martes, noviembre 30, 2010

Por una ley de la eutanasia. Ricardo Vázquez-Prada periódico de Aragón 28/11/2010

Por una ley de la eutanasia. Ricardo Vázquez-Prada

El Gobierno ha anunciado que quiere impulsar una nueva ley que haga posible una muerte digna para todos. Me parece de perlas. Ya era hora. Pero al mismo tiempo creo que una vez más el Ejecutivo socialista se ha mostrado timorato, como si temiera a los grupos integristas que pululan en este país, que se oponen cerrilmente a una ley que rija la eutanasia, que ya existe, por cierto, en otras naciones civilizadas.
Esos grupos intolerantes suelen alimentarse de ideas de tipo religioso. Pues bien, siempre he pensado que la religión debería permanecer y manifestarse únicamente en el ámbito privado, jamás en el público. Pero, por desgracia, en este país no es así. Hay grupos influyentes, inspirados o dirigidos por la iglesia católica, que quieren a toda costa imponer sus ideas a los demás al precio que sea. Y lo malo es que siempre son ideas integristas y de otro tiempo, más antiguas que el miriñaque y que suelen suponer un retraso enorme para el buen desarrollo de una sociedad más justa y equilibrada, en la que el respeto a los derechos humanos, en su más amplia acepción, debería ser el gran norte de nuestra actuación cívica.
En ese sentido creo firmemente que la eutanasia debería figurar en el catálogo de los derechos humanos más esenciales. El derecho a una muerte digna debería ser reconocido por todos los estados y gobiernos en el más elevado nivel legislativo, el constitucional. No hay ninguna razón para defender lo contrario. No tiene ningún sentido que la última etapa de una persona, cuando ha llegado a la dolorosa situación de enfermo terminal, aquejado de una enfermedad sin remedio, sin curación posible, transcurra sometida a los dolores y las angustias más atroces. No tiene el menor sentido. Es inaceptable, sumamente cruel e indigno.
Quienes se oponen a la eutanasia -esos grupos integristas que se creen en posesión de verdades absolutas que quieren aplicar obsesivamente a los demás, nos guste o no- son muy libres de hacerlo a nivel individual, es decir, siempre que el campo de actuación derivado de sus ideas sea aplicado única y exclusivamente a ellos mismos y no a los demás. No tengo ningún inconveniente en que un creyente no acepte la eutanasia, una muerte dulce, y que escoja el sufrimiento hasta el final. Es su derecho
Si él cree que estamos en un valle de lágrimas, que lo lleve hasta su término rabiando de dolor en su cama. Es muy libre de hacerlo. De hecho podría dejarlo así establecido por escrito antes de que llegue el momento. Pero lo que me parece una salvajada sin nombre, un verdadero crimen, algo absolutamente inaceptable, es que quiera aplicar esa idea absurda y dañina a los demás, sobre todo a los que, como yo, somos unos agnósticos absolutos y todas las religiones nos parecen inanes, pasajeras y absurdas, obras humanas que un día perecerán sin remedio, como ya ocurrió con las creencias egipcias, griegas, romanas, etc.
Me producen un asco sin medida los moralistas de vía estrecha, que movidos por su inmenso y ciego fanatismo quieren imponer sus estúpidas ideas y creencias al resto de la sociedad. Morir ya es de por sí lo suficiente trágico y horrible como para que debamos añadir a ese supremo horror, en aplicación de las ideas equivocadas e integristas de otros, sufrimientos y angustias indecibles que se deberían paliar o al menos aliviar, aunque sólo fuera por un mínimo y esencial sentido humanista basado en un profundo y sincero sentimiento de ayuda y apoyo solidario a los demás, máxime cuando la persona afectada se encuentra en el momento más duro y difícil de su existencia. Ricardo Vázquez-Prada. Periodista

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