La Dama Y La Muerte The Lady and the Reaper [Nominado al Oscar 2010]
jueves, septiembre 29, 2011
lunes, julio 25, 2011
PSICOLOGÍA El dolor de las despedidas. XAVIER GUIX EL PAIS SEMANAL El duelo
Nada más nacer empezamos a morir. Es una m
El camino de la renuncia y la aceptación, forzado por las pérdidas, suele estar adobado de duelos, de dolorosos desgarros del alma cuando se trata de seres queridos, que se llevan también algo de nosotros. Con los que se van, nos vamos en parte. No será suficiente con reconstruirnos, como se suele decir, porque lo que se fue era un vínculo tejido entre dos al menos. La vida nos plantea un reto: asumir las tareas del duelo, como titula su libro la psicoterapeuta Alba Payás. La más importante, sin duda, convertir la destrucción en transformación personal. Ese es el sentido profundo de la experiencia de morir.
De pérdidas y ganancias. Nada nace ni nada perece. La vida es una agregación; la muerte, una separación (Anaxágoras)
Todo lo que amamos, desde las personas hasta aquella estilográfica heredada, junto a toda clase de identificaciones, se convierte en extensiones de nosotros mismos. Aunque pertenecen a la vida, lo sentimos como propio y acaba por constituirnos. Se trata solo de un espejismo. No hay nada que nos pertenezca, más allá de la responsabilidad de ser sus depositarios durante un tiempo. Todo pasa a través nuestro, pero sin posesión. Sin embargo, creemos lo contrario. Al ponerle corazón sellamos afectivamente todo con lo que nos relacionamos. Lo confundimos como nuestro y luego lo sufrimos dolorosamente al perderlo.
La vida puede contarse por sus pérdidas y ganancias, aunque lo extraordinario es la interconexión que existe entre ambas. Limitarse a su contabilidad es como regalar la voluntad al azar. Entender que en la pérdida empieza la ganancia y que en la ganancia empieza la pérdida exige un cambio de visión sobre nuestra responsabilidad existencial.
Las tareas del duelo. La muerte siempre es temprana y no perdona a ninguno (Calderón de la Barca)
Todo está interrelacionado y todo ocurre a la vez, solo que los sentidos ensalzan un extremo y desenfocan al otro. Es por eso por lo que ante las pérdidas escuchamos mensajes del tipo "esta puede ser una nueva posibilidad". Es una música que tal vez suene fuera de lugar y sin sentido. Mas, en el fondo, es tan real como lo es el sentimiento de impotencia y desesperanza que asoma en ese instante.
Quien esté sufriendo ahora mismo uno de esos azotes de la vida podría perfectamente decir que lo dicho hasta ahora es mera literatura, conceptos abstractos e idealizados, puesto que nadie podrá entender la vivencia de un duelo aterrador: "lo que quiero es que me devuelvan a mi hijo". Nuestras vidas parten de supuestos o convicciones sobre el funcionamiento del mundo a partir del cual ordenamos nuestro mapa mental: que el mundo es benevolente, ordenado y predecible, que la vida tiene un sentido y fin determinados y que somos capaces y valiosos. Pero cuando nos asola el misterio, el infortunio, la muerte antes de hora, súbitamente ese mundo se derrumba y se pierde el sentido. Se calcula que entre un 8% y un 10% de personas en duelo acaban presentando complicaciones.
Mal adaptados a una cultura de la muerte, a menudo nos mostramos incapaces de identificar y responder al doliente, tanto en el momento de la muerte como en el tiempo posterior, lo que provoca una nueva pérdida.
Nos falla la empatía, o la exageramos ante las expresiones de dolor, demandas y necesidades emocionales de la persona en el duelo. Con la buena intención de quitar sufrimiento o de buscar palabras y razonamientos oportunos, se producen expresiones de invalidación, desautorización, minimizaciones, rechazos, descalificaciones, impaciencia o desinterés.
Complicamos aún más las tareas del duelo, que pasa por diferentes fases, siendo las más difíciles el aturdimiento y choque inicial, así como la evitación y negación posterior. Poco a poco, el duelo dará paso a un proceso de conexión e integración hasta llegar a la etapa de crecimiento y transformación.
Afrontar el duelo. La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene (Jorge Luis Borges)
Tendemos hacia dos tipos de mecanismos de afrontamiento: los orientados hacia la pérdida y los orientados hacia la restauración. Unas personas elaboran la muerte focalizando la atención en la experiencia misma: expresan emociones, añoran, recuerdan y rumian acerca de la persona fallecida. Facilita la elaboración de la pérdida y contribuye a resituar la persona fallecida en la vida de uno mismo. Otras, en cambio, crean estrategias para manejar las situaciones de estrés que tienen lugar como consecuencia directa del duelo, como asumir un cambio de identidad, aprender nuevos roles o reestructurar creencias nucleares acerca de uno mismo en el mundo después de la pérdida. La clave para un buen proceso de duelo es la oscilación que tiene lugar entre estos dos tipos de afrontamiento.
Hay otras maneras de reaccionar ante el dolor de la pérdida: el predominio de respuestas somático-sensoriales (agitación, temblor, sudoración) o respuestas emocionales (enfado, tristeza, sentirse culpable o buscar un culpable) o respuestas cognitivas (racionalizar, rumiar obsesivamente, subliminar la experiencia) o predominio de reacciones conductuales (mantenerse ocupado, ir deprisa, actividades de alto riesgo). Ante tales respuestas, incluso a veces los terapeutas caemos en la trampa de pretender eliminar esos síntomas, sin darnos cuenta de que el afrontamiento efectivo no es necesariamente aquel que mitiga la sintomatología, sino aquel que se revela eficaz en la promoción de la vivencia del duelo como proceso de desarrollo.
Cuentan las mentes sabias que nos pasamos el último tramo de nuestra vida haciendo un honroso ejercicio de desapego de todo. Entre los varapalos sufridos, la perspectiva de un tiempo limitado y un conocimiento más profundo del ser humano, todo invita a ir quedándose en paz, con uno mismo, con los demás y con la existencia tal como ha sido. Por eso, algunas tradiciones espirituales contemplan el deseo de haber llegado a morir antes de que llegue la muerte. Probablemente sea una de las pocas maneras en que las pérdidas puedan elaborarse con serenidad. La misma que necesitamos ante el propio hecho de contemplar la muerte como un proceso propio de la vida. No puede existir lo uno sin lo otro.
PARA LLEGAR A SABER MÁS
1. Libro. - 'Las tareas del duelo', de Alba Payás Puigarnau. Ediciones Paidós. Se trata de uno de los trabajos divulgativos más extensos y elaborados sobre el tema del duelo, a partir del modelo terapéutico integrativo-relacional. Payás se formó en la Fundación E. Kubler-Ross, con quien compartió horas de estudio.
2. Música - 'La misa de réquiem en re menor, K. 626', de Mozart. "Cuis animam gementem" del Stabat Mater de Pergolesi en versión de Sebastian Hennig y René Jacobs.
