miércoles, diciembre 29, 2010

Errar es humano, aprender es divino. FRANCESC MIRALLES EL PAIS SEMANAL

Errar es humano, aprender es divino. FRANCESC MIRALLES EL PAIS SEMANAL - 17-10-2010
(foto: error de cálculo, está peor después que antes. Liposucción y protesis mamaria no solucionan conflictos psicológicos de autoestima)
La historia de la humanidad está llena de equivocaciones afortunadas que nos han llevado más allá de nuestros límites. Desde el error de cálculo que condujo a Colón al continente americano, muchos aciertos humanos han salido de pequeñas y grandes catástrofes. El yogur, hoy presente en la mayoría de neveras, lo descubrió, según la tradición, una caravana de comerciantes búlgaros que trasladaban leche de un poblado a otro y vieron cómo, por efecto del sol, ésta había fermentado. Uno de ellos la probó para ver hasta qué punto se había echado a perder. El sabor le gustó y, con el tiempo, se descubrió que tenía efectos beneficiosos para el estómago. Había nacido un producto que conquistaría el mundo. Moraleja: tenemos mucho que aprender de las llamadas “serendipias”, como se denomina a los hallazgos o descubrimientos que se producen por accidente.

Dos errores modernos. “Las equivocaciones son los portales del descubrimiento” (James Joyce)
En 1974, el departamento de desarrollo de productos de 3M se desesperó cuando uno de sus investigadores, Spencer Silver, produjo una goma altamente defectuosa al olvidar un componente en la mezcla. Lo que parecía mala suerte fue aprovechado por otro empleado del departamento, Art Fry, para crear uno de los grandes inventos de la industria de papelería moderna. Fry era un de
voto de la iglesia al que siempre se le caían los papelitos con los que marcaba los pasajes de la Biblia. Antes de que la mal lograda partida de adhesivo fuera arrinconada en la fábrica, tomó parte de aquel pegamento débil para fijar los papelitos a las páginas de las sagradas escrituras. Acababa de nacer el Post-it.
Otro er
ror de índole empresarial que ha sido ampliamente comentado tuvo como protagonista a Steve Jobs, el fundador de Apple. En 1984 contrató a John Sculley para que dirigiera la empresa con mayor eficacia. La mala relación que se instaló entre los dos acabó, debido al apoyo de los accionistas al recién llegado, con la dimisión de Jobs. Sin embargo, gracias a su despido, Steve tuvo tiempo de crear en 1986 la compañía de películas de animación Pixar, que firmó acuerdos con Walt Disney para producir algunas películas de enorme éxito, como Toy story. Pixar terminó en manos de Disney por 7.400 millones de dólares, y Jobs se convirtió en el mayor accionista individual de la misma Disney. Su éxito no pasó inadvertido a Apple, que en plena crisis le devolvió las riendas en 1997 para que reflotara la empresa. Empezaría la edad de oro de la compañía, con éxitos masivos como el iPod, los nuevos iMac o los actuales iPhone.

Viaje al centro del error. “Si cerráis la puerta a las equivocaciones, también la verdad se quedará fuera” (Rabindranath Tagore)
Pese a los ejemplos, el error no goza de buena fama en nuestra sociedad. El escritor y creativo publicitario Gabriel García de Oro aborda en un ensayo de próxima publicación la injustificada fobia a equivocarnos. El autor de La empresa fabulosa plantea que tal vez no sea casualidad que los términos “error” y “terror” se parezcan tanto: “El error nos produce terror. También vergüenza y culpa. Bajamos la mirada y nos reprochamos no haber sido capaces de acertar, de escoger la opción correcta. Desde pequeños hemos vivido en una sociedad que premia el acierto y penaliza el error. Para nuestro
sistema educativo, el error es estéril y vacío, no se saca nada de él”.
Nuestro miedo a equivocarnos se traduce a menudo en miedo a decidir. Si no decidimos, no fallamos. Y si no fallamos, no nos podemos hacer reproches ni nos sentiremos culpables. Resultado: parálisis. Al esquivar los errores, además, renunciamos a nuestro maestro, pues como demuestra la biografía de los grandes inventores y empresarios, en las equivocaciones hay una fuente inagotable de sabiduría. La ciencia avanza gracias a la “prueba y error” y lo mismo sucede en cada vida humana. García de Oro lo explica así: “Sin error no se avanza. ¿Quién ha aprendido a ir en bicicleta sin caerse? Es imposible. Por eso las personas mayores que no saben ir en bicicleta es muy difícil que aprendan, porque tienen demasiado miedo a caerse. Y así no hay quien pedalee. Debemos volver a aprender como cuando éramos niños. Crecer es aprender, aprender es equivocarse”.
Dado que, desgraciadamente, el error nos produce un sentimiento de culpa, preferimos que otros escojan por nosotros antes que tomar el riesgo de equivocarnos. Esta actitud nos limita y frena nuestro crecimiento como personas, pues acabamos diluyendo nuestra libertad dentro de un grupo en el que no tengamos que tomar decisiones.

Las tres R de error. “La libertad no merecería la pena si no incluyera la libertad de equivocarse” (Mahatma Gandhi)
El autor citado anteriormente se sirve de las tres consonantes que conforman la palabra “error” para desvelar tres claves de sabiduría que, “erre que erre”, nos educan para acertar en la vida incluso cuando no se produce ninguna serendipia:
Reconocimiento. Cada fallo es una lección de humildad que nos pone en nuestro sitio. Saber que no somos infalibles es un ejercicio beneficioso. Nos enseña que debemos prestar atención y aprender para mejorar en el futuro.
Responsabilidad. Al reconocer nuestra equivocación estamos tomando el control de nuestros actos en lugar de echar las culpas a terceros. Por tanto, cada error asumido nos recuerda que mucho de lo bueno y lo malo que nos sucede depende de nosotros.
Revolución. La conciencia del error, de lo que no funciona, es el germen de la revolución. Así como Edison probaba nuevos filamentos para su bombilla cada vez que fracasaba, muchas mejoras sociales han llegado a partir del impulso colectivo para enmendar injusticias.
El progreso es una carrera hacia la superación llena de experimentos fallidos pero necesarios, porque solo a través de lo que no funciona llegamos a descubrir lo que funciona. Esto no solo se aplica al campo de la ciencia o de los movimientos sociales. La vida de todo individuo es un constante prueba y error, donde el premio gordo lo obtiene quien más aprende de sus errores.
Alfred Adler, el psiquiatra austriaco que exploró el complejo de inferioridad, explica cómo funciona la escuela del error: “¿Qué es lo que haces al principio cuando aprendes a nadar? Cometes errores, ¿no es cierto? ¿Y qué ocurre a continuación? Pues que cometes más errores todavía. ¿Y qué pasa cuando has descubierto todas las maneras posibles de hundirte? De repente empiezas a nadar. ¡La vida es igual que aprender a nadar! No tengas miedo de equivocarte. No existe otra manera de aprender a vivir”.

De la síntesis a la solución. “Todas las personas cometen fallos, pero solo las inteligentes aprenden de ellos” (Winston Churchill)
Aunque su impacto puede ser muy poderoso, las serendipias son poco comunes en la vida cotidiana. Es decir, la inmensa mayoría de equivocaciones no aportan más beneficio que mostrarnos un camino que no lleva a ningún sitio.
Las personas fallamos. Unas aprenden de los errores y otras tropiezan con la misma piedra. Un ejemplo de este segundo grupo sería la persona que, con cada intento de relación sentimental, comete exactamente los mismos errores: bien porque elige siempre mal a su compañero/a, o porque reproduce las mismas conductas que llevan a la ruptura. Estas personas no suelen reconocer sus errores y atribuyen la culpa a los otros.
Además de un espíritu autocrítico y responsable, ¿qué es lo que distingue a las personas que aprenden de los errores de las que solo saben tropezar con ellos? Analizar lo que ha salido mal y sintetizar la clave del error significa subir un peldaño en nuestra evolución personal. Así, quien posee inteligencia emocional “lee” lo que sucede a su alrededor y saca conclusiones para cultivar las interacciones positivas y reducir las de resultado negativo.
Quien tropieza tres veces consecutivas con la misma piedra, en lugar de maldecirla, debería fijarse en cómo anda. Esa es la lección. Es imposible apartar todas las piedras del camino, que están ahí para enseñarnos a bajar la vista con humildad y educar nuestros pasos. Se hace camino al andar, como decía Machado, y se gana sabiduría al errar.

EL JARDÍN DEL ERROR
“Hubo un tiempo en el que Adán y Eva vivían felices y despreocupados en el jardín del Edén. Todo era paz y armonía. No había posibilidad de error. Para los humanos, no tener la opción de equivocarse es el paraíso. Pero de repente supieron que, de entre todos los árboles, uno estaba prohibido. No debían comer la fruta del árbol de la ciencia y la sabiduría. Tal vez por eso decidieron comer, probar, arriesgarse. Y se equivocaron. Fueron expulsados del paraíso. Primera interpretación bíblica: los errores se pagan. Sin embargo, existe una lectura más sutil y reveladora: el camino que lleva hasta el árbol de la sabiduría es el error”. Leo Balthazar.

PARA APRENDER DE LOS ERRORES
1. Libros
– ‘Serendipia’, de Royston M. Roberts (Alianza). Este entretenido ensayo ilustra con múltiples ejemplos el papel de lo azaroso y accidental en muchos avances y descubrimientos, desde el principio de Arquímedes o la penicilina hasta inventos tan cotidianos como el velcro o el cristal de seguridad de los automóviles.
– ‘La empresa fabulosa’, de Gabriel García de Oro (Planeta). Escrito por el director creativo de Ogilvy One, esta antología de fábulas inspiradoras contiene lúcidas perlas de sabiduría para la vida diaria.
2. Películas
– ‘Atrapado en el tiempo’, de Harold Ramis (Buena Vista). La clave de este divertidísimo filme, protagonizado por Bill Murray, que se ve obligado a vivir una y otra vez “el día de la marmota”, está en el aprendizaje de los errores cotidianos para salir de la rueda del fracaso.

