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sábado, abril 28, 2012

Historia de un joven homosexual con final feliz a pesar del Opus Dei y la psiquiatría homófoba



Varias veces se me ha pasado por la cabeza escribir una carta para este blog, pero pienso que igual no interesa lo que voy a escribir y lo dejo. Últimamente, se han publicado varias noticias sobre miembros y simpatizantes del Opus Dei y me apetecía contar cómo crecí en una familia que pertenece a esa organización. Como veréis más adelante, el modelo de familia que algunos defienden como el ideal para los niños no lo fue en mi caso. También he escrito esta carta porque acabo de cumplir 25 años y quería dar las gracias a las personas que han contribuido a que esté viviendo un momento muy feliz en mi vida. Espero que si algún chaval lo está pasando mal, al leer esta carta se sienta más fuerte y con esperanza de vivir un futuro mejor.
Nací en la primavera de 1984 en una familia tradicional y muy religiosa (a Rouco se le caería la baba). Mi padre era el hombre más feliz del mundo porque Dios había escuchado sus oraciones y le había regalado un hijo varón. Aunque a algunos les pueda parecer extraño, para mis padres, yo era un regalo de Dios. Cuando tenía 4 meses, mis padres viajaron al Vaticano para que Juan Pablo II me bendijese. El Papa me cogió en sus brazos y me bendijo. Todavía ahora, cuando voy a casa de mi madre y veo la foto, no puedo evitar sonreír al ver al Papa con un bebé mariquita en sus brazos. Mis padres eran miembros del Opus Dei y querían evitar a toda costa que “la sociedad moderna y decadente” corrompiese mi vida.
Durante los primeros años de mi vida, era un niño feliz y sentía una admiración sin límites hacia mi padre. Éramos inseparables y hacía todo lo posible para complacerle y que se sintiese orgulloso de su hijo. Mis padres me inscribieron en el colegio Torrevelo (un centro del Opus Dei en Santander) y estaban encantados porque era uno de los alumnos más brillantes. Dios estaba omnipresente en el hogar en que pasé mi infancia y adolescencia. Crecí muy aislado de la sociedad. Todas las actividades extraescolares en las que participé eran organizadas por grupos vinculados al Opus Dei. Los niños no podíamos ver la tele ni jugar con videojuegos. A muchos os podrá parecer muy raro, pero como casi todos los niños con los que me relacionaba vivían en las mismas condiciones, a mi me parecía normal.
A partir de los 8 años, mi primo Jesús y yo empezamos a ir a un campamento de verano organizado por La Obra. Mi primo era mi mejor amigo y, para los dos, el campamento era uno de los momentos más esperados del año. A los 13 años mi primo y yo empezamos a masturbarnos juntos. Los dos nos sentíamos culpables y decíamos que no lo volveríamos a hacer pero seguimos pajeándonos todas las noches. Cinco días antes de que terminase el campamento mi padre y mi tío vinieron a recogernos. No sabía que había pasado pero al ver la cara de mi padre me di cuenta que era algo grave. Nunca olvidaré la frialdad de mi padre al decirme “recoge tus cosas que nos vamos”. Le pregunté inquieto que si había pasado algo y el me respondió “tú sabrás si has hecho algo malo”. Me quedé helado. Entré con mi primo en la tienda de campaña para recoger nuestras cosas, y me dijo que le había confesado a uno de los sacerdotes lo que habíamos hecho. Mi mundo se vino abajo. Me puse a llorar como nunca había llorado. No podía controlarme y me hice pis. Al verme en ese estado de desesperación, mi primo salió a buscar a mi padre. Cuando mi padre entró en la tienda, yo estaba tirado en el suelo llorando. Mi padre me dijo en tono serio que me levantara. Me levanté llorando y pidiéndole perdón. El me dijo que dejase de llorar y que ya hablaríamos en casa. Estaba hecho polvo y nada más entrar en el coche me quedé dormido. Al llegar a casa, nada más abrir la puerta, vi a mi madre que nos estaba esperando. Al verla, rompí a llorar y le pedí perdón por lo que había hecho. Mi madre me abrazó y me decía cosas cariñosas para intentar consolarme. Mi padre interrumpió ese abrazo con mi madre pronunciando una frase que nunca olvidaré: “sigue tratándole así que nos va a salir maricón, como tu hermano”. Me quedé helado. Mi padre me ordenó que me fuese a la cama y me dijo que ya hablaríamos. Me metí en la cama y en lo único que podía pensar era que mi tío Miguel, al que sólo había visto un par de veces en mi vida, era maricón. Aunque en esa época de mi vida no hubiese reconocido de ninguna manera que era homosexual, me sentí inmediatamente identificado con mi tío Miguel. La revelación de la homosexualidad de mi tío despertó en mi una gran curiosidad hacia ese familiar que vivía en Inglaterra y del que se evitaba hablar en nuestra familia. Pasé casi toda la noche pensando en él y tardé mucho en poder dormir. Esa noche no podía imaginarme lo mal que lo pasaría los próximos cuatro años y lo importante que sería en mi vida mi tío Miguel.
La mañana siguiente me sentía fatal. No había dormido casi nada y presentía que el día iba a ser muy duro. Mi padre, como todas las mañanas, salió a desayunar y leer la prensa al bar de siempre. Mi madre y yo estábamos acabando de desayunar cuando llegó mi padre. Entró en el salón y me dijo que me diese prisa porque nos íbamos, ya que teníamos que hablar de muchas cosas “entre hombres”. Recuerdo que era la cosa que menos me apetecía del mundo. Me sentía sin fuerzas y, francamente, estaba acojonado. Mi madre debió de darse cuenta porque, antes de salir por la puerta, me abrazó y me susurró al oído que me tranquilizase porque lo hacían por mi bien. Mi padre era psiquiatra y me llevó a su despacho. Os ahorraré los detalles del sermón que me soltó. El caso es que, al cabo de una hora de contarme lo horrible que es la homosexualidad y lo infelices que eran sus pacientes homosexuales, me hizo jurar con la mano sobre el crucifijo de mi primera comunión que no volvería a ceder a las pulsiones homosexuales. Nos arrodillamos y rezamos juntos, y al levantarnos puso su brazo sobre mi hombro y dijo“mi hijo será un hombre como Dios manda, de eso me encargo yo”.
Lo cierto es que la relación entre mi padre y yo nunca volvió a ser la misma. Por mucho que rezaba y que juraba que nunca lo volvería a hacer, cada vez me sentía más atraído por los hombres. Cuando me quedaba solo me pajeaba como un condenado. Cuanto más me reprimía más salido estaba. No paraba de mirar los culos y los paquetes de los compañeros de clase. Me volvía loco en el vestuario viéndoles en calzoncillos y luego me mataba a pajas. Me imagino que la mayoría de los chicos de mi clase también harían lo mismo pensando en las chicas, pero la diferencia es que yo me sentía sucio y culpable. Según pasaba el tiempo, me sentía cada vez más solo. Sabía que no podía contar con mis padres para ayudarme y en el colegio la situación se volvió insoportable. Alguien divulgó el rumor de que era maricón y los compañeros de clase empezaron a putearme. Al principio eran insultos en el recreo y pintadas “Fernando maricón”. Yo sabía que si les decía algo a mis padres podrían sospechar y no les dije nada. Pero un grupo de chicos se propuso hacerme la vida imposible. Pasaron de los insultos a las collejas y las patadas. Un día, al entrar en clase vi como todos me miraban y se reían. Al ir a sentarme vi que habían dibujado una polla en mi silla. Hice como si no lo hubiese visto y me senté mientras se reían. Durante la clase oía los comentarios homófobos y las risas. Yo era un chico muy tímido y reprimido. La única visión de la vida que tenía era la que me habían enseñado en casa y en el colegio. Recuerdo, por ejemplo, que cuando empezaron a salirme pelos en los sobacos y los genitales me sentía sucio y muy avergonzado. En el fondo, me parecía normal ser humillado por mis compañeros por ser homosexual.
Fueron unos años horrorosos que destrozaron mi autoestima. Un día, me rodearon unos chicos en el recreo y me dijeron que tenía que pelearme con uno de ellos. Como me negué a hacerlo, se tiraron todos sobre mí y me dieron una paliza. Estaba desesperado y necesitaba hablar con alguien. Al llegar a casa, busqué en la libreta de mi madre el teléfono de mi tío Miguel. Cogí dinero y salí a una cabina para llamarle. Entré en la cabina y me costó marcar el número porque me temblaban los dedos. Entre llantos, pude hablar con mi tío y contarle lo que me estaba pasando. Mi tío se quedó muy preocupado y me dijo que vendría a Santander el sábado para verme. Al día siguiente me llamó a casa cuando mis padres no estaban y pudimos hablar más tranquilos. Quedamos que nos veríamos en un bar, sin que lo supiesen mis padres.