NECESIDADES RELACIONALES BÁSICAS DE LAS PERSONAS EN DUELO:
1. Ser escuchadas y creídas en toda su historia de pérdida.
2. Ser protegidas y tener permiso para expresar emociones.
3. Ser validadas en la forma de afrontar el duelo.
4. Estar en una relación de apoyo desde la reciprocidad.
5. Definirse en la forma individual y única de vivir el duelo.
6. Sentir que su experiencia de duelo tiene un impacto en el otro.
7. Estar en una relación donde el otro tome la iniciativa.
8. Poder expresar amor y vulnerabilidad.
miércoles, julio 06, 2011
sábado, abril 02, 2011
El buen rico deja menos herencia. Los millonarios hacen donaciones masivas por la sociedad... y para que espabilen sus hijos
Entre los muy millonarios, dejar su fortuna como herencia ya se ve como una mala idea. Esta mentalidad se extiende influida por la nueva filantropía, por la mayor esperanza de vida, por la crisis y, sobre todo, por el deseo de que los hijos se labren su propio futuro y sepan lo que cuesta conseguir la riqueza. El fenómeno choca con que "los hijos se creían con el derecho de recibir todo lo que sus padres construyeron en vida", dice María Ángeles Durán, catedrática de Sociología y profesora de Investigación del CSIC. Y lo que van a recibir es "la educación en el esfuerzo y el trabajo. La mejor herencia", asegura.
| Última voluntad | ||||
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| Y aunque no sea rico... | ||||
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martes, enero 11, 2011
ÉTICa SOBRE EL FINAL DE LA VIDA. «Se murió en 10 minutos» FIDEL MASREAL

- El caso reabre el debate sobre la reivindicación de la eutanasia y la muerte digna
- Una barcelonesa relata cómo facilitó que su padre tuviera un suicidio asistido
El 21 de abril del año pasado, Jordi, un abuelo barcelonés de 80 años, convocó en su casa a sus dos hijas. Cuando las tuvo reunidas frente a sí, les leyó una carta, la carta más sobrecogedora que ninguna de ambas habría imaginado. «Siento en mi fuero interno -les leyó el anciano- que ya no me queda más vida». Pero las hijas aún no habían oído lo más estremecedor: «Pido solemnemente que me hagan un suicidio asistido».
Nuria, una de las dos hijas de Jordi, recuerda aquella intensísima experiencia. Lo primero que sintió fue rabia. Una rabia honda. No entendía por qué su padre quería morir. Las dos hermanas intentaron disuadirle. Lo primero que se les ocurrió fue ofrecer al padre que se fuera a vivir con ellas. ¿Es porque te sientes solo, papá? «No es que no quiera ir a vivir con vosotras, hijas, es que ya no quiero vivir más. Me sabe mal el dolor que os pueda causar, pero ya no me falta nada». Y, con gran determinación, el padre zanjó: «Si no queréis participar, lo haré solo».
Nuria y su hermana se fueron llorando de casa de su padre. Pero la rabia inicial se fue transformando y dejando paso a un interrogante angustioso: ¿Que habrá pasado para que papá quiera morir? Sin embargo, la respuesta ya la exponía Jordi en su carta de intenciones. El hombre -decorador de interiores con dos tiendas en Barcelona- arrastraba desde hacía años serios problemas de salud. Una tuberculosis le había dejado con un solo pulmón y tenía crisis respiratorias periódicas. Y la muerte de su esposa fue algo definitivo. «Eso ya no lo pudo superar», recuerda Nuria. A partir de ahí su salud cayó en picado.
SOLO EN SUIZA / Jordi murió por suicidio asistido en Suiza el 18 de octubre, de la mano de la asociación Dignitas, que el año pasado ayudó a morir a tres españoles y que se ha convertido en un referente europeo para ciudadanos de países que, como España, penalizan la eutanasia. Desde 1998, más de mil europeos de distintas nacionalidades han optado por esa vía. Los que más a viajan a Suiza para morir son los británicos, alemanes y franceses. Solo Bélgica, Holanda y Luxemburgo tienen leyes similares a las suizas en materia de eutanasia. El artículo 143 del Código Penal español castiga con hasta ocho años de cárcel a quien «induzca al suicidio de otro». La pena es menor para quien coopera en la muerte de otro «por petición expresa, seria e inequívoca de este» y siempre que sufra una enfermedad mortal en estado terminal.
Nuria, administrativa de 53 años, relata qué pasó después de aquel día en que su padre les leyó aquella carta. Nuria, su hermana y sus respectivos maridos decidieron acompañar a Jordi a morir a Suiza, pues en España sería ilegal. Tras contactar con Dignitas, las hijas enviaron a Suiza una detallada documentación sobre el estado de salud de Jordi y luego viajaron al país helvético, donde tuvieron varias entrevistas con el personal médico de la asociación para confirmar que se trataba de una decisión consciente y no forzada.
COGIDOS DE LA MANO / La familia estuvo cinco días en Basilea con este tipo de pruebas y chequeos hasta que llegó el momento del desenlace.
«La casa estaba a las afueras de un pueblecito entre Basilea y Zú-
rich -recuerda Nuria, emocionada-.
Era un sitio muy tranquilo, de colores pastel, sillones, un parque... Había dos mujeres jóvenes. Les entregamos la documentación y una de ellas le preguntó a mi padre, en francés: '¿Quieres seguir con esto?' Mi padre no dudó: 'Sí, sí quiero'. Las dos mujeres salieron de la habitación para que pudiéramos despedirnos. Fue duro, pero no lloramos, ni una lágrima. Con los ojos, él nos decía: 'No lloréis, por favor'. Lo sentaron en un sillón muy cómodo. Mi hermana y yo nos pusimos cada una a un lado suyo y le cogimos las manos bien cogidas. Regresaron las dos mujeres. Una traía el fármaco, pero primero le dio un zumo dulce porque el líquido es muy amargo. La otra mujer grababa. La que le traía el fármaco le preguntó a mi padre: '¿Es consciente de lo que va a tomar? ¿Quiere tomárselo?' Entonces, papá lo cogió y se lo tomó. Ya está. Se quedó dormido enseguida. En 10 minutos había acabado todo. En 10 minutos se murió».
Nuria, asesorada por la asociación española Derecho a Morir Dignamente, ha decidido relatar a EL PERIÓDICO la muerte de su padre para reclamar que otras familias en su situación no se vean obligadas a salir del país para poder cumplir con el deseo de una muerte digna.
AYUDAR A MORIR / «A quien no me comprenda, le diría que cuando tu padre te pide esto, si le quieres tienes que ayudarlo incondicionalmente. Yo hubiera sido incapaz de decirle que no le ayudaba. Incapaz», dice Nuria. «Claro que lloro cuando pienso en ello. Ha sido muy duro. Yo ayudé a morir a papá. Pero estoy muy tranquila. Volvería a hacerlo».
Nuria hace una pausa y Teresa Gol, de Derecho a Morir Dignamente, que ha conocido decenas de casos, califica de excepcional esta vivencia: «Hay que amar mucho para hacer esto. Es poco habitual que las familias se sientan y estén tan implicadas. Hay familiares que no pueden acompañar a la persona que pide un suicidio asistido, muchas veces quizás porque no hay esta base de comunicación. Para esto es clave quererse. Y eso no se improvisa».
Nuria retoma la palabra. Una reflexión final: «Tenemos una concepción totalmente equivocada de la muerte. La muerte es una consecuencia de la vida y creo que debe acabar cuando tú quieras, no cuando quiera quien sea. Lo tengo clarísimo. Mi padre fue un hombre excepcional y siempre, siempre, coherente».
miércoles, diciembre 29, 2010
Quiero morir en casa. ¿Puedo? EMILIO DE BENITO EL PAÍS - Sociedad - 03-12-2010
Los españoles desean pasar los últimos momentos en el hogar, pero la mayoría acaba en un hospital - La falta de unidades especializadas frustra esa voluntad
Cuando el Gobierno anuncia una ley para regular la muerte digna, el debate se centra enseguida en los medicamentos que se pueden dar, en si va a haber sedaciones, o si se podrá retirar un tratamiento. Pero hay un aspecto que es clave -dónde debe pasar todo eso- que siempre queda al margen. Una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2009 apuntaba que el 45% de los españoles desea que sus últimos momentos transcurran en su casa, un 31,9% prefiere un centro especializado y solo un 17,8% elegiría un hospital.