Quiero morir en casa. ¿Puedo? EMILIO DE BENITO EL PAÍS - Sociedad - 03-12-2010

Quiero morir en casa. ¿Puedo? EMILIO DE BENITO EL PAÍS - Sociedad - 03-12-2010
Los españoles desean pasar los últimos momentos en el hogar, pero la mayoría acaba en un hospital - La falta de unidades especializadas frustra esa voluntad

Cuando el Gobierno anuncia una ley para regular la muerte digna, el debate se centra enseguida en los medicamentos que se pueden dar, en si va a haber sedaciones, o si se podrá retirar un tratamiento. Pero hay un aspecto que es clave -dónde debe pasar todo eso- que siempre queda al margen. Una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2009 apuntaba que el 45% de los españoles desea que sus últimos momentos transcurran en su casa, un 31,9% prefiere un centro especializado y solo un 17,8% elegiría un hospital.

Pero que algo se quiera no implica que suceda. Si se toman los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) se ve que el 47,26% de los fallecimientos de 2008 (último año con datos) ocurrió en un centro hospitalario. Y ese porcentaje no ha hecho más que aumentar. En 1999, la proporción era del 34,6%. A priori, si se asume que lo mejor, de una manera general, es morir en casa, los datos demostrarían un fracaso del sistema. Pero cuando se escarba con los expertos surgen otras apreciaciones. Albert Jovell es médico y presidente del Foro Español de Pacientes. También ha tenido un cáncer, lo que le convierte en espectador de excepción de todos estos procesos. "Muchos querríamos morir en casa, pero morimos en el hospital", afirma. El psicólogo Javier Barbero, que ha trabajado en atención domiciliaria, explica que en esos momentos "uno necesita tener su mundo almohadillado", y "lo cotidiano y lo cercano son elementos de protección". El conflicto surge porque "hay que priorizar entre una buena atención afectiva y una buena atención técnica". "Cuando aseguramos un buen apoyo técnico, la gente prefiere quedarse en casa", afirma. Porque de lo que no se trata es de estar en casa si es a cambio de estar mal cuidado. Por eso Jovell añade: "Si pudiera la organización venir a casa, todos nos sentiríamos mejor". Ahí surge un grave inconveniente. La atención al final de la vida es competencia de los cuidados paliativos. Cuando los hay. Porque como reconoce el presidente de la sociedad española correspondiente (Secpal), Javier Rocafort, los existentes no son suficientes. "Hay una estrategia nacional de 2007 que fue un auténtico revulsivo", dice. "Entonces solo había planes autonómicos en seis comunidades, y ahora ya los hay en 13 o 14. El número de unidades ha aumentado un 70%", afirma. Pero no basta. Rocafort explica que para la atención en casa hace falta un miniequipo de médico y enfermera por cada 100.000 habitantes, "lo que supondría 470 en España". "Pero hay poco más de la mitad", afirma. Eso implica que en el mejor de los casos, si estos equipos estuvieran bien repartidos, poco más de la mitad de los pacientes podrían recibir esa atención. Rocafort, sin embargo, opina que el problema no se puede plantear sobre esta base. Y pone en duda la validez de las encuestas. Para empezar, porque tienen un sesgo importante. "Cuando se pregunta, se pregunta a gente sana, que es la que dice que quiere morir en casa, con los suyos, en su cama, controlando, y no en el hospital. El hospital es un medio hostil para los sanos, porque no está pensado para ellos. Pero luego, cuando llega el momento, muchos deciden que prefieren no tener que controlarlo todo, que quieren que lo haga otro, que le quiten las náuseas, el dolor. Si la habitación es agradable, perfecto, pero les importa más poder tocar el timbre y que acuda la enfermera enseguida". El médico no habla como un teórico. Trabaja en el Hospital Laguna, un centro especializado en cuidados paliativos. "Tenemos 43 camas, y puedo asegurar que el 90% de los ingresados quiere estar aquí", afirma. En estas situaciones hay otro factor que Rocafort señala: aparte de situaciones clínicas que no se pueden atender a domicilio si no es por un profesional -un dolor agudo episódico, por ejemplo-, hay veces en que no hay un familiar capaz de cuidarle, o falla el domicilio. "Esto es más frecuente de lo que creemos; ocurre en una cuarta parte de los casos". Ese familiar -un cuidador o, casi siempre, una cuidadora- tiene mucho peso. Fernando Marín, que preside la Asociación Morir en Casa, cree que su papel es casi tan importante como el del paciente. "El cuidador tiene que estar dispuesto y compartir la idea", señala Marín como primer paso. Y para una asociación como la suya, que promueve que las personas fallezcan en su domicilio, hay un obstáculo de inicio: "La falta de información sobre el diagnóstico y el pronóstico". "Ni siquiera a los pacientes con cáncer -que son usuarios típicos de cuidados paliativos- se les explica bien lo que va a pasar. Y eso dificulta decir cómo y dónde se quiere morir", afirma. Jovell redunda en la idea de que la falta de una información clara impide que se tome la decisión con fundamento. "Tienen que tener claro que no se va a recuperar, que ingresarlo solo va a alargar dos o tres días la muerte". "Culturalmente, sí que se quiere morir en casa, pero los cuidadores tienen que tener apoyo para estar seguros de que lo están haciendo bien", apunta Marín. Porque, si no, el paciente acabará en el hospital, "que les da esa seguridad". "Un ingreso es adecuado cuando podemos mejorar la vida, pero hay un riesgo de entrar en un encarnizamiento, aunque sea involuntario, porque está en la dinámica per se de los hospitales", añade Marín. La opción es dar apoyo a las familias. "Nuestro trabajo es reforzar al cuidador, decirle que lo está haciendo bien". Pero también hay que facilitar medios. Y estar dispuesto 24 horas al día, porque "si surge una crisis y el médico de cabecera va a tardar un cuarto o media hora, lo que hace la familia es llamar directamente a una ambulancia". Y de ahí va al hospital, lo quiera el paciente o no, relata Marín, donde "el paciente no está a gusto, y el centro sanitario tampoco. Ocupan una cama y no saben qué hacer con él", afirma. El papel de la familia, del entorno, es, por tanto, fundamental. Pero por muy preparados que estén, es normal que en un momento se asusten. "A nosotros se nos ha muerto un paciente mientras lo llevábamos de la cama a la ambulancia", cuenta Carmen del Mazo, técnica del Suma 112. Ella ve casos de enfermos que son trasladados al hospital cuando ya no hay ninguna esperanza "todos los fines de semana". "Ves que están en estado terminal, que van a morir en un pasillo o durante el traslado", pero es lo único que la familia puede hacer: "No tienen apoyo y los médicos de primaria lo que quieren es quitárselos de encima, porque tienen miedo a hacer algo y que les acusen de haber actuado como en el Hospital de Leganés", dice. Con este panorama, es normal que "los cuidadores estén cansados, en claudicación", añade Nines Pastor. Esta enfermera ha trabajado de enlace entre atención primaria y cuidados paliativos en Córdoba, y ha visto de todo. Tanto, que no se atreve a decantarse por una solución como la mejor. "Existen cuidados paliativos domiciliarios, sobre todo en oncología terminal", dice. "No es lo mismo una persona que está sin dolor con un rango de síntomas aceptable y con familiares que se hacen cargo" que si no se cumplen estas condiciones. "De hecho, que mueran en su casa es un indicador de calidad de los servicios", indica. La ayuda, técnica y humana, es fundamental para el paciente y la familia que deciden que los últimos días de una persona sean en su casa, con los suyos. Porque aparte del cansancio de los cuidadores, indica la enfermera, hay otros factores que hay que trabajar. Porque la familia tiene que quedarse tranquila, satisfecha al final. Y a veces no puede. "La familia tiene que quedarse tranquila de que por no ir al hospital el paciente no ha empeorado", insiste Jovell. La conclusión es que "a veces a los familiares se les pide demasiado". La Encuesta Europea de Salud que dice que la mayoría cree que cuenta con dos, tres, cuatro o más cuidadores si le hacen falta parece optimista por lo que cuentan quienes viven estos momentos de cerca. "Antes, la sociedad tenía asumido que los hijos iban a hacerse cargo de los padres, que los mayores eran lo primero", dice Pastor. Ahora eso no parece tan claro. Hay casos en todos los sentidos. La enfermera recuerda el de una persona con un tumor incurable, pero que no tenía dolor. Tenía hijos, pero todos vivían fuera. "Al final, la intención de ingresarlo no tenía una justificación sanitaria, era por un problema social", cuenta. "Lo que pasa es que el hospital es el comodín, la solución", añade. Pero en los más de 100 casos que ha atendido, también está el contrario. Tiene uno reciente de una mujer en estado terminal. Nines cuenta que pidió el alta hospitalaria y que le dijo orgullosa que "se había despedido de todos". Este hecho, la despedida, pesa mucho en la decisión de los pacientes y sus familiares. "Es importante para ambos y no solo en la parte de decir adiós". "Hay otros aspectos, como las últimas voluntades, que no tienen que ver con los ritos sociales", insiste. Y está claro que en un hospital "todo eso es más dramático", añade. Parece claro que no hay una solución para todos. Por eso, Jovell recalca que la clave del futuro está en "cómo gestionamos los testamentos vitales". El que quiera morir en casa, "que lo deje dicho". Y el que no, también.