Llegó el sábado y fui a la cita con mi tío. Al llegar al bar le vi esperando en la puerta. Me acerqué tímidamente y le di la mano, pero el dijo “dame un abrazo, coño, que somos familia. Joder como has crecido”. Enseguida me sentí cómodo con él. Le conté lo que me estaba pasando y noté como su sonrisa desaparecía de sus labios y cada vez parecía más indignado. Le conté que mi padre me dijo que sus pacientes homosexuales no eran felices. El me dijo que no le extrañaba porque ser homosexual y paciente de mi padre era para pegarse un tiro. Pero también me dijo que hay muchos homosexuales felices y que los que de verdad no son felices son los que no se aceptan. Me contó cosas sobre su casa en Brighton, su novio Jim, su trabajo, etc. Mi tío me dijo que podía contar con él para lo que necesitase. Pasé unas horas inolvidables con él. Volví a casa sobre la ocho y mi padre me preguntó que dónde había estado tanto tiempo. Le dije que por ahí. El dijo “ay pillín, con una chica”. El mundo de mi padre y el mío estaban cada vez más distantes.
El haber podido compartir con mi tío lo que estaba viviendo, el sentir que me comprendía y me apoyaba me dio mucha fuerza. Durante las semanas posteriores a nuestro primer encuentro hablamos mucho por teléfono y vino a verme en 2 ocasiones, una de ellas con Jim. Al ver lo mal que lo estaba pasando, me dijeron que si me apetecía podía irme a vivir con ellos a Brighton. Mi tío me explicó que, teniendo yo 17 años, mis padres no podían obligarme a vivir en casa. Para mí, la oferta de Jim y Miguel, supuso la oportunidad de abandonar una realidad oprimente y empezar una nueva vida. Quería irme ya, pero me convencieron de que era mejor hablar con mis padres e intentar hacer las cosas por las buenas. Decidimos que el sábado 24 de marzo 2001 (nunca olvidaré esa fecha), aprovechando la celebración de mi decimoséptimo cumpleaños, mi tío vendría a comer a casa de mis padres y hablaríamos con ellos. Para que la cosa fuese más fácil, decidí escribirles una carta a mis padres en la que les decía que era homosexual, les contaba lo mal que lo estaba pasando en el colegio y les decía que me iba a vivir a Brighton con Miguel. También les decía que les quería mucho y que esperaba que siguiésemos unidos a pesar de la distancia. Fue una carta que me costó mucho escribir. Derramé muchas lágrimas y la escribí varias veces para intentar encontrar las palabras más apropiadas para decirles lo que sentía.
Finalmente, llegó el día tan esperado y temido. Pasé la noche casi sin dormir por mi estado de nerviosismo. Mi tío llegó a las 12. Recuerdo que me impactó lo contenta que estaba mi madre de volver a ver a su hermano y la frialdad – por no decir el desprecio – del saludo de mi padre. Como habíamos planeado, mi tío hizo como si no me hubiese visto desde hace años. Sólo cuando leyesen mi carta conocerían la verdad. Una vez en el salón, mi madre propuso que abriese los regalos, pero les dije que antes tenía yo una cosa para ellos. Al ir a mi cuarto a buscar las cartas, vi la cara de sorpresa de mi tío. Habíamos convenido que se las entregaría después de la comida, pero no podía aguantar más la situación y decidí precipitar los acontecimientos. Todo fue muy rápido. Saqué las cartas del bolsillo de mi chaqueta y le di una a mi madre y otra a mi padre. Empezaron a leerla y mi madre rompió a llorar. Mi padre la leía con aspecto serio y no decía nada. Cuando acabó de leerla, mi madre vino a abrazarme llorando. No paraba de decir “mi ratoncito, mi ratoncito” (así es como me llama desde pequeño). Sin decir nada, mi padre se levantó del sillón y se fue a su habitación. Mi madre y yo estuvimos abrazados y llorando durante unos minutos hasta que vi volver a mi padre con mi pasaporte en la mano. Se dirigió a mí con un tono muy frío y distante para decirme que no me iba a retener, pero que antes de irme tenía que escucharle. Me dijo que Dios nos pone a todos a prueba y que la tentación homosexual era mi prueba. Se acercó a mí y me dijo, mirándome a los ojos, que sabía que resistir a la tentación sería difícil, pero que era la única posibilidad que tenía de ser un hombre de Dios. Añadió que si escogía sacrificarme me apoyaría y me daría todo lo que necesitase, pero que si cedía a la tentación dejaría de ser su hijo. Mi madre le pidió que no dijese eso. Y él respondió “la homosexualidad no es el camino de Dios y no le acompañaré si toma ese camino”. Recuerdo perfectamente esa frase porque esas fueron las últimas palabras que escuché de mi padre. Dejó el pasaporte encima de la mesa y se encerró en su habitación. Mi madre me pidió llorando que me quedase. Mi tío y yo le explicamos que necesitaba irme para poder reconstruir mi vida y ser feliz. Mi tío prometió a mi madre que se ocuparía bien de mí y yo le prometí que la llamaría por teléfono todos los días, cosa que hago desde ese día. Nunca olvidaré la desgarradora imagen de mi madre llorando al despedirse de mí. Una vez en el coche que había alquilado mi tío, rompí a llorar. Miguel me abrazó y me dijo que tenía que estar orgulloso porque había sido valiente. Nos fuimos a comer y Mi tío aprovechó para darme un regalo de él y Jim. Era una cinta de vídeo de la película “Beautiful Thing”.
Al día siguiente viajamos a Brighton. En el avión, Miguel me dijo que Jim estaba muy ilusionado que fuese a vivir con ellos y que había estado preparando minuciosamente mi cuarto para que me sintiese cómodo. Efectivamente, al llegar a casa, Jim nos estaba esperando loco de contento. Me enseñaron la casa y mi cuarto. Durante los años que viví con mis tíos, Jim se ocupó de mí como de un hijo. Tenía una capacidad de darse cuenta de mi estado anímico que nunca tuvo mi propio padre. Cuando notaba que estaba mal, me ponía la mano en el hombro y me decía “are you alright?” Recuerdo con especial cariño cuando veíamos juntos “Big Brother” (Gran Hermano), comiendo helado. Nos reíamos mucho viendo el programa y cuando mi tío Miguel se enfadaba porque veíamos esas gilipolleces. El cariño de Jim fue esencial para sentirme bien y dejar atrás el sufrimiento pasado.
En Brighton pasé cinco años maravillosos. Fueron unos años de formación personal y profesional que me permitieron reconstruir mi vida. Conocí a otros chicos y chicas lgtb con los que compartí amistad y de los que aprendí mucho. Conocí a mi primer novio, Dale (pronunciado Deil, no seáis malpensados). Nada más verle me enamoré de él. Era muy guapo, pero lo que más me atrajo fue esa sonrisa que tenía y la confianza con la que iba por la vida. Era la prueba viviente que se podía ser joven, gay y feliz. Con Dale hice el amor por primera vez y aprendí a ir por la vida sin miedo. Con él también aprendí lo que duele una ruptura amorosa. Durante esos años, me di cuenta de lo oprimente que había sido mi educación y aproveché al máximo la libertad que tenía viviendo en casa de mis tíos. Tuve una época, después de la ruptura con Dale, en la que follaba más que un conejo. A mis tíos les hacía gracia asistir a la transformación del chaval tímido y reprimido en un follador insaciable. El calentón duró unos meses, hasta que me volví a enamorar. El único momento difícil que viví durante mi estancia en Brighton ocurrió cuando me enteré que a mi padre le diagnosticaron un cáncer. Ocurrió unos meses después de irme de casa y la familia de mi padre me acusaba de ser el responsable de su estado de salud. Mi padre sólo aceptaba hablar conmigo si le pedía perdón y le prometía que iba a cambiar. No lo hice. Mi padre murió en 2003. No asistí a su funeral y no he ido a visitar su tumba. Aunque a algunos les pueda parecer una salvajada, no echo de menos a mi padre. Tampoco siento rencor hacia él, pero no siento su ausencia en mi vida cotidiana. Tras la muerte de mi padre, la relación con mi madre mejoró mucho. Pude visitarla en varias ocasiones y mi tío Miguel y yo la convencimos para que viniese a Brighton a pasar unos días con nosotros. Mi homosexualidad y la muerte de mi padre permitieron a mi madre cambiar y, desde entonces, nos llevamos muy bien.
En 2006, decidí ir a Paris para perfeccionar mi francés y conocí a Alain, mi novio. Tiene 16 años más que yo y, aunque físicamente no corresponde a la imagen que tenía en la cabeza cuando me imaginaba a mi príncipe, somos muy felices. Disfrutamos mucho haciendo la compra juntos, viendo una peli juntitos en el sofá de casa, paseando o, simplemente, quedándonos en la cama los domingos por la mañana. La relación con Alain me ha aportado mucha serenidad y paz interior. Es difícil creer que ese adolescente que sufrió tanto la homofobia de su entorno que rezaba por la noche para no despertar la mañana siguiente vivo pueda ser hoy un hombre feliz. Pero, por muy feliz que sea, nunca olvidaré a ese niño de 13 años que lloraba desconsolado y se hizo pis porque era homosexual y su padre no le aceptaba. No quiero olvidarme de él ni de los chicos que lo estén pasando mal en la actualidad.