"Son 15 minutos. Dejas de respirar. Y fuera" JUAN JOSÉ MILLÁS EL PAIS SEMANAL Muerte digna DMD
Carlos Santos era un hombre de mundo. Amaba tanto la vida que quiso gobernar la suya hasta el final. Tenía un tumor incurable. Estaba condenado a morir sufriendo. Pero se rebeló. Acudió a la asociación Derecho a Morir Dignamente. Ellos le acompañaron en su última voluntad. El pasado 10 de noviembre decidió tomarle la delantera a su enfermedad. Desayunó y dio un paseo antes de tomar un cóctel letal. Murió dormido en la habitación de un hotel. Antes quiso contarnos su historia. Pretendía que su caso sirviera para reabrir el debate de la eutanasia.
Lo normal es que las personas mayores no se vean reflejadas en la gente de su edad, pero les contaré una excepción que viví el pasado 9 de noviembre, al conocer a Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años (dos más que yo) que había viajado hasta Madrid para quitarse la vida. Fue después de comer, al atravesar en su compañía la Puerta del Sol, en dirección al céntrico hotel en el que expiraría al día siguiente, cuando descubrí la existencia de una curiosa sincronía entre sus movimientos y los míos. No éramos sólo un hombre y otro hombre, éramos dos individuos mayores, con tics característicos de individuos mayores, dos casi ancianos a los que cualquier espectador objetivo habría situado, en el mejor de los casos, en el último tercio de su vida.
La habitación del hotel, sin alcanzar la categoría de una suite, era grande y luminosa y estaba compuesta por dos espacios claramente diferenciados, uno para dormir y otro para estar. El primero disponía de una cama doble, con sus respectivas mesillas de noche, y el segundo, de un tresillo y una mesa baja, todo dispuesto, como es habitual, en torno al aparato de televisión. Entre ambos espacios había un pequeño escalón destinado a subrayar, con la diferencia de nivel, la desigualdad de sus funciones. El ventanal, amplio, daba a una terraza desde la que se apreciaban los tejados del viejo Madrid.
Una vez acomodados, Carlos en un extremo del sofá, yo en el sillón más próximo a ese extremo, las sacudidas especulares se acentuaron. Así, mientras él hablaba en un tono en el que me pareció detectar cierta euforia (¿la que precede al acto final?), reconocí en sus cejas el recorte torpe que yo aplico a las mías y descubrí en los orificios de su nariz y orejas los pelos sobrevivientes a las cacerías de que suelen ser víctimas, a partir de cierta edad, estas pilosidades. No fue todo: también vi en su mirada esa curiosa mezcla de desafío y desamparo que descubro en la mía cuando tropiezo con mi rostro en los espejos de los ascensores.
-Recibí el primer hachazo -empezaba a contarme Carlos hace quince años, cuando sin más me dan dos infartos de miocardio graves. En el segundo, con arreglo a todos los aparatos que había en la pared, estaba muerto. Ya sabes que se monitoriza todo en las pantallas y las pantallas estaban muertas. Y yo también. Estos cabrones, pensaba, me entierran ahora vivo. Los médicos me pedían que si les escuchaba moviera un dedo o parpadeara, pero yo no tenía energía para nada. Nada. Muerto, muerto. Por aquellas cosas de la vida, es obvio que resucité, y resucité como un bebé, llorando. Para mí fue muy duro, porque yo era corredor, esprintaba, y tuve que dejar de hacer deporte. Tengo dos trozos de corazón necrosados. De eso no te recuperas nunca. Tengo insuficiencia cardiaca, taquicardia y arritmia.
-Pero parece que has podido llevar una vida más o menos normal desde entonces -me oí decir.
¡De normal nada! Tuve que bajar, aterrizar. Pasé tres o cuatro años muy mal porque me sentía un inútil. Dejé de
¿Y?
Tuve que plantearme mi vida y me la planteé muy bien: me voy a suicidar, pensé, pero a mi manera, a mi aire, me voy a los Mares del Sur. Me iré a Australia, de allí a Nueva Zelanda. Desde ahí iré bajando y cuando llegue a las islas de los Mares del Sur me buscaré al brujo de turno, me haré amigo de él y la noche que quiera irme le diré: "Brujo, colócame, que quiero dormirme y no quiero despertarme". Eso era lo que tenía in mente, pero, como decía John Lennon, la vida es lo que te va pasando mientras tú te empeñas en hacer otras cosas. Pues no sé lo que pasó. Pero estaba hecho una mierda. Me he pasado diez o doce años sin estar con una tía porque tenía pánico. Los médicos me decían: "Usted ya no es el león que era antes...". He sido un león en todos los sentidos: laborales, con mujeres, con todo. Ahora soy un gatito pequeño y deslustroso. Las tías, fuera. No había vida.
Mientras escucho a Carlos, cuento el número de lámparas de la habitación, primero de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda. Y debo obtener el mismo resultado; si no, sucederá una catástrofe. Se trata de un mecanismo antiguo, infantil, para combatir la angustia. Contar me libera. Por eso cuento también ahora los dedos de las manos de mi interlocutor, siempre en las dos direcciones. Y si se levanta para ir al baño, porque tiene incontinencia urinaria, cuento los pasos que da al ir y los que da al volver, y siento un gran alivio si su número coincide. Todo ello sin dejar de escucharle. Me está relatando ahora lo de la hernia discal, que apareció luego, y por la que tuvo que meterse en el quirófano.
Fue tremendo dice, porque ya no podía ni saltar. Privaciones, privaciones y privaciones. La columna me daba dolores continuos. Hasta que me hicieron resonancias y apareció el bicho.
¿Qué bicho?
Un quiste radicular, no sabían desde cuándo estaba ahí, y es lo peor que hay, no se puede operar ni tocar porque te quedas paralítico, va al cerebro.
¿Es ahí donde llegan las terminaciones nerviosas?
Todo. Es el interior de la columna vertebral. Justamente está entre la S2 y la S3, cerca de los esfínteres de la orina y de los excrementos.
¿Cuándo te lo descubren?
Hace un año. Y me dicen que no hay solución, que no hay nada que hacer. Me lo han dicho tantas veces, tantos traumatólogos, hasta los tribunales que me dieron la minusvalía del 65% me lo dijeron: "Señor Santos, haga usted testamento vital porque le quedan meses, esto no tiene cura, no hay solución, no hay nada". ¿Qué haces? Pues me voy a EE UU, me compro una pistola y me pego un tiro, o me tiro por un puente... También he ido a edificios de Málaga que conozco, a mirar desde un octavo piso y a decirme: bueno, si me tiro desde aquí me mataré... Pero soy una persona pacífica, gustoso de la música suave, clásica, armoniosa, no me gustan los ruidos, siempre he sido pacifista, nunca me he peleado con nadie, no me gusta la violencia ni las cosas desagradables, muchas veces me ha cabreado atraer tanto a los homosexuales, cuando lo que me van son las mujeres. Y se lo preguntaba: "¿Pero por qué, qué coño tengo yo?". Y me contestaban: "Es que eres tan dulce, tan suave, tan tierno, tan fino, tan delgadito, tan poca cosa, que invitas a protegerte". Así que pensar en esas opciones me resultaba muy desagradable. Primero contacté con Exit, los australianos, y luego con Dignitas, que está en Suiza. Los de Suiza fueron los que me dieron la dirección de Derecho a Morir Dignamente de Barcelona, y éstos, la de Madrid. Y aquí estoy.
