opinión y expresión.

Según el diccionario de la RAE, blasfemia es "palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos" y "palabra gravemente injuriosa contra alguien". Constatada la catolicidad de la RAE en esta definición, la cuestión estriba en el criterio para determinar si ha habido injurias en una expresión blasfematoria, y sobre todo dónde se ha obtenido el carné de juzgar (no digamos ya castigar) a alguien. Llega un Papa y condena el ateísmo, otro, el socialismo, y otro no tiene otra cosa mejor que hacer en un avión que condenar el laicismo agresivo español y compararlo con el anticlericalismo de la Segunda República. Y aquí no ha habido injurias, ni agravios, ni blasfemias. Está clavando, en cambio, alguien un cuadro en la pared, se machaca un dedo de un martillazo y dedica unas cuantas interjecciones a un ser que le vendieron como bueno y providente o al santo de su pueblo o a la mar salada, e ipso facto incurre en un delito de blasfemia. En España no le pasará ya nada, salvo las miradas de censura de quien se sienta mortificado en sus creencias y devociones, pero en algunos países islámicos que se prepare a recibir latigazos, pedradas o tener una soga al cuello.
Antes, en los lugares públicos (vg. tranvías) de cualquier ciudad podía leerse en unos letreros mugrientos de la España nacionalcatólica: "Prohibido blasfemar". Otros letreros, a su lado, decían: "Prohibido escupir". Algo, pues, hemos adelantado desde entonces... No se escupe. El mundo cambia a mejor... No obstante, se suele dar un curioso fenómeno social: cuanto más oficialmente "religioso" es un pueblo, más rico es su vocabulario blasfematorio.

Ahora tenemos la suerte de que la blasfemia tradicional ya no es delito como antaño en muchos países occidentales (salvo en Grecia: dos años de cárcel, Polonia: de multa a dos años de cárcel, e Irlanda: multa de hasta 25.000 euros). Sin embargo, en muchos países del mundo, en su mayor parte musulmanes, pueden llegar a decretar hasta la pena de muerte contra quien los clérigos y los jueces de esos sistemas teocráticos consideren culpable de blasfemia. Que se lo digan, si no, al escritor Salman Rushdie por la novela Versos satánicos, o al dibujante danés Kurt Westergaard por sus viñetas sobre Mahoma. El mundo musulmán lleva varios siglos de retraso, y por él aún no han pasado el Humanismo, la Ilustración, el racionalismo y la crítica objetiva y científica. El mundo musulmán permanece aferrado a la obsolescencia de la teocracia (hace muchos siglos recibía por estos lares el nombre de cesaropapismo y agustinismo político), siendo sus principales víctimas las mujeres y los disidentes.

Si embargo, aún existen rescoldos antiblasfemia entre nosotros y menudean las noticias sobre cancelación de exposiciones de arte, retirada de libros o prohibición de exhibir determinadas películas consideradas como "ofensivas a la religión". Basten como botones de muestra, la no exhibición en las salas de cine griegas de la película La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese o la censura radical y fáctica en Aragón y Valencia de la película El discípulo, dirigida por Emilio Ruiz Barrachina. Todo ello hace pensar a veces que los censores no censuran más simplemente porque no pueden.

En principio, es recomendable tener educación y respeto en el ámbito de la convivencia dentro de cada cultura y sociedad, pero eso puede conducir a que las normas para establecer esa convivencia sean dictadas por un determinado grupo o ideología que pretende imponerlas a todos los demás mediante castigos, muerte y amenazas. La libertad de pensamiento, opinión y expresión son derechos humanos inalienables, que están por encima de las creencias privadas. Una cosa es que se tenga derecho a la libertad de culto y de creencia, y otra bien distinta que esas creencias se declaren incriticables e intocables, bajo pena de multa o de muerte.

En fin, que no se le ocurra a nadie blasfemar y decir Eureka, pues ya a Eva y Adán les costó la expulsión del paraíso, el dolor y el crujir de dientes, y desde entonces, al gusto de cada iglesia y religión, los blasfemos del Eureka han acabado quemados, torturados, decapitados, desterrados, silenciados, censurados o proscritos. Para los censores esa blasfemia no cuenta como tal, pero es la palabra que más injuria, de hecho, a sus dogmas y sus malditos mandamientos de mierda. ¡Eureka!