lunes, marzo 07, 2011

Un ciberacosador con 503 'rostros'. Detenido un joven que chantajeó a 623 menores en las redes sociales

Un ciberacosador con 503 'rostros'. Detenido un joven que chantajeó a 623 menores en las redes sociales. Ó. LÓPEZ-FONSECA Diario Público Madrid 06/03/2011
Con sólo 20 años, Rubén S. C. se ha convertido en uno de los mayores ciberacosadores detenidos en España. También en el que más perfiles había creado en los más conocidos foros sociales de internet: 503. Gracias a ellos, desde el año 2007, cuando él aún era menor de edad, había conseguido chantajear nada menos que a 623 chicas de entre 14 y 17 años. Bajo amenazas, las obligaba a posar desnudas ante la webcam para grabarlas.
El 22 de febrero, las andanzas de Rubén en la red llegaron a su fin. Ese día, era detenido en su domicilio de Viator (Almería), según informó ayer la Policía. Allí, los agentes localizaron 976 vídeos de menores desnudándose y numerosas fotografías de pornografía infantil. Había acumulado tal cantidad de material pedófilo que tenía repletos dos discos duros y 53 CD y DVD. "Los consideraba sus trofeos", señalan fuentes policiales.
Fue precisamente una de sus víctimas, una chica de 12 años residente en Oviedo, la que dio la primera pista a la Policía. La menor denunció en comisaría que, cuando se encontraba conectada a Tuenti, una red social muy popular entre adolescentes, un internauta que se presentó como "hacker informático" comenzó a amenazarla. Le dijo que si no le facilitaba imágenes de ella desnuda colgaría las fotos y datos de su perfil en páginas y chats pornográficos. Además, le aseguró que bloquearía su ordenador con un virus informático.
A partir de ese momento, los policías asturianos comenzaron a rastrear la red. Así descubrieron que la menor ovetense no era su última víctima y que aquellos días había intentado lo mismo con numerosas menores de toda España. Poco después, los agentes averiguaban que todas las conexiones se habían hecho desde la provincia de Almería. Días más
tarde, Rubén era detenido.
Tres programas informáticos
Las pesquisas posteriores han permitido descubrir que el ciberacosador utilizaba tres programas informáticos para chantajear a las menores. Con el primero grababa de forma automática todas las videoconferencias que mantenía con ellas y en las que les obligaba a desnudarse. Gracias a él acumuló los cerca de mil vídeos pedófilos.
Un segundo software le permitía registrar todo lo que aparecía en el escritorio de su ordenador. El tercero lo empleaba para utilizar imágenes de otras personas que previamente se descargaba de internet como si fueran de él y así ocultar su verdadera identidad. Gracias a él podía mantener sus 503 rostros.

* Stop grooming.info

sábado, enero 22, 2011

Hijos en propiedad. ELVIRA LINDO

Hijos en propiedad. ELVIRA LINDO DOMINGO - 02-01-2011
"¿Qué tal el colegio?", le preguntas al hijo de algún conocido. Y entonces, antes de que ese niño logre vencer su barrera de timidez y contestarte, hay una madre o un padre que responde: "Pues estamos muy contentos porque íbamos un poco flojillos en matemáticas, pero, como nos hemos esforzado, al final, lo hemos sacado. Así que estamos la mar de contentos". Soy muy sensible a la ñoñería, cuando escucho ese plural maldito somatizo la gran incomodidad que siento y noto que parpadeo demasiado por no saber bien adónde mirar para escapar de la vergüencilla ajena. Es curioso, ese plural se empleaba cuando los niños eran muy chicos y no sabían expresarse, y bien estaba que así fuera: era una manera de que los niños aprendieran cómo responder a las preguntas de los desconocidos. Lo tremendo es que ahora ese plural que convierte a un hijo en un mero apéndice de sus padres se prolonga en algunos casos incluso cuando la criatura ha comenzado la universidad. Los hijos se acomodan a no responder y dejan que sean esos padres inefables los que respondan por ellos. El silencio de los jóvenes es muy enigmático, a veces se les aprecia cierto rubor, pero no acierto a saber si es que sienten vergüenza de sus padres o de su propia incapacidad para mostrarse como adultos. Hay padres que se consideran la mejor influencia para sus hijos. Eso siempre me intriga. ¿En ningún momento se plantean que someter a sus hijos al contraste de otras formas de pensar o de vida no es peligroso sino enriquecedor? El padre de Buda, queriendo darle a su hijo la educación más protegida, más exquisita, lo mantenía encerrado en un palacio, rodeado de belleza y juventud. Cuatro veces cuenta la leyenda que el muchacho se escapó, y en esas cuatro excursiones a la vida real pudo ver a un mendigo, a un enfermo, a un viejo y a un muerto. Y ya no quiso volver a su reclusión. Cuando yo era niña, era más fácil que hoy disfrutar de zonas de independencia: la calle, el colegio o los familiares te permitían ir construyendo tu personalidad de manera poliédrica. Si bien en España no es legal educar a los niños en casa, como gustan hacer algunos padres fanáticos americanos que no permiten que sus crías respiren el aire del mundo, sí que se ha impuesto en algunas familias el miedo al contagio. Al contagio de otros seres diferentes. La Abogacía del Estado rebatía esta semana los argumentos por los que unos padres se oponen a que su hija reciba clases de Educación para la Ciudadanía. Imagino que los miedos que impulsaron a esa pareja a llevar este asunto hasta el Tribunal Constitucional han sido alimentados durante todos estos años por la Iglesia, que no ha dejado de insistir en la peligrosidad de la asignatura, y por el Partido Popular, que llevó hasta el patetismo su oposición, haciendo que en la Comunidad Valenciana se impartiera en inglés. Pero también hay un componente de soberbia paterna. Y esa soberbia no tiene ideología, está asentada sobre la vanidad de creer que puedes insuflarle a tu hijo todo tu pensamiento, para que lo herede, para que sea un ser a tu imagen y semejanza. Los temores que provoca dicha asignatura están claros. El sexo, cómo no, en primer lugar. El miedo a que se reconozca verbalmente que se puede llamar familia a la que está bajo el amparo de dos personas del mismo sexo; que se puede llamar matrimonio a dos personas del mismo sexo (igual que se puede llamar hijo a un hijo no biológico); el miedo a que la exposición a la realidad homosexual inocule la "enfermedad" de la homosexualidad en los niños; el miedo a que el niño quede expuesto al principio básico de la democracia, el de igualdad. Terror a que los niños reciban en la escuela unas ideas opuestas al adoctrinamiento casero. O simplemente el temor a que sean informados. Padres que por sus hijos MA-TAN. Al fin y al cabo, aunque a Belén Esteban y a estos padres temerosos de la diversidad del mundo les mueva una moral bien distinta, hay un elemento poderoso de unión: el que lleva a creer que un hijo es una propiedad más del progenitor y que cualquier cosa que entre en su cabecita debe ser fiscalizada por el padre. Me gustaría saber cuántos de esos padres que se echaron las manos a la cabeza por una asignatura escolar permiten que a sus hijos les eduque un reality show, que también contiene un gran principio de educación para la ciudadanía: aquel que defiende que la manera más rápida de ganar dinero consiste en salir haciendo el zángano en la televisión. Me puedo imaginar que para algunos padres debe de ser duro aceptar que ellos no son la mejor influencia sobre la tierra para sus hijos, o, al menos, que no debería ser la única. Pero los padres respondemos a una maquinaria que se oxida pronto: de niños, los hijos nos admiran; de adolescentes, nos cuestionan; de adultos, nos toman cariño y nos llevan la contraria. Y qué tranquilizador es que nos discutan sin amargura, sin resentimiento, que sepan que el amor es incondicional y que pueden defender su propio criterio. Cuando así sucede, la relación se vuelve tan dulce como cuando eran niños. En cuanto a la sobreprotección, qué pedagógica resulta esa escena de Psicosis en que Normas Bates afirma: "El mejor amigo de un muchacho es su madre". Y no hay más que ver cómo acabó la cosa.

lunes, noviembre 22, 2010

Los padres aún recurren al castigo físico leve para desahogar su impotencia pese a su nula eficacia - Pero ¿vale como último recurso?

El cachete duele, pero no funciona. Los padres aún recurren al castigo físico leve para desahogar su impotencia pese a su nula eficacia - Pero ¿vale como último recurso? J. A. AUNIÓN 17/11/2010

Un cachete, una bofetada, un azote, una colleja, un capón, un zapatillazo... Son términos clásicos, con connotaciones no demasiado negativas y que muchos españoles tienen asociados a la educación de sus hijos. Utilizados de forma muy puntual, como último recurso, para marcar claramente un límite a un niño o a un preadolescente, un buen número de personas lo ven como algo eficaz.
Otros, entre ellos multitud de pedagogos y psicólogos, no están de acuerdo; insisten en no criminalizar a los padres que los usan (hay que dejar claro que no estamos hablando de violencia gratuita o de malos tratos graves, como palizas), pero rechazan tajantemente ese comportamiento como herramienta válida o adecuada para educar a los n
iños, primero, por reprobable en sí mismo -"Si no lo justificamos en el ámbito de la pareja, ¿por qué sí con los niños, que están indefensos?"- y, segundo, porque no funciona, al menos a largo plazo, asegura el profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid Manuel Gámez Guadix.
Este profesor ha vuelto a traer el debate al primer plano con un estudio que ha dirigido sobre la prevalencia del castigo físico de los menores en el ámbito familiar. Ha tomado una muestra de 1.067 alumnos universitarios de su campus y les ha preguntado si a la edad de 10 años les pegaron algún cachete: le había ocurrido al 60% de ellos, una cifra absolutamente consistente con el de una encuesta del CIS de 2005, que dijo que en torno al 60% de los adultos cree que "un azote o una bofetada a tiempo puede evitar más tarde problemas más graves". En otros estudios hechos en Estados Unidos con la misma metodología, dice Gámez, la cifra está entre el 23% (para los padres) y el 25% (madres).
La pregunta era, recalca el profesor, sobre cachetes o azotes, quedando fuera cualquier acción que pueda causar alguna lesión o marcas. De hecho, se excluyó de la muestra a los jóvenes que habían sufrido algún tipo de violencia más grave para no confundir el ámbito de la investigación. Y en este punto aparece otro dato llamativo: el número de alumnos excluidos por haber sufrido golpes más severos (por ejemplo, del que cumple la amenaza de quitarse el cinturón para dar una reprimenda, agarra por el cuello o da un puñetazo) fue "una cifra considerable", en torno al "15% del total de la muestra".