Aparte del problema del control de esfínteres, ¿de qué otra forma se muestra el deterioro?
Cada vez tengo menos energía. Por la mañana, cuando salgo de casa, después de desayunar y haber tomado Zaldiar, no tengo energía, no puedo caminar más de diez minutos sin sentarme a descansar. Lo mismo me ocurre cuando estoy de pie, tengo que buscar alguna silla donde sentarme, pues no me encuentro bien. Necesito sentarme o, mejor, tumbarme.
¿Estás muy medicado?
Sí, claro, con todos los efectos secundarios de la medicación. Mi casa parece una farmacia de las pastillas que hay.
¿Qué clase de pastillas?
De todo lo que puedas imaginar, de todo, cuarenta o cincuenta cajas, fíjate si hay. Por la mañana, cinco o seis pastillas; al mediodía, otras cinco o seis; por la noche, lo mismo. Y en los intervalos, en función de lo que me duela, pues otras tantas. El caso es que siempre tengo que llevar el pastillero conmigo. Mira, ahora voy a tomar una para tranquilizarme.
¿Quieres agua del minibar?
No, del grifo.
Carlos Santos se retira al cuarto de baño a tomarse la pastilla. Observo que la luz ha cambiado. El sol ya no da directamente en la ventana, como cuando llegamos al hotel (sobre las 4.30 de la tarde), pero la habitación me sigue pareciendo alegre. Soy yo el que está sombrío, sobrecogido. Mientras espero su regreso, releo la carta que ha escrito para la Policía Local de Madrid, donde pide que notifiquen su defunción a la dueña de la pensión donde vive, en Málaga, a fin de que "como no tengo familia ni herederos, disponga de mis pertenencias, ropa, etc., como quiera". Tras la firma, añade una suerte de posdata rogando que retiren de la vía pública su coche "antes de que lo rompan o lo destrocen". Como se retrasa, repaso también la carta al juez, donde tras resumir sus padecimientos y detallar el futuro terrible que le espera a medida que avance la enfermedad (descontrol absoluto de esfínteres, dolores intensísimos, parálisis y muerte), afirma que su voluntad de morir es fruto de sus valores y que nadie le ha inducido a adoptar esta decisión que toma de manera "libre, voluntariamente, sin que ninguna persona tenga que cooperar de forma necesaria, directa o indirectamente, para llevarla a cabo".
Como Carlos no acaba de salir del cuarto de baño, empiezo a contar, para entretener la espera, las vocales de la misiva al juez. Aparece cuando voy por la 65.
¿Era un ansiolítico? pregunto refiriéndome a la pastilla que acaba de tomarse.
Sí, pero bajo, Diazepam de 2,5.
¿Y para dormir tomas cosas?
¡Huy, sí! Ya no me hacen nada tampoco.
El círculo vicioso de la tolerancia y la adicción.
Llegará un momento en que... Bueno, ya no habrá momentos porque espero que mañana a estas horas ya esté terminado.
La luz de la habitación ha vuelto a cambiar y mi estado de ánimo se ha oscurecido. Deben de ser las cinco y media o seis menos cuarto de la tarde. Me levanto y enciendo una lámpara de pie mientras Carlos habla ahora de un libro inédito en el que ha trabajado durante los últimos quince años de su vida. Se titula El hombre dividido.
-¿Quién es el hombre dividido? pregunto.
Soy yo dice, yo y el mundo. Países que me han enamorado, como Italia, la India, Francia... ¿Sabes lo que es Nepal, Tailandia, Brasil, la República Dominicana, Gambia...? Y Europa como mi propia casa. Hay un lugar que es uno de mis favoritos, la tumba de Gala Placidia, en Rávena. Me gusta ir y estar solo ahí. Suelo cerrar los ojos para no ver nada y dejar que mi imaginación fluya y trate de imaginarse cómo fue la antesala del fin del Imperio Romano de Occidente. En realidad, he vivido. Otros no han vivido ni la mitad. Y la he vivido de lujo porque era todo pagado.
¿Tu ciudad favorita?
Londres es mi ciudad por muchos motivos. Uno, porque fue el primer sitio donde encontré la felicidad. En España no había sido nunca feliz, mi padre me pegaba con fiereza, igual que los hijos de puta de los jesuitas, que te hacían poner los dedos así, de punta, y te daban con la regla. Todo eso, una infancia muy desgraciada. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño apartamento y desde niño, cada mañana, me levantaba de la cama, que estaba en el salón, iba a la cocina, que era donde estaba la radio, y movía el dial hasta que escuchaba una lengua extranjera. Ahí lo dejaba.
También me reconozco en ese sueño infantil de ser extranjero, aun al precio de no entender nada. ¿Acaso entendían algo los autóctonos? Ser extranjero, en aquellos años, era a lo más que se podía aspirar en la vida. ¡Qué imagen brutal, pienso, la del niño a la búsqueda de un idioma ininteligible, de una vida otra!
Mientras Carlos da detalles acerca de su libro, de su vida en Londres (donde vivió varios años) y de sus viajes a lo largo y ancho del planeta, comprendo que este hombre consiguió su sueño de ser extranjero, aunque pagando el duro precio del desarraigo, de la soledad, del aislamiento. Entonces se me escapa el primer bostezo, que es una señal de alarma. En las situaciones dramáticas, o que vivo como dramáticas, me da, además de por contar, por bostezar, como si me aburriera. Me defiendo así de los excesos de realidad, de la angustia, del pánico. Bostezo en los entierros y en las unidades de vigilancia intensiva de los hospitales como bostezaba de joven en los exámenes y en las entrevistas de trabajo. El bostezo significa que estoy jodido. Estás jodido, Juanjo, me digo, al tiempo de contar con los dedos las sílabas de "estás jodido, Juanjo" (siete, un heptasílabo) y tengo la tentación de preguntar a Santos por sus pequeños ritos contra la enfermedad, contra la mala suerte, contra la desgracia.
Por fortuna, él ha comenzado a hablar ya de la eutanasia, de su necesidad de dejar testimonio para ayudar a que se genere un debate público sobre la cuestión. En este tema, como en todos, se manifiesta de manera muy cerebral, incluyendo datos económicos y estadísticas sobre el suicidio que no me interesan demasiado. Me afectan más los aspectos emocionales, el hecho de que uno tenga que morir, cuando así lo ha decidido, de forma clandestina, en habitaciones de hoteles, en vez de hacerlo en la propia cama, o en la de un hospital, adecuadamente atendido por profesionales y rodeado de los suyos. A Carlos le da igual quitarse de en medio en un sitio u otro, no tiene a nadie y su patria es el mundo. Asegura que conoce Europa como yo conozco las habitaciones de mi casa.
-Cuando vine a Madrid para hablar por primera vez con los de DMD añade me preguntaron cuándo quería hacerlo. "Mañana", contesté, "ya que estoy aquí, mañana". Total, las cuatro cosas que tenía se las había regalado a cuatro o cinco amigos y amigas, y los ahorros se los dejo a DMD, que me dijeron que no les debía nada. Ya lo sé, contesté, pero qué hago, no fumo, no bebo y no como porque no encuentro gusto en nada. ¿En qué gasto el dinero? Antes, en Málaga, me encantaba comprar pasteles de Gloria, los mazapanes... Ahora me puedes ofrecer la Luna y no me hará ni sonreír, es que no me provoca, con el problema de los jugos gástricos... Ya no paso gusto comiendo, no paso gusto con nada. Lo que quiero es dejar de vivir, y si puede ser antes, mejor que después. En la pensión sólo he dejado ropa porque no sirve para nada. Me he traído esto.