"Son 15 minutos. Dejas de respirar. Y fuera" JUAN JOSÉ MILLÁS EL PAIS SEMANAL Muerte digna DMD

"Son 15 minutos. Dejas de respirar. Y fuera" JUAN JOSÉ MILLÁS EL PAIS SEMANAL - 05-12-2010

Carlos Santos era un hombre de mundo. Amaba tanto la vida que quiso gobernar la suya hasta el final. Tenía un tumor incurable. Estaba condenado a morir sufriendo. Pero se rebeló. Acudió a la asociación Derecho a Morir Dignamente. Ellos le acompañaron en su última voluntad. El pasado 10 de noviembre decidió tomarle la delantera a su enfermedad. Desayunó y dio un paseo antes de tomar un cóctel letal. Murió dormido en la habitación de un hotel. Antes quiso contarnos su historia. Pretendía que su caso sirviera para reabrir el debate de la eutanasia.

Lo normal es que las personas mayores no se vean reflejadas en la gente de su edad, pero les contaré una excepción que viví el pasado 9 de noviembre, al conocer a Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años (dos más que yo) que había viajado hasta Madrid para quitarse la vida. Fue después de comer, al atravesar en su compañía la Puerta del Sol, en dirección al céntrico hotel en el que expiraría al día siguiente, cuando descubrí la existencia de una curiosa sincronía entre sus movimientos y los míos. No éramos sólo un hombre y otro hombre, éramos dos individuos mayores, con tics característicos de individuos mayores, dos casi ancianos a los que cualquier espectador objetivo habría situado, en el mejor de los casos
, en el último tercio de su vida.
La habitación del hotel, sin alcanzar la categoría de una suite, era grande y luminosa y estaba compuesta por dos espacios claramente diferenciados, uno para dormir y otro para estar. El primero disponía de una cama doble, con sus respectivas mesillas de noche, y el segundo, de un tresillo y una mesa baja, todo dispuesto, como es habitual, en torno al aparato de televisión. Entre ambos espacios había un pequeño escalón destinado a subrayar, con la diferencia de nivel, la desigualdad de sus funciones. El ventanal, amplio, daba a una terraza desde la que se apreciaban los tejados del viejo Madrid.

Una vez acomodados, Carlos en un extremo del sofá, yo en el sillón más próximo a ese extremo, las sacudidas especulares se acentuaron. Así, mientras él hablaba en un tono en el que me pareció detectar cierta euforia (¿la que precede al acto final?), reconocí en sus cejas el recorte torpe que yo aplico a las mías y descubrí en los orificios de su nariz y orejas los pelos sobrevivientes a las cacerías de que suelen ser víctimas, a partir de cierta edad, estas pilosidades. No fue todo: también vi en su mirada esa curiosa mezcla de desafío y desamparo que descubro en la mía cuando tropiezo con mi rostro en los espejos de los ascensores.

-Recibí el primer hachazo -empezaba a contarme Carlos hace quince años, cuando sin más me dan dos infartos de miocardio graves. En el segundo, con arreglo a todos los aparatos que había en la pared, estaba muerto. Ya sabes que se monitoriza todo en las pantallas y las pantallas estaban muertas. Y yo también. Estos cabrones, pensaba, me entierran ahora vivo. Los médicos me pedían que si les escuchaba moviera un dedo o parpadeara, pero yo no tenía energía para nada. Nada. Muerto, muerto. Por aquellas cosas de la vida, es obvio que resucité, y resucité como un bebé, llorando. Para mí fue muy duro, porque yo era corredor, esprintaba, y tuve que dejar de hacer deporte. Tengo dos trozos de corazón necrosados. De eso no te recuperas nunca. Tengo insuficiencia cardiaca, taquicardia y arritmia.

-Pero parece que has podido llevar una vida más o menos normal desde entonces -me oí decir.

¡De normal nada! Tuve que bajar, aterrizar. Pasé tres o cuatro años muy mal porque me sentía un inútil. Dejé de
trabajar porque las agencias de viaje no querían darme trabajo (era guía turístico). Quise volver a trabajar y con la primera que lo hice tuve que ir a Sevilla y no llegué. El chófer tuvo que parar el autocar y llamar a una ambulancia que me llevó a urgencias, con lo cual el grupo quedó abandonado.

¿Y?

Tuve que plantearme mi vida y me la planteé muy bien: me voy a suicidar, pensé, pero a mi manera, a mi aire, me voy a los Mares del Sur. Me iré a Australia, de allí a Nueva Zelanda. Desde ahí iré bajando y cuando llegue a las islas de los Mares del Sur me buscaré al brujo de turno, me haré amigo de él y la noche que quiera irme le diré: "Brujo, colócame, que quiero dormirme y no quiero despertarme". Eso era lo que tenía in mente, pero, como decía John Lennon, la vida es lo que te va pasando mientras tú te empeñas en hacer otras cosas. Pues no sé lo que pasó. Pero estaba hecho una mierda. Me he pasado diez o doce años sin estar con una tía porque tenía pánico. Los médicos me decían: "Usted ya no es el león que era antes...". He sido un león en todos los sentidos: laborales, con mujeres, con todo. Ahora soy un gatito pequeño y deslustroso. Las tías, fuera. No había vida.

Mientras escucho a Carlos, cuento el número de lámparas de la habitación, primero de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda. Y debo obtener el mismo resultado; si no, sucederá una catástrofe. Se trata de un mecanismo antiguo, infantil, para combatir la angustia. Contar me libera. Por eso cuento también ahora los dedos de las manos de mi interlocutor, siempre en las dos direcciones. Y si se levanta para ir al baño, porque tiene incontinencia urinaria, cuento los pasos que da al ir y los que da al volver, y siento un gran alivio si su número coincide. Todo ello sin dejar de escucharle. Me está relatando ahora lo de la hernia discal, que apareció luego, y por la que tuvo que meterse en el quirófano.

Fue tremendo dice, porque ya no podía ni saltar. Privaciones, privaciones y privaciones. La columna me daba dolores continuos. Hasta que me hicieron resonancias y apareció el bicho.

¿Qué bicho?

Un quiste radicular, no sabían desde cuándo estaba ahí, y es lo peor que hay, no se puede operar ni tocar porque te quedas paralítico, va al cerebro.

¿Es ahí donde llegan las terminaciones nerviosas?

Todo. Es el interior de la columna vertebral. Justamente está entre la S2 y la S3, cerca de los esfínteres de la orina y de los excrementos.

¿Cuándo te lo descubren?

Hace un año. Y me dicen que no hay solución, que no hay nada que hacer. Me lo han dicho tantas veces, tantos traumatólogos, hasta los tribunales que me dieron la minusvalía del 65% me lo dijeron: "Señor Santos, haga usted testamento vital porque le quedan meses, esto no tiene cura, no hay solución, no hay nada". ¿Qué haces? Pues me voy a EE UU, me compro una pistola y me pego un tiro, o me tiro por un puente... También he ido a edificios de Málaga que conozco, a mirar desde un octavo piso y a decirme: bueno, si me tiro desde aquí me mataré... Pero soy una persona pacífica, gustoso de la música suave, clásica, armoniosa, no me gustan los ruidos, siempre he sido pacifista, nunca me he peleado con nadie, no me gusta la violencia ni las cosas desagradables, muchas veces me ha cabreado atraer tanto a los homosexuales, cuando lo que me van son las mujeres. Y se lo preguntaba: "¿Pero por qué, qué coño tengo yo?". Y me contestaban: "Es que eres tan dulce, tan suave, tan tierno, tan fino, tan delgadito, tan poca cosa, que invitas a protegerte". Así que pensar en esas opciones me resultaba muy desagradable. Primero contacté con Exit, los australianos, y luego con Dignitas, que está en Suiza. Los de Suiza fueron los que me dieron la dirección de Derecho a Morir Dignamente de Barcelona, y éstos, la de Madrid. Y aquí estoy.

Aparte del problema del control de esfínteres, ¿de qué otra forma se muestra el deterioro?

Cada vez tengo menos energía. Por la mañana, cuando salgo de casa, después de desayunar y haber tomado Zaldiar, no tengo energía, no puedo caminar más de diez minutos sin sentarme a descansar. Lo mismo me ocurre cuando estoy de pie, tengo que buscar alguna silla donde sentarme, pues no me encuentro bien. Necesito sentarme o, mejor, tumbarme.

¿Estás muy medicado?

Sí, claro, con todos los efectos secundarios de la medicación. Mi casa parece una farmacia de las pastillas que hay.

¿Qué clase de pastillas?

De todo lo que puedas imaginar, de todo, cuarenta o cincuenta cajas, fíjate si hay. Por la mañana, cinco o seis pastillas; al mediodía, otras cinco o seis; por la noche, lo mismo. Y en los intervalos, en función de lo que me duela, pues otras tantas. El caso es que siempre tengo que llevar el pastillero conmigo. Mira, ahora voy a tomar una para tranquilizarme.

¿Quieres agua del minibar?

No, del grifo.