Estas últimas actitudes sí están condenadas y casi nadie las defiende, al menos en voz alta. Pero las otras, la del pequeño cachete cuando la niña de seis años no deja de gritar y molestar en medio de un restaurante abarrotado, o cuando el niño acaba de romper el jarrón de la abuela después de que le dijeran infinidad de veces que en el salón no se juega a la pelota, esas "están ampliamente aceptadas a nivel social", dice Gámez.
Lo que pasa es que los contornos son difusos. ¿Cuándo ha llegado el límite? ¿Cuándo la hora de utilizar el último recurso? ¿Cómo se sabe que no ha sido demasiado? Hay muchísimos matices que conviene tener en cuenta, ya que no es lo mismo el coscorrón puntual que tomarlo como norma cada que vez que se quiera conducir al menor.
Según el filósofo José Antonio Marina, la brújula es el "sentido común". "Hay que diferenciar" entre un maltrato físico fuera del marco educativo o que, dentro del proceso educativo, de forma puntual y para marcar límites, se pueda dar un cachete "siempre en un contexto de cariño y no en un arrebato de nervios", sobre todo en edades tempranas y para impedir conductas, no para fomentar buenos comportamientos, dice el responsable de la Universidad de Padres.
El juez de menores de Granada Emilio Calatayud ha dicho en numerosas ocasiones que el azote se puede dar siempre que sea en el momento oportuno y con la intensidad adecuada. Lo del momento y la intensidad adecuados pueden resultar conceptos un poco etéreos, pero, en general, quien defiende o, al menos, no rechaza de plano el azote desde un punto de vista estrictamente pedagógico dice que ha de ser el último recurso, que debe ir acompañado de calma, de reflexión, de cariño y de diálogo.
El problema es que es muy difícil que esos contextos se den. Según el trabajo de Gámez, los cachetes suelen ir acompañados -en nueve de cada 10 casos- de "agresiones psicológicas", es decir, de "gritos, de amenazas, de intentos de humillar al menor", dice el investigador.

"El cachete explicita la impotencia y la incapacidad del adulto", dice el pedagogo y doctor en Ciencias de la Educación Joan Josep Sarrado. Así lo percibe el niño y, por lo tanto, lo vive como una "venganza" del padre o de la madre, y no puede tener efectos educativos positivos, asegura. Otra cuestión, aparte del desahogo, es la eficacia inmediata que puede tener el capón. Gámez explica que pueden tener unos resultados a corto plazo de mayor obediencia, pero "a largo plazo, lo que ocurrirá es que probablemente el padre tendrá que aplicarlo cada vez con más frecuencia para obtener el mismo resultado", añade.
Además, también hablan muchos expertos de los efectos negativos a largo plazo -insensibilizarle ante el dolor ajeno y enseñarle a resolver sus problemas con violencia-, y a corto, causarle una enorme desorientación si el padre o la madre se sienten tan culpables después que tratan de compensarlo de manera exagerada.
En el lado contrario, muchas veces el argumento es: conmigo funcionó, no me he traumatizado y tengo una vida normal, así que no está tan mal. Para Gámez, alguien al que le dieron azotes tiene más posibilidad de dárselos a sus hijos y, por otro lado, también tiene sentido que se justifique si se utilizan por falta de estrategias alternativas o para justificar el comportamiento familiar que tuvieron con él.
El profesor de Psicología de la Universidad de Navarra Gerardo Aguado asegura que "se exagera, ya que tampoco se traumatiza a los niños para toda la vida". La cuestión, sin embargo, es que conviene descartar castigos físicos, simplemente, porque "son innecesarios, no tienen ningún objetivo educativo", y "no funcionan", es decir, no van a corregir el comportamiento del menor.
Pero las otras herramientas requieren tiempo, esfuerzo y paciencia. "En educación, nada se improvisa", dice Sarrado. Los procesos de diálogo, de comunicación, de respeto deben empezar muy pronto, cuanto antes, añade. Y también la utilización de castigos no físicos o no agresivos. Es muy importante poner límites, acostumbrar a los niños también a lidiar con la frustración, porque las familias tienden a "sobregratificar" a los menores, añade.
Mucho se ha hablado, cuando se trata de educación, de que el final de una sociedad represiva en España dio paso a otra mucho más permisiva que ha acabado experimentando graves problemas a la hora de ejercer la autoridad y de poner límites a los niños. Pero la respuesta, dice Pedro Rascón, presidente de la confederación de padres de alumnos Ceapa, nunca puede ser volver a fórmulas autoritarias y represivas del pasado.
Así, esas alternativas pueden incluir castigos no agresivos -aunque sobre el tema del castigo también hay muchas teorías encontradas- que van desde quitar algún privilegio (te quedas sin televisión o sin juguete), a arreglar el daño causado (pedir perdón, arreglar o pagar con los ahorros lo que se ha roto). Pero siempre debe ser, según Sarrado, un castigo inmediato, coherente -es bastante malo que los padres se contradigan-, justo, ajustado y mantenerse en el tiempo. "Puede que alguien llegue a la conclusión de que se ha equivocado con la respuesta al hijo, pero no debe cambiar de criterio hasta que el niño o la niña deje de presionar", para que no piense que el cambio se debe a esa presión. Y añade que solo si se han establecido antes unos hábitos de diálogo y unos compromisos funcionará en la adolescencia la vía de la negociación.
Gámez, por su parte, también insiste en que todas esas pautas deben establecerse desde el principio. Pero también habla de la necesidad de manejar la atención parental, es decir, no es una buena idea que el niño perciba que su padre o su madre solo le hacen caso cuando hace las cosas mal, y nunca cuando hace las cosas bien, dice el profesor.
La cuestión es que los padres no tienen por qué ser pedagogos y todas esas herramientas no son fáciles. "Hoy en día hay muchos recursos, hay escuelas de padres, se puede hacer un seguimiento muy de cerca con los profesores de los centros educativos", contesta Sarrado.
El debate sigue y seguirá abierto y los padres también tienen derecho a equivocarse sin que se les culpabilice, lo cual no quiere decir que, como señala Sarrado, "cuanto menos cachetes, mejor, y si puede ser, nada". Y así, sin fórmulas que den respuestas exactas, lo que queda es un enorme espacio entre el sentido común al que apela Marina y las respuestas científicas. Gámez admite que alguien al que le han dado cachetes es muy posible que no quede traumatizado, que no le queden secuelas en su autoestima, que no golpee a su vez a su hijo cuando sea mayor, que no genere conductas que incluyan la violencia en la resolución de conflictos... Puede que eso no le ocurra, dice, pero desde luego, según numerosos estudios científicos, tiene muchas más posibilidades que un chaval que no recibió cachetes.

Las alternativas al coscorrón
- El diálogo. Aunque pueda antojarse inútil, es importante empezar a explicar las decisiones que se toman a los niños desde que son pequeños, aunque tengan siete u ocho años, para ir poniendo los cimientos de una relación de diálogo, dice el pedagogo Joan Josep Sarrado.
- La firmeza. Es mucho más interesante decir las cosas con firmeza que gritando, dice Aguado.
- El castigo. El castigo debe estar pegado a la acción, no esperar, y debe ser contundente desde el principio; castigar si se decide castigar sin amenazar durante mucho tiempo, añade Aguado. Además, debe ser ajustado y mantenerse a pesar de la presión del hijo, apunta Joan Josep Sarrado. Puede ser desde mandarle de cara a la pared o a otra habitación, hasta privarle de la tele o de un juguete.
- La atención. Los padres deben procurar dedicarle atención al niño cuando haga las cosas bien, no solo cuando las haga mal. Hay que saber ignorar algunos comportamientos con los que el menor solo quiere llamar la atención, dice el psicólogo Manuel Gámez.

martes, agosto 17, 2010

«No atender en clase no es una enfermedad» Juan Pundik Knapheis, Psiquiatra y Psicoanalista. ontra la medicalización de la infancia.