"Esto" es una cartera de mano con la que ha hecho el viaje desde Málaga y que contiene el último equipaje de su vida: un pijama, una camisa, unos calcetines, unas zapatillas y unos calzoncillos.
Una muda resume él. Se supone que mañana a estas horas ya no me hará falta para nada.
En la cartera hay también un bote, envuelto en una bolsa de plástico, que contiene, me explica, el llamado "cóctel de autoliberación", compuesto por un hipnótico, para quedarse dormido, y un conjunto de medicamentos contra la malaria que a altas dosis resulta mortal. La fórmula está al alcance de los socios de DMD en la llamada Guía de autoliberación, y sus componentes son fáciles de obtener, la mayoría sin receta. Es, por otra parte, la misma combinación que recomiendan casi todas las asociaciones del resto del mundo.
Aunque se ha emocionado hasta las lágrimas al recordar algunos aspectos de su infancia, la actitud general de Carlos es de una frialdad que sobrecoge. Pienso que quizá es su modo de defenderse de este exceso de realidad, como la mía es bostezar o contar vocales, molduras, dedos, lámparas... Recuerdo entonces que en algún momento, cuando nos dirigíamos al hotel, mencionó la posibilidad de hablar con el director para que le hicieran un descuento.
-Me hacen descuento en todos los hoteles añadió cuando me identifico como guía turístico.
¿El diez por ciento? pregunté yo absurdamente.
¡Qué diez por ciento! responde enfadado ¡El cincuenta por ciento por lo menos!
La decisión de quitarse de en medio no había alterado en absoluto sus costumbres. Así, antes de viajar a Madrid fue a Renfe para consultar precios y descuentos teniendo en cuenta que poseía la Tarjeta Dorada para mayores de 60 años. Dado que lo pagó todo con la tarjeta de crédito, consultó también las tarifas del hotel para asegurarse de dejar en la cuenta corriente la cantidad precisa para que cada cual cobrara lo suyo. Y calculó que la mejor hora para tomarse la pócima sería en torno al mediodía, de forma que los voluntarios de DMD que habrían de acompañarle quedaran libres a media tarde: "Mejor que por la noche", decía en el correo electrónico donde enumeraba todos los detalles de orden práctico.
Como la tarde continúa cayendo, y con ella mi estado de ánimo, me levanto y enciendo otra luz que está algo alejada de mi posición. He de dar cinco pasos de ida, pero sólo me salen cuatro de vuelta. Mal asunto.
Lo de Suiza le digo volviéndome a sentar me parece muy frío. He leído algunas cosas que...
Como te he dicho insiste Carlos, yo he nacido en España, pero eso no me hace español. Cuando llegué a Inglaterra, me dijeron: "Mira, Carlos, aquí se hacen las cosas bien, no como en tu país, y se hacen bien desde el principio porque si no hay que volver a hacerlas y eso cuesta tiempo y dinero". Esa era la realidad, los españoles llegaban con las maletas aquellas de madera atadas con una cuerda. Yo era uno de esos. El día que me dijeron "tú eres uno de los nuestros, eres un verdadero profesional", ese día fue para mí... Así que todo eso de la frialdad me la suda, no me dice nada. ¿Qué frialdad? ¿A qué he venido yo aquí, a tomar pastelitos, a bailar unas sevillanas? Ni estoy de humor para bailar sevillanas ni puedo bailarlas, casi no puedo moverme. Defíneme frialdad. A mí lo que me importa es que me digan: "Señor Santos, el día tal, a tal hora, usted se presenta en esta dirección...". Mañana me levantaré, desayunaré por ahí cualquier cosa, y como a las doce o las dos, la hora más temprana, prepararé el potingue, me lo tomo, me tumbo... Los voluntarios de DMD se quedarán conmigo hasta que me haya dormido. En Suiza, con el pentobarbital, son quince minutos. Ya, dejas de respirar, y fuera. Quince minutos, para qué vamos a estar horas y horas y horas.
¿Te gusta leer? se me ocurre preguntar, parezco un idiota.
Sí, he sido un gran devorador de libros, pero ya no puedo. Mi cabeza sólo está ahora en una cosa y no hay nada más. Ya he regalado todos mis libros.
¿Tenías una buena biblioteca?
Sí, grande, muy amplia. Me he deshecho de todo. Soy un hombre de caprichos. Mira qué cinturón llevo.
Se levanta para que lo vea.
Muy bonito, sí digo observando la hebilla, formada por una moneda grande, de plata, donde se lee el lema de la República Francesa (Liberté, Égalité, Fraternité).
Es un cinturón que es una joya, de plata pura. Lo he diseñado yo, lo he hecho yo, es un cinturón único. Cuando he llevado algo encima ha sido diseñado por mí. He cogido un papel y un bolígrafo y me he puesto a dibujar lo que quería. Como siempre he tenido amigos de todo, en Mallorca tenía uno que era joyero y él me hizo mis gemelos, mi anillo...
Lleva cuidado con el escalón le digo, que ya te has caído un par de veces.
... he ido desprendiéndome de todo. Ahora, como ves, no llevo ni cadena al cuello, no llevo nada, el barco ha llegado al fin del viaje.
¿Tienes nostalgia?
No, he vivido una vida buena, rica, que la mayoría de los mortales no han vivido.
¿Y si bajamos a tomar un café?
Como quieras.
Abandonamos la habitación. Cuento mentalmente los pasos que damos hasta el ascensor, los segundos que tarda en llegar, el número de letras de la palabra ascensor (ocho, tres vocales y cinco consonantes, una rareza). Nos instalamos en una mesa de la cafetería del hotel. Yo pido un té verde y él un té con leche fría. Nos traen con la bebida unas pastas que a él no le apetecen. Me las ofrece, pero las rechazo, advirtiendo que le da pena que se queden ahí. En esto, noto en la atmósfera algo que añade desazón a la pesadumbre, como si fuera domingo por la tarde. Y no es domingo, es martes, pero caigo en la cuenta de que ese martes es fiesta en Madrid (la Almudena). He de irme, me digo, he llegado a mi límite, no soy capaz ya de reprimir los bostezos, ni de dejar de contar, he contado los botones de la chaqueta del camarero, el número de baldosas del suelo, el número de patas que suman las de todas las sillas de la cafetería... Carlos Santos sólo quería de mí que le ayudara a dar testimonio de su decisión para provocar un debate acerca de la eutanasia. Me sobra material para dar ese testimonio, para que se abra, una vez más, la discusión. No quiero verme en este hombre mayor (que va a morir mañana) cada vez que se lleva la taza a los labios, cada vez que recuerda su voluntad de convertirse en extranjero, cada vez que me mira con esa mezcla de desamparo y desafío característica de mi mirada. La solidaridad tiene límites, y creo haber alcanzado los míos. Debes protegerte, me digo.
-Si me pides que te cuente un día normal de mi vida... -está diciendo en esos instantes Carlos Santos.
Te lo pido digo.