Los países islámicos quieren validar en la ONU las penas por blasfemia. M. A. SÁNCHEZ-VALLEJO / S. POZZI - Madrid / Nueva York EL PAÍS - Sociedad - 18-11-2010

En plena campaña por la condena a muerte de Asia Bibi, impulsan un plan contra la "difamación religiosa" - El Papa pide la libertad de la cristiana paquistaní

La condena a muerte de Asia Bibi, cristiana paquistaní, por haber ofendido presuntamente al islam al criticar a Mahoma, ha puesto de relieve los desmanes que, con el propósito de evitar la "difamación religiosa", provocan las leyes antiblasfemia vigentes en numerosos países del mundo, la mayoría de ellos musulmanes.

El llamamiento que hizo ayer el Papa Benedicto XVI para que Bibi, de 45 años y con cinco hijos, sea puesta en libertad, ha dado alas a una campaña internacional que no solo solicita su liberación, sino que también subraya la indefensión de las minorías -religiosas, étnicas e incluso políticas- frente a legislaciones antidifamatorias como la que pretende sacar adelante en la ONU la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), un grupo de 57 países, muchos de los cuales tienen tipificado en sus códigos penales el delito de blasfemia, y cuya comisión se castiga con penas diversas, desde multas a la muerte.
El papa Benedicto XVI pidió ayer, durante la audiencia pública de los miércoles, que Asia Bibi sea puesta en libertad, y expresó su "gran preocupación por la difícil situación" que atraviesa la comunidad cristiana en Pakistán, donde constituye el 2% de la población junto con los ahmadíes (secta herética del islam). El pontífice expresó asimismo su solidaridad con quienes se encuentran en la misma situación que Asia Bibi, aunque en ningún momento pronunció la palabra blasfemia.
El llamamiento de Benedicto XVI se produce en vísperas de que el Tercer Comité de la Asamblea General de Naciones Unidas, que se encarga de cuestiones sociales, humanitarias y religiosas, someta a votación el enésimo intento de la OCI por sacar adelante una resolución "sobre el combate de la difamación de las religiones", una vaga noción que en realidad encubre una campaña global para crear una norma contra la blasfemia internacional. La resolución pide a los Estados miembros que promulguen las normas necesarias para combatir los "actos de violencia, xenofobia o formas conexas de intolerancia y discriminación contra cualquier religión, así como los ataques y la desecración de los libros sagrados, los lugares santos y los símbolos religiosos y las personalidades veneradas de todas las religiones".
Esto es un claro intento de yugular el derecho a la libertad de expresión, según denuncian ONG pro derechos humanos, pero también el Departamento de Estado estadounidense en el informe anual sobre libertad religiosa de 2010, publicado ayer. Tras aludir a esta iniciativa en la ONU, afirma: "Al igual que Estados Unidos deplora toda muestra de falta de respeto a las tradiciones religiosas, incluido el islam, no estamos de acuerdo con el concepto 'difamación de las religiones' porque es incongruente con las libertades de culto y de expresión".
La Unión Europea se opone con contundencia a que la resolución llegue a la Asamblea General, para lo que debe pasar previamente el filtro del Tercer Comité. La OCI lleva intentándolo desde 1999, y de hecho en marzo de 2009 logró la aprobación de un documento no vinculante para trasladar la legislación antiblasfemia al plano internacional.
Las leyes contra la blasfemia, no obstante, no son monopolio de países de mayoría musulmana; la existencia de una legislación semejante en algunos Estados de la UE, como Irlanda, Polonia y Grecia, es notoria. Diversas organizaciones de derechos humanos han alertado del riesgo que para la libertad de opinión y expresión tiene la existencia de dichos corpus legales en países cuyas constituciones reconocen el derecho a la libertad de opinión y expresión y a la vez los tribunales aplican unas normas que pueden llevar a la cárcel durante años a alguien que ofenda a la ortodoxia.
Si la blasfemia fuera un delito, como tipifican esas legislaciones, se trataría de uno tan vago e impreciso como difícil de probar, así que tras la etiqueta de blasfemia se esconde, denuncian las ONG de derechos humanos, no solo la persecución de las minorías, sino también el silenciamiento de la oposición y de toda crítica hacia el poder, cuando no la resolución de una simple disputa sobre intereses materiales (lindes de tierras, negocio, etcétera) entre vecinos. La ley antiblasfemia se esgrime también espuriamente para amordazar a disidentes, como por ejemplo en Egipto, donde varios blogueros han sido detenidos o, como mínimo, apartados de la circulación, según denuncia la organización estadounidense Freedom House.
Y para deshacerse de un vecino o un competidor molestos, se recurre por doquier a la ley, como documentan varios casos relatados por esta organización. Uno de ellos es el de Robin Sardar, un médico cristiano paquistaní que en 2008 fue detenido por blasfemo tras negarse a que un musulmán colocara un puesto ambulante a la puerta de su consulta. O la de cinco ahmadíes, detenidos en el Punjab en 2009 por escribir presuntamente el nombre de Mahoma en la pared del baño de una mezquita.
Como señala el reciente informe Política y creencias: el impacto de las leyes antiblasfemia en los derechos humanos de Freedom House, "estas violan sin excepción el derecho fundamental a la libertad de expresión, pues están destinadas por definición a proteger instituciones y doctrinas religiosas, es decir, ideas y conceptos abstractos. En el más benigno de los casos, estas leyes inducen a la autocensura". Cuando no al linchamiento de una turbamulta, como también denuncia el citado informe: "Hoy, por ejemplo, un juez de distrito no se atreve a poner en libertad a los acusados de blasfemia por temor a las represalias de los violentos mulás".