Juan Pundik Knapheis, Psiquiatra y Psicoanalista: «No atender en clase no es una enfermedad»
Juan Pundik Psiquiatra Foto:XLsemanal

Perdió su demanda ante la Comisión Europea para que no se permitiese dar Prozac a niños, pero de ahí surgió la Plataforma contra la Medicalización de la Infancia, de la que es presidente. «`Medicalización´, no `medicación´ –puntualiza–. El problema es el abuso y el mal diagnóstico.» Hablamos con él.
XLSemanal. Usted es de los que niega la mayor. Asegura que el trastorno de déficit de atención con o sin hiperactividad no es una patología.
Juan Pundik. Es que no lo es. Lo que hace el DSM, la biblia psiquiátrica (manual de enfermedades mentales), es describir nuestras conductas y transformarlas en patologías. El cuestionamiento es en bloque al DSM, que es por lo que se guían lo psiquiatras e incluso los médicos de cabecera para diagnosticar, por ejemplo, una patología que no existe, como es el déficit de atención. No atender en clase no es una enfermedad. Los que derivan a los chicos a un especialista son, normalmente, los profesores que tienen que manejar a 35 alumnos, lo que, naturalmente, no es fácil. Tenerlos quietos y callados puede hasta cuestionarse que sea sano, pero las características de la escolaridad así lo requieren y, en consecuencia, lo mejor es tenerlos drogados. Es lo que se hace con los ancianos en algunos geriátricos.

XL. Habla usted de `droga´, no de `medicamento´, ¿por qué?
J.P. El metilfenidato que contiene esa medicación es un derivado anfetamínico. En nuestro país se comercializa con denominaciones como Rubifen, Concerta, Strattera, Ritalina o Ritalin, como viene en su origen, en Estados Unidos. Todos aquellos que no estamos de acuerdo con que se drogue a los niños la denominamos `cocaína pediátrica´. Y no es una denominación arbitraria. Cuando hablo de sustancias, lo primero que hago es probarlas yo mismo. Invito a cualquiera que considere que un niño debe tomar una de estas sustancias a que haga lo mismo, que pruebe el metilfenidato, que se lo administre a sí mismo y que me cuente luego.

XL. ¿Cuál fue su experiencia?
J.P. Me sentí drogado. Y eso que me administré la misma dosis que se da a un niño y yo tengo el triple de peso. Y la sensación era la de ir todo el día drogado, no me sentía normal, yo mismo. Me quitó totalmente el apetito y me perturbaba el sueño. Todo, malas sensaciones.

XL. Admitamos que el déficit de atención no es una patología, pero es una conducta o incluso una forma de ser, si lo prefiere, que dificulta la vida, el día a día, del niño.
J.P. No, no dificulta la vida del niño; si acaso, la de los padres o los profesores.

XL. Pero el niño que no consigue un rendimiento escolar adecuado porque es disperso o hiperactivo tiene más posibilidades de enfrentarse a un fracaso no ya escolar, sino social, con lo que eso supone de traumático...
J.P. Querrá decir que no consigue el rendimiento escolar que se le quiere imponer. Yo tengo un largo historial de gente que fue diagnosticada y hasta medicada como hiperactiva simplemente porque esa escolaridad que querían imponerle no le servía, porque quería ser bailarina o jugador de fútbol. El problema es por qué les imponemos a todos los niños un menú fijo, cuando cada uno tiene habilidades diferentes. No todos valemos para lo mismo.

XL. Habrá niños que sí tengan un problema real por ser hiperactivos. Deme una solución que no sean las pastillas.
J.P. Como psicoanalista no puedo dar otra que el psicoanálisis. Yo no diría que el psicoanálisis es la forma... pero un psicoanalista está en condiciones de escuchar a un niño y trabajar con él para saber cuál es su objetivo en la vida, orientarlo y ayudar a los padres.

XL. Ustedes defienden que estas pastillas suponen una medicación excesiva para los niños, pero es un hecho que llevan 40 años en el mercado y no han dado problemas significativos.
J.P. No lleva tanto y, desde luego, aún menos aplicada a los niños. Lo que sucede es que de repente a una sustancia se le ha inventado una aplicación, que es lo que sucede con muchas medicaciones. Hace 20 años no existía el diagnóstico de hiperactividad, es un invento que no tiene más de 15 años...

XL. Tampoco existía el diagnóstico de la depresión hace 70 años y eso no quiere decir que no existiera entonces.
J.P. De la depresión ya habló Freud hace cien años. Pero si coges el DSM vas a encontrar que el conflicto religioso también es una patología, como lo es el conflicto entre hermanos, el conyugal... todos tienen un número que los distingue como patología y, por lo tanto, son susceptibles de ser medicados. ¡El DSM está subvencionado por la industria farmacéutica! Se rige por la máxima de que toda persona sana es `sana´ porque no ha sido bien diagnosticada. Para la industria farmacéutica, todos somos enfermos.

XL. No es un poco tópico esto de que las farmacéuticas son los malos, malísimos de la peli...
J.P. Es que es así. La industria farmacéutica es el malo de la película y tiene compradas a la FDA, a la agencia europea del medicamento e incluso a la OMS. Pero si es gente suya... Salen del consejo directivo de la empresa farmacéutica para pasar a las agencias del medicamento. Esto es fácil de ver. Además, pagan todos los congresos médicos. La industria farmacéutica es la más poderosa porque ninguna da tantos beneficios.

XL. Algo bueno habrán hecho. Admitamos que, sin ir lejos, han creado medicamentos que nos salvan la vida...
J.P. Sí, por supuesto, pero eso no justifica lo que están haciendo ahora, la medicalización a la que someten a la población.

XL. ¿Estas pastillas contra el TDAH crean adicción?
J.P. Totalmente.

XL. ¿Sabe que sus defensores argumentan lo contrario: que, de no tomarla siendo niños, esos chicos hiperactivos serán más susceptibles de caer en las drogas en la adolescencia?
J.P. Para nada. Eso no es así.

XL. ¿Puede demostrarlo? ¿Hay estudios sólidos que avalen sus críticas? Se lo digo porque no parece haberlos y los pocos que hay son los hechos por la Cienciología (crítica con la psiquiatría en general). ¿Cómo se explica esto?
J.P. Hay estudios, aunque todavía no de sus efectos a largo plazo, pero es que no hay más que leer los prospectos. El de Rubifen, por ejemplo, indica como posibles efectos secundarios vértigo, dolor de cabeza, insomnio, náuseas, nerviosismo, palpitaciones, reacciones cutáneas y alteraciones de la presión arterial. El mismo prospecto, insisto, advierte de que su uso puede generar dependencia de tipo anfetamínico. Un dechado de virtudes...

XL. ¿Cree usted que se impondrá la medicación a los niños?
J.P. Veremos. De momento, el movimiento internacional contra el Tamiflu ha funcionado: nadie lo compra en las farmacias. Y en México hemos conseguido que el Parlamento dicte una ley por la cual se abrirá un expediente a todo colegio o docente que indique la necesidad de medicar a un menor y derivarlo a un médico por problemas relacionados con su aprendizaje. Los profesores no pueden indicar a los padres que los niños deben ser medicados. Mire, hace 30 años lo normal era pegarle a un niño y en los colegios estaba autorizado. Hemos conseguido que ya no sea así. Ahora vamos a por la medicalización.


NIÑOS HIPERACTIVOS Y CON DÉFICIT DE ATENCIÓN Tiempo de despertar foto MONIKA HÖFLER : Pascal acaba cubierto de ceniza. El rubio Nikola lo observa. Florian construye un dragón con huesos de animales.

Pocos síndromes enfrentan tan agriamente a los médicos como el de déficit de atención con hiperactividad en los niños. Unos, la mayoría, defienden que tomen psicoestimulantes a diario. Los otros se oponen tajantemente. Mientras el consumo de estos fármacos se dispara en España, en Alemania un neurobiólogo ha llevado a cabo un experimento único: aislar a once de estos chavales durante ocho semanas en lo alto de una montaña privados de las pastillas.

Adrián llora, Echa de menos a sus padres, pero a sus nueve años les ha prometido que aguantará. No quiere ir más al neurólogo, al psicólogo, al psiquiatra, que examinen su cerebro o estudien su inteligencia.

Hace dos años terminó él solo un puzle de 500 piezas, pero no era capaz de seguir el ritmo de su clase, molestaba, retrasaba las lecciones, se levantaba. La profesora no podía trabajar. En casa, su madre únicamente sabía regañarlo. Adrián toma la pastilla desde entonces. «La pastilla hace que esté triste», dice el niño. También, que no sienta hambre.

El pequeño está confuso. La nostalgia de la familia, el entorno extraño, los otros chicos, todo tan ruidoso. «Para de una vez»; «no quiero»; «me está molestando»; «me ha empujado»... Aquí, nadie consigue mantenerse al margen; todos duermen sobre colchones extendidos en el suelo. Algunos chicos gritan en sueños. Pero Adrián quiere librarse de esa pastilla, quiere intentarlo. Por eso está en este prado de los Alpes.