Me levanto a las ocho, ocho y media de la mañana. A las nueve y media o a las diez salgo ya de casa. ¿Adónde voy? A la biblioteca. ¿Por qué? Porque, primero, necesito estar sentado, no puedo estar de pie. Segundo, no puedo estar en un café tres o cuatro horas leyendo los periódicos y tomándome un té. En la biblioteca no tengo que tomarme ni el té, tengo todos los periódicos a mi disposición y encima subo al primer piso y tengo Internet. Y tengo dos correos, uno solamente para la prensa en inglés, Financial Times, The Economist, The Herald Tribune, The New York Times, The Daily Telegraph..., en fin, la mejor prensa, la que te sigue diciendo qué cojones le pasa a España, que sigue teniendo revalorizados los pisos el 48% y que si así piensan vender. Eso, hace dos semanas. Están al doble de lo que valen y siguen sin bajar. Me paso toda la mañana en la biblioteca, hasta las dos, que cierran. A veces me llevo papel y escribo algo. Como en el hogar del jubilado y vuelvo a la biblioteca hasta las ocho. A esa hora me voy a casa porque es un mal barrio. Es de noche, me da miedo, y ya no salgo. Esto es un día de mi vida de lunes a viernes. Los sábados y los domingos, como no hay biblioteca, me los trato de organizar de otra manera, en un bar agradable que he encontrado, tienen varios periódicos, los leo...
-Bueno, Carlos, te voy a dejar digo en pleno ataque de fobia.
Y enseguida, para atenuar la brusquedad, añado:
¿Te acuestas pronto? ¿Quieres tomar algo o es temprano para cenar?
Hambre dice él no tengo nunca. Si luego tengo hambre, pido algo ligero; si no, me meto en la cama, que estoy cansado.
Me levanto, se levanta, nos miramos como dos personas mayores.
¿Adónde vas? pregunta.
A Gran Vía, para tomar un taxi.
Te acompaño.
Y me acompaña. Es noche cerrada ya y en las calles se respira la atmósfera festiva del domingo, aunque sea martes. En esto se detiene, nos detenemos, me mira a los ojos levantando un poco la cabeza (es algo más bajo que yo) y pregunta:
¿Tú también eres socio de DMD?
También.
Ah, vale dice, y continuamos caminando, ahora en silencio. Es la primera vez en toda la tarde que se establece entre nosotros un silencio que a él no le urge rellenar con palabras.
Ha refrescado digo entonces yo al tiempo de contar las sílabas de "ha refrescado" (cinco, un pentasílabo).
Sí asiente él.
Al llegar a Callao, y como me da la impresión de que tiene miedo a extraviarse, le pregunto si quiere que le acompañe de nuevo hasta el hotel. Dice que no, que aunque las medicinas le desorientan, se ha fijado bien por dónde hemos venido. Nos damos un abrazo largo.
¿Te veré mañana? pregunta cuando nos liberamos del largo abrazo (la expresión "largo abrazo", calculo, tiene once letras, cinco vocales y seis consonantes).
No lo sé miento, pues estoy seguro de que no tendré valor para acompañarle.
Mientras espero la llegada de un taxi, observo a Carlos Santos alejarse de espaldas con los movimientos característicos de un hombre de mi edad.
Al día siguiente, Carlos Santos se levantó, desayunó y salió a la calle para resolver en una sucursal madrileña de su banco un par de asuntos burocráticos todavía pendientes. Al mediodía (sobre las 12.45) subió en compañía de un voluntario y una voluntaria de DMD a su habitación grande y luminosa.
¿Qué os parece si me pongo el pijama? preguntó a los voluntarios.
Antes de que le contestaran, se metió en el cuarto de baño, de donde salió al poco en pijama y con unas zapatillas (no se había quitado los calcetines). Dobló cuidadosamente la ropa de la que se acababa de desprender y la guardó en el armario. A continuación tomó el DNI y lo colocó en la mesa, sobre un pequeño conjunto de billetes bien doblados. Muy cerca, dejó la carta al juez y a la policía.
Luego sacó de su cartera el bote con las pastillas, que ya había pulverizado, y las introdujo en un vaso, echando a continuación una porción de un yogur de fresa que había comprado antes de subir. Revolvió bien con la cuchara hasta lograr una masa homogénea (lo que llevó su tiempo, por la cantidad) y el yogur de fresa se puso azul debido a la reacción química. Se tomó el "cóctel" a cucharadas asegurando a los voluntarios que no estaba tan malo comparado con el aceite de ricino de su infancia. Se encontraba sentado en el sofá, quizá en el mismo extremo desde el que había hablado conmigo el día anterior. Abandonando las zapatillas en el suelo, colocó los pies (con calcetines) sobre el borde de la mesa baja y esperó los efectos del brebaje contándoles su vida a los voluntarios. Volvió a emocionarse, me dijeron, cuando recordó algunos pasajes de su desdichada infancia. A medida que pasaban los minutos, hablaba más despacio, pero sin perder en ningún momento la coherencia. Se quedó dormido sobre las 13.40, y media hora después, en medio del profundo sueño, dejó de respirar, sin estertores, sin sufrimiento, sin dolor, escapando así a un horizonte clínico espantoso. Los voluntarios de DMD abandonaron la habitación dejándolo todo tal y como estaba.
Al día siguiente, a primera hora de la mañana, otro voluntario de DMD telefoneó al hotel para advertirles sobre lo que se encontrarían en la habitación 511. La prensa, como es habitual en estos casos, no dio cuenta del suceso. La muerte de Carlos Santos Velicia, de no ser porque él quiso que quedara testimonio de ella, sólo habría servido para engordar el cajón de sastre de las estadísticas sobre el suicidio. Carlos Santos Velicia tiene siete sílabas, así que, de ser un verso, sería un heptasílabo.
Quiero morir en casa. ¿Puedo?
domingo, octubre 24, 2010
La emisión en la cadena británica Sky de los últimos momentos de vida del ciudadano estadounidense Craig Ewert
El director del filme sobre el suicidio de Craig Ewert, emitido en Reino Unido, comenta la polémica suscitada ANTONIO FRAGUAS - Madrid ELPAIS.com - Cultura - 11-12-2008
La emisión ayer en la cadena británica Sky de los últimos momentos de vida del ciudadano estadounidense Craig Ewert, de 59 años, quien afectado de una enfermedad neurológica decidió morir, en 2006, en la clínica suiza Dignitas, ha reavivado el debate internacional sobre la eutanasia y el suicidio asistido. Las imágenes del suicidio de Ewert forman parte del documental Right to die?: The suicide tourist (¿Derecho a morir?: el turista suicida), rodado por el cineasta canadiense John Zaritsky (quien ganó un Oscar en 1982 por otro filme). Zaritsky ha reflexionado vía correo electrónico para ELPAÍS.com sobre la polémica suscitada por su película.
Pregunta: ¿Qué le diría a la gente que considera que la eutanasia es un crimen?
Respuesta: La eutanasia no puede considerarse un crimen siempre que ciertas condiciones se cumplan. El paciente debe estar en poder de sus facultades y tener pleno conocimiento de su enfermedad. Debe tomar la decisión de acabar con su vida voluntariamente, sin coacciones ni presiones de ningún tipo. La persona que practique la eutanasia o ayude en un suicidio no debe beneficiarse de esa muerte.
P: ¿Por qué decidió rodar una película sobre este tema?
R: Tomé la decisión por un caso controvertido que sucedió en Estados Unidos hace tres años. El marido de una mujer que llevaba años en coma quería que le fueran retirados los elementos de soporte vital y, así, que pudiera morir tal y como ella deseaba. Me indignó y disgustó de tal manera la oposición de la derecha cristiana, incluido el presidente George W. Bush, que sentí que era importante llevar a la audiencia la experiencia profunda de un hombre que decide acabar con su vida. Tras contar los últimos cuatro días en la vida de un estadounidense [Craig Ewert] con una grave dolencia neurológica, creía que el filme era un importante documento sobre el proceso de la muerte; un documento que ambas partes del debate pueden ver para aclarar sus ideas.