Carlos Santos se retira al cuarto de baño a tomarse la pastilla. Observo que la luz ha cambiado. El sol ya no da directamente en la ventana, como cuando llegamos al hotel (sobre las 4.30 de la tarde), pero la habitación me sigue pareciendo alegre. Soy yo el que está sombrío, sobrecogido. Mientras espero su regreso, releo la carta que ha escrito para la Policía Local de Madrid, donde pide que notifiquen su defunción a la dueña de la pensión donde vive, en Málaga, a fin de que "como no tengo familia ni herederos, disponga de mis pertenencias, ropa, etc., como quiera". Tras la firma, añade una suerte de posdata rogando que retiren de la vía pública su coche "antes de que lo rompan o lo destrocen". Como se retrasa, repaso también la carta al juez, donde tras resumir sus padecimientos y detallar el futuro terrible que le espera a medida que avance la enfermedad (descontrol absoluto de esfínteres, dolores intensísimos, parálisis y muerte), afirma que su voluntad de morir es fruto de sus valores y que nadie le ha inducido a adoptar esta decisión que toma de manera "libre, voluntariamente, sin que ninguna persona tenga que cooperar de forma necesaria, directa o indirectamente, para llevarla a cabo".

Como Carlos no acaba de salir del cuarto de baño, empiezo a contar, para entretener la espera, las vocales de la misiva al juez. Aparece cuando voy por la 65.

¿Era un ansiolítico? pregunto refiriéndome a la pastilla que acaba de tomarse.

Sí, pero bajo, Diazepam de 2,5.

¿Y para dormir tomas cosas?

¡Huy, sí! Ya no me hacen nada tampoco.

El círculo vicioso de la tolerancia y la adicción.

Llegará un momento en que... Bueno, ya no habrá momentos porque espero que mañana a estas horas ya esté terminado.

La luz de la habitación ha vuelto a cambiar y mi estado de ánimo se ha oscurecido. Deben de ser las cinco y media o seis menos cuarto de la tarde. Me levanto y enciendo una lámpara de pie mientras Carlos habla ahora de un libro inédito en el que ha trabajado durante los últimos quince años de su vida. Se titula El hombre dividido.

-¿Quién es el hombre dividido? pregunto.

Soy yo dice, yo y el mundo. Países que me han enamorado, como Italia, la India, Francia... ¿Sabes lo que es Nepal, Tailandia, Brasil, la República Dominicana, Gambia...? Y Europa como mi propia casa. Hay un lugar que es uno de mis favoritos, la tumba de Gala Placidia, en Rávena. Me gusta ir y estar solo ahí. Suelo cerrar los ojos para no ver nada y dejar que mi imaginación fluya y trate de imaginarse cómo fue la antesala del fin del Imperio Romano de Occidente. En realidad, he vivido. Otros no han vivido ni la mitad. Y la he vivido de lujo porque era todo pagado.

¿Tu ciudad favorita?

Londres es mi ciudad por muchos motivos. Uno, porque fue el primer sitio donde encontré la felicidad. En España no había sido nunca feliz, mi padre me pegaba con fiereza, igual que los hijos de puta de los jesuitas, que te hacían poner los dedos así, de punta, y te daban con la regla. Todo eso, una infancia muy desgraciada. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño apartamento y desde niño, cada mañana, me levantaba de la cama, que estaba en el salón, iba a la cocina, que era donde estaba la radio, y movía el dial hasta que escuchaba una lengua extranjera. Ahí lo dejaba.

También me reconozco en ese sueño infantil de ser extranjero, aun al precio de no entender nada. ¿Acaso entendían algo los autóctonos? Ser extranjero, en aquellos años, era a lo más que se podía aspirar en la vida. ¡Qué imagen brutal, pienso, la del niño a la búsqueda de un idioma ininteligible, de una vida otra!

Mientras Carlos da detalles acerca de su libro, de su vida en Londres (donde vivió varios años) y de sus viajes a lo largo y ancho del planeta, comprendo que este hombre consiguió su sueño de ser extranjero, aunque pagando el duro precio del desarraigo, de la soledad, del aislamiento. Entonces se me escapa el primer bostezo, que es una señal de alarma. En las situaciones dramáticas, o que vivo como dramáticas, me da, además de por contar, por bostezar, como si me aburriera. Me defiendo así de los excesos de realidad, de la angustia, del pánico. Bostezo en los entierros y en las unidades de vigilancia intensiva de los hospitales como bostezaba de joven en los exámenes y en las entrevistas de trabajo. El bostezo significa que estoy jodido. Estás jodido, Juanjo, me digo, al tiempo de contar con los dedos las sílabas de "estás jodido, Juanjo" (siete, un heptasílabo) y tengo la tentación de preguntar a Santos por sus pequeños ritos contra la enfermedad, contra la mala suerte, contra la desgracia.

Por fortuna, él ha comenzado a hablar ya de la eutanasia, de su necesidad de dejar testimonio para ayudar a que se genere un debate público sobre la cuestión. En este tema, como en todos, se manifiesta de manera muy cerebral, incluyendo datos económicos y estadísticas sobre el suicidio que no me interesan demasiado. Me afectan más los aspectos emocionales, el hecho de que uno tenga que morir, cuando así lo ha decidido, de forma clandestina, en habitaciones de hoteles, en vez de hacerlo en la propia cama, o en la de un hospital, adecuadamente atendido por profesionales y rodeado de los suyos. A Carlos le da igual quitarse de en medio en un sitio u otro, no tiene a nadie y su patria es el mundo. Asegura que conoce Europa como yo conozco las habitaciones de mi casa.

-Cuando vine a Madrid para hablar por primera vez con los de DMD añade me preguntaron cuándo quería hacerlo. "Mañana", contesté, "ya que estoy aquí, mañana". Total, las cuatro cosas que tenía se las había regalado a cuatro o cinco amigos y amigas, y los ahorros se los dejo a DMD, que me dijeron que no les debía nada. Ya lo sé, contesté, pero qué hago, no fumo, no bebo y no como porque no encuentro gusto en nada. ¿En qué gasto el dinero? Antes, en Málaga, me encantaba comprar pasteles de Gloria, los mazapanes... Ahora me puedes ofrecer la Luna y no me hará ni sonreír, es que no me provoca, con el problema de los jugos gástricos... Ya no paso gusto comiendo, no paso gusto con nada. Lo que quiero es dejar de vivir, y si puede ser antes, mejor que después. En la pensión sólo he dejado ropa porque no sirve para nada. Me he traído esto.

"Esto" es una cartera de mano con la que ha hecho el viaje desde Málaga y que contiene el último equipaje de su vida: un pijama, una camisa, unos calcetines, unas zapatillas y unos calzoncillos.

Una muda resume él. Se supone que mañana a estas horas ya no me hará falta para nada.

En la cartera hay también un bote, envuelto en una bolsa de plástico, que contiene, me explica, el llamado "cóctel de autoliberación", compuesto por un hipnótico, para quedarse dormido, y un conjunto de medicamentos contra la malaria que a altas dosis resulta mortal. La fórmula está al alcance de los socios de DMD en la llamada Guía de autoliberación, y sus componentes son fáciles de obtener, la mayoría sin receta. Es, por otra parte, la misma combinación que recomiendan casi todas las asociaciones del resto del mundo.

Aunque se ha emocionado hasta las lágrimas al recordar algunos aspectos de su infancia, la actitud general de Carlos es de una frialdad que sobrecoge. Pienso que quizá es su modo de defenderse de este exceso de realidad, como la mía es bostezar o contar vocales, molduras, dedos, lámparas... Recuerdo entonces que en algún momento, cuando nos dirigíamos al hotel, mencionó la posibilidad de hablar con el director para que le hicieran un descuento.

-Me hacen descuento en todos los hoteles añadió cuando me identifico como guía turístico.

¿El diez por ciento? pregunté yo absurdamente.

¡Qué diez por ciento! responde enfadado ¡El cincuenta por ciento por lo menos!

La decisión de quitarse de en medio no había alterado en absoluto sus costumbres. Así, antes de viajar a Madrid fue a Renfe para consultar precios y descuentos teniendo en cuenta que poseía la Tarjeta Dorada para mayores de 60 años. Dado que lo pagó todo con la tarjeta de crédito, consultó también las tarifas del hotel para asegurarse de dejar en la cuenta corriente la cantidad precisa para que cada cual cobrara lo suyo. Y calculó que la mejor hora para tomarse la pócima sería en torno al mediodía, de forma que los voluntarios de DMD que habrían de acompañarle quedaran libres a media tarde: "Mejor que por la noche", decía en el correo electrónico donde enumeraba todos los detalles de orden práctico.

Como la tarde continúa cayendo, y con ella mi estado de ánimo, me levanto y enciendo otra luz que está algo alejada de mi posición. He de dar cinco pasos de ida, pero sólo me salen cuatro de vuelta. Mal asunto.

Lo de Suiza le digo volviéndome a sentar me parece muy frío. He leído algunas cosas que...

Como te he dicho insiste Carlos, yo he nacido en España, pero eso no me hace español. Cuando llegué a Inglaterra, me dijeron: "Mira, Carlos, aquí se hacen las cosas bien, no como en tu país, y se hacen bien desde el principio porque si no hay que volver a hacerlas y eso cuesta tiempo y dinero". Esa era la realidad, los españoles llegaban con las maletas aquellas de madera atadas con una cuerda. Yo era uno de esos. El día que me dijeron "tú eres uno de los nuestros, eres un verdadero profesional", ese día fue para mí... Así que todo eso de la frialdad me la suda, no me dice nada. ¿Qué frialdad? ¿A qué he venido yo aquí, a tomar pastelitos, a bailar unas sevillanas? Ni estoy de humor para bailar sevillanas ni puedo bailarlas, casi no puedo moverme. Defíneme frialdad. A mí lo que me importa es que me digan: "Señor Santos, el día tal, a tal hora, usted se presenta en esta dirección...". Mañana me levantaré, desayunaré por ahí cualquier cosa, y como a las doce o las dos, la hora más temprana, prepararé el potingue, me lo tomo, me tumbo... Los voluntarios de DMD se quedarán conmigo hasta que me haya dormido. En Suiza, con el pentobarbital, son quince minutos. Ya, dejas de respirar, y fuera. Quince minutos, para qué vamos a estar horas y horas y horas.