Su nuevo hogar es una cabaña, sin chucherías, nada de azúcar, nada de tele ni videojuegos. Los animales observan, desconcertados, a sus nuevos vecinos. Once niños, de entre 8 y 14 años, acompañados por tres adultos. Aquí es donde los pequeños tendrán que aprender a controlar sus arrebatos, asumir sus talentos y sus incapacidades, superar antiguas conductas y probar otras nuevas. Y es que estos niños han llegado al límite. Sus padres y madres, también. Se han agotado en su infierno de escuela y educación convencional. Los padres arrastran sentimiento de culpa. Para el padre de Adrián, dejar a su hijo aquí es agarrarse a un clavo ardiendo. Ya lo ha probado todo.

Estos niños no se adaptan a comportamientos como quedarse sentados y callados, por ejemplo. Tampoco parecen hacerles mella los castigos. Pasan de los deberes y rara vez hacen lo que se les dice. Son impredecibles. Y como el orden parece ser necesario para superar el día a día, se recurre a fármacos para atenuar esa naturaleza excitable. Se les da una sustancia química llamada metilfenidato, más conocida por uno de sus nombres comerciales: Ritalin. Esta sustancia altera el metabolismo del cerebro. La pastilla tranquiliza a los niños... y a los padres.

El diagnóstico para estos niños es «déficit de atención y síndrome de hiperactividad» –ADHS, en sus siglas en inglés– o trastorno por déficit de atención con hiperactividad –TDAH–. Pocos cuadros sintomáticos hay como éste sobre los que difieran tanto las opiniones especializadas; médicos y científicos protagonizan agrias polémicas y defienden posturas enfrentadas. Muchos médicos creen que el reducido autocontrol de estos niños tiene una causa genética, que es un trastorno metabólico congénito. Los psicólogos evolutivos, en cambio, explican el TDAH por la creciente sobrecarga de estímulos a que están sometidos los niños y por una menor disposición de los padres a educar a sus hijos como lo que son: niños.

En 1991, en Alemania, de donde son los menores que participan en este experimento en los Alpes, unos 1.500 niños y jóvenes fueron diagnosticados de TDAH. Hoy, según cálculos del Instituto Robert Koch, sufren este síndrome cerca de 600.000 jóvenes. Cuatro veces más chicos que chicas. En España, la Fundación Jiménez Díaz tasa entre un 5 y un 10 por ciento el número de escolares que sufre este trastorno, aunque las cifras son hasta ahora poco fiables. Lo que sí es un hecho es que el consumo de psicoestimulantes en el mundo se ha multiplicado por 150 entre 1990 y 2007. Los efectos a corto plazo de esta medicación están bien documentados; los efectos a largo plazo, no. En la consulta a padres más extensa llevada a cabo hasta el momento, realizada por encargo de una mutua médica de Austria, dos tercios de los progenitores afirmaron que sus hijos presentaban efectos secundarios del Ritalin. Los niños que viven en este valle alpino han sufrido pesadillas y ataques de pánico, calambres musculares, manía persecutoria e intentos de suicidio.
Florian es uno de ellos. Su médico observó en la primera cita que «no se estuvo quieto durante la exploración. La situación vivida en la consulta hizo muy evidente que el chico tenía TDAH». Aunque sus padres lo describen como «creativo y capaz de entusiasmarse», va mal en el colegio. «La ingesta de Ritalin –escribe su médico– llevó rápidamente a una mejora.»

En las montañas no hay pastillas. Tampoco hay profesores impacientes. Lo que hay es un par de personas que creen que no habría que sedar a los niños cuando dan problemas. El neurobiólogo alemán Gerald Hüther puso en marcha este proyecto. Lleva más de 30 años investigando el tema y quiere descubrir qué ocurre con los pequeños diagnosticados cuando se encuentran en un entorno que los devuelve completamente a su ser. Está convencido de que los niños de hoy están sometidos a una enorme exigencia y, al mismo tiempo, minusvalorados.

Janis es el mayor de los niños. Cuando un médico puso nombre a su problema, TDAH, su madre se sintió aliviada. Janis se volvió irreconocible: el fármaco funcionaba. En cuarto curso fue el mejor de su clase. Hoy apenas mide 1,60 metros, aunque nació con unos prometedores 58 centímetros. «La pastilla no le ha dejado crecer más», asegura su madre. En el prospecto del fármaco figura que podrían producirse alteraciones del crecimiento.

Aquí, en las alturas, Janis es un chico alegre y dispuesto a ayudar. Todo lo contrario de lo que figura en los informes médicos. Lleva mucho tiempo en tratamiento, obligado a explicarse a sí mismo una y otra vez. «Siempre me mandan de un sitio a otro. Hablan sobre mí... ¡pero nadie me escucha! Me refiero a que nadie lo hace de verdad», añade.

Sentirse problemáticos es la experiencia que comparten estos niños. Desean hacer amigos, pero son incapaces de conseguirlo. Para Hüther, eso es una catástrofe: la única experiencia que ha marcado a estos chicos es la soledad.

En las primeras semanas hacían falta hasta 20 minutos para que los niños formaran un círculo y media hora para reunirlos a todos en un sitio. Tuvieron que pasar 28 días hasta que todos recogieron su plato y sus cubiertos sin que nadie les dijera nada. Es importante que aprendan las normas, y los cuidadores se mantienen firmes: si un niño levanta el hacha ante otro, aunque sea `en broma´, se queda sin ella. Poco a poco, en la sexta semana, empiezan a hacerse visibles los primeros cambios. De un día para otro, los niños se dedican a salvar renacuajos en el arroyo y ya no los aplastan con la mano. Los cambios no se pueden medir y difícilmente describir. Janis es quien mejor lo hace. Dice que ahora es «más fuerte de cabeza».

Cincuenta y cinco días después, Adrián, que pesa siete kilos más que cuando llegó y que, de alguna manera, se ha hecho más mayor, abraza a sus padres y les cuenta todos los detalles de lo que ha vivido y sufrido en la montaña. Luego les dice: «Quiero llevar una vida mejor con vosotros». Algo apartado, pero cerca de donde esta escena tiene lugar, uno de los cuidadores, Rüdiger Bachmann, lucha por contener las lágrimas. No había contado con que se sintiera tan afectado por esta experiencia. Al final se echa a llorar, han sido ocho semanas con «esos niños salvajes».

Nada más volver a casa, Pascal, de ocho años y que llevaba dos tomando la pastilla, hizo ir a su madre hasta una tienda ecológica porque, dijo, el azúcar no le hacía bien. Su madre le compró un tipi indio, ahora duerme en él los fines de semana. Janis tuvo un difícil comienzo de curso en el colegio, pero se esfuerza por ser más firme que antes. La madre de Malte todavía no termina de creerse que su hijo viva su vida sin sus habituales quejas y protestas. Pero la más sorprendida es la madre de Adrián, quien afirma, radiante, que parece que le hayan cambiado a su hijo. «Es como si hubiese nacido otra vez.»
Uli Hauser © Stern / Magazine 2009 Nº 45

Cinco preguntas sobre `la pastilla de la tranquilidad´

1. ¿Qué son el Ritalin, el Concerta o el Rubifen?
Son los nombres comerciales de un psicoestimulador que contiene el principio activo metilfenidato. Se emplea para mejorar la capacidad de concentración de niños, jóvenes y adultos afectados de TDAH.

2. ¿Desde cuándo existe esta sustancia?
El metilfenidato fue descubierto en 1944 por el químico Leandro Panizzon mientras buscaba un medicamento estimulante. Él mismo no se sentía del todo satisfecho con el débil efecto de su sustancia, pero a su mujer, Rita, le gustaba tomarla antes de sus partidos de tenis. A ella se debe el nombre comercial del compuesto, Ritalin, que recibió la autorización para ser comercializado en 1954.

3. ¿Cómo actúa?
En la actualidad, la mayoría de los especialistas cree que los niños con TDAH presentan un trastorno del metabolismo cerebral: no siempre disponen de las cantidades necesarias del neurotransmisor dopamina. El Ritalin hace que, en el corto plazo, el cerebro use mejor la dopamina disponible. Muchos pacientes de TDAH pueden así concentrarse y ordenar mejor sus pensamientos.

4. ¿Cuánto se emplea?
En 1999 se recetaron ocho millones de dosis diarias; en 2008 fueron 52 millones. Los expertos explican este aumento en parte por el hecho de que cada vez más niños con TDAH son reconocidos como tales y reciben el tratamiento pertinente, pero también se debe a un fuerte incremento en los diagnósticos erróneos.