P: ¿Cree que su película va ayudar a la causa de otra gente que se encuentra en circunstancias similares a las de Craig Ewert?
R: Así lo espero, la verdad. Creo que cualquiera con una enfermedad terminal debe tener el derecho a acabar con su vida. Espero que la película suponga un cambio, y que la eutanasia y el suicidio asistido sean una opción disponible para la gente en cualquier parte; también que los Gobiernos de cualquier país presten al fin atención a los votantes que, en diferentes consultas electorales, apoyan de manera constante la legalización.
P: En 2004 una película española llamada Mar adentro ganó un Oscar con un tema similar al de su filme The Suicide Tourist, aunque la cinta española no es un documental. Habla de la decisión tomada por Ramón Sampedro de acabar con su vida tras pasar 28 años postrado en una cama. ¿Conocía usted esta película?
R: Me encantó Mar adentro y me inspiró artísticamente. Me sirvió de modelo de la sensibilidad, inteligencia y buen gusto que debe emplearse para tratar una cuestión tan delicada y compleja.
P: ¿Cómo se siente por el hecho de que ciertos medios y tabloides traten de manera sensacionalista un asunto tan serio como la muerte de una persona?
R: Confieso que me han molestado algunas de las críticas que ha recibido la película. En Inglaterra, en un par de casos, me han ofendido sugiriendo que me movía un interés comercial morboso para explotar el suicidio de un hombre. La programación televisiva está llena de todo tipo de violencia inverosímil y muertes nauseabundas en series de ficción, pero cuando la muerte real de un hombre valiente que acaba con su vida de manera serena y pacífica se graba con una cámara, entonces dicen que el director de cine ha ido demasiado lejos. No estoy de acuerdo.
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jueves, septiembre 16, 2010
El testamento vital y últimas voluntades de Kenny
South Park - ¿Qué hacemos con Kenny? from Derecho a Morir Dignamente on Vimeo.
South Park - ¿Qué hacemos con Kenny?
http://vimeo.com/14890760
About this video:
"Seguro que Kenny ha dejado escrito su Testamento Vital..."
martes, mayo 25, 2010
martes, mayo 18, 2010
La mitad de los ciudadanos irían más a locales de ocio si se prohibiera fumar. 6 millones de muertos por el tabaco en 2010
* El consumo de cigarrillos reduce un 3,6% el PIB global
* Un nuevo informe calcula que este hábito cuesta 500.000 millones de dólares al año
China es el país con mayor número de fumadores (Foto: Reuters | David Gray)
Actualizado miércoles 26/08/2009 REUTERS

WASHINGTON.- El consumo de tabaco causará la muerte de seis millones de personas en el año 2010, debido al cáncer, la enfermedad cardiaca, el enfisema pulmonar y otras complicaciones, según se desprende de un informe de la Sociedad Americana del Cáncer publicado esta semana.
El nuevo Atlas del Tabaco de la sociedad estima que el uso de esa sustancia cuesta a la economía global 500.000 millones de dólares al año en gastos médicos indirectos, pérdida de productividad y daños ambientales.
"Los costes económicos totales del tabaco reducen hasta un 3,6% la riqueza en términos de producto interno bruto (PIB)", señala el mismo informe.
"El tabaco representa una de cada 10 muertes en el mundo y podría terminar con 5,5 millones de vidas sólo este año", añade el escrito. Si la tendencia actual se mantiene, en el 2020 la cifra crecerá a alrededor de siete millones y llegará a ocho millones de fallecimientos en el 2030.
En las últimas cuatro décadas, las tasas de tabaquismo han disminuido en países ricos como EEUU, Gran Bretaña y Japón, mientras que están aumentando en gran parte del mundo en desarrollo, según esta organización sin fines de lucro.
Mil millones de fumadores
Según las cifras de este documento que se actualiza anualmente, en el mundo existen 1.000 millones de varones fumadores. De nuevo geográficamente, las tasas indican que 35% de los hombres que viven en países ricos fuma, cifra que crece hasta el 50% entre quienes habitan en naciones en desarrollo.
Sólo China consume más del 37% de todos los cigarrillos del mundo, y en aquel país casi el 60% de los hombres fuma. Se calcula que 50 millones de niños chinos, en su mayoría varones, morirá prematuramente por enfermedades relacionadas al tabaco.
Respecto a las mujeres, alrededor de 250 millones fuman diariamente: el 22% de las del mundo desarrollado y el 9% de las de los estados pobres. Las tasas de tabaquismo femenino están estables o aumentaron en muchos países del sur, centro y este de Europa.
Diversas enfermedades
Según el Atlas del Tabaco, el riesgo de morir por cáncer de pulmón es más de 23 veces superior en los hombres fumadores que entre quienes no consumen cigarrillos, y hasta 13 veces superior en el caso de las mujeres fumadoras, frente a las personas que no consumen tabaco.
El tabaco causa la muerte de entre un tercio y la mitad de quienes fuman y, añaden los expertos, los fumadores mueren un promedio de 15 años antes que las personas que no tienen ese hábito.
El uso de tabaco terminará provocando la muerte de 250 millones de los adolescentes y niños actuales. Aproximadamente una cuarta parte de las personas jóvenes que fuman probaron su primer cigarrillo antes de los 10 años.
Además, indirectamente, la exposición al humo de tabaco de segunda mano en el lugar de trabajo (tabaquismo pasivo) causa la muerte de 200.000 empleados cada año.
"En el siglo XX, 100 millones de personas fueron asesinadas por el tabaco. A menos que se implementen medidas efectivas para prevenir que los jóvenes fumen y para ayudar a los actuales fumadores a abandonar (el hábito), el tabaco producirá la muerte de 1.000 millones de personas en el siglo XXI", sentencia el informe.
jueves, abril 22, 2010
Fallecimiento del padre o la madre. Herencias: trámites que deben seguirse. Modelo 790 para Certificado de Última Voluntad y de Contratos de Seguro
La aceptación de la herencia siempre deberá realizarse ante Notario y por tanto, mediante escritura pública: La documentación y pasos a seguir:
1. Obtener un Certificado de Defunción en e
l Registro Civil de la localidad donde se produjo el fallecimiento. Puede ser que lo proporcione la empresa funeraria, que también puede encargarse de otros trámites como dar de baja en la Seguridad Social, etc.2. Obtener un Certificado de Actos de Última Voluntad y un Certificado de Contratos de Seguro de cobertura de fallecimiento en el Ministerio de Justicia. Instrucciones en imagen adjunta para rellenar por duplicado los impresos del modelo 790 y pagar la tasa de 3,62 € por cada uno (tasa desde Enero de 2013).