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En el punto de mira

Periodistas, creadores e intelectuales son también víctimas propiciatorias del delito de (presunta) blasfemia. Sin necesidad de remontarse a la estruendosa fatua que en 1989 condenó al escritor angloindio Salman Rushdie por la novela Versos satánicos, o a la persecución de que ha sido objeto un dibujante danés por sus viñetas sobre Mahoma, las leyes contra la blasfemia han provocado cancelaciones de exposiciones de arte contemporáneo, retiradas de libros o, como en Grecia en 1988, la prohibición de exhibir en las salas de cine la película La última tentación de Cristo, dirigida por Martin Scorsese y basada en la novela de Nikos Kazantzakis, por "ofensas a la religión". Aunque el comité griego de selección de filmes dio el visto bueno a su contenido, la sentencia que obligó a retirar la cinta de los cines justificaba la medida por "el papel de la religión [de la Iglesia ortodoxa] como base fundacional del Estado".

El delito de blasfemia -que en teoría solo contempla las ofensas a la Iglesia ortodoxa, no al resto de confesiones arraigadas en el país- se castiga en Grecia con penas de hasta dos años de cárcel, aunque habitualmente se resuelve con la imposición de multas de distinta cuantía. La organización Freedom House denuncia en su informe la discriminación de hecho del resto de minorías -entre ellas, una de 1,3 millones de musulmanes- en favor de la confesión mayoritaria.

Casos con final feliz

- El bloguero egipcio Abdel Karim Nabil, de 26 años, fue puesto en libertad ayer tras pasar cuatro años en la cárcel por un delito de blasfemia y por presuntas injurias al presidente Hosni Mubarak. Nabil, conocido como Karim Amer, presenta un lamentable estado de salud y antes de su puesta en libertad fue repetidamente golpeado por los guardianes de la prisión, según la Red Árabe para los Derechos Humanos. El Ministerio del Interior negó que el joven, que fue expulsado de la universidad al ser detenido, fuera torturado.

- El periodista afgano Sayed Parwiz Kambaksh fue condenado a muerte en 2008 por blasfemia en un juicio manifiestamente injusto, según organizaciones internacionales que supervisaron la instrucción del proceso. El joven, de 23 años, fue acusado de descargar de Internet material sobre el papel de las mujeres en el islam y condenado a la pena capital. Gracias a una campaña de presión liderada por Amnistía Internacional, su condena fue conmutada por la de 20 años de cárcel.

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