¿Te gusta leer? se me ocurre preguntar, parezco un idiota.

Sí, he sido un gran devorador de libros, pero ya no puedo. Mi cabeza sólo está ahora en una cosa y no hay nada más. Ya he regalado todos mis libros.

¿Tenías una buena biblioteca?

Sí, grande, muy amplia. Me he deshecho de todo. Soy un hombre de caprichos. Mira qué cinturón llevo.

Se levanta para que lo vea.

Muy bonito, sí digo observando la hebilla, formada por una moneda grande, de plata, donde se lee el lema de la República Francesa (Liberté, Égalité, Fraternité).

Es un cinturón que es una joya, de plata pura. Lo he diseñado yo, lo he hecho yo, es un cinturón único. Cuando he llevado algo encima ha sido diseñado por mí. He cogido un papel y un bolígrafo y me he puesto a dibujar lo que quería. Como siempre he tenido amigos de todo, en Mallorca tenía uno que era joyero y él me hizo mis gemelos, mi anillo...

Lleva cuidado con el escalón le digo, que ya te has caído un par de veces.

... he ido desprendiéndome de todo. Ahora, como ves, no llevo ni cadena al cuello, no llevo nada, el barco ha llegado al fin del viaje.

¿Tienes nostalgia?

No, he vivido una vida buena, rica, que la mayoría de los mortales no han vivido.

¿Y si bajamos a tomar un café?

Como quieras.

Abandonamos la habitación. Cuento mentalmente los pasos que damos hasta el ascensor, los segundos que tarda en llegar, el número de letras de la palabra ascensor (ocho, tres vocales y cinco consonantes, una rareza). Nos instalamos en una mesa de la cafetería del hotel. Yo pido un té verde y él un té con leche fría. Nos traen con la bebida unas pastas que a él no le apetecen. Me las ofrece, pero las rechazo, advirtiendo que le da pena que se queden ahí. En esto, noto en la atmósfera algo que añade desazón a la pesadumbre, como si fuera domingo por la tarde. Y no es domingo, es martes, pero caigo en la cuenta de que ese martes es fiesta en Madrid (la Almudena). He de irme, me digo, he llegado a mi límite, no soy capaz ya de reprimir los bostezos, ni de dejar de contar, he contado los botones de la chaqueta del camarero, el número de baldosas del suelo, el número de patas que suman las de todas las sillas de la cafetería... Carlos Santos sólo quería de mí que le ayudara a dar testimonio de su decisión para provocar un debate acerca de la eutanasia. Me sobra material para dar ese testimonio, para que se abra, una vez más, la discusión. No quiero verme en este hombre mayor (que va a morir mañana) cada vez que se lleva la taza a los labios, cada vez que recuerda su voluntad de convertirse en extranjero, cada vez que me mira con esa mezcla de desamparo y desafío característica de mi mirada. La solidaridad tiene límites, y creo haber alcanzado los míos. Debes protegerte, me digo.

-Si me pides que te cuente un día normal de mi vida... -está diciendo en esos instantes Carlos Santos.

Te lo pido digo.

Me levanto a las ocho, ocho y media de la mañana. A las nueve y media o a las diez salgo ya de casa. ¿Adónde voy? A la biblioteca. ¿Por qué? Porque, primero, necesito estar sentado, no puedo estar de pie. Segundo, no puedo estar en un café tres o cuatro horas leyendo los periódicos y tomándome un té. En la biblioteca no tengo que tomarme ni el té, tengo todos los periódicos a mi disposición y encima subo al primer piso y tengo Internet. Y tengo dos correos, uno solamente para la prensa en inglés, Financial Times, The Economist, The Herald Tribune, The New York Times, The Daily Telegraph..., en fin, la mejor prensa, la que te sigue diciendo qué cojones le pasa a España, que sigue teniendo revalorizados los pisos el 48% y que si así piensan vender. Eso, hace dos semanas. Están al doble de lo que valen y siguen sin bajar. Me paso toda la mañana en la biblioteca, hasta las dos, que cierran. A veces me llevo papel y escribo algo. Como en el hogar del jubilado y vuelvo a la biblioteca hasta las ocho. A esa hora me voy a casa porque es un mal barrio. Es de noche, me da miedo, y ya no salgo. Esto es un día de mi vida de lunes a viernes. Los sábados y los domingos, como no hay biblioteca, me los trato de organizar de otra manera, en un bar agradable que he encontrado, tienen varios periódicos, los leo...

-Bueno, Carlos, te voy a dejar digo en pleno ataque de fobia.

Y enseguida, para atenuar la brusquedad, añado:

¿Te acuestas pronto? ¿Quieres tomar algo o es temprano para cenar?

Hambre dice él no tengo nunca. Si luego tengo hambre, pido algo ligero; si no, me meto en la cama, que estoy cansado.

Me levanto, se levanta, nos miramos como dos personas mayores.

¿Adónde vas? pregunta.

A Gran Vía, para tomar un taxi.

Te acompaño.

Y me acompaña. Es noche cerrada ya y en las calles se respira la atmósfera festiva del domingo, aunque sea martes. En esto se detiene, nos detenemos, me mira a los ojos levantando un poco la cabeza (es algo más bajo que yo) y pregunta:

¿Tú también eres socio de DMD?

También.

Ah, vale dice, y continuamos caminando, ahora en silencio. Es la primera vez en toda la tarde que se establece entre nosotros un silencio que a él no le urge rellenar con palabras.

Ha refrescado digo entonces yo al tiempo de contar las sílabas de "ha refrescado" (cinco, un pentasílabo).

Sí asiente él.

Al llegar a Callao, y como me da la impresión de que tiene miedo a extraviarse, le pregunto si quiere que le acompañe de nuevo hasta el hotel. Dice que no, que aunque las medicinas le desorientan, se ha fijado bien por dónde hemos venido. Nos damos un abrazo largo.

¿Te veré mañana? pregunta cuando nos liberamos del largo abrazo (la expresión "largo abrazo", calculo, tiene once letras, cinco vocales y seis consonantes).

No lo sé miento, pues estoy seguro de que no tendré valor para acompañarle.

Mientras espero la llegada de un taxi, observo a Carlos Santos alejarse de espaldas con los movimientos característicos de un hombre de mi edad.

Al día siguiente, Carlos Santos se levantó, desayunó y salió a la calle para resolver en una sucursal madrileña de su banco un par de asuntos burocráticos todavía pendientes. Al mediodía (sobre las 12.45) subió en compañía de un voluntario y una voluntaria de DMD a su habitación grande y luminosa.

¿Qué os parece si me pongo el pijama? preguntó a los voluntarios.

Antes de que le contestaran, se metió en el cuarto de baño, de donde salió al poco en pijama y con unas zapatillas (no se había quitado los calcetines). Dobló cuidadosamente la ropa de la que se acababa de desprender y la guardó en el armario. A continuación tomó el DNI y lo colocó en la mesa, sobre un pequeño conjunto de billetes bien doblados. Muy cerca, dejó la carta al juez y a la policía.

Luego sacó de su cartera el bote con las pastillas, que ya había pulverizado, y las introdujo en un vaso, echando a continuación una porción de un yogur de fresa que había comprado antes de subir. Revolvió bien con la cuchara hasta lograr una masa homogénea (lo que llevó su tiempo, por la cantidad) y el yogur de fresa se puso azul debido a la reacción química. Se tomó el "cóctel" a cucharadas asegurando a los voluntarios que no estaba tan malo comparado con el aceite de ricino de su infancia. Se encontraba sentado en el sofá, quizá en el mismo extremo desde el que había hablado conmigo el día anterior. Abandonando las zapatillas en el suelo, colocó los pies (con calcetines) sobre el borde de la mesa baja y esperó los efectos del brebaje contándoles su vida a los voluntarios. Volvió a emocionarse, me dijeron, cuando recordó algunos pasajes de su desdichada infancia. A medida que pasaban los minutos, hablaba más despacio, pero sin perder en ningún momento la coherencia. Se quedó dormido sobre las 13.40, y media hora después, en medio del profundo sueño, dejó de respirar, sin estertores, sin sufrimiento, sin dolor, escapando así a un horizonte clínico espantoso. Los voluntarios de DMD abandonaron la habitación dejándolo todo tal y como estaba.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, otro voluntario de DMD telefoneó al hotel para advertirles sobre lo que se encontrarían en la habitación 511. La prensa, como es habitual en estos casos, no dio cuenta del suceso. La muerte de Carlos Santos Velicia, de no ser porque él quiso que quedara testimonio de ella, sólo habría servido para engordar el cajón de sastre de las estadísticas sobre el suicidio. Carlos Santos Velicia tiene siete sílabas, así que, de ser un verso, sería un heptasílabo.
Quiero morir en casa. ¿Puedo?