3. Solicitar al Notario que otorgó el testamento que expida una copia autorizada.
4. Acudir a un Notario para otorgar una escritura de partición y adjudicación de la herencia. Habrá que facilitar al notario escrituras de los inmuebles, relación de los bienes y certificados de saldo de las cuentas bancarias. (Con los siguientes documentos (certificado original de defunción, certificado de últimas voluntades y copia del testamento), tienen que ir a todos los bancos y cajas donde hubiera cuentas corrientes o libretas a nombre del causante. Los bancos, están obligados a darle certificado bancario del saldo al día del fallecimiento y extracto de la cuenta de al menos un año antes del fallecimiento. )
- Certificado de Actos de Última Voluntad
- Certificado de Contratos de Seguros de cobertura de fallecimiento
- Solicitud de nota informativa sobre contrato de seguro de fallecimiento
- Descarga del formulario 790
Certificado de Actos de Última Voluntad
Qué es
Documentación y requisitos necesarios
La solicitud, que se presentará obligatoriamente junto con el certificado de defunción, y el resguardo del abono de la tasa correspondiente, se efectúa mediante la presentación del impreso oficial Modelo 790. El impreso se rellenará exactamente con los mismos datos que figuren en el certificado de
defunción. El certificado de defunción habrá de ser original, o fotocopia debidamente compulsada, expedida por el Registro Civil correspondiente a la localidad en que la persona haya fallecido. Y en él deberá constar necesariamente el nombre de los padres del fallecido.
Precio y pago de la tasa
Certificado de Actos de Última Voluntad....................... 3,62 euros
El pago de la tasa para la obtención del certificado podrá realizarse de dos formas:
SI USTED DISPONE DE CERTIFICADO DIGITAL
- Podrá Generar el Modelo 790 de Tasas Administrativas (Este enlace se abre en una nueva pantalla), cumplimentarlo telemáticamente y realizar el pago a través de la pasarela de pagos de la Agencia Tributaria. Para ello, puede consultar las entidades bancarias adheridas a dicha pasarela de pago y el horario de servicio.
- Cuando cumplimente el pago, no olvide guardar e imprimir el formulario y el documen to acreditativo del mismo, para su presentación a través de los métodos indicados más adelan te.
- Una vez efectuado el pago de forma telemática podrá COMPROBAR en la Agencia Tributaria, en cualquier momento, la información referente a dicho pago. Es conveniente, que en el caso de un fallo del procedimiento telemático CON CERTIFICADO (en las pantallas del pago o posterior a estas), compruebe que dicho pago no se ha realizado antes de intentarlo de nuevo.
- Si tiene alguna duda, puede consultar el manual sobre el pago de tasas telemático.
- Podrá Descargar el Modelo 790
para la solicitud de certificado
de
Últimas Voluntades, que además de poder obtenerlo en esta página, está a disposición de los interesados en los siguientes lugares: - Las Gerencias Territoriales del Ministerio de Justicia, exceptuando la Gerencia de Órganos Centrales.
Registros Civiles de toda España. - Oficina Central de Atención al Ciudadano.
- Las Gerencias Territoriales del Ministerio de Justicia, exceptuando la Gerencia de Órganos Centrales.
- Una vez cumplimentado el formulario, deberá dirigirse a cualquier banco, caja de ahorros o cooperativa de crédito colaboradora en la recaudación tributaria (la práctica totalidad de las mismas) para efectuar la liquidación. (IMPORTANTE: deberá ponerse especial cuidado en liquidar correctamente el importe de la tasa, porque si se hiciese por cuantía errónea la entidad financiera no puede devolver o compensar la misma y, en caso de solicitar su reintegro, el interesado deberá iniciar un expediente de devolución de ingresos indebidos).
Quién puede solicitarlo/presentarlo
Plazo
La aceptación de la herencia se hará del siguiente modo: Si hubiera testamento, deberán comparecer y suscribir la escritura de aceptación de herencia todas las personas que fueran designadas como herederos, legatarios y también las personas que tienen derecho a legítima así como el cónyuge que aunque no sea heredero tenga atribuido el usufructo legal sobre toda o parte de la herencia.
La posibilidad de realizar apoderamientos para la aceptación de la herencia: Frecuentemente nos encontramos con que resulta difícil reunir en el mismo día y en un mismo lugar a todas las personas llamadas a una herencia. Por ello, en el caso de que entre las personas o parientes exista conformidad en el modo en que se repartirá la herencia cabe la posibilidad de otorgar unos poderes notariales y especiales para el caso concreto a favor de otro u otros herederos para que les representen en el acto de la firma de la escritura de aceptación de la herencia y así no demorar los trámites.
Trámites a realizar tras el fallecimiento. Supuesto práctico o ejemplo de fallecimiento del primer cónyuge.
Cementerio. Solicitud de concesión de nicho. Cambio del titular del alquiler del nicho en el Cementerio Municipal o Ayuntamiento. Pago anual de tasas (domiciliación). Compra e instalación de la lápida.
Funeraria. Pago factura (unos 3650€ en Marzo 2010 con el arca más barata, dos esquelas y centro rosas e incineración en Zaragoza: funeraria El Paraíso).
1. Registro civil. Solicitar certificados de defunción. Dar de baja en la Seguridad Social. Lo hace la funeraria. Informar al organismo de atención a la dependencia.
2. Existe un Testamento Mancomunado (derecho foral aragonés) en el que los cónyuges se otorgan el usufructo vidual universal sin obligación de inventario ni fianza. Facultad fiduciaria para que el sobreviviente disponga con libertad de sus bienes, de los privativos del premuerto y de los bienes consorciales entre los descendientes, en forma, tiempo y proporción, por donación o mortis causa. Se designa herederos a los hijos en partes iguales.
3. Liquidación del Impuesto de Sucesiones. Hay que presentar autoliquidación. hay un mínimo exento en Aragón. En autonomías del PP, como Navarra, se ha retirado este impuesto. (Plazo de seis meses, o recargo y multa. Prescribe a los cinco años y medio.) (Para inscribir el piso en el Registro hace falta el sello de la oficina que gestiona el Impuesto de Sucesiones). Pasos a seguir: 1. Liquidación de la sociedad de gananciales. Tasación de los bienes y división en dos partes iguales. 2. Reparto de la herencia. 3. Escritura de partición realizada en una notaría. (Detalle de los bienes que integran la herencia, junto con la aceptación o no de su parte por los herederos con las correspondientes adjudicaciones en su caso.)
4. Valoración de los bienes: 1. Piso del domicilio habitual. Valor catastral revisado en 1997: 50.000 €. Valor actual de mercado: entre 30.000 y 60.000 €. 2. Cuenta bancaria indistinta con el cónyuge. 3. Cuenta bancaria indistinta con la hija menor. 4. Depositos a plazo fijo. 5. Ajuar domestico. 3% del (total de la herencia – 50% del valor de la vivienda habitual). 6. Gastos funerarios. A deducir según autonomías...
5. Reparto de la herencia. El cónyuge viudo tiene derecho al 10% (89 menos su edad, pero nunca menos del 10%) de un tercio del total de la herencia (usufructo). Los hijos tienen derecho al resto de la herencia.
6. La revista Dinero y Derechos de la Organización de Consumidores y Usuarios recomienda para pagar la mínima cantidad de impuestos (I.R.P.F., Sucesiones e I.V.B.N.U.): que en la disolución de la sociedad de gananciales el cónyuge viudo se atribuya las cuentas bancarias y que el piso o vivienda habitual pase íntegro a la herencia para que se transmita a los hijos y así se evita tributar dos veces (Impuesto de Incremento del Valor de los Bienes Urbanos) y además se consigue una deducción (95% de la parte heredada de la vivienda habitual, siempre que no se venda en 10 años) (y se evita una segunda inscripción en el Registro de la Propiedad cuando fallezca el viudo). También recomienda en vez del usufructo a que tiene derecho, adjudicar bienes concretos en propiedad al viudo o, lo que es mejor, que el viudo renuncie a su parte de la herencia (en usufructo y propiedad, que pasará a los hijos), y a su legítima de forma “pura y simple”.
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