5 ¿Se diagnostica correctamente el TDAH?
Un diagnóstico serio precisa de numerosas sesiones. A menudo, los psiquiatras tienen que recurrir a la opinión de otros expertos. El procedimiento incluye un completo cuestionario a los padres sobre el desarrollo del niño y el contexto familiar, exploraciones neurológicas, test de inteligencia, análisis sanguíneos... Los padres deberían mostrarse escépticos si un médico establece este diagnóstico tras una sola cita y pretende recetar Ritalin o un compuesto similar de primeras. Su empleo para confirmar el diagnóstico («si funciona, es que se trata de TDAH»), no está justificado en ningún caso.

lunes, agosto 16, 2010

La mitad de los padres españoles confiesa que sus hijos comen mal

La hora de la comida es un suplicio para la mitad de los padres españoles porque sus hijos son "malcomedores", ya que se niegan a probar aquello que no les gusta y pasan de la verdura, la fruta, las legumbres y los pescados.
Así se desprende de un estudio realizado este año por el Observatorio de la Nutrición Infantil en el que se ha entrevistado a más de novecientas familias de diferentes comunidades autónomas, con niños de entre uno y diez años.
El doctor Luis Ros, jefe de la Unidad de Gastroenterología y Nutrición Infantil del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, ha precisado que uno de cada tres niños come muy poca variedad de alimentos y casi la mitad no llega a tomar nunca los más saludables.
En este punto radica una de las causas del comportamiento del niño "malcomedor" porque, para evitar enfrentamientos y castigos, los padres terminan ofreciéndole sólo aquello que le gusta.
Los primeros síntomas se detectan a partir de los dos años, momento en que se incurre en el primer error: "pensar que con el tiempo se solucionará el problema y que acabarán comiendo de todo por iniciativa propia".
Sin embargo, ha apuntado el experto, conforme crecen, el conflicto se va agravando, ya que a los diez años un niño lleva más de cinco alimentándose incorrectamente y esa conducta es muy complicada de cambiar.
Ros ha comentado que los malos hábitos alimenticios pueden derivar en problemas en el desarrollo físico y psíquico, provocan un bajo rendimiento escolar y desembocan en trastornos como la obesidad, la anorexia y la bulimia.
Luis Torres, psicólogo infantil, ha dicho que las causas principales de esta situación residen en la "cesión" a los caprichos y deseos del niño, en detrimento de una ausencia de normas que cumplir a la hora de las comidas.
El 90 por ciento de los padres admite que se enfada con sus hijos ante el rechazo de la comida y que la duración del almuerzo se prolonga en exceso.
Los niños con esta tendencia emplean una media de 45 minutos para comer, prácticamente el doble de tiempo que sus padres consideran suficiente y que ronda los veinte minutos.
Los progenitores confiesan que terminan cediendo a las preferencias del niño o intentan distraerlo con juegos o la televisión. Un 75 por ciento de los pequeños come viendo la televisión y tarda el doble de lo habitual.
Torres, autor del libro "Aprendiendo a enseñar. Estrategias sencillas para educar", ha esgrimido que "cuando la conducta de los padres es ceder a los antojos del niño, se favorece que el comportamiento tienda a perpetuarse".
El psicólogo infantil ha agregado que las discusiones y los enfados llevan al niño a negarse a participar de la comida, puesto que concibe este momento como una situación de estrés y, por tanto, intentan evitarla a toda costa, con "la consiguiente imposición por parte de los padres, la discusión y vuelta a empezar".
Casi un 70 por ciento de los padres de niños que comen mal reconoce abiertamente que esto preocupa de forma importante a la familia y que es algo que merma su estado físico y psicológico, al verse sobrepasados.
Los expertos han apostado por establecer unas normas y una disciplina en cuanto a las comidas, respetar unos horarios y unas costumbres en la mesa, como comer en familia, no permitir la selección de alientos y evitar la televisión y los juegos.
"Cuando transcurren los 20 ó 25 minutos que debe durar la comida, y si el niño se ha negado a comer en ese tiempo, se le retira el plato de la mesa sin provocar discusión o manifestar enfado, y se intenta evitar que coma hasta la siguiente comida", ha recomendado Torres.
Sobre todo, ha aconsejado "restar importancia" a la comida e intentar hablar de otros temas durante el tiempo que se pase en la mesa, para evitar que el niño utilice el negarse a ingerir como un "chantaje" emocional con el que lograr ser "el centro de atención".
Ambos especialistas han insistido en atajar el problema a los dos años, cuando empieza a manifestarse, o incluso antes, puesto que, con el paso del tiempo, cada vez será más complicado.
Ros ha explicado que el proceso de reeducación en el que se instauren buenos hábitos puede ser "lento" y prolongarse hasta un año, en el que es posible que el menor coma menos y sea necesario utilizar algún complemento nutricional.

El Observatorio de la Nutrición Infantil realiza el primer Estudio Pediasure sobre niños ‘malcomedores’, para elaborar un plan de ayuda a los padres. Un 47% de las familias admite que sus hijos comen mal 21/12/2009
Gran parte de las familias españolas están perdiendo los buenos hábitos alimenticios. Lejos quedan los tradicionales potajes y los niños son cada vez más selectivos con las comidas, hasta que reducen sus menús a unos pocos alimentos y su aporte nutricional es escaso. Esto es lo que se desprende del Primer Estudio Pediasure sobre Niños Malcomedores, que acaba de publicar el Observatorio de la Nutrición Infantil, y a través del cual un 47% de las familias españolas con niños entre 1 y 10 años admite que sus hijos son malcomedores, es decir, que comen bien poca cantidad de alimentos, poca variedad o ambas circunstancias a la vez.
Por Comunidades Autónomas, Cataluña es la que ha registrado el porcentaje más elevado de familias que reconocen que sus hijos comen mal, con un 51%, mientras que en el País Vasco se dio la tasa más baja, con un 27%.
La investigación pretende detectar las causas del comportamiento del niño malcomedor y, en consecuencia, aportar una serie de medidas que ayuden a los padres a solucionar este problema que, además de perjudicar a la salud de los hijos, convierte las comidas en momentos de estrés, discusiones, enfados y castigos, afectando también a los padres.
Según este estudio, el primero de estas características a nivel nacional, uno de cada tres niños come muy poca variedad de alimentos y casi la mitad no llega a comer nunca alimentos un poco más “difíciles” como verduras, legumbres o pescado. Para los expertos, en este punto radica una de las causas del comportamiento del niño malcomedor, ya que al rechazar este tipo de alimentos y para evitar enfrentamientos, los padres terminan ofreciendo sólo aquellos alimentos que le gustan.
Un comportamiento que se agrava con la edad
Los padres empiezan a detectar los primeros síntomas de niño malcomedor a partir de los 2 años, momento en el que ya incurren en el primer error: pensar que con el tiempo se solucionará el problema y los niños empezarán a comer de todo por iniciativa propia. Sin embargo, “conforme crecen, el problema se agrava y se produce una disminución progresiva de la cantidad y la variedad de alimentos que acepta el menor. En general, a los 10 años, un niño malcomedor lleva más de 5 alimentándose incorrectamente y esa conducta es más complicada de cambiar”. Así lo explica el doctor Luis Ros, jefe de la Unidad de Gastroenterología y Nutrición Infantil del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, y que en 2008 también participó en un proyecto piloto que analizó la incidencia de niños malcomedores en la provincia zaragozana, “donde los resultados fueron similares a los de este último informe”, apunta.
Causas y Consecuencias
El especialista en Pediatría insiste en que con el paso del tiempo los malos hábitos de alimentación se van a multiplicar, “lo que puede suponer un riesgo para el desarrollo físico, o provocar un escaso rendimiento escolar e incluso desembocar en trastornos de la alimentación como obesidad, anorexia o bulimia”. El doctor Ros comenta la posible relación entre el comportamiento del niño malcomedor y diversos problemas en la adolescencia entre ellos la obesidad, “por lo que es necesario en estos casos consultar al pediatra para que este trate de solventar el problema antes de que realmente los niños empiecen a acusar problemas de salud más graves”.
El problema del niño malcomedor, según concluye el estudio Pediasure, es ligeramente más frecuente en chicos que en chicas y también más en aquellos que son hijos únicos. Según los especialistas, las causas principales residen en la cesión por parte de los padres a los caprichos y deseos del niño, en detrimento de una ausencia de normas que cumplir a la hora de las comidas.
El 90% los padres entrevistados admite que se enfada con sus hijos ante el rechazo de la comida y que prolongan en exceso las comidas. Según el estudio, los niños malcomedores emplean una media de 45 minutos para comer, prácticamente el doble del tiempo que sus padres consideran suficiente, y que ronda los 20 minutos. Ante esta situación, los progenitores confiesan que terminan cediendo a las preferencias del niño, o intentan distraerlo con juegos o la televisión. Un 75% de los niños come viendo la televisión y tarda el doble de lo habitual.
El psicólogo infantil y coautor del libro Aprendiendo a enseñar. Estrategias sencillas para educar, Luis Torres Cardona, apunta que “cuando la conducta de los padres es ceder a los antojos del niño, se favorece que el comportamiento tienda a perpetuarse”
El experto explica que las discusiones y los enfados a la hora de comer llevan al niño a negarse a participar de la comida, “puesto que concibe este momento como una situación de estrés y por tanto intenta evitarla a toda costa, con la consiguiente imposición por parte de los padres, la discusión y vuelta a empezar”. Así, el estudio detecta que en el 40% de las ocasiones la hora de comer termina en enfrentamiento.
Pero estas circunstancias no sólo afectan al desarrollo y la salud del niño, sino que también influyen negativamente en los padres, que se ven sobrepasados por una situación que merma su estado físico y psicológico. Casi un 70% de los padres de niños malcomedores reconoce abiertamente que el problema del hijo preocupa de forma importante en la familia, especialmente por las repercusiones en el desarrollo físico.
Proceso de reeducación
Los problemas de los niños malcomedores suelen aparecer a partir de los dos años, por lo que los especialistas aconsejan comenzar cualquier intervención en esa edad, o incluso antes, para evitar el desarrollo de este comportamiento.
En caso de que el problema ya esté instaurado, se debe iniciar un proceso de reeducación en los hábitos alimentarios, “que a menudo no resultará sencillo”, apostilla Luis Torres Cardona.
El doctor Ros, igualmente, reconoce que “el proceso de reeducación en el que se instauren buenos hábitos alimentarios puede ser lento y prolongarse hasta un año, en el que incluso es posible que el niño coma menos. Por esto, es conveniente consultar con el pediatra por si es necesario añadir a su alimentación algún tipo de complemento nutricional para asegurarnos de que está correctamente nutrido”.
En este punto el doctor aclara que los suplementos nutricionales no son vitaminas ni estimulantes del apetito, sino que suponen un aporte añadido. Esto permite que el niño tome una parte de las calorías y los nutrientes que necesita a diario y con ello desarrolle una actividad normal sin ver afectado su rendimiento escolar".
Estos suplementos pueden ser artesanales (como añadir mermelada o hacer empanados), o bien productos elaborados, habituales por ejemplo entre los deportistas, y que se presentan como batidos de sabores atractivos a la vista y al paladar de los niños. “Hasta que se cambien los hábitos en la ingesta de cantidad y variedad de alimentos, los pediatras recomendamos en muchas ocasiones este tipo de ayuda para asegurar una correcta nutrición del niño, que lejos de lo que se suele creer, es algo que no se consigue sólo con vitaminas y estimulantes”, reitera el doctor Ros.
Otras medidas que recomiendan tanto pediatras como psicólogos son establecer unas normas y una disciplina en cuanto a las comidas. Respetar unos horarios y unas costumbres en la mesa, como intentar comer en familia, regular la alimentación o no permitir la selección de alimentos.
Para Luis Torres Cardona es especialmente importante hacer de la comida un momento agradable, evitando los enfados y las discusiones. Para ello, recomienda que “cuando transcurran los 20 o 25 minutos que debe durar la comida, y si el niño se ha negado a comer en ese tiempo, se le retire el plato de la mesa sin provocar discusión o manifestar enfado, e intentar evitar que coma hasta la siguiente comida”.
El psicólogo apunta que el primer paso está en ser “paciente, firme y consistente” a la hora de establecer unas normas para el momento de la comida como compartir mesa con los adultos para que los niños imiten sus hábitos, evitar ver la televisión y los juegos, no ceder a los caprichos del niño, reforzar sus comportamientos positivos y desatender los negativos, y sobre todo, “restar importancia a la comida e intentar hablar de otros temas durante el tiempo que se pase a la mesa”.
Ficha técnica del estudio
El Primer Estudio Pediasure sobre Niños Malcomedores es la primera investigación que se realizan en España a nivel nacional para conocer en qué grado los niños presentan comportamientos malcomedores.
La investigación ha sido lanzada por el Observatorio de la Nutrición Infantil, una iniciativa de carácter privado que cuenta con el auspicio de Abbott Nutrition, y cuyo objetivo es elaborar estudios y difundir sus resultados con el fin de concienciar a las familias de niños malcomedores sobre el problema y aportar soluciones que incrementen la calidad de vida de los menores y sus padres.
El principal objetivo del estudio es identificar el porcentaje de niños mal comedores, desde el reconocimiento de los padres, profundizando en el comportamiento de los padres ante la nutrición de sus hijos y nivel de conocimiento de tratamientos para estos niños.
Así, sobre un universo de 2.500 familias con hijos de entre 1 y 10 años, se seleccionó una muestra de 906, repartidas por las comunidades autónomas de Andalucía, Madrid, C. Valenciana, Galicia, Cataluña y País Vasco, y en las que había niños que comen mal habitualmente o a temporadas y que ingieren poca cantidad o poca variedad de alimentos.
La metodología empleada fue cuantitativa, bajo la técnica de entrevista personal, recogiendo la información a través de un cuestionario estructurado de una duración aproximada de 15 minutos, de carácter fundamentalmente cerrado.
El trabajo de campo se ha llevado a cabo durante la primera quincena del mes de octubre de 2009 y el número de 906 entrevistas permite trabajar con un error muestral de ±3.3%.