Confesiones de un ex fumador. JAVIER CERCAS EPS Hace año y medio dejé de fumar

PALOS DE CIEGO Confesiones de un ex fumador. JAVIER CERCAS. EL PAIS SEMANAL - 17-10-2010
Hace año y medio dejé de fumar. Nunca imaginé que escribiría esa frase, pero ahí está: Hace año y medio dejé de fumar. Nunca lo imaginé porque fumo desde los 13 o 14 años y porque siempre he pensado que fumar estaba tan unido a mi identidad como mis huellas digitales, porque era incapaz de imaginarme a mí mismo sin fumar, porque yo me sentía un fumador nato que había nacido en un país de fumadores natos, un país donde todo el mundo fumaba a todas horas en todas partes, y adonde nunca llegaría la campaña antitabaquista desencadenada en el mundo desde los años ochenta. Pero me equivoqué, me equivoqué de arriba abajo: la campaña antitabaquista llegó, los antaño victoriosos fumadores patrios se baten en retirada convertidos en apestados mientras el Congreso se apresta a debatir un endurecimiento de la ley antitabaco que prohibirá fumar en todos los bares y restaurantes, y hace año y medio yo dejé de fumar.
¿Qué ha ocurrido? No lo sé; lo único que sé es lo que me ha ocurrido a mí. A continuación paso a contarlo, no porque aspire a emular a los grandes narradores del vicio del tabaco –de Svevo a Ribeyro–, sino porque mi experiencia es más bien rara, tan rara que, hasta donde recuerdo, no se parece a la de ninguno de ellos. De entrada diré que empecé a fumar por la misma razón por la que he hecho la mayor parte de las cosas que he hecho en mi vida: por mi falta absoluta de personalidad. Quiero decir que empecé a fumar porque en mi adolescencia fumar era un rito de paso y no se podía ser un hombre de verdad si no se fumaba; esta idiotez se complementaba con otra idiotez según la cual era imposible ligar sin fumar, lo que me convirtió a mis 15 años en una verdadera chimenea, por cierto sin el menor éxito. A partir de entonces mi vida de fumador transcurrió durante un tiempo con placidez. Sin embargo, en la segunda mitad de los ochenta, cuando empezaba en USA la campaña antitabaquista, tuve la ocurrencia peregrina de mudarme a ese país; allí no gané para disgustos, hasta el punto de que más de una noche me sorprendí aferrado a mi cigarrillo en medio de una tormenta de nieve y a 15 grados bajo cero, a la puerta de una fiesta universitaria, sufriendo con la mayor entereza posible que en el interior de la casa los varones no fumadores disfrutaran sin escrúpulos de abundante compañía femenina y de vino abundante. Así que no me quedó más remedio que volver a España, donde todo por fortuna seguía como siempre. La alegría no duró: justo entonces empezó lo peor. Tuve un hijo, y lo primero que le oí a su pediatra fue que el humo del tabaco era una de las causas de la llamada muerte súbita de los bebés, cosa que me provocó tal ataque de ansiedad que solo volví a fumar en mi casa exiliándome en el balcón; luego, conforme en España los fumadores nos convertíamos poco a poco en apestados, mi hijo se hizo mayor y, totalmente intoxicado por la campaña antitabaquista, empezó a acosarme. Su argumento era único aunque demoledor: no entendía que su padre se metiese entre pecho y espalda dos paquetes diarios de veneno; yo traté de defenderme, pero, pese a que desplegué toda mi capacidad dialéctica, al final no tuve más remedio que aceptar una evidencia: o estrangulaba a mi hijo y lo tiraba por el balcón o dejaba de fumar. Mi falta de personalidad hizo el resto, y prometí dejar de fumar cuando terminara el libro que estaba escribiendo. Convencido de que no merecía la pena vivir sin fumar, postergué al máximo el final de mi trabajo, pero cuando ya no pude quitar ni añadir una coma tuve que entregar el libro y afrontar mi compromiso. Como no me sentía capaz de cumplirlo, pedí ayuda a un brujo, que me mostró una foto espeluznante de los pulmones podridos de un fumador y me hipnotizó. Fue entonces cuando ocurrió.
Lo que ocurrió no fue sólo que aquel mismo día dejé de fumar sin sufrir lo más mínimo y sin sentir desde entonces la más mínima nostalgia del tabaco; eso quizá no sería tan raro: lo raro es que aquel mismo día comprendí con una claridad por completo exenta de dudas que nunca me había gustado fumar y que no era yo quien había estado fumando tabaco durante más de 30 años sino el tabaco quien me había estado fumando a mí. Ya lo sé: no me creen; creen que esa afirmación es una chifladura fanática de converso al antitabaquismo; creen que fue el brujo. Pero no fue el brujo, porque, salvo en las películas de Woody Allen, los brujos ya no embrujan; tampoco es el antitabaquismo, porque yo sigo pensando que todo el mundo tiene derecho a envenenarse como le venga en gana, y que los fumadores no son una excepción. Esto es lo que es: el descubrimiento perplejo de que llevaba toda la vida haciendo algo que no me gustaba hacer y que nadie me obligaba hacer, algo que era facilísimo dejar de hacer y que me estaba matando. Desde entonces me pregunto a menudo cuántas cosas como esa sigo haciendo. Por supuesto me respondo que, si algún día puedo contestar a esa pregunta, ya será tarde.

Programas y servicios gratis de videoconferencia DimDim TokBox

Como transformar el chat en una videoconferencia

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Desde hace tiempo es posible enriquecer una llamada de voz en la PC agregando video. Para esto se requiere una webcam, una cámara de video que se conecta a la computadora y permite crear una videoconferencia.
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Para lograrlo se necesita una aplicación capaz de ofrecer este servicio. Aunque el freeware más difundido es Skype ( www.skype.com/intl/es/ ), no es el único. Tanto Windows Live Messenger ( get.live.com ) como Yahoo! Messenger ( ar.messenger.yahoo.com ) ofrecen este servicio, lo mismo que Gizmo5 ( http:// gizmo5.com/pc/products/desktop/ ) o SightSpeed ( www.sightspeed.com , gratis para uso personal). También es posible usar servicios gratis basados en la Web, que no requieren instalar software, como EkkoTV ( www.ekko.tv ), TokBox ( www.tokbox.com ) o DimDim ( www.dimdim.com ). Los dos últimos requieren registrarse.

Ellos usan, en forma predeterminada, los parlantes de la computadora para emitir el audio de la conversación, y buscan una cámara Web y un micrófono para completar la configuración. No obstante, éstos no son obligatorios: es posible realizar una videoconferencia aun si una sola de las partes tiene cámara Web o micrófono.

Sí hay que tener en cuenta que la calidad del video y el sonido en la conversación están dados por dos factores: el hardware (la cámara, el micrófono) y el ancho de banda disponible. De este último importa la conexión disponible para el envío de datos del más lento de los interlocutores, que define la tasa de transmisión de datos que tendrá la videoconferencia. Suele ser un octavo de la velocidad de bajada (en una conexión de 2 Mbps, por ejemplo, será de 256 Kbps para enviar datos).

Las webcam disponibles en el país son USB, y dependiendo del modelo tendrán un sensor de mayor resolución y micrófono. El sensor influye en el video, tanto por la resolución que es posible obtener como por la calidad de la imagen. El micrófono incorporado evita que el usuario tenga que apelar a uno de mano o de pie, y hace más natural la conversación. Algunas webcam, además, permiten tomar fotografías, aunque de calidad relativamente baja (2 megapixeles las más avanzadas), y registrar videos con la PC para compartir con amigos, subir a la Web, etcétera. Muchos modelos, además, pueden engancharse al borde del monitor LCD.

En general, la relación entre el precio de la webcam y la calidad que ofrece es bastante directo; los equipos más caros suelen tener mejores sensores y lentes más grandes; el resultado es video con colores más reales y movimientos más fluidos. Se puede ayudar a la calidad de la imagen usando la cámara en un ambiente bien iluminado y sin luces directas que creen sombras en la cara del interlocutor. Las cámaras Web ofrecen una aplicación que permite monitorear cómo nos vemos en cámara y modificar el brillo, el contraste y el balance de blancos.

El micrófono incorporado a la webcam permite hablar de una forma más natural frente a la cámara. La contra es que habrá que ubicarse cerca de él, que tomará el ruido ambiente y que puede generar un eco al registrar el audio de los parlantes.

Por este motivo, o porque permiten tener una conversación privada, es que muchos usuarios prefieren auriculares con micrófono. Hay varios tipos, dependiendo de las bocinas, la ubicación del micrófono (unido al cable, o como una patilla que sale de un auricular) y de si son inalámbricos o no.

Estos últimos son más caros, pero más cómodos. Funcionan igual que los manos libres de un celular. Traen una antena USB propia para enlazarlos con la PC, que los reconocerá como un dispositivo de audio. También es posible usar los manos libres Bluetooth del celular, pero para eso habrá que contar con una antena en la computadora y algo de suerte.

No todas las antenas Bluetooth (sean USB o estén integradas, como en el caso de las notebooks) ofrecen soporte a esta función. El protocolo Bluetooth define varios perfiles de comunicación, pero no es obligatorio que todos los dispositivos los soporten. Muchas antenas Bluetooth permiten copiar archivos del móvil a la PC, o sincronizar datos, pero no el uso de un auricular inalámbrico. Por eso es importante verificar, en las especificaciones de la antena, que soporte el perfil de manos libres ( headset , en inglés). Un indicio es el uso de drivers Broadcom (antes Widcomm) o Toshiba, que sí dan soporte a este perfil, a diferencia de los drivers nativos que ofrece Microsoft, que no lo hacen. Una antena Bluetooth USB oscila entre los 60 y los 150 pesos.

Antes era posible usar los drivers Broadcom en cualquier dispositivo Bluetooth, pero ya no. La alternativa es apelar a aplicaciones comerciales como Vitaero ( www.vitaero.com ; sólo para Skype ) o BlueSoleil ( www.bluesoleil.com ) para tratar de lograr la conexión.

En www.bluetoothpcheadsets.com , además, hay mucha información en inglés sobre el uso de manos libres inalámbricos con la PC. En general, si el sistema operativo reconoció el dispositivo como un auricular y micrófono, simplemente habrá que decirle a la aplicación de videoconferencia que los use en forma preferencial, en la configuración de sonido y video, para poder iniciar la conversación.

