martes, agosto 04, 2009

Llanto por la Cueva de Chaves. Pilar Utrilla Miranda

LLANTO POR LA CUEVA DE CHAVES. PILAR UTRILLA MIRANDA
La catedrática de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, y codirectora de las excavaciones en la cueva durante 25 años, destaca la importancia de los hallazgos y la insensata actuación de los últimos propietarios

La cueva de Chaves entró en mi vida en el verano de 1984. Vicente Baldellou. -que había excavado y publicado los materiales neolíticos hallados en 1974- me ofreció compartir la dirección de la excavación, pues las recogidas superficiales de buriles de piedra y otras piezas por los miembros del G. I. E. Peña Guara anunciaban una presencia de gentes no ya neoliticas, sino paleolíticas en la cueva. La campaña resultó excelente: localizamos un asentamiento solutrense, de hace casi 20.000 años, dos magdalenienses de la época de Altamira, y un enterramiento neolítico en fosa del 6230 BP (antes del presente): un varón adulto, fuertemente replegado y quizá atado, que llevaba un grueso anillo de hueso. Lo cubrieron con 296 cantos rodados blancos, tras espolvorearlo con ocre rojo y depositar en la tumba las cenizas de una cabra ofrendada. Es un rito del Neolítico Antiguo, conocido en el Próximo Oriente, según el cual los muertos se depositaban sentados en pequeñas fosas, muy cerca del lugar donde vivían. En Chaves, lo excavaba Baldellou a 25 metros de la fosa.
Los cantos misteriosos
Hallazgos ulteriores (1992, 1998) nos revelaron lo que significaban estos cantos blancos. Junto a un extenso hogar empedrado y veinte fosas circulares, encontramos treinta cantos pintados en rojo con cruces, estrellas y series de barras unidas horizontalmente, temas del "arte parietal esquemático que sólo se conocían en unos cantos azilienses del Pirineo francés. Las cruces o estrellas aparecían pintadas en una de las caras menores del canto, siempre la opuesta a la más apuntada, como si los cantos hubieran de ser hincados en el suelo. El paralelismo con las pinturas que hay en la otra orilla del barranco de Solencio era innegable y sirvió para adelantar al Neolítico esta expresión artística que constituye el 80% del arte rupestre de la provincia oscense.
Y no sólo había motivos geométricos en los cantos: en cuatro había antropomorfos, tres en actitud orante, con los brazos alzados, como en ciertos abrigos rupestres alicantinos y en cerámicas cardiales (decoradas con Cardium, concha de berberecho) valencianas, como en las Covas del Or y de la Sarsa. Eran las divinidades de la nueva simbología neolítica, que ahora aparecía también fuera de su núcleo originario. Un antropomorfo de cabeza triangular tenía también paralelos en el arte esquemático.
Pero ¿por qué eran tan especiales los cantos blancos de Chaves, hasta el punto de colocarlos sobre los muertos y decorarlos con los símbolos de sus creencias? Pensamos que aquellos antepasados conocerían el "rugido" de la cueva de Solencio, una extensa red kárstica bajo la Peña de Guara, junto a la cueva de Chaves, que en años de fuertes lluvias arroja violentamente por su boca estos cantos con un gran chorro de agua. Solencio ha expulsado tantos cantos blancos en su historia que casi llegaron a colmatar su amplia boca: al hombre prehistórico este acontecimiento singular debió de causarle temor y respeto. También hoy el "rugido de Solencio" es seguido con interés por comarcanos, espeleólogos y montañeros y es uno de los muchos atractivos del Parque Natural que nos ha sido arrebatado por el vallado del coto de caza.
Todo, a cambio de un pesebre
Los cantos pintados se concentraban en la zona del hogar, bajo una gran piedra de varias toneladas. No era recomendable seguir la excavación allí por motivos de seguridad y Baldellou, a su pesar, continuó las campañas, a partir del 2000, en el extremo opuesto, menos rico, con serlo mucho, que la zona del hogar. Pues bien, aquí es donde ha actuado la pala y se ha llevado varios niveles neolíticos fértiles, de al menos dos metros de espesor. Supuestamente, los han tirado sin miramientos a una escombrera, quizá para allanar un campo próximo. La extensión ocupada por las grandes piedras y arrasada por las máquinas es inmensa. Contenía niveles conocidos del asentamiento neolítico. Es más, la superficie iluminada del vestíbulo llega hasta 3000 m2 y toda era potencialmente habitable por las gentes prehistóricas.
¿Dónde están los materiales expoliados? Allí habrá piezas similares a las que ha ido entregando la cueva hasta llenar las vitrinas de una sala del Museo de Huesca: bellas cucharas y espátulas que indican cierto refinamiento de los primeros neolíticos; punzones, brazaletes o diademas de hueso decoradas con incisiones; cuentas de collar de piedra verde, de hueso o de concha; cuencos, cazuelas y ollas decoradas con Cardium; microlitos geométricos de sílex en trapecio, triángulo o media luna; hoces para segar cereal con el clásico lustre en su filo; cantos pintados con geometrías o antropomorfos; innumerables restos de fauna doméstica y salvaje... En su lugar, sólo hay ahora un miserable pesebre que podría haberse instalado en la cercana Cueva del Ganado, que ya disponía de un precerramiento.
No quiero pensar que el arrasamiento haya buscado, de modo necio e irresponsable, destruir el yacimiento porque molestábamos los arqueólogos.
El mejor Paleolítico de Aragón
Acaso los niveles magdalenienses y solutrenses (los mejores del Paleolítico Superior de Aragón, con los de la Peña de Las Forcas de Graus) se hayan salvado, por estar bajo una capa estalagmítica y dos gruesas capas estériles. Dieron bellos buriles y raspadores de sílex, puntas de lanza de asta de 15 cm de longitud y una esquirla ósea con representación de dos series paralelas, de entre 28 y 30 trazos, posibles marcas de calendarios lunares que publicamos el año pasado y que han interesado a nuestros colegas de Oxford.
Todos los arqueólogos que, en los últimos 25 años, hemos trabajado en la prodigiosa cueva añoramos el bellísimo espectáculo de los ciervos y corzos que, semilibres, bajaban de madrugada a beber al barranco de Solencio; atravesarlo con mi pequeño Suzuki, que no siempre subía la cuesta a la primera, era un reto. Hemos tenido un trato cordial con los guardas y administradores e incluso, indirectamente, con los propietarios del coto, que, año tras año, han venido autorizando las excavaciones. Creímos ingenuamente que el vallado del término, aunque detestable para el libre tránsito, protegía indirectamente el yacimiento de actuaciones clandestinas. Jamás pudimos imaginar que su principal enemigo eran los últimos propietarios. Espero que hoy sientan una inmensa vergüenza por el daño causado con su actuación insensata.
(Fotos de Pilar Utrilla, Vicente Baldellou -Museo de Huesca- y Rodrigo BaIbín, catedrático de la Universidad de Alcalá)

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