Veto a los alimentos demasiado grasos en los colegios. Las máquinas de comida no ofrecerán productos de más de 200 kilocalorías

Veto a los alimentos demasiado grasos en los colegios. Las máquinas de comida no ofrecerán productos de más de 200 kilocalorías. Gobierno y autonomías estudian otras medidas VANESSA PI Madrid 15/07/2010 17:05
El Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas estudiarán la semana que viene medidas para limitar la venta en los colegios e institutos de alimentos y bebidas que superen los niveles considerados saludables de grasas y azúcares. La propuesta está en el documento que consensuaron la semana pasada técnicos de los ministerios de Sanidad y Educación para prevenir y hacer frente a la obesidad infantil. Casi el 10% de los niños y adolescentes son obesos y prácticamente uno de cada cinco sufre sobrepeso. La cifra se ha disparado en los últimos años, recalcan los expertos.
La semana que viene, los consejeros de Sanidad deberán ratificar el acuerdo en el Consejo Interterritorial. “El documento entra en los detalles que una ley, como la de Seguridad Alimentaria y Nutrición [que el Gobierno todavía prepara], no puede abordar”, explicó ayer a Público el presidente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), Roberto Sabrido.
Temor de la industria
La Asociación que agrupa a la industria de los refrescos (Anfabra) se defendió asegurando que “los refrescos no son la causa de la obesidad, ya que sólo representan en torno al 1% del total de las calorías diarias que ingieren los niños y adolescentes españoles”.
A través de un comunicado, Anfabra también recordó que la industria de las bebidas refrescantes colabora con Sanidad en las estrategias que promueve para prevenir la obesidad. Desde 2005, existe un compromiso de autoregulación del sector de las máquinas expendedoras.
Sanidad lanzó un mensaje de calma a la industria. “No vamos a prohibir nada, sólo limitaremos la venta de productos envasados que sobrepasen ciertos criterios nutricionales”, aseguró Sabrido.
Por ejemplo, el texto que barajan las administraciones establece que las máquinas expendedoras no podrán vender productos que tengan más de 200 kilocalorías. Además, como mucho, el 35% de estas podrán ser grasas, y no más del 10% podrán ser saturadas.
Sabrido también explica que los productos con alto contenido en azúcar sólo podrán tener un máximo del 30% de esta sustancia. Estas limitaciones también se aplicarán a las cantinas de los institutos.
El pasado mes de octubre, el Consejo de Ministros analizó el anteproyecto de la Ley de Seguridad Alimentaria y Nutrición, que recoge las líneas maestras del documento que está a punto de aprobarse.
La futura ley establece que se deberá limitar la venta de alimentos poco saludables en los centros escolares, pero no establece en qué términos. Sanidad confía en que antes de que acabe el año, la ley empiece a tramitarse en el Congreso de los Diputados.
Tanto el documento que estudian las autonomías como la ley reforzarán la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad, conocida como Estrategia NAOS. Se trata de un plan integral para el periodo 2008-2012 que pretende acabar con la obesidad.
Más allá de limitar la venta de los alimentos que superen determinadas cantidades de grasas y azúcares en máquinas y bares, el texto que debatirán los consejeros de Sanidad la próxima semana establece pautas para reducir la obesidad en otros tres aspectos.
Por una parte, Sanidad y las autonomías pretenden establecer pautas nutricionales en los menús escolares, de manera que según la edad de los alumnos, se determine la cantidad de grasas, azúcares, calorías, etcétera que estos deben ingerir y elaborar a partir de ello los menús. “Se trata de ver qué se debe comer y con qué frecuencia”, aclara Sabrido.
También se están estudiando fórmulas para informar a las familias de lo que comen sus hijos cada día, de forma que los alimentos que ingieren en casa complementen lo que se ha comido el resto del día. Cada mes, los colegios darán a los padres de los niños que se queden a comer en el colegio la información detallada de los menús, con los contenidos nutricionales de todo lo que coman.
Por último, las administraciones también pretenden controlar la alimentación de los niños con necesidades especiales, como los diabéticos, explicó Sabrido. Estas pautas siguen el ejemplo de iniciativas desarrolladas con éxito en el Reino Unido y los Estados Unidos
Sin obligado cumplimiento
No obstante, aunque las autonomías acuerden adoptar estas medidas, como es previsible, nada las obligará a cumplir su palabra. “Es un documento orientativo, de recomendaciones para que en todo el Estado se adopten medidas similares. Luego, las comunidades autónomas las irán aplicando en función de su disponibilidad”, reconoció Sabrido. Una vez los consejeros de Sanidad aprueben las medidas, deberán coordinarse con sus colegas de Educación para implantarlas en los colegios.
Sabrido recordó que todas las medidas están determinas por la Estrategia Europea sobre Problemas de Salud relacionados con la Alimentación, el Sobrepeso y la Obesidad. “En 2008, el Parlamento Europeo aprobó una resolución para que los Estados miembros dejaran de vender determinados productos en los centros educativos”, recuerda Sanabrio.

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