Si no, se puede configurar su uso directamente en el Panel de Control del sistema operativo, para disfrutar de la posibilidad de realizar una videoconferencia sin cables molestos cruzándose frente a la cámara.
espero que les haya servido

Cuidado con la concupiscencia. JOSE ANTONIO GABRIEL Y GALAN EL PAÍS

Cuidado con la concupiscencia. JOSE ANTONIO GABRIEL Y GALAN EL PAÍS - Opinión - 09-11-1980 Buena la hicieron nuestros primeros padres: con un pecado primigenio pusieron en circulación esa vorágine llamada concupiscencia. Los diccionarios más avanzados sostienen que el pecado original., al romper la armonía entre las tendencias sensibles y racionales, ha introducido en el hombre un desequilibrio fundamental, y los bienes sensibles le atraen poderosamente. Esta atracción es la famosa concupiscencia, que, a juzgar por lo sinuoso de sus manejos, debe ser representada bajo la forma de serpiente.San Juan Evangelista nos habla de la concupiscencia de la vida, la concupiscencia de los ojos y la concupiscencia de la carne, en un alarde de expresividad poética. La primera vendría a ser la envoltura dentro de la cual se halla la concupiscencia de los ojos, a través de la que penetramos, a modo de émbolo, en el pecado conocido como concupiscencia de la carne. Bien es cierto que los cristianos han seguido concupisciendo y reproduciéndose a lo largo de la historia, al margen de los teoremas, de alguna manera amparados por el espejo lumínico de san Agustín, que propuso el matrimonio como remedio de la concupiscencia. El tema no deja de ser sugestivo, ya que permitió a teólogos, filósofos y doctrinarlos de la túnica practicar la elegancia social de la especulación, construir mundos canónicos y elevarse a unas alturas mentales de las que no entiendo cómo podían bajar a la hora de acoplarse en el lecho con la legítima esposa. A pesar de tanta tradición, Descartes se muestra muy reticente con respecto a la concupiscencia, hasta el punto de excluirla de su completísima tabla de pasiones del alma. Tal postura racionalista supuso un auténtico descrédito para nuestro dichoso apetito concupiscente, que no hizo sino ir perdiendo posiciones con el paso del tiempo. En la época actual, dominada por Freud, el sexo como liberación y otras hierbas medicinales, hay que reconocer que se encontraba en el más absoluto de los olvidos. Sobre su tumba crecían ya los matojos inservibles. Y de repente, en este otoño de 1980, la concupiscencia resucita gracias a un joven Papa que, al decir de los corresponsales de Prensa, está dando una gran importancia al problema del sexo, ya que en sus dos primeros años de pontificado, durante todas las audiencias, no ha hablado prácticamente de otra cosa. En el marco, pues, de esta inquietud, el Vaticano, obviando a san Agustín, a Descartes y a Freud, entre otros, se despacha con un discurso titulado Interpretación psicológica y teológica del concepto de concuviscencia. La palabra, así, resurge cual ave fénix. ¡Y con qué vuelo majestuoso, armónico, amenazante! Los que han hablado de revolución a este respecto no andan descaminados, pues la nueva teoría es de una importancia social acaso comparable a la de la relatividad. Sólo que aquí las cosas no son relativas, sino absolutas: «El adulterio del corazón el hombre lo puede cometer con su propia mujer si la trata sólo como objeto de satisfacción del instinto». Retumban las columnas de ciertos templos. Una primera observación, acaso incidental. Siempre que se habla de concupiscencia se está condenando al hombre. ¿Por ventura la esposa no podría cometer también este pecado? ¿La mujer no tendrá, digo, las mismas posibilidades de condenarse que el hombre? Alguien debería reivindicar este derecho). Pero vayamos al centro del problema. Hasta ahora, el hombre se casaba por razones diversas: porque la mujer tenía dinero, por librarse de la soledad, por encontrar una sirvienta a bajo precio, por amor hacia una mujer, por solucionar la acuciante llamada del sexo, etcétera. Durante siglos, el cristiano ha ido funcionando mal que bien en la cama, atraído por los encantos figurados o reales de su mujer, sin preguntarse excesivamente, cuando apagaba la luz y jugaba a médicos con ella, si la estaba amando espiritualmente o no. El caso es que ahora, cuando el cristiano se ve acosado por tantos agobios, como su puesto de trabajo en precario, la pérdida del poder adquisitivo de su salario, la letra vergonzante que acecha, la contaminación en el barrio, la inestabilidad de su equipo de fútbol, el descarrío del hijo mayor, etcétera, viene el Vaticano y le aprieta un agujero más al cinturón al decirle: «Ojo con tu ojo». Ya no le basta controlar el ojo cuando se le va en pos de la vecina del quinto. Ahora resulta que no debe mirar a su esposa con concupiscencia si esta mirada no va acompañada de amor espiritual. Lo cual plantea una serie de interrogantes, no sé si de orden teológico, cuya importancia no cabe ignorar. 1. Cuánto amor espiritual necesita el marido para poder amar sin concupiscencia a su mujer. 2. Cuando hace el amor con su esposa sin amor espiritual, cuánto grado de control debe tener sobre su deseo para que éste no sea concupiscente. 3. Si no amando espiritualmente a su esposa, y rechazando como buen fiel la concupiscencia, le sobreviene un gatillazo, ¿quién paga los platos rotos? 4. Si la esposa no es un objeto, como da a entender el precepto, y desea ser amada concupiscentemente, ¿quién será responsable de la frustración femenina ante la negativa marital? 5. Si por renuncia a la concupiscencia se renuncia también al acto amoroso y se producen frustraciones en cadena que provocan la ruptura de la pareja, ¿cuál de los dos cónyuges es culpable? 6. Si por seguir la continencia concupiscente se ven abocados al divorcio y el Vaticano les cierra asimismo esa puerta, ¿qué pueden hacer esto; infelices para librarse del pecado que tan insistentemente les cerca? 7. En conclusión: si no pueden hacer el amor, ni divorciarse, ni suicidarse -porque también es pecado-, ¿no deberían las ióvenes parejas meditar profundamente antes de acceder al sacramento matrimonial? Mucho me temo que los autores del revoluzionario invento concupiscente no han tenido en cuenta ninguno de estos supuestos, lo cual no deja de ser lamentable. Por otro lado, como han señalado los panegiristas de turno, el precepto vaticano es profundo y delicado. Dice que gracias a él «se coloca a la mujer en la plenitud de su dignidad, ya que una mujer deseada sólo fisiológicamente no sólo deja de ser esposa, sino que se convierte en una prostituta». ¡Caramba con los panegiristas, con qué crudeza hablan del sexo de los ángeles! Y a todo esto, ¿qué pasa con la mujer? Algo tendrá que decir cuando so bre ella se vuelcan miradas con cupiscentes de señores ajenos que además se permiten hasta llamarlas prostitutas. Puestas así las cosas, habría quizá una solución: que el hom bre deje de m.irar con concupiscencia a su esposa gracias a un antifaz y, para que el amor material funcione, sea la propia mujer la que mire al marido concupiscentemente. ¿Podría llegarse a una transacción de este tipo? Parece entonces que la clave está en el deseo desordenado. (¿Toda concupiscencia es desordenada o hay una que no lo es?) El deseo en sí no es malo, sólo resulta pecaminoso cuando se acepta con desarreglo. En cualquier caso, después de tanta matización, queda clara una cosa: usted puede desear a su mujer. con orden; es decir, su mirada no debe echar chiribitas sobre ciertas zonas erógenas de su esposa; las manos no se le han de convertir en tentáculos pulposos. Actúe simplemente con dos manos tranquilas y dos ojos serenos, sin regodeo. ¡Ah!, y la boca no debe babearle en esas íntimas tesituras. Siendo así, usted está dentro de un orden bendito.

Los retos de la alimentación. GUSTAVO DUCH GUILLOT En defensa de la biodiversidad y la soberanía alimentaria

Los retos de la alimentación. GUSTAVO DUCH GUILLOT 28 dic 2010
El cierre del año 2010 es también el final del Año Internacional a favor de la Biodiversidad declarado por Naciones Unidas, por lo que esperemos que el asunto no se arrincone ahora en el cajón de temas pendientes. Porque si algo tenemos claro, con o sin año internacional, es que el futuro de la humanidad depende de la nave en donde viajamos, la Tierra, y esta sólo continuará mientras sea biodiversa.
La comunidad científica ha señalado en numerosos informes que la situación patrimonial de la Tierra es preocupante. Entre todos, destaca el trabajo elaborado por el Centro de Monitoreo para la Conservación Mundial que, tomando diferentes indicadores (como la apropiación de recursos naturales, el número de especies amenazadas, la cobertura de áreas protegidas, la extensión de bosques tropicales y manglares y el estado de los arrecifes de coral) y su evolución desde 1970 hasta 2006, demuestra con objetividad y cifras lo que la observación cotidiana y atenta de cualquier paisaje también nos dibuja: disminución de especies y razas de distintos grupos de mamíferos y aves, reducción de la extensión de los bosques y los manglares, deterioro de las condiciones marinas y de las costas, invasión de especies exóticas compitiendo con las especies nativas, etc. El análisis le ha permitido a este centro dependiente del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) afirmar que “los gobiernos no lograrán cumplir su promesa de llegar a 2010 con una reducción significativa de la pérdida de diversidad biológica”. Ciertamente.
Cuando se habla de pérdida de biodiversidad, la primera mirada recae sobre los espacios naturales más vírgenes y las especies animales más exóticas, pero si enfocamos hacia los vegetales y animales que nos alimentan la fotografía es igual de grave, y es bajo esta óptica más fácil relacionar la biodiversidad con el futuro de la especie humana. De las 50.000 especies de aves y mamíferos contabilizadas en el planeta, únicamente encontramos 40 de animales domésticos de utilidad para la alimentación y la agricultura. Además, sólo 14 concentran el 90% de su aportación a la alimentación y la agricultura. Es decir, a pesar de su relativa escasa importancia sobre la diversidad global (40 especies sobre 50.000), las especies de animales domésticos tienen una importancia enorme: satisfacen más del 30% de las necesidades humanas en alimentación y agricultura (carne, leche, huevos, estiércol, etc.); en los países en desarrollo aún suponen más del 60% de la fuerza motriz que se utiliza en la agricultura o en el transporte; y se estima que, de forma global, unos 2.000 millones de personas viven directa o indirectamente de la ganadería.
No obstante, estas especies domésticas están también muy asediadas en su diversidad, esto es, en sus diferentes razas. En concreto la FAO (Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación), después de varios años de trabajo, presentó en 2003 la Lista de Vigilancia Mundial para los Animales Domésticos, donde reconocía la gravedad de la situación: se han perdido la mitad de las razas que había hace cien años y el ritmo de extinción es de seis razas de animales domésticos al mes, con lo cual, de mantenerse este ritmo, en los próximos 30 años se perdería el 40% de las razas a nivel mundial. Sólo en España, según el Catálogo Oficial de Razas de Ganado de 2008, el 81% de las 177 razas locales registradas se encuentra en riesgo de extinción.
Así como todos los estudios coinciden en señalar entre las causas de la pérdida de biodiversidad general el cambio climático, el aumento de desastres naturales, el incremento de incendios… y, desde luego, el papel del ser humano, en el caso de la pérdida de diversidad de animales domésticos aptos para la ganadería, la responsabilidad la hemos de focalizar en la generalización de un modelo de alimentación único y global impuesto por una nueva especie que llegó al planeta a ritmo de desregulaciones, privatizaciones y liberalizaciones: las transnacionales de la alimentación.
Con la connivencia de las políticas públicas, estas corporaciones han impuesto una alimentación rápida, muy carnívora, de poco sabor e insana, que les permite –a ellas– expandirse y enriquecerse, y que se asienta en un modelo de industria ganadera, lógicamente, también muy homogeneizado y uniformizado. Con los argumentos de la máxima rentabilidad se ha primado una genética animal orientada a la máxima producción de huevos, leche o carne; producciones con mayor cantidad de grasa; o crecimiento más rápido de los animales, dejando de lado otros valores como la capacidad de adaptabilidad o rusticidad. Sólo se utilizan genética y animales de primera división que controlan unas pocas empresas, relegando a la desaparición a muchas estirpes que han estado siempre al acceso y bajo el control de campesinas y campesinos.
Así, me atrevo a afirmar que la velocidad a la que perdemos diversidad animal ganadera es proporcional a la velocidad en que las corporaciones de la alimentación aumentan su control en la cadena alimentaria.
Gustavo Duch Guillot es coordinador de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’. Ilustración de Mikel Casal

Aguilar quiere quitar las ayudas a quien contamine. Se pondrá precio a los servicios prestados por la naturaleza. MANUEL ANSEDE. Público

Aguilar quiere quitar las ayudas a quien contamine. Se pondrá precio a los servicios prestados por la naturaleza. MANUEL ANSEDE MADRID 28/12/2010 08:00 foto: Las actividades contaminantes no serán subsidiadas.
El Gobierno planea suprimir "los subsidios estatales con efectos perjudiciales sobre la biodiversidad", según el borrador del Plan Estratégico del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, al que ha tenido acceso Público. Podría ser el final de las ayudas a determinadas actividades pesqueras, agrícolas o mineras, como el carbón.
El Ejecutivo, además, estudia establecer el pago por servicios ambientales: pagar al propietario de un monte andaluz, por ejemplo, para que no tale sus alcornoques, o dar dinero a un ganadero gallego que reforesta su terreno con robles. El 60% de los parques naturales españoles es de titularidad privada. El borrador, que será presentado hoy en Madrid por el ministerio de Medio Ambiente, estará sometido a información pública hasta el 15 de febrero.
El documento, que tenía que haber estado listo en diciembre de 2009, admite que las ayudas de la Política Agrícola Común europea han favorecido "la sustitución de los mosaicos naturales característicos del medio rural español por monocultivos", lo que "empobrece enormemente" la biodiversidad. Los agricultores españoles reciben 7.500 millones de euros anuales de Bruselas.
Moncloa asumiría el principio de que quien contamine no cobre ayudas
Un informe de las organizaciones ecologistas SEO/BirdLife y WWF alertó en junio de que el dinero europeo se centra en campos que beben de acuíferos moribundos o en zonas vulnerables a la contaminación por fertilizantes. Mientras, las dehesas y las parcelas incluidas en regiones protegidas por la red Natura 2000, de alto valor natural, "quedan casi fuera de las ayudas". El nuevo borrador, que tendrá que ser concretado en planes sectoriales, busca dar la vuelta a la situación bajo el principio de que quien contamine no cobre.
"Hasta ahora el enfoque de la administración pública ha sido velar por que la actividad económica repercuta negativamente lo menos posible sobre el patrimonio natural. Ese enfoque debe ser superado (...)", reconoce el borrador, para incentivar económicamente la conservación de la naturaleza. El texto habla incluso de "estudiar el desarrollo de indicadores ambientales relacionados con el bienestar humano como complemento al indicador de Producto Interior Bruto".
Se podría pagar a un propietario para que no tale sus alcornoques
El responsable del programa de Biodiversidad de WWF, Luis Suárez, aplaude "el primer paso" dado en el borrador. El pago por servicios ambientales, a su juicio, podría servir para poner en una balanza el beneficio económico de una carretera y el del bosque que tendría que atravesar, a la hora de evaluar una determinada infraestructura.

Cuando un anti se vuelve positivo- Un anti-derrota. Carlos Martínez García – Presidente de ATTAC España

Cuando un anti se vuelve positivo. Un anti-derrota 29 Diciembre 2010 | Categorías: Altermundismo |Carlos Martínez García – Presidente de ATTAC España

Cuando la crisis de 1929 afilaba sus garras en forma de totalitarismo fascista como solución y la amenaza bélica era un futurible muy realista, surgieron las respuestas impulsadas por partidos y sindicatos de la clase obrera y tomó fuerza una idea ilusionante, ilustrada, democrática y transformadora a la vez. Frente a los conservadores, los capitalistas y frente a las extremas derechas golpistas y fascistas, surgió algo capaz de unir: el Antifascismo.

Con los Frentes Populares y el “New Deal” rooseveltiano, nació la idea ilusionante de una salida a la crisis social y económica, tanto justa como democrática, laica, avanzada, republicana y con el necesario protagonismo de las clases trabajadoras.

Ser anfascista era un ejercicio de radical defensa de la libertad, el concepto republicano de la democracia y la defensa de los avances sociales y lo público, de forma más o menos radical, más o menos social, pero siempre diferente al sustentado por las oligarquías fracasadas.

El antifascismo, derrotado cruentamente en España, pero vivo sin embargo en la guerra contra el nazismo y el fascismo, alumbró en algunas zonas del mundo, tras la II Guerra Mundial, el estado social y facilitó la independencia política de numerosas naciones y pueblos de África y Asia, teniendo pues un éxito parcial, pero muy interesante.

Ahora ser Antifascista es ser Antineoliberal

El nuevo fundamentalismo económico y político que ha provocado la crisis sistémica actual es el neoliberalismo. Las politicas neoliberales han provocado pobreza, ruinas, paro, y generan una democracia cada vez de peor calidad, cada vez más pobre, cada vez menos real, cada vez más vigilada por los poderosos.

Las politicas neoliberales llevan un profundo germen autoritario en su interior y son profundamente injustas. El neoliberalismo exige que las clases populares paguen de su bolsillo, y con la disminución de sus derechos sociales y laborales, la factura de la crisis de los y las capitalistas. Los pobres, los de abajo, las y los ciudadanos aunque estén paradas y parados, deben sacrificarse para subvencionar a los bancos y a los especuladores. Esa es la práctica política generalizada en toda la Unión Europea. También en el estado español.

En el reino de España han comenzado ya las campañas publicitarias de los medios de comunicación corporativos, empresariales y distorsionadores, para convencer al personal de que es bueno que le congelen la pensión y le aumenten la edad de jubilación; las compañías eléctricas pierden dinero y que tiene que pagar de su bolsillo a bancos y defraudadores de hacienda; además que un funcionario o una inmigrante no son trabajadores o trabajadoras, sino el enemigo a exterminar.

Es por eso que el antineoliberalismo debe ser el nuevo grito liberador que nos una frente a una salida de la crisis sistémica, más injusta todavía que como se vivía antes de producirse.

Las y los antineoliberales del Reino de España debemos unirnos y reaccionar, pero no en abstracto, sino organizados y estructurados en plataformas de resistencia y de alternativas.

Próximamente, durante el Foro Social Mundial de Dakar, trabajaremos por que esa alianza antineoliberal global cuaje, pero aquí y ahora es imperioso reaccionar.

No solo se congelan pensiones y sueldos o se recortan prestaciones sino que, con el patrocinio real, se construye una Gran Coalición para impulsar las “reformas” y se prepara el terreno para que la derecha del PP venza en las próximas elecciones y acabe de privatizar las pensiones, la educación, la sanidad y lo que haga falta y comiencen los despidos de funcionarias y funcionarios, y el limite de los derechos democráticos se haga más patente.

Los antineoliberales que no nos resignamos a perder, nos debemos organizar, resistir, influir y cambiar la situación.

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